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LA HEREDERA DE LA NIEBLA

LA HEREDERA DE LA NIEBLA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Vampiro / Hombre lobo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18: LOS ARCHIVOS PROHIBIDOS

La mansión de Viktor Volkov no estaba en el pueblo.

Estaba debajo.

Luna lo descubrió una noche de julio, cuando el vampiro la llevó por un sendero que ella creía conocer y lo condujo a una puerta de hierro oxidado, camuflada entre las raíces de un abeto milenario.

—Bienvenida a mi verdadera casa —dijo Viktor, introduciendo una llave de hueso —idéntica a la que Luna había usado para abrir la puerta de la Bruja— en la cerradura.

La puerta se abrió hacia dentro. Del otro lado, una escalera de piedra descendía hacia la oscuridad. Olía a humedad, a pergamino viejo, a algo que había estado durmiendo durante siglos.

—¿Por qué aquí abajo? —preguntó Luna, siguiéndolo.

—Porque los vampiros no siempre han sido bienvenidos en la superficie. Durante la caza de brujas, durante las guerras de territorios, durante los siglos de ignorancia... este fue nuestro refugio. Nuestra biblioteca. Nuestra memoria.

—¿Y nunca se lo enseñaste a nadie?

Viktor se detuvo en el último escalón. Encendió una antorcha con un chasquido de dedos, y la luz reveló un espacio inmenso.

No era una biblioteca. Era una ciudad.

Estanterías de piedra negra se alzaban hasta el techo, a diez metros de altura, cargadas de pergaminos, libros, rollos de metal grabado y objetos que Luna no supo identificar. Pasillos laterales se perdían en la oscuridad, y en el centro, una mesa de obsidiana pulida reflejaba la luz de la antorcha como un espejo negro.

—Los Archivos Prohibidos —dijo Viktor—. Todo lo que los vampiros han aprendido en dos mil años. Todo lo que hemos escondido. Incluso de nosotros mismos.

—¿Y la semilla de la Bruja Original está aquí?

—No la semilla. La respuesta a cómo destruirla.

Alec y Dante llegaron media hora después, guiados por Elara, que conocía el camino porque —según confesó— había seguido a Viktor en secreto hacía años, movida por la curiosidad juvenil.

—¿Y no te mató? —preguntó Dante, mirando a Viktor.

—No —respondió el vampiro con una leve sonrisa—. Me gusta la gente curiosa.

—No es la única —murmuró Alec, cruzando los brazos.

Luna ignoró el comentario. Estaba frente a un estante lleno de pergaminos atados con cintas de cuero. En la primera fila, uno con una inscripción que reconoció al instante:

"De las Brujas de la Niebla y sus Herederas. Escrito por Salvatore Moretti, año 1954."

—Dante —llamó—. Esto es de tu familia.

Dante se acercó. Cogió el pergamino con dedos que temblaban ligeramente. Lo desató.

Dentro, no había palabras. Había dibujos. Diagramas anatómicos de mujeres con los ojos violetas. Apuntes sobre la circulación de la niebla en la sangre. Y al final, una nota escrita con letra apresurada:

"La Bruja Original no puede morir. Puede transferirse. La Heredera que recibe su semilla se convierte en su nuevo recipiente. El proceso es irreversible. A menos que..."

La frase se cortaba.

—¿A menos qué? —preguntó Luna.

—No lo sé —respondió Dante—. Aquí termina.

—No termina —dijo Viktor, señalando un sello en la esquina inferior del pergamino—. Está cifrado. Los Moretti usaban tinta invisible para los secretos más oscuros.

—¿Cómo se revela?

—Con sangre. Sangre de Moretti.

Dante no dudó. Se mordió el pulgar y dejó caer una gota sobre el sello. La tinta invisible brotó como vena abierta:

"A menos que la Heredera acepte voluntariamente un nuevo pacto. No con la Bruja. Con los Primeros. Ellos pueden arrancar la semilla, pero el precio es el mismo que el de la puerta: una vida por otra. La Heredera vivirá. Alguien morirá en su lugar."

