En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
NovelToon tiene autorización de Thais Perdida para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
XIV. CONOCIMIENTO.
La habitación quedó en silencio cuando la puerta se cerró definitivamente. El monitor marcaba un ritmo estable.
El sonido distante de la cascada vibraba suavemente en los ventanales reforzados. Ares permaneció de pie unos segundos más, mirando hacia la puerta por donde habían salido los mellizos.
Arthur fue el primero en romper el silencio.
—Ahora entiendo.
Ares no respondió. Arthur giró ligeramente el rostro hacia él.
—El Proyecto Apocalipsis. —lo miró atento—. No es estrategia. No es poder. No es control —su mirada se suavizó—. Es miedo.
Ares tensó apenas la mandíbula. Arthur continuó:
—Miedo de que algo les pase.
El silencio fue una confirmación. Arthur esbozó una leve sonrisa cansada.
—Son niños hermosos. —habló con ternura.
Ares finalmente lo miró.
—Lo sé.
—Y se parecen a ti.
Eso hizo que Ares frunciera levemente el ceño. Arthur negó despacio.
—No ahora. Cuando eras pequeño.
El comentario lo descolocó apenas.
Arthur observaba el techo, recordando.
—Eras igual de serio. Igual de protector. Siempre analizando todo… —recordo con nostalgia–, incluso cuando apenas levantabas un metro del suelo.
Ares guardó silencio.
Arthur giró el rostro hacia él otra vez.
—Pero también tenías esa misma forma de mirar cuando querías a alguien.
El aire se volvió más denso. Ares habló con tono controlado:
—Ellos no son como yo.
—No —admitió Arthur—. Son más fuertes.
Eso sí hizo que Ares lo mirara directamente. Arthur sostuvo su mirada.
—Especiales. Inteligentes. Con una percepción que asusta.
Ares asintió apenas.
—Lo son.
Y por un instante, algo en su voz cambió. No había estrategia. No había cálculo... Solo orgullo.
—Apocalipsis no sabe con qué está jugando —añadió Ares, más bajo.
Arthur lo estudió.
—No —pausa—. Pero tú sí sabes lo que podrías perder.
Ares no respondió.
Arthur respiró con cuidado, aún limitado por la herida.
—Gracias por protegerlos.
Esa frase quedó suspendida entre ambos. Ares tardó unos segundos en contestar.
—Es mi responsabilidad.
Arthur negó levemente.
—No. Es tu elección. —
Silencio.
Ares se acercó finalmente a la cama, no demasiado, pero lo suficiente para que ya no pareciera una distancia emocional insalvable.
—Descansa —dijo con voz firme, aunque menos fría que antes.
Arthur lo miró con algo que no era debilidad. Era orgullo.
—Lo haré.
Pausa.
—Ares… —lo llamo y ell se detuvo antes de girarse—. Hiciste algo bien.
Ares no respondió.
Pero esta vez, antes de salir de la habitación… no lo llamó “señor Rogers” y Arthur notó la diferencia.
Ares ya había dado medio giro hacia la puerta cuando la voz de Arthur lo detuvo.
—Ares.
No fue firme. Fue frágil.
Ares se detuvo sin volver de inmediato. Arthur tragó saliva antes de hablar.
—Cuando me recupere… —hizo una pausa, como si le costara formular la pregunta— ¿tendré que irme?
El monitor marcó un pequeño aumento en el ritmo. Arthur sostuvo su mirada con algo que rara vez mostraba: miedo.
No el miedo a Apocalipsis. No el miedo a la muerte.
Miedo a ser expulsado otra vez de la vida de su hijo. Ares lo notó. Lo vio en la tensión de sus manos. En la forma en que evitaba parpadear. En la expectativa contenida.
Ares lo miró unos segundos más de lo habitual.
Luego respondió.
—No.
La palabra fue clara. Sin dureza.
Arthur parpadeó. Ares continuó, con tono bajo pero firme:
—Sería difícil que te fueras ahora… —dijo—. Cuando mis hijos ya saben que estás aquí y que tienen abuelo.
