Me desperté aturdida en un lugar desconocído y después de una serie de acontecimientos me di cuenta que habia reencarnado en una novela, pero mi personaje no existia
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El juicio continuó en medio del caos
El intento de asesinato solo había empeorado las cosas. Los nobles murmuraban entre ellos, los soldados mantenían las armas listas y el ambiente se había vuelto tan denso que costaba respirar.
Aurelian no se separó de Amara ni un segundo.
Tenía una mano firme en su cintura, la otra sobre la empuñadura de su espada, y sus ojos recorrían cada rincón del salón como una bestia lista para desgarrar a cualquiera que intentara acercarse de nuevo.
Mateo, por su parte, estaba furioso.
Muy furioso.
El asesino, ya arrodillado en el centro del salón, fue obligado a hablar.
—¿Quién te envió? —preguntó uno de los generales.
El hombre escupió sangre al suelo.
—Nadie. Lo hice por el bien del reino.
—¿El bien del reino? —repitió Amara con frialdad.
El hombre levantó la vista hacia ella.
Y cometió el peor error de su vida.
—Esa mujer no es más que una extranjera ambiciosa que viene a robarse lo que no le pertenece.
El silencio cayó.
Mateo se quedó inmóvil un segundo.
Luego explotó.
—¡NO LE HABLES ASÍ A MI MAMÁ!
Antes de que nadie pudiera detenerlo, el pequeño se lanzó contra el hombre con una furia descomunal. Le dio un puñetazo directo en la cara, luego otro, y otro más.
—¡No vuelvas a insultarla!
—¡No sabes nada de ella!
—¡Ella me salvó!
—¡Ella es mejor que todos ustedes juntos!
Los soldados intentaron separarlo, pero Mateo siguió forcejeando, rojo de rabia y con lágrimas en los ojos.
Amara se quedó helada.
Y algo dentro de ella se quebró de ternura.
Aurelian fue quien lo sujetó finalmente por la cintura y lo apartó con cuidado.
—Mateo. Basta.
—¡No! —gritó, tratando de soltarse—. ¡Se lo merece!
—Lo sé —dijo Aurelian con voz baja, firme—. Pero deja que lo pague de verdad.
Mateo respiraba agitado.
Temblando.
Amara se acercó y le sostuvo el rostro entre las manos.
—Mi niño…
Mateo la miró con los ojos brillantes.
—No voy a dejar que nadie te lastime.
Ella sonrió con tanta dulzura que incluso algunos nobles apartaron la mirada, incómodos ante una intimidad tan real en medio de tanta violencia.
—Lo sé —susurró ella, besando su frente—. Y gracias por defenderme.
Detrás de ellos, los reyes de Erindor intercambiaron una mirada.
Ahora entendían aún mejor por qué Mateo la amaba tanto.
Una vez restablecido el orden, el juicio continuó.
Los testimonios siguieron.
Las pruebas eran demasiadas.
Los documentos de corrupción.
Los nombres de los nobles comprados.
Las cuentas del tesoro vaciadas.
Los registros de personas desaparecidas.
Las pruebas del secuestro de Mateo.
Y lo peor de todo…
las pruebas del secuestro de la princesa Amara.
Cuando el general mostró el antiguo registro oculto, donde constaba el traslado secreto de una niña a una aldea apartada bajo órdenes directas del rey…
todo el salón entendió.
No había defensa posible.
El antiguo rey aún intentó mantener la cabeza en alto.
—Lo hice por el reino —escupió con soberbia—. Si esa niña crecía en Erindor, nos habrían destruido. Era una amenaza desde su nacimiento.
El rey de Erindor se puso de pie tan despacio que el salón entero enmudeció.
Su voz, cuando habló, fue helada.
—Secuestraste a mi hija.
—La arrancaste de su cuna.
—La condenaste a una vida lejos de su sangre.
—Y aun así… sobrevivió.
Sus ojos rojos ardieron como brasas.
