●Novela: {Tu Guardián Sádico}.
●Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
●Para Bahir, la vida es tan pacífica como la tienda de flores y té de su abuelo beta, la cual cuida con esmero. A sus veintiún años, es un omega puro, inocente y con un dulce aroma a duraznos frescos que cautiva a cualquiera. Sin embargo, su corazón ya tiene dueño: Louie, un alfa dominante, imponente y protector que ha logrado ganarse su amor y, finalmente, un anillo de compromiso.
Bahir cree que ha encontrado a su príncipe azul. Lo que no sabe es que detrás de la fachada del prometido perfecto se esconde un acosador obsesivo, un alfa sádico y egocéntrico que lleva meses vigilando cada uno de sus pasos desde las sombras. Ahora que el compromiso es oficial, Louie está extasiado; el juego de la seducción ha terminado, y es hora de que el inocente omeguita descubra quién es realmente el dueño de su destino.
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Capítulo 23: La marea dulce del nido
Capítulo 23: La marea dulce del nido
Novela: Tu Guardián Sádico.
Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
La mañana siguiente llegó con una atmósfera densa y cargada en la habitación principal de los Hamptons. Aunque la amenaza de Bianca había sido completamente erradicada del mundo exterior gracias a la fría eficiencia de Roxanne, el cuerpo de Bahir seguía pagando las consecuencias del colapso emocional del día anterior. El estrés severo y el llanto amargo habían sacudido su sistema biológico de una forma inesperada: su aroma a duraznos, usualmente suave y fresco, comenzó a endulzarse de manera drástica, desprendiendo notas cálidas, maduras y almibaradas que inundaron el cuarto.
El celo del omeguita, alterado por la fuerte sacudida nerviosa, amenazaba con adelantarse antes de tiempo.
Louie, cuyos instintos de Alfa Dominante estaban en un estado de alerta absoluto, se percató del cambio en el aire antes de que el sol terminara de salir. Su propia biología respondió de inmediato ante la inminente vulnerabilidad de su esposo; sus feromonas de madera ahumada y cuero se volvieron espesas, posesivas y ferozmente protectoras, creando una barrera invisible alrededor de la inmensa cama.
Al abrir los ojitos, Bahir se encontró completamente sepultado bajo un mar de mantas, almohadones y las camisas de seda de Louie. Se sentía mareado, con el cuerpo extrañamente caliente y una sutil capa de sudor humedeciendo su frente. Su glándula del lazo palpitaba con fuerza, exigiendo los mimos y la atención constante de su alfa.
—Louie... —llamó Bahir en un susurro quebrado, estirando sus manos temblorosas en busca de su esposo. Su voz sonaba somnolienta, arrastrada por los primeros efectos de la fiebre del celo.
—Aquí estoy, mi vida. No me he ido —la voz grave y aterciopelada de Louie trajo un alivio instantáneo al atribulado omega.
El alfa dominante no había pisado la empresa ni planeaba hacerlo. Estaba sentado justo al lado de Bahir en el nido, vistiendo únicamente un pantalón cómodo, listo para dedicarse exclusivamente a mimar a su posesión más sagrada. Louie se deslizó bajo las sábanas y atrapó el cuerpo del omeguita contra su pecho, envolviéndolo con una fuerza que rozaba lo obsesivo.
Los mimos de Louie comenzaron de inmediato, guiados por un egocentrismo sádico que disfrutaba ver a Bahir completamente dependiente de él para calmar su malestar. Con sus manos grandes y firmes, el alfa comenzó a acariciar la espalda del omega, delineando su columna y dándole suaves masajes para relajar sus músculos tensos. Luego, subió hacia su cuello, usando su lengua para lamer con infinita paciencia la marca del lazo, depositando sus feromonas directamente sobre la piel para calmar la alarma biológica que el estrés había encendido.
—Te ves tan hermoso cuando necesitas tanto de mí, Bahir —susurró Louie contra su oído, sus ojos oscuros brillando con un deleite posesivo mientras veía las mejillas del chico teñirse de un rosa encendido—. Todo está bien. Tu pasado no puede tocarte aquí. Estás a salvo en mis brazos.
Bahir soltó un tierno y ronco gemido de sumisión, frotando su rostro contra el cuello de Louie para aspirar el denso aroma a madera que actuaba como su mejor medicina. El consuelo de su alfa era lo único que mantenía su mente en paz.
—Me siento muy caliente, Louie... me duele un poquito el vientre —confesó el omeguita con total inocencia, ocultando sus ojos llorosos en el pecho del alfa—. Creo que... creo que mi celo ya viene.
Louie sonrió de medio lado en la penumbra del cuarto, besando la frente sudorosa de su esposo con fingida ternura. Aunque el adelanto del celo se debía al susto que Bianca le había provocado, la mente calculadora del alfa dominante vio la oportunidad perfecta. Los doctores habían dicho que sus ciclos estaban sincronizados; si el celo de Bahir se adelantaba, el rut de Louie se arrastraría con él de forma inevitable debido a la fuerza de su lazo eterno.
La habitación amarilla de color pastel que habían pintado juntos, con la cuna de madera que Louie había construido con tanta ansiosa perfección, estaba lista. Este celo imprevisto no sería solo un momento de consuelo; sería el escenario perfecto para engendrar al cachorro que consolidaría su jaula de cristal para siempre.
—No tengas miedo, mi tierno durazno —le aseguró Louie con voz ronca, acomodando las mantas alrededor de los hombros de Bahir y pegándolo aún más a su cuerpo, atrapándolo en un refugio impenetrable—. Deja que el celo llegue. Yo me encargaré de ti cada segundo. Voy a mimarte, a cuidarte y a darte todo lo que tu cuerpo me pida en este nido. Eres mío, Bahir... y hoy vas a olvidarte del resto del mundo.
Bahir asintió, perdiéndose por completo en el calor y las caricias de su esposo, sintiendo que los sollozos del día anterior se disolvían ante la inmensa devoción de su alfa. El dulce omeguita se entregó al inicio de su marea biológica con el corazón lleno de amor y confianza mutua, sin sospechar que su ángel guardián ya saboreaba la victoria de tenerlo atrapado en el celo más posesivo, profundo y definitivo de sus vidas.