No dijo “porque yo no quiero que te vayas”. Pero tampoco hacía falta. Arthur dejó salir el aire que llevaba reteniendo, algo en sus hombros se relajó. Ares dio un paso hacia la puerta.
Pero antes de cruzarla, se detuvo otra vez. Sus dedos se tensaron levemente contra el marco. Sin girarse del todo, habló.
Una sola palabra que lo cambio todo.
—Papá...
Arthur se quedó completamente inmóvil. Como si el tiempo se hubiera detenido dentro de esa habitación. Sus ojos se abrieron apenas. El monitor volvió a alterar su ritmo.
Ares no lo miró de frente esta vez, pero su voz, aunque breve, no fue fría. Fue real. Arthur intentó responder pero las palabras no salieron a tiempo.
Porque Ares ya había abierto la puerta y antes de que el momento pudiera volverse más vulnerable de lo que él estaba dispuesto a tolerar… salió.
La puerta se cerró con suavidad. Arthur permaneció mirando el espacio vacío unos segundos más. Luego dejó caer la cabeza contra la almohada y por primera vez en muchos años sonrió.
...----------------...
La sala de operaciones vibraba con pantallas encendidas, mapas tácticos y proyecciones del Proyecto Apocalipsis flotando en el aire.
Danielle caminaba con paso firme. Detrás de ella, dos pasos pequeños la seguían junto a dos felinos pequeños no precisamente en silencio.
—No es justo —protestó Athenas, cruzándose de brazos mientras avanzaba—. Ni tú ni papá nos dijeron que nuestro abuelo estaba aquí.
Danielle suspiró sin detenerse.
—No era información necesaria para ustedes.
—Claro que sí —replicó Athenas con energía—. Es familia.
Athas caminaba a su lado, mucho más sereno.
—Corrección —intervino con voz calmada—. No está enfermo. Recibió un impacto de bala.
Athenas giró la cabeza hacia él.
—Eso es estar enfermo. —la pequeña se cruzó de brazos.
—No técnicamente.
Danielle se llevó una mano a la frente.
—Por favor, no conviertan esto en un debate médico, hijos mios —los miró.
Los mellizos siguieron caminando y aunque discutían, lo hacían sincronizados. Como dos fuerzas opuestas que no podían existir separadas.
Yin y Yang.
Athenas era impulso. Movimiento constante. Emoción a flor de piel. Extrovertida, directa, feroz cuando algo le parecía injusto. Prefería actuar primero y resolver después.
Athas, en cambio, era silencio estratégico. Observaba todo. Registraba microexpresiones, variaciones de tono, patrones de conducta. Introvertido en apariencia… pero con una presencia dominante que no necesitaba elevar la voz para imponerse.
Si Athenas era fuego, Athas era gravedad.
—Papá estaba triste —dijo Athenas de pronto, bajando un poco el tono.
Athas asintió.
—Frecuencia cardíaca elevada. Tensión mandibular. Evitación visual parcial. —observó el pequeño.
Danielle se detuvo finalmente y se giró hacia ellos.
—Su padre toma decisiones para protegerlos. —les recordó.
Athenas frunció el ceño.
—Ocultar no es proteger, mami.
Athas inclinó apenas la cabeza.
—A veces sí lo es. —dijo.
Athenas miró a su hermano sorprendida e indignada.
—¿Lo estás defendiendo?
—Estoy analizando variables.
Ella rodó los ojos.
—Siempre analizas variables.
—Y tú siempre explotas antes de procesarlas. —la acusó.
Danielle no pudo evitar una leve sonrisa ante la dinámica. Eran opuestos en todo. Pero cuando uno se movía, el otro equilibraba. Cuando uno ardía, el otro contenía. Cuando uno dudaba, el otro afirmaba.
—¿Se va a quedar? —preguntó Athenas de repente, mirando a Danielle.
La mujer sostuvo su mirada.
—Eso depende de su padre.
Athas cruzó las manos detrás de la espalda.
—No se irá.
Danielle alzó una ceja.
—¿Ah, no?
