En el imperio de Valtheria, la magia es un privilegio reservado a los hombres y una sentencia de muerte para las mujeres. Cathanna D’Allessandre, hija de una de las familias más poderosas del imperio, creció bajo el yugo de una sociedad que exige de ella sumisión, silencio y perfección absoluta. Pero su destino estaba sellado mucho antes de su primer llanto: la sangre de las brujas corre por sus venas, y su sola existencia es la llave destinada a abrir la puerta que traería de vuelta a un poder oscuro que siempre se había creído una simple leyenda.
Este libro contiene material explícito y potencialmente perturbador. Las escenas presentadas pueden resultar incómodas o desencadenar reacciones en ciertos lectores. Las acciones y perspectivas de los personajes son ficticias y no representan las opiniones del autor. La decisión de continuar la lectura se realiza bajo la completa responsabilidad del lector.
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CAPÍTULO 019
010 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de la Tierra Quieta, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Cathanna sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Hoy? —repitió exageradamente despacio, como si la palabra no tuviera sentido—. ¿Cómo que me casaré hoy, madre? —Se giró hacia Anne, con el rostro tan frío que congeló el aire—. ¿Acaso te has vuelto loca? No puedo casarme hoy. Es una idea absurda. No puedes hacerme esto. Todavía no estoy lista… yo no… no quiero. —Negó con la cabeza, temblando de miedo—. No puedes hacerme esto… Apenas acaba de pedirme matrimonio. Todo está siendo demasiado apresurado, madre.
—No empieces con tus dramas, Cathanna —sentenció con la voz baja, controlada, y la tomó otra vez del brazo—. Te casarás con un hombre poderoso, con un futuro asegurado, mujer. No te quejes ahora.
Cathanna miró el vestido otra vez. Ya no parecía hermoso. Era enorme. Pesado. Una trampa blanca y dorada esperándola en silencio.
—Tengo miedo —admitió, con la voz quebrada—. No lo conoces como yo, madre. No sabes cómo habla… cómo mira. Lo que él me…
Anne suspiró, como si aquello si esas palabras la cansaran.
—El miedo se supera —decretó—. Aprenderás, mi niña. Todas aprendemos. Hazlo fácil, Cathanna. No luches contra lo inevitable.
Cathanna negó una y otra vez, totalmente asustada, mientras su madre la conducía al interior de la alcoba. En cuestión de segundos, las muchachas comenzaron a entrar, y eso fue suficiente para que la primera lágrima cayera. La limpió rápido y se abrazó a sí misma, como si así pudiera sostenerse. Una de ellas cerró las ventanas con golpes suaves. Otra tomó el velo largo. Otra estiró el vestido entre sus manos.
Observó a Celanina, en el tocador. Luego a Selene, cuya mirada estaba tan tensa que daba miedo. Selene la tomó de la mano y la guió hacia el baño para que se duchara. No hablaron. Cathanna buscó sus ojos, pero no los encontró, y eso solo aumentó la opresión en su pecho.
Salió envuelta en la toalla de baño y entonces comenzó el verdadero calvario. El maquillaje fue más pesado y asfixiante que de costumbre, con sombras doradas y labios rojos. La tela del vestido se sentía densa mientras se lo colocaban, como si llevara miles de toneladas encima, y apenas podía moverse. Y su cabello fue dejado rizado por completo, y Selene soltó apenas dos mechones azules a cada lado, mientras el resto quedaba recogido en un moño elegante. Por último, le colocó el velo.
Se veía hermosa y devastada, como una novia muerta.
Cuando Cathanna miró hacia la ventana, se encontró con la noche cayendo. Se acercó y puso las manos en los reposa manos. Entreabrió los labios, respirando con dificultad, y llevó la mano enguantada al pecho, notando cómo su corazón latía con una fuerza desmedida. Giró un poco la cabeza y se encontró con las mujeres formadas en fila frente a ella, esperando una orden que Cathanna no sabía que debía dar. Estaba completamente perdida, sin saber qué seguía ahora. No sabía si debía llorar, gritar, sonreír o siquiera hacia dónde debía dirigirse.
