El caprichoso y hermoso Duque de Valois se ve obligado a contraer matrimonio con Pauline Ducreux la excéntrica hija de un acaudalado Barón. El bello Duque desea casarse con su amante Louise de Mallay y odiará a Pauline por haber destruido sus planes. Pauline, quien siempre ha sido desgraciada en el amor desde hace tiempo desea en secreto al Duque pero no se lo hará saber y al parecer aunque juró no amarla el Duque comienza a sentir algo por ella...
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Capítulo 24
Pauline Ducreux ahora Duquesa de Valois llegó a su residencia oficial, la mansión era enorme y señorial con aires de palacio. Tenía múltiples habitaciones, un inmenso comedor, un suntuoso salón de fiestas y una enorme biblioteca. Los jardines eran grandes pero estaban descuidados, la maleza había crecido por todas partes y no había flores a excepción de unas florecillas silvestres de color amarillo dispersas entre las malas hierbas. Había hermosas esculturas y fuentes. Dentro de la casa también se percibía un gusto por el arte, innumerables pinturas, esculturas e instrumentos musicales, entre ellos un arpa, una flauta y un excelente pianoforte. Había mucha belleza pero también descuido y abandono, los objetos estaban polvorientos y los criados se podían contar con los dedos de una mano.
A Pauline le pareció que su nuevo hogar no carecía de belleza pero si carecía de calidez. Se respiraba un aire de melancolía y frialdad en todos los espacios. Esa sensación gélida se apoderó de su esposo una vez que llegaron a su residencia. Después de que estuvieron forcejeando en el carruaje porque Pauline tiró el empaque de cigarrillos del duque, él se había acercado mucho a ella, la tomó entre sus brazos con fuerza pero sin explicación alguna la soltó y luego de eso permanecieron en silencio hasta llegar a su destino.
El Duque de Valois al llegar a su casa se apartó rápidamente de Pauline y fue en busca de su caballo, salió sin despedirse de nadie. Pauline se quedó parada en el salón junto a su gata y Aurelie. El caballero Dupont se dirigió a su despacho y ella entonces exploró algunos rincones de la casa sin compañía alguna. Al cabo de un rato el
caballero Dupont apareció junto a una criada que en realidad era la cocinera que les mostró a ella y Aurelie sus respectivas habitaciones. El caballero Dupont le dijo a Pauline:
-Pauline, estamos ahora sin muchos sirvientes pero mañana me encargaré de contratar a todos los que necesitamos. Lo que pasa es que hemos estado reestructurando algunas cosas…Quedas en tu casa, ahora me dispongo a descansar. La cena es a las 6pm y probablemente Pierre no nos acompañe, él está encargándose de algunos asuntos.
-Está bien, nos veremos a la hora de la cena. Que descanse.
Pauline y Aurelie se encontraban en la lujosa y polvorienta habitación que le pertenecería a Pauline, todo estaba cubierto con sábanas y parecía que no se había abierto en años. No se habían tomado la molestia de preparar la habitación de la duquesa. Al ver la situación, Aurelie le dijo a Pauline:
-Esta habitación no está en condiciones de alojar a nadie, tengo que limpiarla ahora. Iré a la cocina a buscar enseres de limpieza y preguntaré si hay alguien que pueda ayudarme. Si quieres puedes dar una vuelta por la casa y por los jardines.
-Gracias, Aurelie. Me alegra mucho que estés aquí. No sé qué hubiese hecho sola en esta casa.
Dicho esto Pauline, se dirigió a la biblioteca que era grande y muy variada. Le sorprendió ver tantos libros que ella había deseado leer hace mucho tiempo. Había un estante bajo llave, tal vez allí estaban los libros prohibidos…Recordó que ella había traído también sus propios libros y que tal vez en un futuro pudiera guardarlos aquí.
Luego se dirigió hacia el jardín donde más de una vez la falda de su vestido se enredó en la maleza, siguió caminando y se alejó bastante de la casa. A cierta distancia vio a algunos trabajadores del campo que parecieron no verla. Siguió caminando y encontró una pequeña cabaña de madera muy pintoresca. No pudo evitar entrar, al parecer estaba abandonada pero contaba con algunos muebles, tenía una chimenea, enseres de cocina, una mesa y dos sillas y contaba con una habitación con una cama y una silla. Todo era muy sencillo pero a Pauline le
agradó bastante.
Estuvo tanto tiempo en la pequeña cabaña que no se había percatado que de que casi era la hora de la cena, se apresuró para llegar a la casa y Aurelie le informó que la cena estaba servida. Esa noche cenaría sola con el caballero Dupont, pues el duque no estaba presente. Durante la cena el caballero habló del clima y de temas
triviales, pero parecía cansado y distraído. Terminada la cena, Pauline se dirigió a su habitación que estaba impecable, Aurelie había hecho un trabajo magnifico, todavía olía a lugar encerrado y a humedad pero Aurelie le dijo que mañana abrirían las ventanas para que entrara el aire y los rayos del sol que eliminarían por completo ese olor. La habitación de Pauline se comunicaba por una puerta hacia la habitación de su esposo.
Cuando Aurelie se marchó a su propia habitación, Pauline no pudo evitar abrir esa puerta y entrar
a la habitación del duque, que estaba muy ordenada, también era lujosa e imponente y su cama era muy grande con sabanas de seda de color azul oscuro. Allí estaban sus trajes, sus botas, sus lociones. Y un libro de Louis de Racine “Oda sobre la armonía”. A Pauline le sorprendió que el duque tuviera tales lecturas y por lo que había visto en su biblioteca sin duda el duque tenía un excelente y variado gusto literario. Debido a la altanería y modales frívolos del duque, no pensó que él fuera un intelectual o un pensador. Aunque cuando lo vio por primera vez fue en una librería y por lo visto era un amante de la poesía.
A Pauline le costaba descifrar el verdadero carácter del duque, a veces parecía una persona cruel y superficial y en otras ocasiones daba muestras de nobleza, como cuando la subió en su caballo y de esta manera pudo ayudar a Bernard, su caballo herido de forma más rápida. También sabía que él hubiese podido poseerla a la fuerza pero no lo hizo. Ella pensaba que tal vez había algo de nobleza en él, pero por alguna razón el mismo se empeñaba en ocultarla. Esa noche Pauline se durmió en medio de interrogantes e incertidumbre acerca de su nueva vida como duquesa mientras que Pierre la pasó en los brazos de Louise.
Desde que Pierre y Louise se habían reencontrado se entregaron al placer. A Louise le pareció divertido la voracidad con la que Pierre se perdió en la lujuria. Para ella esto significaba un triunfo, pero lo que no sabía era que para Pierre su encuentro carnal fue una derrota, el placer le supo amargo, desahogó las ansías de su cuerpo que había estado reprimido por varios días y quiso demostrarle a Louise cuanto la deseaba pero en realidad quería demostrárselo a sí mismo. Pasó una semana entera sumido en la total lujuria sin límites con Louise y bebiendo
y jugando a los naipes con Yves pero se sentía vacío.
Estaba consternado, algo terrible le pasaba al Duque de Valois, pues los besos de Louise no le sabían a
nada después de haber besado a Pauline Ducreux, la Duquesa de Valois.
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