—La probabilidad disminuyó después de que papá lo llamó “papá” al abuelo —confeso.
Athenas se quedó quieta.
—¿Lo escuchaste?
—No —se pauso—. Pero lo vi en su expresión cuando salió.
Danielle los observó en silencio. A veces olvidaba que eran niños. Athenas respiró hondo.
—Entonces tenemos que hacer que se quede.
Athas la miró de reojo.
—No es algo que se fuerce.
Ella sonrió con picardía.
—Nunca dije que lo forzaríamos.
Danielle entrecerró los ojos.
—No me gusta ese tono, hija —la miro.
Athenas giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia la mesa central de planificación.
—Si Apocalipsis cree que puede romper familias —habló la niña con enojo y seguridad—, eligió la equivocada.
Athas la siguió con paso tranquilo.
—Necesitamos información primero.
Ella sonrió.
—Siempre la tenemos.
Danielle los observó posicionarse frente a las pantallas tácticas y por un instante comprendió algo con claridad absoluta: Apocalipsis no estaba preparado. No para Ares.
Y definitivamente no para lo que representaban esos dos pequeños equilibrios perfectos de luz y sombra.
...----------------...
Una semana había pasado.
Siete días de cálculos, simulaciones y movimientos silenciosos contra el Proyecto Apocalipsis.
Arthur ya no estaba conectado a monitores constantes. La herida cicatrizaba bien y ahora ocupaba una habitación asignada en el ala privada de la residencia, amplia pero sobria, con vista a los jardines interiores.
Esa tarde, las puertas corredizas estaban entreabiertas y las voces pequeñas no tardaron en colarse dentro.
—Caesar ya creció casi cuatro centímetros —declaró Athenas con evidente orgullo.
Un pequeño rugido agudo respondió, seguido del sonido torpe de patas grandes sobre mármol.
—Scarface desarrolló mejor estructura ósea en las extremidades posteriores —respondió Athas con calma científica—. Su proyección de masa supera la media esperada.
Arthur sonrió sin que lo vieran.
Se incorporó un poco en el sillón junto a la ventana.
Desde donde estaba, podía verlos a través del vidrio lateral del jardín interno. Dos ligres jóvenes corrían torpemente entre las columnas.
El de Athenas —Caesar— tenía una energía explosiva, impulsiva, casi teatral. Saltaba antes de medir distancias.
Scarface, en cambio, observaba antes de moverse. Sus desplazamientos eran más calculados, aunque igual de potentes.
Arthur murmuró para sí:
—Como ustedes.
Athenas estaba sentada en el césped, cruzada de piernas, mirando a su ligre con intensidad.
—Sigo enojada.
Athas no levantó la vista de la tablet donde registraba datos de crecimiento.
—Lo sé. —hablo con el conocimiento del carácter de su melliza.
—No me gusta que me oculten cosas importantes. —se cruzó de brazos.
—Papá no quería que nos involucráramos emocionalmente mientras la situación era inestable.
Athenas lo miró de reojo.
—Eso suena a algo que diría él. —se burlo.
Athas encogió apenas un hombro.
—No significa que esté de acuerdo.
Ella suspiró.
—Es nuestro abuelo. —gruño ella—. Deberíamos haber estado ahí desde el principio.
Scarface se acercó a Caesar y lo empujó levemente con el hombro. Caesar respondió saltándole encima sin cálculo alguno.
Athas observó el intercambio.
—Reacción impulsiva ante estímulo leve. —informó.
Athenas sonrió.
—Se está defendiendo. —le dijo.
—Está exagerando.
—Es pasión. —respondió ella.
—Es desproporción.
Arthur dejó escapar una risa baja. No estaban discutiendo sobre los ligres.
En la entrada del jardín, apoyado discretamente contra el marco de la puerta, Ares observaba la escena sin ser visto.
Escuchaba cada palabra. Cada matiz. Athenas bajó la voz un poco.
—Cuando lo vi… estaba asustado. —bajó la cabeza.
Athas finalmente levantó la mirada.
—Sí.
—Como si pensara que lo iban a echar otra vez. —habló con tristeza.
