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Una Duquesa Para El Márquez

Una Duquesa Para El Márquez

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Reencuentro
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Galli

La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.

NovelToon tiene autorización de Luisa Galli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Naturaleza

El reloj del vestíbulo acababa de marcar las tres de la madrugada, y los ecos de una súplica desesperada ascendían por la escalera principal.

—¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenme! —gritaba una voz femenina desde el piso inferior.

El marqués fue el primero en incorporarse, seguido por el conde William. Ambos, sin más abrigo que sus pantalones de dormir, descendieron a toda prisa. En el vestíbulo encontraron a una joven madre arrodillada, estrechando entre los brazos a un pequeño que yacía inerte, con la piel azulada.

— ¡mi niño no respira! —balbuceaba la mujer entre sollozos.

Antes de que nadie atinara a reaccionar, un sonido firme resonó en el corredor. Era la duquesa, bajaba las escaleras envuelta en una bata de seda color marfil.

—Entrégame al niño —dijo con voz clara y autoritaria.

La madre, obedeció. Eleanor tomó al pequeño entre sus brazos, lo colocó boca abajo sobre su antebrazo y, con energía, golpeó con fuerza la espalda del infante. Los sirvientes, el marqués y el conde contenían el aliento. Tras unos segundos eternos, el niño tosió, escupiendo un líquido espeso, y un llanto agudo llenó la estancia.

Eleanor lo alzó con delicadeza, y lo entregó nuevamente a su madre.

—que el médico lo examine sin demora. —dijo suavemente.

El mayordomo, que acababa de llegar, se inclinó con respeto.

—He enviado por el doctor, vendrá enseguida.-

—Bien. Que lo revisen en cuanto llegue. —Su voz se quebró apenas.

La madre quiso arrodillarse ante ella.

—Mi lady… perdóneme por irrumpir así…

Eleanor la tomó de las manos con firmeza.

—Por un hijo moveríamos cielo y tierra, no hay nada que perdonar —dijo, acariciando con ternura la cabeza del niño

Con un ademán indicó al ama de llaves que se encargara, subió lentamente los escalones.

Cuando el silencio volvió, William y Frederick quedaron en el vestíbulo, aún perplejos.

—Una mujer extraordinaria —murmuró el marqués.

El conde asintió.

—Lo es… y mucho más de lo que aparenta.

Uno de los criados, que había observado todo, habló en voz baja:

— la duquesa y el difunto duque Gregory tuvieron un hijo… un varón. Murió al cumplir un año, de una enfermedad extraña. La señora intentó todo para salvarlo, pero fue en vano.

—Y después el duque… —agregó otro con cautela—, falleció.

Frederick sintió un leve estremecimiento.

Al amanecer, el cielo del sur se tiñó de un dorado tibio. En el comedor principal, la duquesa los esperaba ya vestida con un sencillo traje gris, el semblante sereno y el cabello recogido.

William y Frederick entraron, ella alzó la vista del periódico y les regaló una sonrisa amable.

—Caballeros —dijo con suavidad—, he hecho algunas llamadas esta mañana. Los arrendatarios del valle están dispuestos a recibirnos. Hoy mismo partiremos hacia las granjas para inspeccionar los terrenos. ¿Les parece conveniente?

El tono era cortés pero firme. Ambos asintieron sin dudar.

—Perfectamente, mi lady —respondió William.

—Agradecemos su diligencia —añadió Frederick

Eleanor asintió.

—Entonces, que sirvan el desayuno —ordenó al mayordomo, dejando a un lado el diario.

Durante la comida, la conversación giró en torno a asuntos prácticos: el clima, los cultivos de cebada y las condiciones del suelo.

Al terminar el desayuno, Eleanor se levantó y, con una inclinación cortés, dijo:

—Debo supervisar algunos preparativos. En una hora nos reuniremos en los establos.

El sol del mediodía caía sobre los jardines de Wynthorne cuando los dos caballeros esperaban junto a los caballos ensillados. Ambos creían que la duquesa acudiría en carruaje, como dictaba la costumbre. Pero cuando la puerta del establo se abrió, quedaron mudos.

Eleanor apareció vestida con pantalones de montar color oscuro, botas altas y un chaleco de trabajo sobre una camisa blanca. Su cabello negro, trenzado y algo suelto, brillaba bajo la luz. Se colocaba los guantes de montar con movimientos firmes y elegantes, ajena a la sorpresa que causaba.

William soltó una risa baja, casi orgullosa.

—Siempre te deja sin palabras —le murmuró al marqués.

—No sabía que la modernidad tuviera ese rostro.

Eleanor se acercó a ellos.

—Caballeros —dijo con naturalidad—, será un día productivo.

Aceptó la ayuda de un sirviente para montar, y una vez sobre el caballo, ajustó las riendas con destreza.

—Listos para partir —anunció.

Frederick observó cómo el viento agitaba la trenza de la duquesa y cómo el sol delineaba el perfil de su rostro. Era imposible no admirarla.

William montó enseguida y se colocó a su lado.

—¿Hacia dónde, mi lady?

—Al valle de Loryn primero. Quiero ver los límites del arroyo. Si los terrenos son fértiles, el proyecto podrá comenzar en primavera.

Ella espoleó al caballo con un leve toque, y el animal avanzó. Frederick los siguió, aún absorto en el contraste entre aquella duquesa.

El séquito de sirvientes y asistentes los siguió a cierta distancia. Eleanor cabalgaba al frente con porte majestuoso.

William la miraba con afecto silencioso; sabía que esa fortaleza tenía raíces de dolor. Recordaba y comprendía que todo cuanto ella hacía —cada orden, cada proyecto, cada sonrisa medida— era un modo de continuar viviendo.

Frederick, en cambio, la miraba con ojos nuevos. Ya no veía solo a la amiga del conde, el veía a una mujer que había enfrentado la pérdida y se había negado a rendirse nunca, una mujer que dominaba su mundo con la gracia de quien ha aprendido a no temerle a la oscuridad.

Cuando alcanzaron la linde del bosque, Eleanor se volvió hacia ellos.

—¿Veis esas tierras? —preguntó, señalando el horizonte—. Son fértiles, pero frágiles. Si las forzamos, morirán.

Sus palabras, aunque hablaban de agricultura, resonaron como una advertencia sobre la vida misma.

—La naturaleza se parece a nosotros más de lo que creemos —respondió él.

Ella sonrió sin mirarlo directamente.

—Tal vez, marqués. Pero a diferencia de nosotros, ella no finge.

La cabalgata continuó. A lo lejos, las torres de Wynthorne quedaban atrás, como un recuerdo. El viento levantaba el polvo del camino y el eco de los cascos formaba un ritmo solemne, casi musical.

La duquesa de Wynthorne encabezó la partida hacia las granjas, mientras los dos caballeros la seguían.

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inuyasha/ Tomoe🦊
me jode tanto lo q ella hace, elije eso y no lucha no va entra de nada, simplemente deja q todos decidan pro ella es molesto. ni siquiera lucha por su felicidad
Ada Rodriguez
me gusta
Laura Aguado
Está muy interesante ❤️❤️❤️
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