Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.
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Capítulo 24
Capítulo 024: La loba despierta
Los rumores hicieron lo que los rumores saben hacer: crecer con hambre ajena.
Para el mediodía, Valeria ya era bruja, impostora, amenaza para los niños Omega, amante de magia prohibida y pobre víctima confundida por el poder del Alpha. La versión cambiaba según la cobardía de quien la repetía. El objetivo no.
Sacarla del centro.
Romper la confianza que la niña salvada había sembrado.
Convertir su don en miedo.
Valeria pidió que la asamblea de respuesta fuera en el patio de entrenamiento, no en una sala cerrada. Sebastián discutió durante tres minutos. Camila apostó por dos. Mateo por cinco. Ganó Valeria porque dejó de discutir y empezó a caminar.
El patio estaba lleno cuando llegó.
No solo Elders.
No solo familias altas.
También cocineras, entrenadores, jóvenes de Moonveil, Omegas que miraban desde el borde con más prudencia que esperanza. La madre de la niña estaba allí, pálida, abrazando a su hija contra el pecho.
Adrián llegó con Isabela.
Naturalmente.
Ella vestía blanco.
Él, preocupación.
—Valeria —dijo Adrián al verla—. No tenías que exponerte así.
Su voz era perfecta.
El aroma, no.
Vino dulce.
Rosas marchitas.
Humo falso.
Valeria pasó a su lado sin detenerse.
—Quédate cerca —murmuró Sebastián.
—Estoy frente a toda la manada.
—Eso no me tranquiliza.
—Nada te tranquiliza.
—Tú, a veces.
La frase llegó baja, casi perdida, y le tocó un lugar que no debía tocar justo antes de una guerra pública.
Valeria subió a la plataforma.
Arturo esperaba con su bastón y una carpeta.
—La señorita Marín ha solicitado responder a las preocupaciones legítimas de la manada.
Valeria tomó el micrófono antes de que él pudiera adornar más la trampa.
—No. Solicité saber quién tuvo miedo de preguntarme a la cara.
El patio murmuró.
Bien.
Que despertaran.
Arturo entrecerró los ojos.
—El respeto...
—El respeto empieza por no llamar bruja a una mujer porque salvó a una niña.
Alguien al fondo bajó la mirada.
La madre de la niña levantó la mano.
Arturo frunció el ceño.
—Este no es el momento.
—Sí es —dijo Valeria.
La mujer no subió a la plataforma. No necesitó hacerlo. Habló desde el borde, con la hija pegada a su falda y la voz quebrada pero audible.
—Mi hija estaba muriendo. Todos la vieron. Nadie se movió más rápido que ella.
Señaló a Valeria.
—Si quieren llamarla bruja por eso, empiecen llamándome ingrata por defenderla. A ver si también les sale bonito.
Un murmullo más vivo recorrió el patio.
No era rebelión.
Todavía.
Pero era una piedra cayendo al agua.
Valeria sintió algo cerrar filas detrás de ella. No todos. No la mayoría. Pero sí algunos. Los suficientes para que Arturo tuviera que medir el siguiente golpe.
Adrián dio un paso adelante.
—Nadie quiere dañarte. Solo hay preguntas. Hace unos días rechazabas todo lo relacionado con Sebastián. Ahora hablas como Luna, usas sustancias desconocidas y atacas a quienes te quieren. ¿No es normal preocuparse?
Ahí estaba.
El cuchillo envuelto en miel.
Valeria lo miró.
—¿Te preocupa mi salud o que ya no puedas decidir por mí?
El patio soltó una respiración colectiva.
Isabela apretó los labios.
Adrián sonrió con tristeza.
—Siempre fuiste orgullosa.
—Y tú siempre confundiste obediencia con amor.
La sonrisa se le quebró apenas.
Arturo abrió la carpeta.
—Tenemos testimonios que indican que la señorita Marín ha usado aromas alterados para influir en el Alpha heredero.
Sebastián emitió un sonido que hizo retroceder a dos hombres de la primera fila.
Valeria no lo miró.
Si lo hacía, él saltaría.
Y ella necesitaba morder primero.