El silencio que siguió fue más profundo. Ares sintió esa frase como un impacto limpio en el pecho. Athas respondió con serenidad:
—Papá no lo va a echar.
Athenas frunció el ceño.
—¿Y si sí?
—No lo hará.
—¿Cómo lo sabes?
Athas miró hacia la casa un segundo. No directamente hacia la entrada… pero casi.
—Porque cuando salió de la habitación, su postura cambió. —recordo—. Menor rigidez en hombros.
Reducción de tensión mandibular. Contacto visual sostenido previo. Athenas lo observó, expectante.
—Eso significa…
—Que tomó una decisión emocional.
Ares cerró los ojos apenas un instante. Arthur, desde su ventana, notó la figura de su hijo en la entrada.
Lo había visto. No dijo nada. Athenas se levantó del césped y cruzó los brazos.
—Igual sigo enojada.
Athas asintió.
—Puedes estar enojada y aún así quererlo aquí.
Ella lo miró. Luego miró hacia la casa.
—Claro que amo a papá, pero no pienso perdonarlo tan fácil.
Athas sonrió apenas.
—No lo harás.
Caesar corrió hacia Athenas y se sentó torpemente sobre su pie. Scarface se colocó al lado de Athas, firme,
casi protector y desde la entrada… Ares los observó en silencio.
Escuchando.
Aprendiendo.
Entendiendo que sus hijos veían más de lo que él creía y que tal vez… ya no podía seguir protegiéndolos ocultándoles el mundo. Ni a su propio padre dentro de él.
Arthur caminaba con paso aún prudente por los amplios pasillos de la casa.
Athenas no soltaba su mano.
—Más despacio, abuelo —le decía con natural autoridad—. Todavía estás en recuperación.
Arthur la miraba con ternura.
—Estoy bien, pequeña general.
Athas avanzaba al otro lado, atento a cualquier mínima inestabilidad en su marcha. No lo tocaba, pero estaba lo suficientemente cerca como para sostenerlo si era necesario.
Más adelante, Caesar y Scarface corrían por el mármol como si fueran dueños del lugar, sus colas enormes golpeando muebles con entusiasmo juvenil.
Entonces, el sonido.
El batir profundo de hélices cortando el aire. Athenas se detuvo en seco. Sonrió.
—Es él.
Arthur alzó una ceja.
—¿Quién?
—Mi tío Asziel.
Athas asintió.
—Frecuencia de rotor coincide con el modelo que utiliza. Además, trayectoria de aproximación habitual. —observó el niño.
Arthur suspiró apenas.
—¿Tío?
—Nos regaló a Caesar y a Scarface —aclaró Athenas, como si eso justificara cualquier vínculo.
Se soltó de la mano de Arthur y echó a correr.
—¡Asziel!
El helicóptero terminó de asentarse en el hangar custodiado. Cuando la compuerta lateral se abrió, apareció la figura elegante y controlada de Asziel Garza.
Apenas tuvo tiempo de quitarse los lentes oscuros cuando Athenas se lanzó hacia él. La levantó con facilidad en brazos.
—Pequeña estratega —saludó con calma—. Veo que sigues conquistando territorios.
—Caesar creció —anunció ella con orgullo—. Y Scarface también.
Athas llegó caminando, más contenido. Arthur apareció detrás, avanzando con paso firme.
Asziel levantó la vista y lo vio. Hubo un segundo de reconocimiento silencioso. Luego, el joven capo suspiró levemente.
—Vaya… ahora tenemos un juez en la isla.
Athas intervino de inmediato, erguido con orgullo:
—Es nuestro abuelo. El padre de papá.
Arthur sostuvo la mirada de Asziel sin titubear. Asziel dejó a Athenas en el suelo y se inclinó a la altura de los niños.
—¿Sabían que su abuelo intentó arrestarme una vez?
Athenas abrió los ojos con fascinación.
—¿En serio?
Arthur habló con voz grave y medida.
—No fui yo. Fue Interpol quien emitió la orden de captura. —le recordo—. No intentes poner a mis nietos contra mi, Garza.