Entonces la puerta se abrió y Vermon apareció, vestido con una túnica blanca que rozaba el suelo, adornada con grandes hilos dorados. Alzó la mano sin decir palabra, aunque por dentro no hacía más que repetirse lo hermosa que se veía su hija, vestida como una novia pura. Cathanna caminó hasta él y le entregó la mano. En ese instante, Selene le acomodó el velo y lo dejó caer sobre su rostro. Aquello solo empeoró su malestar: Cathanna sentía que ya no era digna de ocultarse tras esa tela, que no merecía el símbolo de una pureza que creía había perdido.
Vermon comenzó a hablar sin parar, expresando su orgullo hacia ella, pero Cathanna no lo escuchaba, ni aunque quisiera hacerlo. Su mirada estaba fija al frente, en la oscuridad que se extendía al final del largo pasillo. Tropezó levemente y su padre la sostuvo para evitar que cayera, pero ese simple contacto bastó para hacerla temblar de miedo. Tragó aire como nunca antes y comenzaron a descender las escaleras.
La sala de estar estaba vacía. No había rastro de su familia, ni una sola sombra. Solo los guardias, que abrieron las grandes puertas del castillo, revelando el automóvil que los esperaba del otro lado para transportarlos. El ambiente estaba impregnado de un olor particular: la esencia —una mezcla de especias frutales— que dejaba el agua sagrada de los sacerdotes cuando una mujer estaba en la casa de sus padres por última vez. Por eso el sacerdote había estado allí. Para marcar el final. La última vez que Cathanna pertenecería a ese castillo.
Ambos subieron al auto y este comenzó a avanzar despacio hasta la salida, y un trueno retumbó en el cielo, indicando una pronta lluvia. Cathanna miraba a través de la ventana, asintiendo a cualquier cosa que su padre le decía, aunque no estaba realmente escuchando. Él notó de inmediato lo ausente que se encontraba, pero no le prestó atención y guardó silencio. Cruzaron el portal y salieron a las calles de Aureum.
Cathanna cerró los ojos con fuerza, respirando tan profundo como podía, con un dolor abrumador en el corazón. No entendía cómo habían planeado todo sin siquiera decírselo, cómo lo habían hecho de manera tan apresurada. La rabia comenzó a arderle por dentro. Demasiado. Sus manos temblaron sobre el vestido y cruzó la mirada con Celanina, que estaba sentada delante de ellos, observándola con una mezcla de frialdad y tristeza. Luego volvió a mirar por la ventana.
Tras casi una hora de trayecto, el auto se detuvo frente al templo de Vhaul, un lugar de muros altos y columnas talladas con los símbolos de los dioses. Las puertas eran inmensas, de un dorado tan puro como el oro mismo. Cathanna descendió con la ayuda de su padre y alzó la vista con miedo hacia la entrada, adornada con flores de todos los colores. Un tapiz con decoraciones florales se extendía sobre el suelo.
Su madre apareció enseguida, radiante como una estrella en el firmamento, vestida con un vestido de dos piezas, de un profundo azul celeste. En las manos sostenía un ramo de flores blancas adornado con cadenas de oro. Se miraron. Ninguna sonrió. Ambas sabían que aquello no era una celebración, sino un momento de tristeza absoluta. Cathanna sujetó el ramo y Anne le dio dos besos cortos en las mejillas.
Luego, Cathanna tomó el brazo de su padre y comenzaron a caminar al compás de aquella música tétrica que le revolvía el estómago. Sentía los brazos rígidos, la garganta seca y los pies pesados, como si su propio cuerpo supiera que no debía cruzar esa puerta. Pero no tenía opción. Subió los grandes escalones hasta llegar al umbral. Dentro estaban solo ambas familias, algunos miembros incluso sorprendidos por lo apresurado del acontecimiento. Los padres de Orpheus se habían negado rotundamente cuando recibieron la carta de Calen, pero él insistió hasta que aceptaron la idea precipitada, y Anne se encargó de organizar todo el casamiento a contrarreloj.
El templo, por dentro, era una maravilla asfixiante. Todo era tan blanco que parecía hecho de nubes. Había bancos dispuestos en orden, y más arriba, en un balcón elevado, numerosas sillas ocupadas por los consagrados del matrimonio, testigos de cada movimiento, cada palabra, encargados de aceptar al final la unión entre ambas familias.
