Novela +18
Mi nombre es Lucia Westton, la hija legítima del Marqués Arturo Westton.
Durante años viví rodeada de amor, lujos y tranquilidad… hasta que mi madre murió en un trágico accidente de carruaje después de una fiesta de té.
Creí que aquella sería la peor tragedia de mi vida.
ME EQUIVOQUÉ.
Poco después descubrí que mi padre había ocultado una amante… y una hija ilegítima: Laura Westton.
Desde el momento en que ellas cruzaron las puertas de la mansión, todo cambió.
Mi hogar dejó de sentirse seguro.
Las miradas se volvieron frías.
Los susurros comenzaron en la oscuridad.
Entonces Laura me convenció de jugar un extraño juego.
Dijo que podría ayudarme a hablar con mi madre una última vez.
PERO ALGO SALIÓ MAL.
Ahora… algo me sigue desde las sombras.
Lo veo en los espejos.
Escucho sus pasos detrás de mí.
Siento sus manos heladas rozando mi cuello mientras duermo.
¡TENGO MIEDO!
Y lo peor de todo…
¡NADIE ME CREE!
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CAPÍTULO 22 — ¡CARDENAL, LO EXTRAÑE!
Y mientras hablaban, Lucia pudo sentir la mirada de Laura clavada sobre ella.
Llena de resentimiento.
De rabia.
De envidia.
Sin embargo, justo cuando la conversación se encontraba en su mejor momento, ocurrió algo.
Un calor repentino atravesó la zona de la marca.
Lucia se tensó.
El calor apareció de golpe.
Violento.
Familiar.
Su corazón se detuvo.
No.
No aquí.
No ahora.
El calor comenzó a extenderse por todo su cuerpo.
Cada segundo se volvía más intenso.
Más insoportable.
Como fuego recorriendo sus venas.
—¿Se encuentra bien? —preguntó la princesa Olivia.
Lucia sonrió con esfuerzo.
—Sí, Alteza.
Pero era mentira.
Le costaba respirar.
Le costaba pensar.
—Creo que necesito un poco de aire.
La princesa pareció preocupada.
—¿Está segura?
—Solo necesito descansar unos minutos.
Finalmente Olivia asintió.
—No tarde demasiado.
Lucia hizo una reverencia y abandonó el salón.
Apenas cruzó las puertas, aceleró el paso.
El calor seguía aumentando.
Su cuerpo temblaba.
Intentó mantener la compostura mientras avanzaba por los largos pasillos del palacio.
Necesitaba encontrar un lugar apartado.
Necesitaba recuperarse.
Entonces notó algo.
Pasos.
Detrás de ella.
Giró discretamente la cabeza.
Dos hombres caminaban por el corredor.
Y la estaban observando.
Lucia sintió un mal presentimiento.
Aceleró el paso.
Ellos también.
El corazón comenzó a golpear con fuerza contra su pecho.
Los pasillos parecían interminables.
El calor de la marca seguía consumiéndola.
Y aquellos hombres continuaban detrás de ella.
Uno de ellos sonrió.
Lucia apartó la mirada inmediatamente.
No.
Aquello no estaba bien.
Nada bien.
......................
Al doblar apresuradamente uno de los pasillos, sentí que una mano surgía de la nada y me sujetaba con fuerza por la muñeca.
Solté un pequeño grito de sorpresa.
—¡Suélteme!
Intenté apartarme, pero fue inútil. Quien me había atrapado me arrastró rápidamente hacia una puerta cercana. La puerta se abrió y fui empujada al interior de una habitación.
—¿Qué está haciendo? —exclamé alarmada.
La puerta se cerró detrás de mí.
Me giré de inmediato sin mirar siquiera.
Frente a la entrada se encontraba un caballero sagrado vestido con el uniforme blanco y dorado de la Iglesia. Su expresión permanecía completamente seria, como si nada de aquello le pareciera extraño.
—¿Por qué me trajo aquí? —pregunté mientras intentaba recuperar el aliento.
El caballero realizó una leve reverencia.
—Perdone la descortesía, señorita Westton.
Fruncí el ceño.
—Entonces explíquese.
—Había dos hombres siguiéndola.
Mi corazón dio un vuelco.
Así que no lo había imaginado.
Aquellos hombres realmente me estaban persiguiendo.
—Los vi... —murmuré.
—Gracias —baje la mirada.
El caballero asintió.
—Su Eminencia ordenó que la trajera inmediatamente.
Parpadeé confundida.
—¿Su Eminencia?
Fue entonces cuando escuché una voz detrás de mí.
Una voz profunda.
Fría.
Inconfundible.
—Ya es suficiente.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
Conocía aquella voz.
La conocía demasiado bien.
Giré lentamente la cabeza.
Y allí estaba él.
El cardenal Zepharel aguardaba en silencio sentado en su silla de ruedas junto a uno de los altos ventanales que daban a los jardines nocturnos.
