Una alfa rebelde
Alismeidy, una dominicana indomable en Italia, choca con una refinada omega. Entre secretos, caos familiar y deseo prohibido, el instinto salvaje de esta alfa pondrá su mundo de cabeza.
¿Podrá esta Alfa indomable domesticar su instinto y ser madre?
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Capítulo 23
Mientras yo sudaba frío en mi cuarto del barrio, a unos kilómetros de distancia, en la inmensa mansión frente al Coliseo, Alessandra Valenti vivía su propia pesadilla de lujo. La casa que Don Vittorio nos había regalado como regalo matrimonial era una joya de mármol, pero se sentía más fría que un congelador de carnicería. Alessandra caminaba por el gran salón de techos altos, donde sus pasos resonaban como disparos. Llevaba una copa de vino tinto que parecía sangre contra su piel pálida y vestía una bata de seda negra que fluía tras ella como una sombra.
Se sentó en el balcón, mirando la majestuosidad del Coliseo iluminado. Cualquiera daría un brazo por esa vista, pero sus ojos grises no veían la historia antigua; veían la cara de su "esposa" de mentira.
—¿Dónde estarás ahora, Alismeidy? —susurró para sí misma, dejando que el viento de la noche le acariciara el rostro.
Sabía perfectamente dónde estaba: en ese apartamento ruidoso, donde la gente vocea de balcón a balcón y el olor a fritura se mete por las ventanas. Un lugar que ella, en su educación de colegios suizos, consideraba "vulgar", pero que ahora le causaba una envidia que le quemaba el pecho.
Alessandra tenía todo el dinero del mundo, pero estaba más sola que una uva en un desierto. Su padre, Don Vittorio, solo la veía como un activo, un número en la bolsa de valores. Su madre era un mueble caro que solo se preocupaba por el qué dirán. Y su hermano Marco... bueno, Marco era un buitre con corbata italiana esperando que ella diera un traspié para quedarse con el imperio.
En solo una semana, esa Alfa dominicana malhablada, que comía con las manos y decía "¡Ay, mi madre!" por cada cosa que veía, le había dado más vida que los últimos veinte años de su existencia. Extrañaba el café que Alismeidy colaba (aunque dejara la cocina hecha un desastre), extrañaba sus dichos raros y, sobre todo, extrañaba esa sensación de seguridad que sintió cuando bailaron el vals en la boda.
—Es solo un contrato, Alessandra. Reacciona —se dijo, dando un sorbo al vino.
Pero el recuerdo de la noche del té afrodisíaco era persistente. No era solo la piel; era la forma en que Alismeidy la miraba, como si fuera una mujer y no un apellido. Sacó su celular y buscó el número de "La Chofer". Escribió dos mensajes diferentes.
Escribió: *"Mañana tenemos una cena con el ministro a las ocho. No llegues tarde. Ponte el traje azul"*.
Lo borró.
Escribió: *"¿Cómo está todo en tu casa? Espero que tu Omega esté bien"*.
Lo borró también. No podía mostrar debilidad. Al final, solo dejó el celular sobre la mesa de mármol y se quedó mirando la luna. Se sentía como una reina en una torre de cristal, casada legalmente con la persona que más odiaba su mundo, pero que más deseaba su corazón.
Mientras tanto, en el otro lado de la ciudad, mi hermano Junior estaba terminando de sellar su destino con Sonia. En el *penthouse* que alquiló con el dinero de ella misma, Junior estaba dándose aires de magnate. El tipo es un artista, hay que reconocerlo. Tenía a Sonia comiendo de su mano mientras el violinista tocaba una pieza suave.
—Sonia, mi amor —le dijo Junior, dándole un masaje en los hombros con una maestría que solo se aprende en las calles de Santo Domingo—, tú trabajas demasiado. Ese negocio te está robando la juventud, y una mujer como tú merece ser tratada como la joya de la corona.
Sonia, que normalmente es una mujer de armas tomar, estaba derretida. El "tigueraje" de Junior era como un bálsamo para su estrés.
—Junior, eres un sinvergüenza —rio ella, pero le entregó un sobre con un cheque—. Toma, para ese "curso de logística" que dices que quieres hacer. Pero ni creas que me vas a engañar siempre.
Junior agarró el sobre con una agilidad de gato. En su mente ya estaba calculando las gomas nuevas para el carro y un par de cadenas de oro. "El que sabe, sabe", pensó él, dándole un trago a la champaña cara. Mientras nosotros nos hundíamos en el drama, Junior flotaba en una nube de billetes, recordándonos que en esta familia, cada quien sobrevive como puede.
...****************...
Pero no todo era romance y chapió. En un hotel de lujo, una mujer de unos treinta años, impecablemente vestida con un traje sastre blanco, revisaba una tablet. Sus ojos eran fríos, de un azul casi transparente. Era**Valentina Moretti**, la prima de Alessandra y la Alfa que le había roto el corazón a Génesis hace dos años.Valentina era puro hielo, una Alfa que no conocía el perdón.
—Así que una dominicana, ¿eh, Alessandra? —murmuró Isabella con una sonrisa gélida—. Qué bajo has caído para salvar tus acciones.
