Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.
Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.
El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.
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Axel
Axel cruzaba el aire con paso seguro, sus alas extendidas en una línea perfecta contra el cielo gris. Medía un metro setenta y tres, y su cuerpo atlético se movía con una gracia que parecía imposible para alguien de su talla. Su piel era blanca como la corteza de un durazno, con un matiz rosado que le daba vida incluso en los días más fríos.
Sus ojos, de un verde esmeralda tan profundo que parecían atrapar la luz, tenían vetas doradas que brillaban cada vez que giraba la cabeza. Las pestañas negras y densas le daban a su mirada un aire a la vez dulce y audaz, mientras sus cejas del mismo color que su cabello se arqueaban con facilidad cuando algo le parecía gracioso o extraño.
Ese cabello negro como la noche estaba siempre impecablemente peinado, corto por los lados y un poco más largo arriba, con un mechón que insistía en caer sobre su frente a pesar de sus intentos por mantenerlo a un lado. Se notaba que era grueso y liso, con un brillo que parecía haber sido bañado en aceite de almendras.
Sus hombros eran anchos, sus cintura delgada, y sus músculos estaban trabajados pero no exagerados —el cuerpo de alguien que sabe pelear, que vuela horas seguidas y que no necesita mostrar fuerza para demostrarla. Cuando extendía sus alas, que medían más de tres metros de punta a punta, el blanco puro de sus plumas parecía iluminar el espacio a su alrededor, con reflejos dorados que aparecían cada vez que el sol se filtraba entre ellas.
Un rasgo que pocos notaban a simple vista era la pequeña cicatriz en su sien derecha, casi invisible, como si alguien le hubiera rozado con la punta de una navaja años atrás. Y sus labios, de color rosa natural, estaban casi siempre curvados en una sonrisa que prometía travesuras y buen rollo a partes iguales.
A Axel le encanta pasar sus ratos libres volando bajo las nubes, cerca de los tejados de las ciudades, donde puede observar cómo los humanos van y vienen con sus vidas ajetreadas. Le gusta mucho la música —especialmente el rock clásico y las canciones que tienen letras con sentido— y siempre lleva consigo un pequeño reproductor ,que lo castigaron por eso. Le encanta probar comidas nuevas, sobre todo las empanadas que vende una señora en la esquina de una calle de la ciudad, y dice que nada del cielo se compara con el sabor de algo hecho con manos humanas.
También le gusta hacer bromas a sus compañeros ángeles, especialmente a los más serios del Consejo, y pasar tiempo en el Limbo donde puede conocer a criaturas de todos los tipos sin que lo juzguen por ser un ángel. Le encanta ayudar a los niños que se pierden en las calles, llevándolos de vuelta a casa de forma invisible, y dejar pequeños regalos en sus ventanas por las noches.
Pero Axel no siempre fue ángel. Hace más de quinientos años, fue un humano llamado Alex, que vivió en una pequeña aldea de montaña. Era valiente y generoso, siempre dispuesto a defender a los débiles, pero un día se enfrentó a una bestia demoníaca que amenazaba con destruir su hogar. Aunque logró derrotarla, perdió la vida en el intento. El Consejo del Cielo vio en él un alma con un potencial enorme, así que lo convocaron y le ofrecieron la oportunidad de convertirse en ángel para seguir protegiendo a los humanos. Aceptó sin dudar —y desde entonces lleva el nombre de Axel, como un recordatorio de quién fue y quién es ahora. La cicatriz en su sien es la única marca que le quedó de esa batalla final como humano.