En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capitulo 12: Campo de provocación
La primera luz del amanecer apenas se insinuaba en el horizonte cuando Carlota, la mujer a cargo de la cocina de la casona, se dirigió hacia su dominio. Su paso era firme y conocía cada recoveco del camino que la llevaba a su santuario culinario. Para su sorpresa, al abrir la pesada puerta de madera, Esperanza ya estaba allí, de pie en el centro de la espaciosa cocina. La penumbra aún reinaba, pero la silueta de la joven se recortaba contra las tenues luces que se filtraban por las rendijas de las ventanas.
Carlota la observó de pies a cabeza con una mirada juzgadora. Esperanza, con su pelo oscuro suelto cayéndole sobre los hombros hasta su cintura, vestía la misma fina tela desgastada que usaba a diario, y sus pies descalzos se confundían con el suelo de tierra. La imagen de una esclava de campo en un espacio tan pulcro provocó un chasquido de desaprobación en la lengua de Carlota.
"Si los amos te ven con esa suciedad aquí, te castigarán", sentenció la cocinera con una voz firme.
Sin más tardanzas, Carlota guió a Esperanza fuera de la casona, hacia una pequeña instalación de madera ubicada cerca del aljibe, un pozo de agua que era el corazón de la hacienda. El aire frío de la mañana les acarició el rostro. "Báñate y te traeré ropa", ordenó Carlota, su tono no admitía discusión.
Esperanza obedeció en silencio. El agua fría del aljibe le heló el cuerpo pero la sensación de limpieza era gratificante. Cuando Carlota regresó, llevaba un conjunto de ropa de campesina más limpia , aunque sencilla y para asombro de Esperanza, un par de calzados. Eran un poco grandes, herencia de las mujeres que habían trabajado en la casona antes que ella, pero aun así, por primera vez en su vida, sus pies no tocarían la tierra desnuda. Con el cabello ahora prolijamente recogido en una trenza, Esperanza se sintió transformada, aunque solo fuera por un instante.
Inmediatamente, se sumergió en sus nuevas tareas. Siguiendo las órdenes precisas de Carlota, limpió, preparó ingredientes y se movió con agilidad entre los utensilios de cocina. Cada tarea, por insignificante que pareciera, era realizada con una diligencia que no pasó desapercibida para Carlota. Trabajó sin descanso, y solo cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranjas y violetas, se dirigió hacia las cosechas. Pero antes, como si fuera un ritual secreto, se cambiaba de ropa, se quitaba los calzados que aún se sentían extraños en sus pies, y corría a ayudar a Águeda.
Sin embargo, su nuevo trabajo traía consigo un precio inesperado, el enojo y el resentimiento entre los demás esclavos. Las miradas de reproche se volvían cada vez más frecuentes, los susurros a sus espaldas más audibles.
Esperanza, con las manos doloridas por el trabajo de la cocina y el campo, ayudaba a cargar los pesados cestos. De repente, una voz cargada de veneno cortó el aire húmedo.
"Miren a esta. ¿Qué habrá hecho para que la dejen entrar a la casa?", dijo una joven esclava, Malen con una mueca de disgusto en el rostro. Su mirada, llena de resentimiento, se clavó en Esperanza. Incitando la provocación, añadió "Aprovechó la muerte de nuestros muchachos para poder estar allí".
Esa última frase fue un golpe bajo y devastador para Esperanza. Sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Los cestos, que hasta entonces había sostenido con firmeza, bajaron lentamente hasta tocar el suelo.
"No les hagas caso", susurró Águeda, intentando calmarla, pero era inútil. El dolor y la ira se desbordaron en Esperanza. Como un rayo, se lanzó sobre Malen, el lodo salpicando a su alrededor. Un golpe certero aterrizó en el rostro de la provocadora, y en un instante, ambas jóvenes se enredaron en una lucha feroz, revolcándose en el fango pegajoso del campo de cosecha.
"¡Maldita, dilo de nuevo y te bajaré todos los dientes!", gruñó Esperanza, la furia distorsionando su rostro mientras jalaba con fuerza el cabello de Malen. Los gritos y la conmoción atrajeron la atención.
"¡Malen y Esperanza, ya basta!", resonó la voz firme de un anciano, uno de los más respetados de la comunidad esclava, mientras se acercaba rápidamente para poner fin al pleito.
"No quiero ningún tipo de disturbio. Ya perdimos demasiadas vidas como para perder aún más", dijo el anciano, su voz cargada de una advertencia sombría. "Vuelvan al trabajo, ya conocen a los amos". La amenaza implícita de Don Ricardo y sus castigos caían sobre ellos como una espada.
Empapadas de barro, con la ropa rasgada y la respiración agitada, ambas jóvenes se separaron. Lanzándose miradas cargadas de odio, regresaron a sus agotadoras tareas.
"¡Maldita perra, ya verás!", siseó Malen por lo bajo, con los ojos llenos de una promesa de venganza. Esperanza la miró de reojo, y una sonrisa fría y provocadora se dibujó en sus labios, aceptando el desafío. El campo, que antes había sido solo un lugar de sufrimiento, ahora también era un campo de batalla para la envidia y el resentimiento.