—¿Aromas alterados? —preguntó—. Qué curioso. Hace semanas denuncié que alguien falsificaba rastros de aroma para unir mi nombre al de Adrián. Ahora resulta que yo soy la culpable de una técnica que solo favorecía a Adrián.
Arturo golpeó el bastón.
—No manipule.
—No. Eso es trabajo de ustedes.
La frase salió antes de que pudiera suavizarla.
No importó.
Algo dentro de Valeria se estiró.
No era rabia humana.
Era más antigua.
Más baja.
El ruido del patio se alejó. En su lugar oyó cada respiración, cada latido, el crujido de cuero en la mano de Sebastián, el miedo agrio de Isabela, el hierro oxidado bajo el incienso de Arturo.
Valeria parpadeó.
El mundo volvió con bordes afilados.
*Mienten.*
La voz no fue un recuerdo.
No fue el Archivo.
Fue ella.
Su loba.
Valeria dejó de respirar.
*No bajes la cabeza.*
El pecho le dolió.
No como con el acónito.
Como una puerta hinchada por años de humedad, abriéndose al fin.
La sensación bajó por sus brazos. No se transformó, no perdió la piel humana, pero sus sentidos dejaron de pedir permiso. Podía distinguir el perfume caro de Beatriz sobre el olor real de su miedo. Podía ubicar a Isabela por el pulso acelerado en su cuello. Podía sentir a Sebastián detrás de ella como una tormenta amarrada con una sola cuerda: su voluntad.
Y debajo de todo, su propia loba.
Herida.
Despierta.
Viva.
Arturo seguía hablando.
—...por eso este Consejo considera que su candidatura a Luna debe suspenderse hasta completar una revisión de linaje y salud mental.
Salud mental.
Ahí estaba la palabra elegante para encerrarla sin barrotes.
Valeria levantó la mirada.
—No.
La voz salió más baja de lo previsto.
Pero todo el patio la oyó.
Sebastián dio un paso.
No para cubrirla.
Para estar allí si caía.
Valeria sintió su presencia detrás. Firme. Esperando su elección.
*Muerde.*
Esta vez entendió.
—Ustedes no temen que yo sea una falsa Luna —dijo—. Temen que no lo sea.
Silencio.
—Temen que pueda oler el acónito en sus copas. Temen que una niña Omega viva porque alguien recordó una fórmula que no controlan. Temen que los juramentos de sangre dejen de ser cadenas invisibles. Y, sobre todo, temen que Sebastián no sea el único lobo en esta alianza con dientes.
El patio cambió.
No fue aplauso.
Fue atención.
Más valiosa.
Adrián intentó intervenir.
—Valeria, por favor...
Ella giró hacia él.
El aire salió de su garganta con un gruñido leve.
Adrián se detuvo.
No por cortesía.
Por instinto.
Valeria lo vio reconocerlo: la loba que él creía rota acababa de mirarlo desde los ojos de ella.
Isabela retrocedió medio paso.
Arturo palideció por primera vez.
Sebastián, detrás, dejó escapar una respiración lenta.
Su orgullo la rozó por el vínculo.
Caliente.
Oscuro.
Peligrosamente hermoso.
Valeria apoyó las manos en la mesa del Consejo.
—Si quieren revisarme, háganlo bajo reglas públicas. Sanadoras de Moonveil, testigos de familias bajas y altas, registro completo. Nada de habitaciones cerradas. Nada de agujas privadas. Nada de Elder tocando mi sangre sin consentimiento.
Los Omegas del borde se miraron.
La madre de la niña levantó la cabeza.
Arturo no podía negarse sin parecer culpable.
Lo supo.
Valeria también.
—Acepto pruebas —dijo ella—. No acepto miedo disfrazado de ley.
Por un segundo, el patio entero respiró con ella.
Luego la voz de su loba volvió, más débil, casi un susurro desde un cuarto oscuro:
*Recuerda la sangre de Lucía.*
Valeria perdió el color.
Sebastián lo notó al instante.
—¿Qué pasa?
Ella no pudo responder.
Porque al otro lado del patio, Reynaldo de la Vega había aparecido apoyado en Camila.
Y al oír el nombre no dicho, el viejo Alpha miró directamente a Valeria con un terror que no había mostrado ni ante la acusación de veneno.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
y los cachorros para cuando
tarde
pero sale
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho