Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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Uno más al círculo.
Valentina, como nueva cabeza de la familia luego de la muerte de su padre, actuó rápido.
Bernardo había muerto unos años atrás, dejando un legado de amor y compromiso con los demás. Valentina heredó su clínica, su determinación y, sobre todo, su lealtad a Carlos.
Llamó al abogado de inmediato.
—¿Señor Salazar? Soy Valentina. La hija del doctor Bernardo. Necesito su ayuda con urgencia. Es sobre Carlos.
Guillermo Salazar —abogado de confianza, heredero del bufete que había manejado los asuntos de Regina— no dudó.
—Dígame dónde y cuándo.
—Hospital público. Ahora. Carlos está en peligro. Su agresor está en el edificio.
—Voy para allá.
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Ambos llegaron al hospital casi al mismo tiempo.
Valentina con su bata blanca y su maletín médico. Guillermo Salazar con su traje gris y su carpeta de cuero.
Se encontraron en la entrada. No hicieron falta presentaciones. Ambos sabían quién era el otro. Ambos sabían por qué estaban allí.
—¿Dónde está Carlos? —preguntó Valentina.
—Cuarto piso. Habitación 412 —respondió una enfermera que los había visto llegar—. Pero acaba de ocurrir un incidente...
—¿Qué incidente? —preguntó Guillermo, con la voz fría.
—Un hombre... un Alfa... irrumpió en la habitación. Forcejeó con el ayudante. Tuvimos que llamar a seguridad.
Valentina y Guillermo se miraron.
—Esteban —dijeron al unísono.
Subieron las escaleras de dos en dos. Llegaron al cuarto piso. El pasillo estaba lleno de enfermeras susurrando. Una puerta abierta. Una mesa volcada. Instrumentos en el suelo.
Y en medio del caos, un hombre joven, moreno, de ojos verdes, de pie junto a la cama de Carlos, sosteniéndole la mano.
—¿Quién es usted? —preguntó Valentina, con el tono de quien no está acostumbrada a que le respondan con evasivas.
Darío levantó la vista. Sus ojos estaban rojos. No de llorar. De furia contenida.
—Soy Darío —respondió—. Soy policía. Y soy...
Hizo una pausa.
—Soy amigo de Carlos.
Valentina lo miró. Algo en su mirada le dijo que "amigo" no era la palabra correcta. Pero no preguntó. No era el momento.
—Necesito que me diga exactamente lo que pasó —intervino Guillermo, sacando una libreta del bolsillo de su traje.
Darío les contó. Todo. Desde que llegó y encontró a Esteban sobre la cama. Desde que lo arrojó al suelo. Desde que los de seguridad lo sacaron.
—Ese hombre es peligroso —dijo Darío al final—. No debería estar cerca de Carlos. Nunca más.
—No lo va a estar —dijo Valentina, con una determinación que recordaba a su padre—. Señor Salazar, ¿puede gestionar una habitación privada? Con acceso restringido. Solo personas autorizadas.
—Ya mismo —respondió Guillermo, sacando su teléfono—. Tengo contactos en este hospital. En cinco minutos está resuelto.
—Y necesito una habitación contigua —añadió Valentina—. Para Gabriel. Vi que se golpeó la cabeza. Necesito revisarlo.
—Hecho.
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Veinte minutos después, Carlos y Gabriel estaban instalados en una habitación privada.
Amplia. Tranquila. Con una cama adicional para Gabriel y un sofá para los acompañantes. La puerta tenía cerradura electrónica. Solo las tarjetas autorizadas podían abrirla.
Valentina revisó a Gabriel. Le limpió la herida en la cabeza. Le puso puntos. Le revisó las pupilas.
—No es grave —dijo, con un suspiro de alivio—. Pero vas a tener dolor de cabeza por unos días. Y una cicatriz nueva.
—Me gusta —respondió Gabriel, intentando sonreír—. Me hace ver más rudo.
—No te hagas.
Valentina se sentó a su lado. Lo abrazó. Gabriel se dejó abrazar. Había sido un día largo. Demasiado largo.
—¿Y Carlos? —preguntó Gabriel, señalando la cama de al lado.
—Estable. El celo está avanzando, pero ya le puse el supresor. Debería despertar en unas horas.
—¿Y él? —Gabriel señaló a Darío, que estaba sentado en el sofá, con la cabeza entre las manos.
Valentina lo miró.
—No lo conozco —admitió—. Pero si Carlos confía en él... o si Gabriel confía en él...
—Yo lo llamé —dijo Gabriel—. Cuando vi que Carlos estaba mal. Lo llamé a él. No a otro.
Valentina arqueó una ceja.
—¿Tan especial es?
Gabriel sonrió. Una sonrisa cansada, pero sincera.
—Es su destinado. Aunque Carlos no lo sepa todavía.
Valentina lo miró largamente. Luego asintió.
—Entonces hay que hablar con él.
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Gabriel los convenció.
—Necesitan hablar con él —dijo, mirando a Valentina y a Guillermo—. Darío merece saber lo que pasa. No podemos mantenerlo al margen.