—Deberías agradecer que siga respirando para verte caer.
El príncipe, al ver que todo estaba perdido, intentó hablar.
—¡Yo no tuve nada que ver con lo de la princesa! ¡Eso fue idea de mi padre!
—Pero sí tuviste que ver con el secuestro de Mateo —dijo uno de los generales.
El rostro del príncipe se tensó.
—¡Era un simple bastardo perdido!
Antes de que pudiera terminar—
Aurelian desenvainó su espada con un movimiento tan rápido que el sonido del acero heló a todos.
La punta quedó justo bajo la barbilla del príncipe.
—Vuelve a llamarlo así… y no llegarás vivo a escuchar tu sentencia.
El príncipe tragó saliva.
Mateo sonrió, satisfecho.
Finalmente, el consejo de nobles aliados, junto con los reyes de Erindor y los duques Draconis, dieron el veredicto.
El heraldo alzó la voz:
—Por traición al reino, secuestro, corrupción, trata de personas, abuso de poder y crímenes contra la corona y el pueblo…
—El antiguo rey será despojado de todos sus títulos y condenado a cadena perpetua en las mazmorras profundas, donde permanecerá hasta su muerte.
El rey palideció.
—La antigua reina, por complicidad y encubrimiento, será condenada a prisión perpetua bajo vigilancia estricta.
La reina cerró los ojos con rabia contenida.
—Y el príncipe heredero… por conspiración, abuso de poder, secuestro, y tentativa de matrimonio forzado para manipulación política…
El salón contuvo la respiración.
—Será condenado a destierro perpetuo, marcado públicamente como traidor y despojado de nombre, título y herencia. Si regresa, será ejecutado.
El príncipe gritó.
—¡No! ¡No! ¡Eso es peor que la muerte!
—Exactamente —murmuró Amara.
Y por primera vez…
él entendió lo que se sentía perderlo todo.
Pero la caída del príncipe no significaba que el peligro hubiera terminado.
Porque Lyria no era una mujer que aceptara perder.
Y si el príncipe caía…
ella caía con él.
Durante la noche, mientras el palacio aún seguía bajo vigilancia, Lyria reunió a varios sirvientes sobornados, dos guardias que aún eran leales a la antigua corona y un noble menor desesperado por conservar sus privilegios.
Su plan era simple.
Escapar con el príncipe.
Matar a Amara si era necesario.
Y sembrar suficiente caos como para culpar a los aliados de Erindor.
Lo intentó durante el banquete posterior al juicio.
Una locura, sí.
Pero también el momento más vulnerable.
Había música.
Vino.
Distracción.
Y aunque el palacio estaba custodiado, nadie esperaba una traición tan descarada tan pronto.
Amara estaba hablando con su madre cuando notó algo.
Una bandeja.
Una copa.
Un reflejo extraño en el líquido.
Sus ojos se afilaron.
Lyria avanzaba entre los invitados con una sonrisa demasiado serena.
Directo hacia Aurelian.
Veneno.
Amara no pensó.
Se movió.
Tomó la copa de las manos de un sirviente antes de que llegara a él y la lanzó al suelo.
El cristal estalló.
Todo el salón se quedó inmóvil.
Lyria retrocedió un paso.
—¡Qué torpeza tan lamentable! —dijo fingiendo indignación.
Amara la miró.
Y esta vez ya no había sonrisa.
—Regístrenla.
Los guardias dudaron.
Lyria rió con nerviosismo.
—¿Perdón?
—Ahora.
La reina de Erindor habló con voz firme.
—Háganlo.
Los soldados obedecieron.
Y entre sus ropas encontraron una pequeña aguja hueca con residuo oscuro.
Veneno.
El noble que la ayudaba intentó huir.
Mateo le metió una zancadilla.
El hombre cayó de cara al suelo.
—Ups —dijo Mateo con una sonrisa inocente.
Aurelian caminó despacio hacia Lyria.
Demasiado despacio.
Peligrosamente despacio.
