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La Prisionera Del Comandante Declan

La Prisionera Del Comandante Declan

Status: Terminada
Genre:Esclava / Sirvienta / Ascenso de clase social / Dominación / Amor tras matrimonio / Completas
Popularitas:8.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.

NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Navira

El aire en el despacho de Declan era tan denso que casi podía masticarse. Habían pasado tres horas desde que me había ordenado sentarme a su mesa con una pila de tomos sobre la jurisprudencia de Vaelkoria y los tratados comerciales de las Tierras Fronterizas. Según él, si iba a ser "su mujer", no podía ser una ignorante que solo supiera blandir una daga de cristal; debía entender los hilos que movían el mundo que él protegía con sangre.

El problema no era la lectura. Siempre me había gustado aprender. El problema era que Declan estaba sentado justo frente a mí, y parecía haber decidido que su misión del día no era gobernar un imperio, sino desquiciarme hasta que yo misma suplicara clemencia.

—Navira, concéntrate —dijo él con una voz cargada de una diversión perezosa—. Si no entiendes la cláusula de exportación de hierro de los Montes de Ceniza, no entenderás por qué tu preciada Sundergard sigue siendo un punto estratégico.

—Entiendo perfectamente que Vaelkoria es un parásito que se alimenta de los recursos de los demás, Declan —respondí sin levantar la vista del libro, aunque las letras bailaban ante mis ojos—. No necesito un tratado de mil páginas para saber que eres un ladrón con uniforme.

Escuché el chirrido de su silla. Él se inclinó sobre la mesa, invadiendo mi espacio personal.

—Un ladrón que te tiene aquí, bajo su techo, vestida de seda y aprendiendo el arte de mandar. Un poco de gratitud no vendría mal, nena.

—La gratitud es para los perros, y ya te dije que yo muerdo.

Declan soltó un bufido que era casi una risa. De repente, escuché un sonido de tela estirándose.

—Maldita sea, hace un calor insoportable aquí dentro —comentó, como quien habla del clima.

Levanté la vista, dispuesta a soltar un comentario sarcástico sobre el invierno que azotaba las ventanas, pero las palabras se me murieron en la garganta. Declan se estaba desabotonando la camisa de seda negra con una lentitud exasperante. Uno a uno, los botones cedieron, revelando la extensión de su pecho bronceado, cruzado por cicatrices que contaban historias de batallas que yo solo conocía por rumores.

Se quitó la prenda por completo y la arrojó sobre un sofá cercano. Se quedó allí, sentado frente a mí, con los hombros anchos y los músculos de los brazos tensos mientras se apoyaba de nuevo en el escritorio. La luz de las lámparas de gas jugaba con las sombras de su torso, marcando cada línea de su abdomen.

Tragué saliva. Sentí un calor repentino subiendo por mi cuello, y no tenía nada que ver con la calefacción del palacio.

—¿Qué pasa? —preguntó él, con esa maldita chispa de triunfo en sus ojos claros—. ¿Te distrae el paisaje?

—Te ves ridículo —mentí, sintiendo cómo mi corazón empezaba a martillear contra mis costillas con una fuerza dolorosa—. ¿Acaso el gran Comandante no tiene dinero para leña y tiene que andar exhibiéndose como un bárbaro?

—Tengo dinero para lo que quiera, Navira. Pero aquí estamos solos, y me apetecía estar… cómodo. Además, parece que te cuesta respirar. ¿Quieres que te ayude a aflojarte ese collar?

Él alargó la mano y, antes de que pudiera retirarme, sus dedos rozaron el metal frío de mi garganta y la piel caliente justo debajo. El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió toda mi columna. Me estremecí, y odié que él lo notara.

—Vuelve al libro —le espeté, tratando de sonar autoritaria mientras mi propia piel me traicionaba, erizándose ante su toque—. El tratado de los Montes de Ceniza no se va a leer solo.

—Al diablo con el tratado —susurró él, levantándose y rodeando la mesa con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.

Se detuvo justo detrás de mi silla. Podía sentir la irradiación de calor que emanaba de su pecho desnudo. Inclinó su cuerpo sobre el mío, apoyando las manos en los brazos de mi silla, encerrándome. Su aroma, esa mezcla de sándalo y peligro, me rodeó por completo.

—Dime la verdad, Navira —dijo cerca de mi oreja, su aliento acariciando mi lóbulo—. ¿Cuánto tiempo más vas a fingir que no te mueres por tocarme? Estás tan excitada que puedo olerlo. Tu pulso está disparado contra el cuero de ese collar.

—Eres un animal presuntuoso —dije, aunque mi voz salió más débil de lo que pretendía. Estaba apretando el libro con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos.

—Soy un animal que sabe exactamente lo que quieres —su mano bajó desde mi hombro, rozando deliberadamente el lateral de mi pecho por encima de la tela del vestido—. Estás aquí, actuando como si me odiaras, pero tus ojos me buscan cada vez que me muevo. Te encanta esta tortura tanto como a mí. Te encanta que te moleste, que te hable así, que te obligue a estar en esta habitación mientras me quito la ropa.