Cathanna avanzó apretando el ramo con rabia y desilusión, ignorando todas las miradas. Cuando su padre entregó su mano a Orpheus, la visión se le nubló por un instante, aunque logró recomponerse rápido. Juntos comenzaron a descender con cuidado los escalones circulares que rodeaban la fuente de oro, más antigua que cualquier persona allí presente, más antigua que la propia corona. Quedaron sumergidos hasta la mitad y la fuente comenzó a moverse, tragando y devolviendo el oro, lento, mientras el sacerdote los envolvía con una cadena plateada que les mandó corrientazos por el cuerpo.
Cathanna bajó apenas la mirada y se encontró con el oro. No era solo un metal precioso: era el símbolo del poder, del linaje intocable, de la permanencia forzada y de la riqueza acumulada durante eras. En el imperio de Valtheria, incluso lo más rígido podía doblarse si el sistema así lo deseaba. Por eso estaban rodeados de oro. Porque era autoridad materializada. Ellos eran parte de ese poder. Podían hacer que cualquier cosa funcionara con solo desearlo, porque eran los dueños. Dueños de la tierra, de las decisiones, de los destinos. Junto a la corona, gobernaban como se les antojaba, sin rendir cuentas a nadie.
Todos en el imperio soñaban con bañarse en aquella fuente sagrada, con sentir el oro envolver su piel como una promesa de ascenso. Pero solo los poderosos tenían permitido hacerlo. Los demás —los que no pertenecían, los que no llevaban apellidos respetables— podían contaminarla. Así se lo habían dicho siempre. Así se sostenía el orden.
Orpheus sonrió y, con un gesto lento, retiró el velo que cubría el rostro de Cathanna. Su piel morena quedó expuesta bajo la luz blanca del templo. Era tan hermosa de una forma que dolía, y Orpheus era consciente de ello, pues su respiración se contuvo y sus manos temblaron, pero rápidamente volvió a la normalidad. Hundió el velo en el oro líquido de la fuente, sellando así el símbolo de un nuevo pacto que solo él parecía celebrar. El velo quedó completamente impregnado, pesado y dorado. El sacerdote lo tomó con solemnidad y lo alzó por encima de sus cabezas, como si ofreciera un sacrificio a los dioses; luego lo depositó con cuidado sobre uno de los escalones de mármol.
Después, el sacerdote extendió las manos y tomó los anillos que reposaban en el siguiente escalón —cada uno representaba una etapa para ambos—. Los mostró: anillos plateados, cada uno con un pequeño diamante en el centro. Orpheus tomó uno sin apartar la vista de Cathanna, le sujetó la mano derecha con firmeza, casi con posesividad, y deslizó el anillo en uno de sus dedos con una serenidad inquietante.
—Por la voluntad de nuestros santos dioses y la bendición del imperio de Valtheria, confío en usted cada parte de mi alma —comenzó Orpheus, con una voz lenta, recorriendo su rostro con la mirada, mientras el aire se llenaba de una tensión densa y escalofriante que Cathanna sintió de inmediato—. Os juro lealtad, compromiso y protección de por vida. Os juro que, mientras siga respirando, cada parte de mi cuerpo hará lo imposible por mantenerla en lo más alto. Os juro que todo el oro en mi poder será también suyo. Os juro hacerla respetar a lo largo de todas las eras del imperio. Os juro que nuestro hogar jamás será profanado por la tentación de la carne de alguna mujer. Os juro que mis ojos solo la mirarán a usted, señorita Cathanna.
Cathanna se sintió verdaderamente conmovida por aquellas hermosas palabras, pero enseguida recordó quién se las estaba diciendo y su mirada volvió a oscurecerse. Giró apenas la cabeza hacia su familia y se encontró con rostros impacientes. Su hermano Calen ni siquiera la miraba, mientras Cedrix parecía desbordar de emoción. Miró a su padre, luego a su madre, y así hasta detenerse en su abuelo.
Tomó aire y llevó la vista de nuevo hacia Orpheus, que la miraba con más intensidad, esperando que hablara. Ella sujetó el anillo que el sacerdote le ofrecía y lo deslizó en su dedo con manos temblorosas. Se preparó para pronunciar su juramento, pero no sabía qué decir: no había tenido tiempo de preparar nada. Su boca se entreabrió, sus labios temblaron, y sentía las miradas impacientes clavadas en ella. Estaba tensa, nerviosa y tan asustada que creyó que iba a desplomarse.