—No lo conocemos —dijo Guillermo, con su cautela de abogado.
—Yo sí. Y confío en él. Además —Gabriel bajó la voz—, él la tiene. La marca de destinado. Él sabe. Él la sintió desde el primer día. Carlos todavía no, por todo lo que pasó, pero...
—Pero él está esperando —completó Valentina—. Está esperando a que Carlos esté listo.
—Sí.
Valentina se puso de pie. Cruzó la habitación. Se sentó frente a Darío.
—Señor Darío —dijo—. Mi nombre es Valentina. Soy la hermana de Gabriel. Y la médica de Carlos desde hace años.
Darío levantó la vista. Sus ojos estaban cansados. Preocupados.
—¿Cómo está? —preguntó.
—Estable. Va a despertar. Pero necesita tranquilidad. Y necesita estar cerca de personas que lo quieran.
—Yo lo quiero —dijo Darío, sin dudar—. Aunque apenas lo conozco. Aunque él apenas me soporta. Lo quiero.
Valentina sonrió.
—Eso es lo que quería escuchar.
Guillermo se acercó también. Sacó su libreta.
—Voy a ser directo, señor Darío. Usted es policía. Investigador. Supongo que tiene preguntas sobre lo que pasó hoy. Y sobre quién es ese hombre.
—Muchas —admitió Darío.
—Entonces siéntese cómodo. Esto va a tomar un momento.
Y durante la hora siguiente, entre Valentina, Gabriel y Guillermo, Darío supo la verdad.
No toda. No los detalles más íntimos. Esos le correspondían a Carlos contarlos.
Pero supo suficiente.
Supo de Esteban. De la marca. Del encierro. De la abuela. Del sueño de Carlos.
Y cuando terminaron, Darío tenía los puños apretados y los ojos llenos de lágrimas que no dejó caer.
—Voy a protegerlo —dijo, con la voz ronca—. Aunque él no quiera. Aunque me odie. No voy a dejar que ese hijo de puta vuelva a tocarlo.
Valentina puso una mano en su hombro.
—Bienvenido a la familia —dijo—. Porque para proteger a Carlos, vas a necesitar toda la ayuda que puedas.
Darío asintió.
Miró a Carlos. Seguía dormido. Seguía sonrosado. Seguía siendo el hombre más hermoso que había visto en su vida.
—Voy a estar aquí —susurró—. Cuando despiertes. Siempre.
Y se quedó.
Esperando.
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Unas horas después, Carlos despertó.
La luz era tenue. La habitación olía a antiséptico y a algo más. Algo dulce. Algo que no sabía identificar.
Parpadeó varias veces. La visión le llegaba borrosa. Poco a poco, los contornos se fueron definiendo.
Ya no estaba Gabriel a su lado.
Ahora estaba Darío.
Sentado en una silla, junto a la cama. Con la cabeza apoyada en el respaldo, los brazos cruzados, los ojos cerrados. No dormía. Solo descansaba. Como si hubiera estado allí horas, vigilando, esperando.
Carlos lo miró.
El moreno de su piel. El cabello negro ligeramente desordenado. La mandíbula marcada. Esos labios que tantas veces habían sonreído con ese hoyuelo en la mejilla.
Está aquí, pensó Carlos. ¿Por qué está aquí?
Intentó incorporarse, pero su cuerpo no le respondía del todo. La cabeza le daba vueltas. La boca le sabía a metal y a sueño.
—Tranquilo —dijo Darío, abriendo los ojos y enderezándose en la silla—. No te muevas mucho. Los médicos dijeron que necesitas reposo.
—¿Dónde está Gabriel? —preguntó Carlos, con la voz rasposa.
Darío dudó un segundo. No quería preocuparlo. Pero tampoco podía mentirle.
—Está en la habitación de al lado. Se golpeó la cabeza, pero ya lo revisaron. No es nada grave. Su hermana está con él.
—¿Su hermana? —Carlos frunció el ceño, confundido—. ¿Valentina?
—Sí. Ella llegó hace unas horas. También el abogado de tu abuela. Guillermo Salazar.
Carlos parpadeó. No recordaba haberle dado ese nombre a Darío. Pero algo en su interior le dijo que no importaba.
—¿Qué pasó? —preguntó—. Solo recuerdo que llegamos al hospital y luego...
Se llevó una mano a la frente. El dolor de cabeza comenzaba a asomar.
—Descansa —dijo Darío, con una voz suave que desarmaba—. Después te cuento. Ahora solo necesitas dormir.
Carlos quiso protestar. Quiso preguntar más. Pero su cuerpo no le obedecía. Los párpados le pesaban. La respiración se le hacía lenta.
Antes de volver a cerrar los ojos, miró a Darío.
—¿Te quedas? —preguntó, con una voz que apenas era un susurro.
Darío sonrió. Esa sonrisa de medio lado. El hoyuelo en la mejilla.
—Me quedo.
Carlos cerró los ojos otra vez.
Y por primera vez en mucho tiempo, durmió sin pesadillas.