—Intentaste envenenarme.
Ella tragó saliva.
—Yo… no…
—Y planeabas culparla a ella.
Silencio.
Lyria tembló.
—¡Fue por amor! ¡Lo hice por él!
Desde el otro extremo del salón, el príncipe, aún encadenado antes de ser trasladado, soltó una carcajada cruel.
—¿Amor? —la miró con desprecio—. Siempre fuiste desechable.
Eso la rompió.
Y, en un ataque de rabia, gritó toda la verdad.
—¡Sí! ¡Iba a matarla! ¡Y a ti también si era necesario! ¡Lo hice todo por mantenerme a salvo! ¡Ninguno de ustedes entiende lo que es sobrevivir en esta corte!
Confesión completa.
Fin.
Fue arrestada de inmediato.
Su sentencia sería decidida al amanecer.
El banquete debía continuar, al menos para dar una imagen de estabilidad ante los nobles.
Pero estabilidad era lo último que había.
Porque apenas el peligro pasó…
llegó otra guerra.
Una más personal.
Los jóvenes nobles, embriagados por el caos, la belleza de Amara y el hecho de que ahora era oficialmente la heredera única de Erindor…
se lanzaron como buitres bien vestidos.
—Princesa Amara, ¿me concedería un baile?
—Princesa, sería un honor acompañarla al jardín.
—Princesa, jamás vi una belleza tan extraordinaria…
Aurelian estaba a dos segundos de cometer homicidio.
Amara lo notó.
Y, para su desgracia…
también notó que varias mujeres lo estaban mirando.
No, corrigiendo.
No solo mirando.
Devorando con los ojos.
Una condesa joven se acercó demasiado a él.
—Lord Aurelian, su actuación en el juicio fue… impresionante.
Otra sonrió.
—Nunca había visto un uniforme militar lucir tan bien.
Una tercera se atrevió a tocarle el brazo.
Y ahí.
Ahí.
Amara sintió el calor subirle por todo el cuerpo.
—Con permiso —dijo, apareciendo entre ellas como una reina de guerra.
Tomó a Aurelian por el cuello del uniforme y lo atrajo hacia ella.
Las damas se quedaron tiesas.
—Mi prometido está ocupado.
Las tres parpadearon.
Aurelian la miró.
Lento.
Peligroso.
Divertido.
—¿Tu prometido? —murmuró.
—¿Quieres discutirlo? —replicó ella con una sonrisa desafiante.
Él se inclinó apenas.
—Jamás.
Entonces fue él quien la jaló por la cintura.
Frente a todos.
Demasiado cerca.
—Aunque admito que me gusta verte celosa.
Amara levantó una ceja.
—Y a mí me gusta verte sufrir.
—Cruel.
—Poseesivo.
—Tuyo.
Silencio.
Los dos se quedaron inmóviles un segundo.
Porque esa última palabra…
no había sido una broma.
Mateo, que pasaba cerca con un pastelito en la mano, los miró y suspiró dramáticamente.
—Qué asco.
Los dos se separaron apenas, aunque ninguno soltó al otro.
Esa noche, después del banquete, después de los arrestos, después de la sentencia, después del veneno, después del caos…
por fin hubo silencio.
El palacio parecía respirar por primera vez.
Amara salió al balcón de su habitación.
El aire nocturno estaba frío.
Necesitaba pensar.
Necesitaba sentir algo que no fuera guerra, deber o vigilancia.
No pasó mucho antes de escuchar pasos detrás de ella.
No necesitó voltear.
—Sabía que vendrías —dijo.
Aurelian se detuvo a su lado.
Llevaba el uniforme aún, aunque sin capa ni guantes. El cabello ligeramente desordenado. La mirada más cansada de lo normal.
Por primera vez desde que lo conocía…
parecía simplemente un hombre.
No un duque.
No un estratega.
No un guerrero.
Solo él.
—No sabía si querías verme —respondió.
Amara soltó una pequeña risa.