Su corazón latía con tanta fuerza que juraba que los demás podían oírlo a la perfección. Sus piernas flaquearon un poco. Cerró y volvió a abrir los labios y, justo cuando la primera palabra estaba a punto de salir de su boca, una risa suave inundó el templo, congelando a todos de golpe. Sonaba como el canto de los pájaros en primavera, ligera y dulce a la vez. Instantáneamente, un olor extraño —a frutas tropicales demasiado maduras— se metió directamente en la nariz de Cathanna, como una inhumana cachetada que le revolvió el estómago al instante.
—¿Qué clase de broma de mal gusto es esta? —preguntó ella, llevando una mano a su nariz—. Muchas cosas juntas. Qué desagrado.
Calen entrecerró los ojos, desconcertado. Miró a sus padres, que estaban tan perdidos como él. Entonces la risa volvió a escucharse, más fuerte, acompañada de otras carcajadas que parecían burlarse de todos, como si aquello fuera el espectáculo más divertido de la noche.
La gente comenzó a levantarse, confundida. Anne sujetó a Cedrix con fuerza del brazo, temiendo que saliera corriendo, mientras Calen se apartaba de las sillas con la vista fija en la puerta. Las risas resonaron una tras otra y, de pronto, en cada punto del templo comenzaron a aparecer brumas negras que devoraban la blancura del lugar. Calen se quedó en blanco. Cathanna sintió cómo su mente daba un giro brusco al presenciar las apariciones teatrales. Entonces reconoció un olor en particular, uno que le revolvió el estómago, pero por más que averiguó con la mirada, no consiguió identificar su origen.
Sus ojos se cruzaron con los de una mujer hermosa, de cabello largo y rubio, y ojos completamente negros. Ella sonrió y dio un paso al frente, y el caos se desató. Calen corrió hacia Cathanna y, sin decir una sola palabra, la tomó del brazo y la arrastró fuera de la fuente. Se lanzó a correr hacia la salida, aunque el avance se volvió casi imposible cuando las brujas comenzaron a arrinconarlos. Con la mano libre, Calen abrió un camino de fuego, obligando a aquellas mujeres a retroceder, y corrió con todas sus fuerzas hacia una puerta ubicada debajo del balcón. La cerró y continuaron corriendo por el amplió pasillo, que se volvía cada vez más opresivo con el paso de los segundos.
—¿¡Qué está sucediendo, Calen!? ¡Me estás lastimando! —exclamó ella, tratando de zafarse de su agarre—. ¡Dime que está sucediendo!
—Tienes que salir de aquí ya mismo —murmuró Calen, agitando, mirando hacia atrás—. Te encontraron esas malditas cosas, hermana.
—¿De qué hablas? —inquirió ella, sintiendo un extraño presentimiento en su pecho—. ¿Quién… quién me… encontró, Calen?
Ambos se detuvieron en seco, frente a frente. Calen se debatía consigo mismo, como si las palabras se le hubieran quedado atrapadas en la garganta, incapaz de hacerlas salir. Cathanna no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, y esa contención obstinada de él no hacía más que avivar su frustración, calentándole la sangre y tensándola más.
—Las brujas te están buscando… Porque, mierda, tú eres el camino a su líder. —Cathanna lo vio tragar duro, claramente nervioso—. Nuestros padres te ocultaron muchas cosas porque sabían que posiblemente lo verías como algo imposible de creer. Incluso a mí me pareció una estupidez cuando lo supe. —Puso una mano en su hombro—. Escúchame bien lo que diré, porque no hay tiempo para repeticiones: las mujeres de nuestra familia materna están malditas.
—¿A qué te refieres con “malditas”? —farfulló, quitándole la mano de su hombro de forma violenta—. ¿Estás bromeando, acaso, Calen?
—Hace muchísimos años hubo una bruja que lanzó una maldición hacia las mujeres de su estirpe, ligándolas así a años de sufrimiento…
—Una maldición que la traería nuevamente a la vida —continuó Cathanna, parpadeando de manera lenta—. Yo… yo he estado soñando con una mujer desde hace muchos años. —Tragó duro, desviando la mirada—. Pensé que todo era un producto de mi imaginación... Pero no entiendo que tiene que ver todo esto de aquella maldición conmigo.