Cerré los ojos, luchando contra la oleada de deseo que amenazaba con ahogarme. Me imaginaba girándome, hundiendo mis manos en su cabello rubio y callando su boca arrogante con un beso. Me imaginaba sintiendo su piel desnuda contra la mía, sin libros, sin política, sin Vaelkoria de por medio. La imagen era tan vívida que solté un jadeo ahogado.

—Mírame —ordenó él.

Me negué. Sabía que si lo miraba, vería la verdad reflejada en sus pupilas y no habría vuelta atrás.

—Mírame, Navira —repitió, y esta vez hubo una nota de urgencia en su voz, una grieta en su armadura de arrogancia.

Giré la cabeza lentamente. Estábamos tan cerca que nuestras narices se rozaban. Sus ojos no estaban burlones ahora; estaban oscuros, dilatados por una lujuria que rayaba en la desesperación. Bajó la mirada a mis labios y luego volvió a los míos.

—Estás ardiendo —murmuró—. Y lo mejor de todo es que yo soy el único que puede apagar ese fuego. O avivarlo hasta que no quede nada de ti.

—No tienes derecho… —empecé a decir, pero él me interrumpió rozando mi labio inferior con su pulgar.

—Tengo todos los derechos porque tú me los diste en el momento en que decidiste no matarme cuando tuviste la oportunidad. Me elegiste, nena. Del mismo modo que yo te elegí a ti de entre los muertos.

Se inclinó un poco más, y por un segundo eterno, pensé que iba a romper su propia regla y besarme sin permiso. Mi cuerpo se inclinó hacia él de forma inconsciente, mis labios entreabiertos, esperando el impacto. Estaba lista para rendirme, lista para dejar que la política y el odio se fundieran en el calor de su piel.

Pero Declan, con una voluntad de acero que me hizo querer gritar de frustración, se apartó apenas unos milímetros. Esbozó esa sonrisa de medio lado, la que decía que él siempre tenía el control del juego.

—Sigue estudiando, Navira —dijo, su voz volviéndose ronca—. No queremos que el Comandante tenga una mujer que no sepa negociar un tratado, ¿verdad? Aunque sospecho que tu mejor forma de negociación va a ser en mi cama, rogando por un poco de lo que te estoy negando ahora mismo.

Me dejó allí, ardiendo de deseo y de rabia. Se volvió a sentar en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho desnudo, observándome como si fuera la pieza más valiosa de su colección.

—Te odio —susurré, tratando de estabilizar mi respiración, aunque mis manos seguían temblando sobre las páginas del libro.

—No, no me odias —respondió él, cogiendo una pluma y volviendo a sus papeles como si nada hubiera pasado—. Me deseas tanto que te duele. Y ese dolor, nena, es lo que te va a hacer gritar mi nombre antes de que termine la semana. Ahora, lee la página setenta y cuatro. Hay un examen después de la cena.

Me obligué a bajar la vista al papel, pero no leí ni una sola palabra. El calor de su presencia, la imagen de su torso desnudo y la sensación de sus dedos en mi cuello eran lo único que ocupaba mi mente. Estaba atrapada. No por las paredes de la Ciudadela, ni por la cadena de plata, sino por el deseo que este hombre había despertado en mí.

Declan pensaba que me estaba enseñando política, pero lo que realmente estaba haciendo era enseñarme que mi propia voluntad era mucho más frágil de lo que yo creía. Y mientras lo escuchaba reírse por lo bajo, supe que la próxima vez que se quitara la camisa, no me quedaría sentada leyendo un libro.

Vaelkoria podía tener sus tratados y sus leyes, pero en esa habitación, solo había una ley: la de dos cuerpos que se buscaban a través del odio, esperando el momento exacto para consumirse el uno al otro. Y yo, Navira de Sundergard, estaba empezando a amar el incendio.

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Silvana Beatriz Velazquez
maravillosa historia 😍. Solo me hubiera gustado un extra con el nacimiento del bebé y unos años después mostrando su carácter.
Elsa Martinez Gonzalez
MAGNÍFICA
Paola Cordero
Jajajjaja y jajajjajajajjaja como todo hombre super exagerado jajajajajajsjajsjjs
karla yustiz garcia
🤣🤣🤣🤣 la vitamina N
Olinda Bernales Bertolotto
Siempre lindo... nunca decepciona leer tus libros.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄
Sharon Mendoza
precioso
Sharon Mendoza
precioso
karla yustiz garcia
se lee tan buena 👏👏
karla yustiz garcia
será que hay fotos de ellos 🤔
karla yustiz garcia
a mi también 🤭
karla yustiz garcia
me encanta 😍😍
karla yustiz garcia
😍😍 que bello
Viviana Lopez
Espléndido
Irene Covarrubias
creo que fue muy sutil 🤣🤣
Rosa Villena
Bellísima historia, me encantó, gracias, gracias ❤️🥰
Elilu 🇲🇽
jajaja no pues viéndolo por ese lado Declan tiene razón es un gran avance en la relación de peros y gatos que se traen ustedes dos.
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