El silencio fue tan denso que Luna oyó el latido de su propio corazón.

—Alguien —repitió—. ¿Quién?

—Cualquiera que acepte —dijo Viktor en voz baja—. No tiene que ser un familiar de sangre. Basta con que sea... voluntario.

Tres miradas se clavaron en Luna.

Ella las devolvió una por una.

—No —dijo—. No voy a dejar que nadie muera por mí. Ya hemos tenido suficientes sacrificios.

—No es tu decisión —dijo Alec—. Si yo quiero ofrecerme...

—¿Y tú qué? —Luna se giró hacia él—. ¿Vas a morir para que yo viva? ¿Y luego qué? ¿Le explico a Elara que su hermano murió por una Heredera que ni siquiera conocía hace un año?

—Te conozco —respondió Alec, y su voz era un gruñido bajo—. Te conozco mejor que a nadie. He visto cómo te muerdes el labio cuando tienes miedo. Cómo te ríes cuando estás nerviosa. Cómo guardas la carta de tu madre en el bolsillo izquierdo porque el derecho lo tienes reservado para algo que aún no sabes qué es. —Se acercó—. Te conozco, Luna. Y no voy a dejar que una semilla maldita te convierta en algo que no eres.

—Alec...

—No me convenzas. Ya tomé mi decisión.

—Yo también —dijo Dante.

—Y yo —añadió Viktor.

Luna los miró a los tres. Al vampiro que llevaba siglos esperando redimirse. Al lobo que había nacido en la violencia y elegía la lealtad. Al mafioso que había sido salvado por su abuela y buscaba salvar a la nieta.

—Sois idiotas —dijo.

—Lo sabemos —respondieron los tres.

—No voy a aceptar vuestra muerte.

—Entonces —dijo Viktor— tendrás que encontrar otra manera. Como siempre.

Luna bajó la mirada al pergamino. A las palabras de Salvatore Moretti. A la maldición que su familia había heredado y que ahora, de algún modo, había pasado a ella.

—Hay otra manera —dijo en voz baja.

—¿Cuál? —preguntó Dante.

Luna levantó la cabeza. Sus ojos violetas brillaban en la penumbra de los Archivos.

—Los Primeros pueden arrancar la semilla sin matar a nadie. Solo necesitan un ancla.

—¿Un ancla? —Viktor frunció el ceño—. ¿Qué tipo de ancla?

—Algo que pertenezca a la Bruja Original. Algo que aún conserve su esencia. Si se lo ofrecemos a los Primeros como moneda de cambio, ellos pueden usar esa energía para extraer la semilla sin necesidad de una vida humana.

—¿Y existe algo así? —preguntó Alec.

Luna asintió.

—La flor. La que cogí en el jardín. No la destruí del todo. Solo la transformé.

Abrió la mano. En la palma, la cicatriz blanca en forma de flor brilló con luz tenue.

—La semilla está dentro de mí. Pero su esencia... su esencia está aquí. En mi piel. En esta marca. Si los Primeros la aceptan, pueden usarla como ancla.

—¿Y tú qué pierdes? —preguntó Dante.

Luna sonrió. Era una sonrisa triste.

—La marca. Y con ella, el último recuerdo físico de la Bruja Original. Ya no podré sentirla. Ni oírla. Ni saber si sigue ahí. Será como si nunca hubiera existido.

—¿Eso es malo? —preguntó Elara.

—No lo sé —respondió Luna—. Parte de mí quiere olvidarla. Otra parte... otra parte necesita recordar. Para no repetir sus errores.

Viktor puso una mano en su hombro.

—Los vampiros tenemos un dicho: «La memoria es la única prisión que no necesita llaves.» Si quieres olvidar, olvida. Nadie te juzgará.

—Pero yo me juzgaré —dijo Luna—. Siempre lo hago.

Cerró la mano. La cicatriz dejó de brillar.

—Hablemos con los Primeros. Esta noche. En la cueva.

---

La cueva de la cascada había cambiado.