—Me besaste frente a medio reino. Creo que ya pasamos el punto de ser discretos.
Eso lo hizo sonreír.
Una sonrisa pequeña.
Real.
—Tienes razón.
Silencio.
El viento movió ligeramente el velo que aún cubría parte de su rostro.
Aurelian lo miró.
Pero esta vez no lo tocó.
No lo alzó.
Solo esperó.
Y ese gesto…
ese respeto…
hizo algo extraño dentro de ella.
Fue Amara quien, lentamente, se quitó el velo por su cuenta.
Lo dejó caer sobre la baranda.
Y se giró hacia él.
—Ahora sí —murmuró—. Sin guerras. Sin público. Sin reyes. Sin celos. Solo tú y yo.
Aurelian la observó como si de verdad estuviera viéndola por primera vez.
No solo su rostro.
A ella.
Completa.
—Eres más peligrosa cuando hablas así —dijo en voz baja.
Ella sonrió.
—¿Te asusto?
—No.
Dio un paso más cerca.
—Me desarmas.
Silencio.
Esa respuesta la tomó desprevenida.
—No pareces el tipo de hombre que se deja desarmar.
Aurelian apoyó las manos en la baranda, a ambos lados de ella, sin tocarla.
—No lo soy.
Sus ojos no se apartaron de los de ella.
—Pero contigo… no sé qué hacer.
Eso sí la dejó sin palabras.
Porque era honesto.
Crudo.
Real.
—Siempre te ves tan seguro —susurró ella.
Él soltó una risa breve, amarga.
—Eso es porque si no me veo seguro, todos se derrumban.
Silencio.
—Cuando eras solo la mujer que salvó a Mateo, pensé que eras un problema.
Ella soltó una carcajada.
—Qué romántico.
—Déjame terminar.
Sus ojos se suavizaron.
—Luego te vi pelear. Te vi protegerlo. Te vi regresar cuando podrías haber huido. Te vi entrar en un juego político que te asfixiaba… y aun así no te quebraste.
Su voz bajó.
—Y empecé a pensar en ti más de lo que debía.
Amara tragó saliva.
—Aurelian…
—Cuando el príncipe te miraba, quería arrancarle los ojos.
—Cuando esos nobles te rodean, me vuelvo irracional.
—Cuando te vi en ese salón… pensé que si no te reclamaba, te perdería.
El corazón de Amara golpeó con fuerza.
—Eso no suena muy sano.
—No lo es.
Y ambos rieron.
Un poco.
El tipo de risa que sale cuando estás demasiado al borde de algo real.
Luego ella bajó la mirada.
Y, por primera vez, también dejó caer sus propias defensas.
—Yo tampoco sé qué hacer contigo.
Él se quedó quieto.
—Antes… todo era simple. Mateo y yo. Sobrevivir. Reírnos de tonterías. Comer lo que encontráramos. Dormir abrazados para no morir de frío. Eso era todo.
Sus ojos se humedecieron apenas.
—Ahora todos esperan algo de mí. Mis padres, mi reino, los nobles… incluso tú.
Aurelian negó lentamente.
—Yo no.
Ella alzó la vista.
—¿No?
—No espero una princesa perfecta.
—No espero una reina impecable.
—No espero obediencia.
Su voz se volvió más profunda.
—Solo quiero que seas tú. Aunque seas caótica. Aunque seas imprudente. Aunque me provoques ganas de encerrarte lejos de todo el mundo.
Ella se rió.
—Eso sonó un poquito perturbador.
—Lo sé.
—Un poquito mucho.
—También lo sé.
Volvieron a reír.
Y por primera vez…
fue fácil.
Natural.
Como si el peso del mundo se hubiera apartado apenas lo suficiente para dejar espacio a algo nuevo.
Algo íntimo.
Algo suyo.
Amara levantó una mano.
Le tocó la mejilla.
—Yo también pensé que eras un problema.
Él arqueó una ceja.
—¿Solo un problema?
