¿Qué pasaría si tuvieras que casarte y compartir el trono con tu adversario?
Elizabeth de York está prometida a Henry Tudor, el asesino de sus hermanos; el hombre que la princesa ha jurado hacer pagar por sus crímenes.
Por obligación y para salvar a su familia, la joven Elizabeth se casará con el hombre que ocupa el trono inglés.
En el camino, la protagonista no va a permitirse sentir ningún sentimiento por el Rey y solo mantener apariencias; además antiguos secretos sobre su familia irán saliendo a la luz.
Por otro lado, Henry Tudor ha decidido enfrentar la más dura de las batallas: ganar él corazón de su enemiga Reina, pese a los constantes rechazos de esta. ¿Surgirá el amor en una relación donde se ha jurado el odio hasta la muerte?
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Capítulo XXIV: Enemigos.
–Estaré a su servicio Reina Elizabeth. Puedo considerarme su aliado más abnegado.
–Eso espero Su Eminencia. Si llego a descubrir que me ha traicionado o se ha unido a mis enemigos, no serán los Stanley sino yo la que le quitará la vida de la peor manera.
–Toda la información de gobierno y del Rey llegará a usted. Lo que necesite saber, yo mismo se lo comunicaré con detalles en el momento que usted lo demande.
–Deseo saber cada paso de Su Majestad. Quiénes son sus consejeros o nobles más leales. Qué planea hacer con los rebeldes yorkistas en el país. Y en particular, qué hará con los York y el resto de mi familia– La expresión de Elizabeth era resuelta y enérgica.
–A su servicio Su Majestad. Si me permite la intromisión, hay algo que deseo preguntar ¿Está tramando un complot contra el Rey Henry? No quiero ser entrometido, me permito recordarle que el es su marido y le debe obediencia.
–Eminencia, está siendo impertinente. En vista, no obstante, de su curiosidad le aclararé su duda: Henry Tudor y sus aliados ocasionaron la caída de la dinastía York. Desde los tiempos de mi padre, estaban tramando tomar el trono de Inglaterra mediante la guerra. Mi tío Richard fue traicionado y muerto en batalla por el ejército rebelde y fiel a los de la Rosa Roja. Infiltrados en el gobierno, hicieron desaparecer a los Príncipes Edward y Richard en la Torre– se acomodó sobre la almohada para sentarse mejor–
De no ser por el ahora Rey, yo sería Reina por derecho propio y no estaría casada con un asesino. Como verá Arzobispo, tengo muchas razones para vengarme y hacerlo pagar un alto precio.
–¿Tomaría la vida de Su Majestad? Eso sería traición y Mi Señora puede ser castigada.
–Arzobispo Morton, no marcharía mis manos con un hombre como él, después de todo, está en un nivel más bajo. Yo nací como princesa no como el hijo de un bastardo, debo honor a mi linaje y a mi difunto padre.
–Comprendo sus motivos Su Majestad. Mis disculpas por mi importunidad.
–Lo disculpo. Beth es la única persona de confianza que tengo aquí, me ha dado muestras de su lealtad y aprecio; ella será el canal de información entre nosotros, sabe muy bien como ser discreta y casi invisible, nadie sospechará que me está pasando información. Yo a penas pueda salir de esta cama empezaré a tomar acciones, lo que hicieron con mis hermanos no quedará impune– ofreció su mano al senil religioso– ¿Cuento con vuestra lealtad incondicional Eminencia?
El Arzobispo se acercó al borde de la cama, inclinó las rodillas y bajó la cabeza para besar la regia mano que estaba frente a él.
–A si servicio mi Reina. No la traicionaré y, le aseguro que sus enemigos recibirán sus castigos por los crímenes cometidos. Tal como fui leal con el Rey Edward IV, hoy lo seré con su hija.
Haciendo una reverencia, el veterano se retiró de la habitación. Elizabeth, por fin, tenía un aliado influyente en la Corte ya no estaba sola; su venganza tomaría un rumbo firme e implacable, los castigos que tenía pensado para sus enemigos no tardarían en alcanzarlos. Esto significaba, en consecuencia, que su matrimonio con el Rey de Inglaterra llegaría a su fin antes de lo acordado.
Pese a los planes que la Reina pudiera estar tramando; el destino se le presentaba como un auténtico jugador caprichoso. Mientras trataba alejarse de Henry, este más se allegaba a ella, como si tratara de mostrar que podía ser un marido honrado y noble para Elizabeth.
Los días que siguieron fueron un fastidio para Elizabeth. Henry no se apartaba de su lado ni un solo instante, era el encargado de su tratamiento médico, se ocupaba de alimentarla y que comiera toda la comida, dormía apegado a ella aspirando la fragancia de su cabello; incluso Beth se vio limitada en el servicio a su Señora, el Rey acaparó los cuidados de su esposa y dejó a su tío Jasper al frente de los asuntos de Estado, hasta que la Reina se recuperara en pleno.
