En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría
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Capítulo 023
Tomamos prestado un pequeño camión de envíos de la empresa; vestidos como repartidores, los dos patrulleros locales nos ignoraron por completo al pasar frente al negocio. El propietario del bar tenía su oficina en el plantel subterráneo, la zona donde se alquilaban las habitaciones para las fiestas más privadas. Al ser un local nocturno, y sabiendo que el dueño solo trabajaba unas cuantas horas allí, el final de la tarde nos ofrecía una brecha excelente, casi sin público.
Jaxx se ocupó de los guardias de la entrada y nos dio el pase. Cargué las cajas con nuestro equipo e ingresamos como cualquier repartidor. El negocio solo albergaba a unos cuantos muchachos adictos que andaban perdidos en las nubes; lo sabíamos bien, nadie iría a una discoteca a las cinco de la tarde. Al contar con menos de cuatro puertas de salida en todo el lugar, Bandit y Giggles se desplegaron para bloquearlas, eliminando a los guardias desprevenidos en el proceso.
Jaxx tomó la delantera y yo aguardé con paciencia por el jefe. Aunque la señal de alerta interna llegó a transmitirse, todos los que estaban abajo ya se encontraban encerrados en una caja sin salida. Debido a la insonorización del sótano, los accidentes que ocurrían allí abajo no podían escucharse en el piso de arriba, lo que nos otorgaba una libertad de disparo refrescante.
Abrí la puerta de la oficina y, de inmediato, una marea de balas astilló la madera. Bajo el peligro inminente, me limité a lanzar al interior una granada aturdidora; siendo sinceros, estos nuevos suministros militares que nos habían entregado recientemente eran una maravilla. Segundos después de la detonación, entré a despedazarlos a todos. Con los guardias eliminados, me tomé el tiempo de rasgar una línea horizontal sobre los ojos de uno de ellos, a modo de sello personal y discreto.
No soy alguien que se excite por matar a todo lo que se mueva o por ver correr sangre; entendí temprano que asesinar indiscriminadamente no alimenta mi ego. En mis manos tengo el poder absoluto de decidir sobre la muerte de cualquiera, ¿pero cuál es el verdadero mérito de eliminar a un desconocido? Lo comprendí en una misión pasada que me abrió los ojos para bien.
Me habían encargado vigilar a un rehén, un hombre joven con una boca enorme. Al convivir con él, pude verlo más allá de un simple cuerpo andante. Me dio motivos por los cuales quería vivir, me habló de lo que dejaría atrás y, aunque no lo liberé, aquello le otorgó un valor real a su muerte. Para mí, ahí radica lo emocionante: saber exactamente qué está perdiendo la víctima al morir. Solo cuando lo elimino bajo esas condiciones, puedo sentir verdaderamente mi poder sobre ella.
Volqué el escritorio tras el cual se escondía el jefe, lo senté frente a mí y charlé cinco minutos completos con él. Lo obligué a hablar, aun sabiendo que su destino ya estaba sellado.
—No tienes mucho que perder en realidad —le dije, limpiando mis guantes sucios—. Incluso me haces sentir que te estoy haciendo un favor. Qué pena.
Saqué mi arma y le disparé directo al entrecejo. Con la primera parte del trabajo completa, tocaba limpiar la escena antes de marcharnos. Envolvimos toda nuestra basura en las cajas de envío y regresamos con tranquilidad al camión.
—¡Oigan! —nos gritó Giggles, quien había ido a supervisar el perímetro—. Miren lo que encontré.
Sujetándola del cabello, la hiena arrastraba a una mujer que vestía ropas comunes y sostenía una pequeña cámara entre las manos. Era obvio que se trataba de una periodista. No podíamos quedarnos más tiempo en el callejón.
—Súbela —le ordené.
Me quedé en la parte trasera del camión a solas con ella. Traía consigo un bolso con cámaras, papeles, una grabadora y su billetera. Revisé el contenido a fondo, pero no había mucho más.
—¡¿Quiénes son ustedes?! —gritó, alterada.