—Dioses, Cathanna —dijo, pasando ambas manos por su cabeza, notablemente frustrado—. ¿No lo comprendes, de verdad? La última de las descendientes de Verlah, por alguna maldita razón eres tú. Por eso las brujas te quieren viva. Porque solo a través de ti ella puede volver a caminar entre nosotros. ¿Ahora entiendes por qué no pueden encontrarte esas brujas? ¡Eres la estabilidad de todo el jodido imperio!
Los ojos de Cathanna se abrieron hasta dolerle, incapaces de procesar lo que acababa de escuchar. Todo el misterio que su abuela, su madre y aquel hombre desconocido habían mantenido en aquella habitación finalmente tenía sentido: se trataba de la maldición. Su respiración se volvió errática, como si cada inhalación escapara de su control. No podía ser cierto; debía ser una broma de mal gusto, un juego cruel de su imaginación. Sin embargo, al mirar a Calen, la certeza en sus ojos le confirmó lo que temía: aquello era absolutamente real.
—¿Qué carajos? —Retrocedió unos pasos, bastante asustada. Juntó las cejas, intentando mantener una expresión de calma, pero su rostro la traicionó de inmediato—. ¿Cómo se supone que haré eso yo, Calen? No tiene ningún sentido. Tal vez… solo es una equivocación. Sí, es eso.
—¿Por qué eres tan terca, carajo?
—¡Porque estás loco! Tal vez esas brujas solo querían molestarnos —dijo, soltando una risa seca—. El tembló es famoso. Quizá es eso.
Calen la tomó del brazo y la arrastró sin el más mínimo cuidado. Al parecer, a su hermano se le había olvidado que debía tratarla con delicadeza, pues, según recordaba ella, no era un trapo desechable. Justo cuando estaba a punto de protestar, doblaron el pasillo a la izquierda y, al fondo, aparecieron varias puertas de madera. Calen empujó una con el hombro, y ambos se encontraron en una habitación polvorienta, con un olor horrible, apenas iluminada por unos faroles en las paredes. Cathanna se llevó la mano a la nariz, más que asqueada.
La puerta se cerró mientras Cathanna recorría el lugar con la mirada, aún con la mano en la nariz. Clavó los ojos en su hermano, con la intención de hostigarlo con preguntas, pero en ese instante una figura apareció en el centro de la habitación, haciéndola retroceder de golpe, con el corazón agitado. Ese olor lo reconoció al instante: era el imbécil del cazador que la había secuestrado de los guardias. Bueno, en realidad… también debía admitir que la había salvado de las brujas.
Él la recorrió con la mirada, deteniéndose en el brillo del oro sobre su piel morena y en cada pliegue de su vestido de novia. Todo lo que cruzó por su mente fue que se veía absolutamente impresionante.
Cathanna entrecerró los ojos, sin quitarle la mirada de encima. Él se pasó una mano por aquel cabello blanco, pero no era un blanco común. No, era un blanco imposible, como si hubiera sido tejido con la luz de la luna llena. Sus ojos azules, terriblemente eléctricos, ese cabello ondulado y algo largo, su piel pálida… todo en él gritaba que no era humano como Cathanna. Debía ser uno de esos Trushyanos —pensaba ella, con un dejo de incertidumbre—, seres nacidos de la misma tormenta. Podría decirse que era una variante de los humanos. Se decía que eran seres hermosos, pero ella nunca imaginó que tanto.
—¿Qué hace este hombre aquí? —preguntó Cathanna, sintiendo una violenta opresión en el pecho—. ¿Cómo entró en este lugar?
—Te llevará a un lugar seguro —respondió Calen, con la voz tensa. Su espalda estaba pegada contra la puerta, como si quisiera impedir que alguien se adentrara—. Donde las brujas no puedan encontrarte.