Esos tratos especiales tenían a Lizzie irritada y de mal humor. Odiaba estar en ese estado. Su único anhelo era reponerse y volver a Hetford junto a su madre y, desde allí maniobrar sus propósitos. La lectura la ayudaba a soportar el aburrimiento y el tedio de estar en absoluto reposo, más encima, en compañía de Henry Tudor.
En una tarde soleada de primavera, Elizabeth tuvo el inmenso deseo de respirar aire fresco, sentir la luz solar en su rostro y mirar el cielo. Estaba sola, el Arzobispo acababa de irse, así que con mucho esfuerzo empezó a moverse para salir de la cama.
–Vamos Elizabeth, tú puedes hacerlo, llevas muchas jornadas en esta cama– se logró sentar aguantado el dolor en la lesión– Necesito hacer algo por mí misma y sin ayuda.
Consiguió sostenerse sobre sus pies, empezó a caminar lento sujetándose de los muebles y poder llegar a las puertas de vidrio que daban al balcón. Faltaban un par de metros para alcanzar el manubrio de la ventana, Elizabeth ya no tenía de donde sostenerse y se vio obligada andar sola. Anduvo un par de pasos, pero su cuerpo le recordó su condición delicada y débil, por lo que se desvanecieron las fuerzas y terminó desvanecida en el suelo.
La puerta se abrió de golpe casi al segundo en que la muchacha cayó al suelo.
–¡Elizabeth! ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es que llegaste aquí?– un temeroso Henry se arrodilló para ver si ella estaba bien.
–¡Únicamente me levanté para abrir la ventana y me caí! Eso es todo, no es razón para preocuparse en demasía.
–¿Qué ocurre contigo? Estás al tanto que debes permanecer en reposo. Eres una insensata– con cautela la tomó en los brazos para conducirla a la cama.
Henry permaneció unos segundos observando su rostro, mientras la tenía en sus brazos. Era la segunda vez la estrechaba de esa manera, Elizabeth le dirigía chispas de furia por los ojos, él pensó que sería perfecto arrebatar sus labios en un beso avasallador. Ella al parecer, adivinó las intenciones de su fastidioso cuidador porque volteó la cabeza deliberadamente, escapando del contacto visual. Henry sonrió divertido y fue hasta la cama, acostó a Elizabeth con cuidado y acercó el sitial para sentirse.
–Eres una chica terca y obstinada. Podrías haberme llamado si querías respirar aire puro. Sabes que aún estás delicada y débil, pero quieres pretender estar fuerte y hacer todo por ti misma.
–Primero, insensata, ahora terca y obstinada ¿tienes más insultos para mí Su Majestad?– interrogó beligerante
–¿De veras supones que yo te quiero insultar? Me preocupo por ti y te cuido, quiero verte recuperada nuevamente, saliendo de esta cama...
–No necesito que usted se preocupe por mí. Hay más personas que pueden ayudarme. Su Majestad puede dejar de actuar como un marido amable y atento. Los dos sabemos que eso no es tal, que no compartimos ese tipo de vínculo; ocúpese de sus asuntos, yo me encargo de los míos.
–Según parece te indigna que sea gentil contigo– se inclinó alterado para verla a los ojos– Dime pues ¿Cómo debo ser? ¿Debo tratarte en calidad de una enemiga? ¿Suena mejor?
–Mi Señor lo ha dicho. Aquí y ahora usted no es más que mi enemigo. No tiene otro puesto en mi vida que ese...
–¡Ten cuidado! Piénsalo dos veces antes de declararte mi enemiga–tensó los labios con desagrado– Quien es mi adversario, experimenta el infierno mientras siga respirando. Supongo que no quisieras conocer el verdadero infierno, que yo puedo hacerle vivir a quien ose estar en mi contra.
–Ese infierno ya lo estoy viviendo– Elizabeth arremetió– Desde el día que crucé la puerta de la Abadía de Westminster y me encadenaron con un anillo de rubí. He aprendido a convivir con los demonios, me golpean, me humillan pero no me derriban. Jamás me verán caer ni rendirme.
–Tu vivencia infernal a penas está en su génesis, puedo recurrir a las peores estrategias para quebrar tu arrogancia, junto a ese carácter salvaje que tienes. Quieres verme como tu enemigo, está bien, seré tu peor enemigo.
–Nada de lo que haga será peor de lo que yo haré. Durante este tiempo, he podido darme cuenta a la perfección de sus debilidades como Rey y como hombre. Esa es mi ventaja sobre usted.
Su Majestad ha encontrado una enemiga a su medida.