Asziel sonrió apenas, ladeando la cabeza.
—Yo era inocente.
Arthur lo miró con paciencia judicial.
—Había cinco cargos por homicidio.
Asziel lo corrigió con tranquilidad irritante.
—Siete.
Silencio. Athenas parpadeó, Athas procesó el dato con rapidez.
—Entonces no era inocente. —lo miró.
Asziel se encogió levemente de hombros.
—Depende del punto de vista.
Arthur cruzó los brazos.
—En derecho penal no suele depender del punto de vista.
Caesar emitió un pequeño rugido y se colocó frente a Athenas como si evaluara la tensión. Scarface observaba a Asziel sin miedo, pero con cautela.
Athenas miró de uno a otro.
—¿Se van a pelear?
Asziel sonrió con suavidad.
—No frente a ustedes.
Arthur sostuvo la mirada un momento más. Luego, inesperadamente, dijo:
—Mientras estén bajo este techo… no soy juez.
La frase no fue indulgente. Fue clara. Athas lo observó con atención. Athenas tomó la mano de su abuelo nuevamente.
—Entonces pueden empezar de nuevo.
Asziel miró a Arthur.
Arthur no apartó la mirada. El pasado flotaba entre ellos, pero también algo más reciente. La familia.
Y en medio del hangar, con el eco lejano del helicóptero apagándose… el equilibrio volvía a tensarse. Esta vez, con testigos pequeños que entendían más de lo que aparentaban.
El eco de las hélices aún vibraba en las paredes del hangar cuando dos figuras más aparecieron desde el corredor principal.
Ares caminaba con paso firme, manos detrás de la espalda. A su lado, Conrad revisaba en una tablet los protocolos de aterrizaje.
Asziel levantó la vista apenas los vio acercarse.
—Qué recibimiento tan formal. —se cruzó de brazos.
Ares no sonrió. Ni siquiera lo saludó primero.
—Dime que no les trajiste otros felinos exóticos a mis hijos.
Asziel parpadeó… y luego soltó una carcajada abierta, genuina.
—No felinos —respondió, limpiándose una lágrima imaginaria—. Esta vez pensé en algo más dinámico. Les traje chimpancés.
Conrad dejó de escribir.
Arthur giró lentamente la cabeza hacia Asziel. Ares lo miró en silencio. Un segundo. Dos. Luego giró apenas hacia su padre.
—Arréstelo.
El silencio duró exactamente medio segundo antes de romperse. Arthur fue el primero en soltar una risa baja y profunda.
Asziel lo siguió. Conrad negó con la cabeza, sonriendo y finalmente, Ares —apenas— dejó escapar una exhalación que era casi una risa.
Athenas, que observaba desde unos metros más atrás, frunció el ceño.
—¿Por qué nadie me avisó de los chimpancés?
—No existen —respondió Athas con calma científica—. Es sarcasmo.
—Ah.
Caesar pasó corriendo entre las piernas de Conrad, casi derribándolo. Scarface lo siguió con paso más controlado, aunque igual de imponente.
—Control de fauna, por favor —murmuró Conrad, esquivando una cola enorme.
Asziel miró a los ligres con satisfacción.
—Admitan que fue un buen regalo.
Ares cruzó los brazos.
—Fue un regalo imprudente para mis hijos.
—Pero efectivo. —los miró—. Pague millones de dólares mas vale que lo aprecien.
Arthur observó la escena con algo nuevo en la expresión. No juicio. No distancia. Sino una forma silenciosa de pertenencia. Ares notó esa mirada.
Por un instante, sus ojos se encontraron.
Sin palabras.
Sin tensión.
Solo un entendimiento tácito. Luego Ares giró hacia el interior del complejo.
—Entren. Tenemos trabajo.
Asziel hizo un gesto teatral de obediencia.
—A la orden, comandante.
Arthur caminó a la par de ellos esta vez, sin que Athenas tuviera que sostenerlo.
Detrás, los niños corrían por los pasillos amplios de la base, sus risas rebotando en las paredes de acero y cristal mientras Caesar y Scarface los seguían como sombras gigantes y juguetonas.