—Uno enorme.
Deslizó el dedo por su mandíbula.
—Arrogante. Mandón. Celoso. Demasiado serio.
—Qué cruel eres.
—Pero…
Su voz se suavizó.
—Cuando Mateo habla de ti, siempre se siente seguro.
—Cuando peleas, proteges primero.
—Cuando me miras… nunca me siento sola.
El rostro de Aurelian cambió apenas.
Como si esa confesión hubiera tocado un lugar que casi nadie alcanzaba.
—Amara…
—No sé si esto es amor todavía —dijo ella con honestidad brutal—. Sería una mentira decirlo tan pronto.
Él asintió despacio.
—Estoy de acuerdo.
—Pero sí sé que cuando te vi entrar al salón… mi corazón hizo algo muy estúpido.
Aurelian sonrió.
—El mío también.
—Y cuando te vi rodeado de esas mujeres… quería arrancarles las manos.
—Eso me gustó demasiado.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Ella rodó los ojos.
Pero no apartó la mano de su rostro.
—No quiero una promesa vacía —susurró—. Si vamos a hacer esto… quiero que sea real. Sin máscaras. Sin deberes. Sin “me caso contigo porque me toca”.
Él cubrió su mano con la suya.
—Entonces escúchame bien.
Su voz era baja. Seria. Sin juegos.
—No acepté casarme contigo por obligación.
—No lo hice por política.
—No lo hice por el reino.
Se inclinó apenas, hasta que sus frentes casi se rozaron.
—Acepté porque cuando dijiste esas palabras… me di cuenta de que, si tenía la oportunidad de quedarme a tu lado, no pensaba dejarla pasar.
El aire desapareció.
Amara sintió que el pecho le dolía.
—Eso fue… demasiado bonito —susurró, medio aturdida.
—Puedo empeorarlo.
—¿Eso era una amenaza?
—Una promesa.
Ella sonrió.
Y esta vez fue ella quien cerró la distancia.
Lo besó despacio.
Sin público.
Sin guerra.
Sin desafío.
Solo ellos.
Un beso suave.
Curioso.
Real.
Cuando se separaron, Aurelian apoyó la frente contra la de ella y cerró los ojos un segundo.
—Ese sí me gustó más —murmuró.
—¿Más que el otro?
—Mucho más.
—¿Por qué?
Abrió los ojos.
Y la miró como si no existiera nada más.
—Porque este sí fue mío.
Ella se quedó sin respiración.
Luego le dio un pequeño golpe en el pecho.
—No te pongas tan intenso que me asustas.
Él sonrió de lado.
—Mentirosa.
Desde dentro de la habitación se escuchó un grito indignado.
—¡YO SABÍA QUE ESTABAN BESÁNDOSE!
Mateo.
Ambos se separaron de golpe.
El niño apareció en la puerta, cruzado de brazos, ofendidísimo.
—¡Cinco minutos! ¡Los dejé solos cinco minutos!
Amara soltó una carcajada.
Aurelian se pasó una mano por el rostro, resignado.
Mateo los señaló con gravedad.
—Acepto que se gusten.
—Acepto que tal vez se casen.
—Pero voy a vigilarlos.
Silencio.
—Mucho.
Aurelian lo miró.
—Eres insoportable.
—Y aun así soy tu hermano favorito.
—Eres mi único hermano.
—Más a mi favor.
Amara terminó riéndose tanto que casi no podía respirar.
Y por primera vez en mucho tiempo…
la guerra parecía lejana.
El reino seguía siendo un caos.
Había juicios pendientes.
Traiciones por limpiar.
Un trono que reorganizar.
Pero en ese balcón, con Aurelian a un lado y Mateo interrumpiendo como siempre…
Amara sintió algo que no esperaba volver a sentir.
Paz.
pensó que podría pero ya demostró Aurelian su potencial y que Amara no es una muñeca de decoración allá gobernará como igual a Aurelian no será una muñeca de adorno