Sin la puerta, sin las runas, sin la presencia de la Bruja Original, era solo una cavidad en la roca. El agua caía tras la entrada, creando un telón líquido que teñía la piedra de reflejos plateados.

Luna entró sola.

Los tres reyes y Margaret la esperaron fuera. Era su voluntad. Su cuerpo. Su semilla. Su negociación.

—Primeros —dijo en voz alta, y su voz resonó en las paredes vacías—. Me habéis oído. Sé que estáis ahí.

El silencio fue absoluto.

Luego, la piedra tembló.

Y del suelo, brotó una figura.

No era la Voz de los Antiguos. Era otra. Más antigua. Más difusa. Una silueta de luz dorada, con contornos que cambiaban constantemente, como si no pudiera decidir qué forma tener.

Heredera —dijo la figura, y su voz era muchas voces a la vez—. Te hemos oído.

—Quiero hacer un trato.

Lo sabemos. Quieres que arranquemos la semilla de la Bruja Original sin costo humano.

—Quiero daros la esencia de la Bruja. La que queda en mi marca.

Esa esencia es débil. No será suficiente.

—¿Qué más necesitáis?

Los Primeros guardaron silencio. La figura de luz parpadeó.

Tiempo. Tiempo de tu vida. No todo. Solo... un poco.

—¿Cuánto?

Un año. Uno de tus años. Nos pertenecerá. No morirás, no envejecerás, no sufrirás. Pero durante ese año, tu cuerpo no será tuyo. Será... nuestro. Un recipiente para nuestra voluntad.

Luna sintió cómo el corazón se le aceleraba.

—¿Qué haríais con mi cuerpo?

Caminaríamos por el valle. Veríamos lo que habéis hecho con el legado de la Bruja. Juzgaríamos. Y si todo estaba bien... devolveríamos tu cuerpo al amanecer del día 366.

—¿Y si no está bien?

Entonces... no te lo devolveríamos.

El silencio se hizo eterno.

Luna pensó en su abuela. En los tres reyes. En la carta de su madre. En el pastel de chocolate con la vela pequeña. En todo lo que había ganado y todo lo que estaba dispuesta a perder.

—Acepto —dijo.

La figura de luz se acercó.

¿Estás segura, Heredera?

—No. Pero es la única tercera opción que me queda.

Sabia decisión.

La luz dorada la envolvió. Luna sintió cómo algo la abandonaba —la marca, la cicatriz, la flor blanca— y cómo algo nuevo ocupaba su lugar.

No dolor. Paz.

Una paz profunda, antigua, como la que debían sentir los muertos.

Cerró los ojos.

Y cuando los abrió, estaba en el suelo de la cueva, temblando, con la ropa empapada en sudor.

La figura de luz había desaparecido.

Pero en su pecho, donde antes había vacío, ahora latía algo nuevo.

No era el nudo violeta. No era la semilla de la Bruja.

Era su propio corazón.

Por primera vez en meses, completamente suyo.

Salió de la cueva tambaleándose.

Margaret la abrazó antes de que cayera.

—¿Lo has hecho? —preguntó con la voz rota.

—Lo he hecho —susurró Luna—. Un año. Después... ya veremos.

Los tres reyes la miraron en silencio.

Y en sus ojos, Luna vio algo que no esperaba.

Orgullo.

—Eres más valiente que todos nosotros juntos —dijo Dante.

—No es valentía —respondió Luna—. Es terquedad. Lo heredé de mi abuela.

Margaret se rió. Una risa vieja, cascada, pero genuina.

—Eso sí es verdad.

Salieron del bosque cuando el sol empezaba a salir.

Cresta Negra amanecía violeta y naranja, como si supiera que algo importante había cambiado.

Y en lo más profundo de la cueva, donde Luna había negociado con los Primeros, una nueva flor empezaba a crecer.

No era blanca.

Era violeta.

Del color de sus ojos.

1
Gloria
Buenas noches autor una pregunta esta es una historia poliamorosa , o ella solo tiene en destinado por así decirlo , lo digo por que no me gustan las historias poliamorosas , yo soy más de la pajarera y ya 🤔🤔🤔🤔
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