A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 23
Capítulo 023
Otra foto robada
Lucía me agarró la mano debajo de la mesa como si Matías acabara de sacar una pistola. Él se sentó frente a nosotras, abrió la carta y repitió con toda calma:
—¿Quién iba a ponerse frágil?
—Nadie —contesté demasiado rápido—. Cosas de amigas.
Matías no insistió, pero sus ojos volvieron a Lucía un segundo más de lo necesario. Yo aproveché esa mínima misericordia para hablar de mi divorcio. Le conté el engaño de Diego, la relación con Camila, el anuncio público de mi matrimonio, la manera en que Santiago había quedado atrapado en el escándalo conmigo.
Matías escuchó sin interrumpir.
—Si una parte quiere divorciarse y la otra no, se puede demandar —dijo al fin—. Pero si buscas proteger tus acciones de Dulces Salcedo, el pleito se complica. Diego puede alargarlo meses o años si actúa de mala fe.
Sentí el estómago frío.
—¿Y la infidelidad?
—Necesitas pruebas. Santiago te presentó como su novia. Diego nunca reconoció públicamente a Camila y ella ya trae otros rumores encima. En tribunales no basta saber la verdad, Valeria. Hay que probarla.
La frustración me cerró la garganta. Lucía, que había estado escondida detrás de su vaso, habló bajito:
—¿Y si demuestra que su papá no hizo nada contra Clara? Si Diego usa eso como excusa, tal vez se quede sin motivo.
Matías la miró.
—No es mala idea. Aunque un hombre como Diego puede cambiar de excusa cuando le conviene.
Volví a casa agotada. No quería pensar en años de matrimonio muerto, abogados, acciones, titulares. Dormí poco y mal. A la mañana siguiente, llegué a Naranja Media con ojeras y Carmen me metió a su oficina antes de que pudiera quitarme la chamarra.
Tiró un periódico sobre el escritorio.
—¿Cuánta gente más vas a arrastrar, Valeria?
En la foto aparecía Matías. Yo estaba frente a él, sonriendo. Lucía había sido recortada con una precisión venenosa. Parecíamos una cita íntima.
El titular decía: Heredera casada estrena nuevo amante. El lujo también tiene alcoba sucia.
La sangre me bajó a los pies.
—Carmen, esto está manipulado. Lucía estaba ahí. Fue una consulta legal.
—Yo te creo —dijo ella, más cansada que furiosa—. El problema es que la calle no. Naranja vive de relaciones con artistas, productoras y marcas. Si esto sigue, la dirección va a pedirme tu renuncia.
—¿Me estás corriendo?
Carmen cerró los ojos.
—Te estoy dando tres días. Tres. Encuentra una prueba, cambia la conversación o yo ya no voy a poder cubrirte.
Salí del edificio con la cara caliente. Afuera había un grupo de fans de Camila con carteles impresos, celulares en alto y esa mirada colectiva de quien necesita un villano para sentirse justo.
—¡Valeria Salcedo! —gritó alguien—. ¡Renuncia!
Me bajé la capucha, pero ya me habían visto. Me rodearon. Preguntaban por Matías, por Santiago, por Diego. Una chica me empujó.
—Camila no tiene tu dinero. Por eso la quieres destruir, ¿verdad?
—No sabes de qué hablas.
—¡Claro que sí! Diego dijo que nadie nos va a tocar si te damos una lección.
Diego.
La bofetada llegó antes de que pudiera cubrirme. Me ardió la cara, me zumbó el oído y algo dentro de mí se rompió. Le devolví el golpe.
—¡La golpeó! —chilló otra.
La masa avanzó. Por un instante pensé que me iban a tirar al piso.
Entonces una sombra grande se plantó delante de mí. La chica que intentaba volver a pegarme salió despedida hacia atrás.
Levanté la cara, aturdida por el golpe, por los gritos, por la sangre caliente latiéndome en la mejilla.
—¿Santiago? —se me escapó, como si su nombre fuera una cuerda lanzada en medio del agua.