Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24 — La noche anterior
Sofía subió el vestido en una bolsa negra de tintorería que olía a naftalina vieja.
—¿Y eso?
—Esto, Vale, es el vestido.
—¿Por qué huele así?
—Porque lleva quince años en el armario de la difunta señora Carballo, esposa del juez Carballo, que en paz descanse. Le pedí prestado el armario para esta noche. Era el único guardarropa con vestidos de viuda decentes que no se compraron en internet.
Lían levantó las cejas.
—¿Le pediste el armario a una viuda?
—Le pedí el vestido. El armario lo abrí yo.
—¿Lo robaste?
—Lo tomé prestado, Vale. El lunes lo devuelvo. La señora Carballo lleva dos años sin abrir ese armario y no se va a enterar.
—¿Y si se entera?
—Le compro otro vestido idéntico. Pero no se va a enterar.
Lían soltó una risa corta.
—Hija de puta.
—Aprendo de la mejor.
Sofía colgó la bolsa en el biombo del cuarto de Lían. Abrió la cremallera. Sacó el vestido.
Era largo, gris muy oscuro, casi negro pero no del todo. Cuello alto cerrado con una tira de seda. Mangas largas hasta la muñeca. Falda recta hasta los tobillos. Sin escote. Sin abertura. Sin gracia. Exactamente lo que una viuda madura usaría para un compromiso social discreto al que no quiere parecer agradable.
—Pruébatelo.
Lían se quitó la bata. Se metió el vestido por la cabeza.
Sofía le subió el cierre.
Las dos se quedaron mirando el espejo.
—Vale.
—¿Qué?
—Te ves vieja.
—Esa es la idea, Sofía.
—Lo sé. Pero te ves vieja en serio.
—Eso también es la idea.
Lían se giró un cuarto. Se miró de perfil. Sofía le acomodó el cuello.
El vestido era perfecto. Una mujer de cincuenta y cinco años cualquiera. Sin un solo detalle que llamara la atención. La viuda Lucía Méndez, importadora de arte, con dinero pero sin estilo, dispuesta a comprar mercancía cara siempre que nadie la mirara dos veces.
—¿Los zapatos? —preguntó Lían.
Sofía sacó una caja de la bolsa. Adentro había unos zapatos negros de tacón bajo, anchos, viejos.
—Los compré yo en una feria del domingo. Me costaron cinco dólares. Son auténticos zapatos de viuda.
—¿Por qué los venden tan baratos?
—Porque nadie quiere parecer una viuda, Vale.
—Justo.
Lían se puso los zapatos. Caminó dos pasos. Volvió al espejo.
Estaba lista.
Faltaban veintidós horas.
Sofía se sentó en el borde de la cama. Las manos en las rodillas. La cara distinta.
—Vale.
—¿Qué?
—No me gusta esto.
Lían se sentó en el borde de la silla del tocador, frente a ella.
—¿Qué no te gusta?
—Nada de esto. La subasta. El plan. Que vayas sola.
—No voy sola. Voy con Dante.
—Dante no cuenta.
—¿Por qué no cuenta?
—Porque es uno más, Vale. Dante no me conoce a mí. Si pasa algo allá adentro, no me va a llamar. Tú sí. Pero tú vas a estar adentro y no vas a poder llamar a nadie.
—Sofía.
—Vale, escúchame.
—Te escucho.
—No estoy hablando como tu amiga. Estoy hablando como tu mano derecha. Te lo digo con la cabeza fría. Hay algo que no me cuadra de esta subasta. Demasiada calma. Renata se relajó muy rápido. La invitación llegó muy a tiempo. La mercancía es muy buena. Una niña de doce años no aparece sola, Vale. Eso es una carnada.
Lían no contestó.
Sofía respiró.
—Si fuera Renata —siguió—, y supiera que Valentina Saggese va a estar adentro, no la dejaría salir.
—Si fuera Renata, no me dejarías salir.
—No.
—¿Y crees que es ella la que organiza esta subasta?
—No sé si la organiza. Pero sé que la conoce. Y sé que sabe que vas. Mei le dijo que te ibas del país en dos meses. Renata no te va a matar antes de eso porque le diste un plazo. Pero la subasta no está en su calendario, Vale. La subasta es ahora. Es esta semana. Y esta semana, Renata todavía no ha decidido si esperar dos meses o no.
Lían se quedó mirando el piso.
—Sofía.
—Dime.
—Yo también pensé eso.
—¿Y?
—Y voy igual.
—¿Por qué, Vale?
—Porque hay una niña de doce años, Sofía. Carnada o no. Real o falsa. Si voy y la niña existe, la saco. Si voy y la niña no existe, salgo con la información de quién la fingió. Las dos cosas me sirven. La única que me jode es no ir.
Sofía cerró los ojos un segundo.
—Vale.
—¿Qué?
—¿Tú sabes lo que es ser mano derecha de alguien que está dispuesta a morir tres veces seguidas por una pelea que ni siquiera era de ella?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me dormí once años al lado de un hombre que no me amaba, Sofía. Y tres veces seguidas no es nada.