El sonido ya no era de helicópteros ni de planificación militar. Era de familia y por primera vez en mucho tiempo… la base no se sentía como una fortaleza.
Sino como un hogar.
...----------------...
La sala de operaciones estaba en penumbra.
En el centro, el holograma giraba lentamente: líneas de código, mapas neuronales, proyecciones tácticas.
Proyecto Apocalipsis.
La información que había aportado Arthur había confirmado lo que temían: no era solo un arma. Estaba alterado. Reconfigurado. Elevado a un nivel que rompía cualquier protocolo conocido.
Arthur Rogers observaba en silencio, brazos cruzados, mientras Ares y Conrad analizaban las nuevas variables.
—Su respuesta emocional fue amplificada —murmuró Conrad—. Esto ya no es solo programación.
—Es personal —añadió Arthur con gravedad.
En ese momento, las puertas se abrieron.
Risas pequeñas.
Pasos ligeros.
Danielle y Andrea entraron detrás de los niños.
—Chicos, esta no es área de juego —advirtió Danielle con suavidad.
Athas obedeció… por unos segundos. Pero Athenas ya estaba mirando el holograma.
Fascinada. Se acercó despacio. Apoyó ambas manos sobre la base emisora de la proyección.
Cerró los ojos. Ares lo notó de inmediato. Caminó hacia ella.
—Athenas… ¿qué estás haciendo?
Su voz no era dura. Era alerta. Ella respondió sin abrir los ojos:
—Estoy intentando conectarme con su mente.
Danielle se tensó.
—No, cariño… no lo hagas. Vuelve.
Pero Athenas ya no escuchaba. Su respiración cambió. Se volvió más rápida. Más irregular. El holograma vibró
apenas.
Arthur dio un paso adelante.
—¿Qué está pasando?
Athenas habló. No como niña sino como si estuviera leyendo algo invisible.
—Confirmo… no es una máquina. —dijo ella y la sala quedó inmóvil—. Es humano y joven… veinticuatro años.
Conrad intercambió una mirada con Ares.
—Algo le hicieron en su mente —continuó ella, su voz quebrándose ligeramente—. Está enojado…
Su pecho comenzó a subir y bajar con dificultad. Como si sintiera otra respiración superpuesta a la suya.
—Esta muy enojado, papá.
Ares se colocó frente a ella.
—Athenas. Vuelve. Ahora.
Ella no respondió. Sus dedos se tensaron contra la base metálica.
—Su objetivo es claro… destruir al prototipo D-01… y al G-02…
Arthur sintió el peso de esas designaciones. Ares también.
Eran sus padres.Athenas repitió, casi en un susurro ahogado:
—Está muy enojado…
Athas se acercó en silencio. Observó el patrón de respiración. La tensión en los músculos de su hermana. Apoyó su mano en su hombro.
Firme.
Estable.
—Suéltalo —dijo con voz baja pero dominante—. No es tu carga.
Ares extendió la mano también.
—Athenas. Vuelve conmigo. —habló.
Un segundo más. El holograma osciló violentamente y entonces Athenas inhaló bruscamente y abrió los ojos de golpe.
Se llevó la mano al pecho. Como si hubiera caído desde gran altura. Danielle la sostuvo antes de que perdiera equilibrio. La sala quedó en silencio absoluto.
Athas no retiró su mano hasta asegurarse de que la respiración de su hermana volvía a la normalidad. Ares se agachó frente a ella.
—¿Te hizo daño?
Ella negó lentamente. Pero sus ojos estaban distintos.
—No quiere ser así —susurró—. Le quitaron todo.
Arthur bajó la mirada.
—Lo convirtieron en un arma.
Conrad apagó el holograma. La luz azul desapareció. Ares tomó el rostro de su hija con ambas manos.
—No vuelvas a hacer eso sin mí.
No era un regaño. Era miedo contenido... Athenas asintió.
Athas observaba el punto donde el holograma había estado.
Pensativo.
Analizando.
