Keile después de cometer muchos errores y ganarse el odio de su enigma tuvo que ver como la vida se le escapaba a la persona que más amo , no solo lo vio morir el fue su verdugo y vivió cada día en el arrepiento pero ahora el destino a decido darle una oportunidad volviendo al momento antes de que la luz de su egnima fuese apaga¿cometerá keile los mismo errores de su vida pasada?
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La Grieta en la Armadura
Ver a Keile así —deshecho, con los ojos vidriosos por la fiebre y aferrándose a mi muñeca como si yo fuera su único ancla en el mundo— me provocó una náusea violenta. No era asco hacia él, sino hacia la confusión que me estaba devorando por dentro.
—¡No fue una trampa! —su voz sonó como el crujido de cristales rotos.
Sus palabras me golpeaban, pero eran sus manos temblorosas y el rastro de sangre que empezaba a manchar de nuevo las vendas lo que realmente me hacía daño. Por un instante, solo por un parpadeo, sentí que ese muro de hielo en mi pecho vibraba. Mi lobo, que había estado sentado en la oscuridad de mi mente como una estatua de piedra, se removió.
Se puso en pie, erizando el pelaje de su lomo, soltando un gruñido bajo y eléctrico. Pero no era un gruñido de ataque hacia Keile. Era una inquietud desesperada. Ver la vulnerabilidad de ese Alfa lo estaba volviendo loco, pero al mismo tiempo, se negaba a dar un paso hacia él.
En ese momento lo entendí.
No era que a mi lobo no le importara Keile. No era indiferencia. Era puro terror.
Mi lobo sentía una conexión tan poderosa con el hombre que deliraba frente a mí que se sentía aterrado de ser traicionado. Era como si mi parte animal supiera que, si bajaba la guardia y Keile resultaba ser el enemigo, el golpe no nos mataría... nos borraría de la existencia.
—Suéltame, Keile —dije, aunque mi voz me traicionó y salió apenas en un susurro.
—No me estás escuchando... —insistió él, y vi una lágrima de pura frustración deslizarse por su mejilla—. Prefiero que me mates tú a que desconfíes de mí.
Aquella frase fue como un puñal. Mi lobo dio vueltas en círculos dentro de mi cabeza, gimiendo, rascando las paredes de mi consciencia. Estaba sufriendo. Ver a Keile humillarse de esa forma, rogando por una brizna de fe después de haber sido torturado por mi familia, era insoportable.
Me di cuenta de que mi lobo lo recordaba. Quizás no los hechos, ni las conversaciones, ni el futuro que Keile juraba proteger, pero recordaba el sentimiento. Y ese sentimiento era tan grande que mi lobo había decidido que lo más seguro era fingir que no existía.
Mi lobo no confiaba en él porque le tenía miedo a lo mucho que lo necesitaba.
—¿Cómo quieres que confíe, Keile? —le solté, sintiendo cómo mis propios ojos ardían—. Me das un desayuno de ensueño y dos horas después tengo a tu padre rodeando el yate de mis padres.
Me miras como si fuera tu mundo y luego apareces con la espalda destrozada diciendo que es por mí. ¡Es demasiado! ¡Nadie hace esto por un "amienemigo" de la infancia!
Lo obligué a soltar mi muñeca, pero no me alejé.
No pude. Me quedé allí, observando cómo su desesperación lo consumía. Mi lobo se acurrucó de nuevo, ocultando el hocico entre las patas, vibrando de una ansiedad que me estaba partiendo en dos.
Él decía la verdad, mi instinto lo sabía. Pero mi miedo era más fuerte que mi instinto. Y ver a un Alfa tan orgulloso como Keile reducido a cenizas por intentar convencerme... me hacía sentir el monstruo más grande de esta historia