Revisé las fotos y las grabaciones de su cámara. Solo eran tomas desde el exterior; captaban con demasiada claridad cómo entrábamos y salíamos del callejón, exponiendo nuestros rostros. Extraje la tarjeta de memoria del dispositivo y la mastiqué hasta destruirla. Luego, examiné su identificación y su credencial de trabajo.
—¿Yaga Kirk? Reportera de la cadena televisiva SM —leí en voz alta—. Es una emisora importante.
Rompí el resto de sus aparatos y la miré fijamente.
—Estás muy tranquila —mencioné.
—¿Qué?
Los civiles suelen temblar, llorar, suplicar o desmayarse ante nosotros. Una reportera no debería distar mucho de esa descripción, pero esta mujer ni siquiera había derramado una lágrima.
—¡Averigüen quién es la reportera Yaga Kirk! —le grité a los de la cabina, antes de clavar de nuevo la mirada en ella—. ¿Ya has pasado por esto antes, Yaga?
—¿Estás loco? —Su rostro, lentamente, comenzó a retorcerse en una mueca de pánico—. ¡Me están secuestrando!
Actúa bien. Las fugas de información son raras en nuestro trabajo; nadie sabía que estaríamos aquí hoy y sé que esta mujer tampoco lo planeaba. Sin embargo, su presencia no se volvía irrelevante de forma automática; por alguna razón, el destino había provocado semejante coincidencia.
—¿Por qué estabas investigando el Bar Cloud?
—¿De qué me estás hablando?
Debido a su renuencia a hablar, preferí esperar. Cuando el camión por fin se detuvo, la sujeté del cabello bruscamente y la obligué a bajar.
—¿Dónde estamos? —preguntó, alarmada, recorriendo con la mirada la penumbra.
Nos habíamos tardado un poco en llegar, pero este era un sitio específico, completamente aislado de la ciudad; un lugar ideal para cometer un secuestro y, de hecho, bastante utilizado por la Organización.
Jaxx se acercó y me entregó su tableta con la información que había logrado recaudar. Les pedí a los demás que fueran a descansar; yo mismo me ocuparía de ella.
Yaga Kirk era un rostro bastante conocido en el ámbito televisivo. En su currículum destacaban logros importantes; el más relevante indicaba que había colaborado de cerca con la policía para desmantelar a un pequeño grupo de contrabandistas, siendo sus propias fuentes la pieza clave para el operativo. Era una mujer con experiencia y determinación. No cualquiera ponía en riesgo su vida solo por una jugosa noticia de portada, y aquello no hacía más que afianzar mis sospechas.
—Qué buen portada eres —la elogié, rompiendo el silencio—. También pareces una excelente empleada.
Aún no la había amenazado físicamente, razón por la cual debió haber actuado con más fiereza al momento en que la capturamos. Su fachada de civil asustada no encajaba con su historial.
—¿Por qué investigabas el Bar Cloud? Coopera —le ordené, deslizando el dedo por la pantalla de la tableta—. Me estás haciendo creer que ocultas algo realmente interesante...
—¿Vas a matarme? —preguntó de repente, interrumpiéndome—. Promete que me dejarás vivir.
Me desagradó profundamente su pregunta, todavía más cuando venía acompañada por una de esas miradas valientes que intentan negociar. Sin previo aviso, saqué el arma de mi cintura y disparé directo al suelo, a milímetros de sus pies. El estruendo rebotó en las paredes.
—¡No! —chilló, encogiéndose del susto.
—Por cada pregunta que te saltes o intentes evadir, te daré un disparo —sentencié, manteniendo la voz completamente seria—. Debes saber que tu vida es irrelevante para mí, pero no creo que tú pienses lo mismo de ti misma. ¿Entiendes?
Solo cuando vio que el cañón seguía apuntándole y su expresión de valentía se torció en verdadero terror, comenzó a hablar. Soltó una historia interesante, aunque mantuve la clara sensación de que no me estaba entregando toda la información.