La luz de los candelabros de la habitación caía sobre su figura, dibujando suaves reflejos plateados sobre su largo cabello blanco y acentuando la serenidad casi sobrenatural de su rostro. Incluso allí, lejos de la catedral y rodeado por la nobleza del reino, conservaba aquella presencia imponente que hacía parecer pequeño todo lo que lo rodeaba.
Su expresión era la misma de siempre.
Serena.
Fría.
Imperturbable.
Sin embargo, al verlo, sentí algo que no había experimentado en semanas.
Alivio.
Un alivio tan intenso que casi me hizo perder las fuerzas.
Detrás de mí, el caballero sagrado inclinó la cabeza.
—La señorita Lucia Westton ha llegado sana y salva, Su Eminencia.
Zepharel realizó un leve movimiento con la cabeza.
—Puedes retirarte.
—Sí, Su Eminencia.
El caballero abandonó la habitación y cerró la puerta.
Entonces quedamos solos.
Y en ese instante todo lo que había estado soportando durante días terminó por derrumbarse.
......................
Lucia había resistido más de lo que cualquier persona debería soportar.
Había sido perseguida.
Humillada.
Golpeada.
Traicionada.
Encerrada.
Nadie la escuchaba.
Nadie le creía.
Y ahora, al encontrarse frente a la única persona que parecía capaz de comprender la gravedad de lo que estaba ocurriendo, todas aquellas emociones contenidas encontraron finalmente una salida.
......................
Las lágrimas llenaron mis ojos.
—C-cardenal...
Mi voz se quebró.
Antes de darme cuenta de lo que hacía, corrí hacia él.
Llegué hasta su silla de ruedas y caí de rodillas frente a él.
Entonces apoyé la cabeza sobre sus piernas y me aferré a su ropa como si fuera lo único que me mantenía en pie.
—Cardenal...
Las lágrimas comenzaron a correr libremente por mis mejillas.
—Lo extrañé muchísimo...
Las palabras escaparon de mis labios sin que pudiera detenerlas.
Y aunque una parte de mí sintió vergüenza al pronunciarlas, no me retracté.
Porque eran sinceras.
Desde la última vez que lo había visto, mi vida se había convertido en una pesadilla.
Y ahora que estaba allí, frente a él, por primera vez en mucho tiempo sentía que podía respirar sin miedo.
Mis dedos se aferraron con más fuerza a la tela de sus vestiduras.
—Pensé que no volvería a verlo...
Un sollozo escapó de mi garganta.
—Tenía miedo...
Las lágrimas seguían cayendo.
—Nadie me cree...
Mi voz salió rota.
—Mi padre piensa que estoy loca... Los sirvientes se burlan de mí... Laura...
Apreté los ojos con fuerza.
—Laura me engañó... Todo este tiempo me engañó...
Las palabras terminaron ahogándose en mi llanto.
......................
Zepharel permaneció inmóvil.
Observándola.
En cualquier otra persona aquella escena habría resultado incómoda.
Sin embargo, el cardenal no apartó la mirada.
Durante unos segundos simplemente contempló a la joven que lloraba aferrada a él.
Aquella muchacha que siempre parecía meterse en problemas imposibles.
Aquella noble testaruda que había irrumpido disfrazada de monja en su despacho.
Aquella misma muchacha que ahora temblaba como una niña abandonada.
Lentamente levantó una mano.
Parecía dispuesto a consolarla.
Pero el movimiento se detuvo a mitad de camino.
Zepharel dudó.
Algo extraordinariamente extraño en él.
Como si no supiera qué debía hacer.
Como si aquel tipo de cercanía le resultara completamente desconocida.
Su mano permaneció suspendida durante unos segundos.
Finalmente descendió.
......................
Su mano se posó sobre mi cabeza.
El gesto fue ligero.
Casi torpe.
Como si jamás hubiera consolado a alguien de aquella manera.
Yo me quedé inmóvil.
Sentí aquella mano sobre mi cabello.
Y las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza.
Porque aquel pequeño gesto significaba más de lo que podía expresar con palabras.
Aquel hombre era respetado por el rey y el papá.
Temido por cardenales y nobles.
Venerado por miles de creyentes.
Incluso si a sus espaldas era apodado como el mudo, frente a el no se atrevían a ser irrespetuosos.
Sin embargo, en aquel instante no parecía una figura inalcanzable.
Solo parecía alguien que intentaba consolarme.
Sentí que ya no estaba sola.
La habitación quedó sumida en el silencio.
Solo se escuchaban mis sollozos apagados.
Y mientras permanecía arrodillada junto a él, aferrada a sus vestiduras como si fueran mi último refugio, el miedo que me había perseguido durante semanas pareció alejarse un poco.
Y el calor que sentía hace unos minutos desapareció por completo.
vamos Lucia a gozar del cardenal, que está es papasito así este en silla de ruedas, lo demás debe responder jajajajajjajajajajajajua
Ho ayy si🤔