—¿Sigues bromeando conmigo, Calen? —Se cruzó de brazos, soltando un bufido, al tiempo que alejaba sus ojos de ese hombre—. No pienso moverme de este templo. Nadie me asegura que no sea una maldita broma tuya. No es momento para eso, lo sabes muy bien. Además, ¿por qué tiene que ser justo ese hombre? —Lo señaló con un dedo—. El mismo al que llevo sintiendo detrás de mí durante días enteros, pegado como un maldito perro. ¿Acaso conspiran juntos, eh?
—¡Ya detente, Cathanna, por los dioses! —estalló Calen, sujetándola de los hombros con la poca suavidad que poseía—. Tienes que salir de aquí ya mismo, carajo. En minutos, las brujas estarán encima de nosotros como una maldita plaga. —Apuntó la puerta—. No es ninguna broma. No tengo motivos para hacer una mierda como esa en este momento. Tienes que creer en lo que te digo. ¡Dioses santos, mujer!
—¿Y nuestros padres qué? ¡Es una locura! No pienso dejarlos aquí.
—Ellos estarán bien —dijo, con los músculos del rostro tensos, más que nunca—. Yo me encargaré de su seguridad. Y por si no lo recuerdas, nuestros padres también saben defenderse. No los creas enclenques.
Cathanna apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas, pero no sintió el dolor que habría esperado. Su cuerpo parecía entumecido, como si la furia que empezaba a crecer en su interior lo hubiera anestesiado por completo. Cuanto más asimilaba la verdad, más intensa se volvía la sensación de traición. Tantos años, y nadie se había tomado el tiempo de decirle lo que realmente ocurría con su linaje; que formaba parte de una maldición que la había acechado incluso antes de que aprendiera a hablar. Las preguntas se instalaron en su mente con un terror silencioso: ¿por qué la habían dejado crecer en la ignorancia? ¿Por qué no le habían dicho desde el principio que era descendiente de algo mucho más grande —y más oscuro— que ella?
—¿Estás bien, hermana? —Calen se atrevió a preguntar tras unos instantes donde el silencio gobernó en la habitación—. Cathanna...
—Estoy más que bien. Siempre lo estoy —replicó con sarcasmo, sonriendo mientras jugaba con su collar, como si eso pudiera liberarla de la ansiedad que le estaba robando el aliento—. No es como que me hayan ocultado tantas cosas por toda mi existencia y ahora solo me digan que soy la descendiente de una demente bruja que quiere volver a la vida. ¿Por qué carajos no estaría bien, hermano? No lo entiendo.
—Mmm, tienes un sarcasmo muy filoso —murmuró el cazador, avanzando hacia ella con pasos firmes, impregnados de ese aire militar que la hacía estremecer, como si cada movimiento fuera una amenaza—. Como dijo tu hermano, en cualquier momento las brujas podrían llegar, y créeme, aunque quisiera, no puedo enfrentarme a todas ellas. Tenemos que salir de aquí ya, si quieres conservar tu valiosa vida. No hay lugar seguro donde puedas ir ahora, D’Allessandre.
—¿Ir contigo? —Le dedicó una sonrisa falsa, dejando que sus hombros se relajaran—. ¡Pero claro que sí! Porque nada me inspira más confianza que un completo desconocido con ínfulas de héroe redentor. Qué reconfortante. —Su boca se apretó en una línea tensa mientras las comisuras parecían querer ceder hacia abajo—. Hazme un gran favor, cazador: resérvate el numerito y desaparece de mi vista. No necesito un guardián… y mucho menos uno con delirios de salvador.
Él entrecerró los párpados, incrédulo por ese tono.
—Soy Zareth, comandante de los cazadores. No soy un héroe redentor, mucho menos un guardia salvador —señaló, acercándose a ella, obligándola a mirar sus ojos de cerca—. No tenemos tiempo para tus berrinches de niñita caprichosa. —Su voz salió brusca, y ella curvó una ceja, cruzándose de brazos—. Nos vamos ya mismo. Así que deja de hacerte la terca y danos tu ayuda. Nos serviría demasiado, princesa.
Cathanna chasqueó la lengua, mirándolo con desagrado.
—No estoy siendo terc...
Las palabras murieron de forma lenta en su garganta cuando la puerta se abrió bruscamente, revelando a una mujer hermosa, de intensos ojos carmesíes, que la hicieron retroceder por puro instinto.
—Cathanna… —pronunció ella, y el ambiente se tornó tenso.