Él domina un imperio, pero ante ella se vuelve un cobarde.
Dominic Sterling es el implacable magnate de la moda inclusiva en Nueva York, un hombre frío que construyó una fortaleza de éxito para proteger a su madre, Elena, de los fantasmas del pasado. Pero cuando Scarlett Sinclair —una brillante y hermosa diseñadora de alta costura que pisa fuerte en sus tacones altos— irrumpe en su empresa, el control de Dominic se desmorona.
Scarlett busca un socio, pero encuentra a un hombre que la desarma y que, al mismo tiempo, levanta una barrera de hielo por pánico a ser vulnerable. Mientras Dominic calla lo que siente, la llegada del carismático fotógrafo Julian Beck amenaza con alejar a Scarlett para siempre. Atrapado en su propio silencio, Dominic se enfrentará a la prueba más difícil: descubrir si el orgullo vale más que el precio de amarte.
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Capítulo 17: El Muro de la Indiferencia
Cualquiera que hubiera visto a Dominic Sterling confesar su amor con el rostro empapado de lágrimas y lluvia en mitad de aquel puente parisino habría pensado que Scarlett correría de inmediato a refugiarse en sus brazos. Pero no fue así. El dolor del pasado no se evaporaba con una declaración tardía; se había transformado en un escudo fuerte, una armadura de dignidad que la joven diseñadora no estaba dispuesta a dejar caer tan fácilmente. Scarlett contuvo con un esfuerzo sobrehumano las emociones que amenazaban con desbordarla, obligó a su corazón a dar un paso atrás y se irguió con firmeza sobre sus altos tacones de aguja. Clavó su mirada clara en los ojos oscuros del magnate, sosteniendo una distancia tan gélida y tajante que a Dominic le caló hasta los huesos.
—Tus palabras son hermosas, Dominic, pero llegan exactamente tres meses tarde —articuló ella, con una voz que imitaba la misma frialdad que él tanto había ensayado en Nueva York—. Un "lo siento" susurrado bajo la lluvia de París no borra las noches enteras de llanto que pasé en el taller de costura, ni tampoco el dolor del desplante absoluto que me hiciste en el aeropuerto JFK mientras yo esperaba que detuvieras mi viaje. Aprendí a sobrevivir sin ti, y no voy a romperme otra vez solo porque ahora decidiste ser valiente.
Sin darle tiempo a reaccionar, Scarlett giró sobre sus talones con una elegancia implacable. Dejó a Dominic completamente paralizado y de pie bajo la implacable llovizna del Sena, abordó el primer taxi que pasaba por la avenida y regresó a su hotel con la mandíbula tensa, negándose a mirar hacia atrás por el vidrio trasero.
Al día siguiente, el sol parisino intentaba abrirse paso entre las nubes, pero la tormenta interna de Dominic apenas comenzaba. Decidido a no rendirse y a demostrar con hechos que sus intenciones eran reales, el empresario acudió temprano por la mañana al taller de Le Marais. Llevaba consigo un espectacular ramo de flores frescas y un detalle delicado, un intento sutil de romper el hielo y encontrar una rendija para hablar a solas con ella. Sin embargo, en cuanto cruzó el umbral, se dio de frente con su propio reflejo.
Scarlett lo recibió de una manera estrictamente corporativa, adoptando el mismo patrón de conducta implacable que él solía utilizar en Sterling Textiles. Lo trató con la fría indiferencia que se le reserva a un cliente cualquiera o a un inversionista de segunda categoría. Lo hizo esperar en la recepción durante más de una hora, obligándolo a hacer antesalas en un sillón mientras ella atendía llamadas telefónicas irrelevantes y revisaba bocetos de moda. Cuando finalmente le permitió pasar a su oficina, Scarlett ignoró por completo las miradas desesperadas y cargadas de arrepentimiento que Dominic le lanzaba desde el otro lado del escritorio. Ni siquiera miró las flores; simplemente le indicó con un gesto formal que las dejara sobre una mesa auxiliar.
—Si está aquí por asuntos de negocios relacionados con la transición de la marca inclusiva en Europa, señor Sterling, mi asistente puede agendarle una cita formal la próxima semana —declaró Scarlett, sin levantar la vista de sus documentos de costura—. En París, las reglas del juego las dicto yo, y mi tiempo es extremadamente limitado.
Dominic sintió un nudo amargo en la garganta al escuchar su apellido pronunciado con tanta distancia. En ese preciso instante, el gran magnate neoyorquino comenzó a saborear, gota a gota, el veneno de la indiferencia y el desprecio que él mismo había cosechado con su cobardía durante tantos meses en Nueva York.