Si Apocalipsis era humano… Entonces no estaban enfrentando solo un proyecto. Estaban enfrentando a alguien que sentía y alguien que sentía ira… podía volverse impredecible.
La guerra acababa de cambiar.
La puerta de la habitación se cerró suavemente tras los niños.
El silencio en la base no era tranquilidad. Era análisis. En la sala de operaciones, Conrad activó un nuevo holograma.
Esta vez no era Némesis.
Era el cerebro de Athenas. Una proyección tridimensional, luminosa, con zonas activas pulsando en patrones complejos.
Arthur frunció el ceño.
—Eso no es normal.
Conrad negó lentamente.
—No. No lo es. —nego.
Amplió la imagen. Las conexiones sinápticas brillaban con una densidad inusual.
—Está evolucionando demasiado rápido. —informó—. Su capacidad de interconexión neuronal supera cualquier parámetro infantil conocido. Eso explica cómo logró conectarse casi de inmediato a la mente de Némesis.
Andrea dio un paso al frente.
—¿Y Athas?
Conrad cambió la proyección. El cerebro de Athas apareció junto al de su hermana.
Más estable.
Más uniforme.
—El suyo es extraordinario también —aclaró Conrad—. Pero es más calmo. Evoluciona a su ritmo natural, aunque por encima de la media. Tiene control, estructura, regulación emocional sólida —señaló la imagen de Athenas—. Ella, en cambio… es más avanzada debido a su capacidad neuronal expansiva. Su cerebro no solo procesa información. La integra. La atraviesa.
Asziel Garza apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces puede sernos útil.
Danielle giró de inmediato mientras lo miró con frialdad absoluta.
—No vamos a usar a mi hija como arma.
Asziel no se inmutó.
—No hablé de usarla. Hablé de ayuda.
Ares permanecía en silencio, pero su mandíbula estaba tensa. Conrad intervino antes de que la tensión escalara.
—En parte, Asziel tiene razón.
Danielle lo miró ahora a él.
—Conrad.
—Escúchame —dijo con calma científica—. Bajo control. Con supervisión. Si aprende a conectarse de forma dirigida, podría detectar intenciones. Planes. Movimientos estratégicos en desarrollo.
Arthur habló desde el fondo.
—¿Leer mentes?
—No exactamente. Detectar patrones cognitivos activos. Es distinto.
Andrea cruzó los brazos.
—¿Y el riesgo?
Conrad no dudó.
—Existe. —la sala quedó más fría—. Si entra abruptamente en una mente… el propietario puede sentirlo. Como una intrusión. Una presencia.
Asziel ladeó la cabeza.
—Y alguien como Apocalipsis no reaccionaría bien a eso.
—No —confirmó Conrad—. Podría localizar el origen.
Danielle negó con firmeza.
—Entonces no se hace.
Ares finalmente habló.
—No decidimos nada ahora.
Su voz no era autoritaria. Era protectora. Miró el holograma de su hija. Las conexiones brillaban como constelaciones en expansión.
—Ella no es un recurso estratégico.
Arthur asintió apenas.
—Es una niña. —habló el antiguo juez.
Asziel suspiró.
—Es ambas cosas.
El comentario quedó flotando. Conrad redujo la proyección hasta que ambas imágenes cerebrales giraban lentamente, lado a lado.
Dos mentes extraordinarias. Diferentes. Complementarias. Andrea rompió el silencio.
—Si alguna vez se considera… deberá ser elección de ella.
Danielle sostuvo esa frase como un ancla. Ares apagó el holograma.
La sala quedó a oscuras unos segundos antes de que las luces ambientales volvieran.
—Esto no sale de aquí —ordenó con calma—. Nadie ve a mis hijos como herramientas.
Asziel levantó las manos en gesto neutral.
—Entendido.
Pero en el fondo, todos sabían algo. Si Apocalipsis era humano. Si estaba alterado. Si buscaba destruir a D-01 y G-02.
Entonces la guerra no sería solo física. Sería mental y Athenas… ya había cruzado esa puerta una vez.
...----------------...
No tardes