Sofía se quedó muy quieta.
Lían bajó la cabeza.
Te volviste a equivocar, vieja. Cuidado con las frases.
—Vale —dijo Sofía despacio—. ¿De qué hombre hablas?
—De Marcelo.
Pausa.
Lían sostuvo la mirada de Sofía sin pestañear.
Sofía, finalmente, asintió.
—Bien. De Marcelo.
—De Marcelo.
—Bien.
Pero las dos sabían, sin decirlo, que Sofía no se lo creía del todo.
Y Sofía, fiel a su costumbre, no preguntó.
A las once de la noche, Sofía bajó al primer piso.
Lían se quedó sola en su cuarto.
Se quitó el vestido de viuda. Lo colgó en una percha al lado del biombo. Se puso un camisón liviano de algodón. Se sentó al borde de la cama. Apagó la lámpara grande del techo. Encendió la lamparita de la mesita de noche.
Por dentro repasó el plan una vez más.
Lo había repasado treinta veces esta semana. Esta vez lo repasó la treinta y una.
Llegada a Casa Verde a las once en punto, ni un minuto antes. Auto modesto. Entrada por el camino largo. Identidad: viuda Lucía Méndez. Acompañante: chofer-guardia Hugo Pereyra. Dos identificaciones falsas. Tres millones en efectivo en una maleta vieja, sin marca. Detalle: doscientos mil sueltos en el bolsillo del saco de Dante, por si tenemos que sobornar a algún guardia en el camino.
Plan A de salida: por el portón principal, a las dos y media de la mañana, con la chica nueva en el auto.
Plan B: por el camino lateral del norte, a las tres y media, si el principal está cerrado por algún incidente.
Plan C: a pie por el bosque del este, dejando el auto, si no hay otra opción.
Plan D: ninguno. Si pasa algo y los planes A, B y C fallan, es porque ya no hay salida. En ese caso, dispará primero. Eso lo añadió Dante en la última reunión.
Lían se quedó mirando la pared.
Dante.
El teléfono vibró sobre la mesita de noche.
Lían lo levantó.
Era él.
Nos vemos mañana. Cuídese.
Tres palabras.
Lían las leyó dos veces. Después una tercera.
No estaban en mayúsculas. No tenían firma. No tenían nada que sobresaliera. Pero a Lían, dentro del pecho, le subió algo que llevaba meses sin sentir con ese nombre.
Lo identificó de mala gana.
Era cariño.
Una cosa pequeña. Un cariño chiquito, atorado entre las costillas. La forma en que un hombre que no se atreve a más le pide a una mujer que no se muera al día siguiente.
Lían se quedó mirando el teléfono.
Quiso contestar.
No supo qué.
Tecleó algo. Lo borró. Tecleó otra cosa. La borró también. Al final tecleó la única frase que se le ocurrió que no la traicionara.
Tú también.
Apretó enviar.
Esperó.
Dante leyó el mensaje. Lo supo porque el teléfono le mostró las dos rayas azules. Esperó treinta segundos.
Dante no contestó.
Lían bajó el teléfono. Lo apoyó sobre el pecho, boca abajo, encima del camisón. Se quedó mirando el techo.
No me dolería más si me mataran mañana, vieja, que si Dante no vuelve a hablarme.
Y eso, eso sí que es nuevo.
Eso, exactamente, es lo que Valentina me pidió que no pasara.
Cerró los ojos.
A los dos minutos, el teléfono vibró otra vez sobre el pecho.
Lían lo levantó con la mano.
Lían.
Dante había escrito un mensaje nuevo, de un solo nombre.
Lían.
Lían se incorporó en la cama. Los pies en el piso. La lamparita iluminándole la cara.
Le había puesto su nombre real.
Eso era imposible. Dante no sabía su nombre real. Su nombre real era el nombre de la Dama del Fénix que ella misma le había dado a Marcelo el sábado anterior, pero a Dante no se lo había dicho nadie.
Salvo que Marcelo hubiera hablado.
O que Renata.
O que…
El teléfono vibró otra vez. Un segundo mensaje de Dante.
Perdón, autocorrector. Quise escribir "tía". Le mandaba un mensaje a mi tía al mismo tiempo. Buenas noches, Valentina.
Lían soltó el aire.
Cerró los ojos.
—Hijo de puta —dijo en voz baja, en el cuarto vacío—. Hijo de puta tres veces. Por la tía. Por el susto. Y por ser tú el que me hace pensar todo esto.
Tecleó dos palabras.
Buenas noches.
Apretó enviar.
Apagó la lamparita.
Se acostó.
Pero no soltó el teléfono.
Se durmió con el teléfono en la mano, sobre el pecho, como una niña con un peluche.
Y por dentro, en mandarín antiguo, justo antes de caer dormida, le habló por última vez en la noche a la voz que llevaba meses advirtiéndole.
Querida Valentina. Sigo lamentándolo.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