Valentina pasó una página y vio una foto de los invitados saliendo de la iglesia.Y unas imágenes que fueron tomada recientemente.En el fondo de la imagen, desenfocada pero reconocible, estaba Génesis. Valentina cerró la tablet con fuerza. El pasado que ella creía haber enterrado bajo capas de dinero y frialdad acababa de aparecer en su propio patio.
—Así que regresaste, Génesis —murmuró, apretando el borde de su tablet—. Y estás mezclada con la nueva 'esposa' de mi prima. Qué pequeño es el mundo cuando uno tiene hambre de venganza.
Valentina sabía que los Valenti estaban ocultando algo. Una boda así de rápida con una desconocida no cuadraba en los círculos de la alta sociedad. Ella se preparaba para la gala benéfica de la próxima semana, y su plan no era solo humillar a Alessandra, sino recuperar —o destruir— a la Omega dominicana que se atrevió a dejarla hace dos años.
De vuelta en el barrio, el silencio del apartamento era espeso como un sancocho de siete carnes. Yo me había quedado medio dormida en el suelo, apoyada contra el clóset, con la mochila entre las piernas. El cansancio de llevar dos vidas me estaba pasando factura.
De repente, un brillo azul iluminó la habitación. Mi celular, que estaba en el piso al lado de mi mano, vibró con un sonido metálico.
**"Ping".**
El sonido me hizo saltar como si me hubieran echado agua fría. Me desperté de golpe, con el corazón en la garganta. Al lado mío, Elizabeth se movió en la cama. Ella no estaba dormida; estaba en ese estado de alerta que solo tienen las mujeres que sospechan que les están pegando los cuernos.
Alcancé el celular antes de que Elizabeth pudiera verlo, pero la luz ya había hecho su trabajo. En la pantalla, el mensaje de Alessandra brillaba como una bengala:
> **Alessandra (Jefa):** *"No puedo dormir. La mansión se siente demasiado grande sin tu ruido. Mañana llega temprano, necesito que hablemos de lo que pasó en la noche en la mansión de mis padres... no puedo sacármelo de la cabeza. Cuídate, Alis."*
Me quedé de piedra. Si Elizabeth leía eso, no iba a haber boche de mi mamá que me salvara. Iba a ser el final de todo.
—¡Ay, mi madre! —susurré, sintiendo que el sudor me bajaba por la espalda.
Sentí un movimiento a mi lado. Elizabeth se sentó en el borde de la cama, mirándome con esos ojos azules que ahora parecían dos faros de justicia. Sus manos estaban sobre su barriga, y su cara era un poema de duda y dolor.
—Alis... ¿quién te escribe a esta hora? —preguntó ella. Su voz era un susurro, pero cortaba más que una navaja—. ¿Es tu "tío" desde Santo Domingo? ¿O es la dueña del labial borgoña?
Traté de bloquear la pantalla con la mano, pero era demasiado tarde. El ambiente en el cuarto cambió por completo. Las feromonas de Elizabeth, cargadas de angustia, llenaron el espacio, chocando con el olor a jazmín que todavía emanaba de mi piel.
—Mi amor... ¿qué haces despierta a esta hora? —dije, tratando de poner mi voz de Alfa protectora, aunque por dentro me sentía como un niño pillado robando dulces—. Deberías estar descansando, el bebé necesita que duermas.
Elizabeth me miró fijo. Se levantó despacio, con esa elegancia que tiene incluso estando embarazada, y caminó hacia mí. Yo seguía en el suelo, abrazada a la mochila donde el anillo de diamantes parecía quemar a través de la tela.
—No me cambies el tema, Alismeidy —dijo ella, señalando el celular—. No sabía que en el campo de la República Dominicana la gente trabajaba hasta las tres de la mañana. ¿Qué es lo que tienes que hablar con "esa persona" sobre una noche de bodas?
El mundo se me vino encima. Estaba acorralada entre la mochila con el secreto, el celular con la prueba y la mujer que amaba pidiéndome la verdad.
—No es nada, gringa... —mentí, sintiendo que la lengua se me trababa—. Solo quería ir al baño y el celular se prendió solo con una notificación del banco. Tú sabes que esta gente de Italia vive cobrando comisiones por todo.
Elizabeth se quedó parada frente a mí, respirando hondo. Por un momento pensé que iba a arrebatarme el teléfono, pero en vez de eso, me miró con una tristeza que me dolió más que una bofetada de Doña Altagracia.
—No me mientas más, Alis. Tu olor te delata. Hueles a miedo... y hueles a ella —dijo, dándose la vuelta para ir hacia el baño—. Ve a dormir. Mañana hablamos, si es que todavía te queda algo de decencia para darme la cara.
Me quedé sola en la oscuridad, escuchando el agua del grifo correr. En la mochila, el anillo seguía ahí. En el celular, el mensaje de Alessandra seguía ahí. Y en la cocina, mi mamá y mi papá roncaban sin saber que su hija mayor estaba a un paso de perderlo todo por jugar a ser el héroe de una historia que se le salió de las manos.
Cerré los ojos, deseando que al despertar todo fuera un mal sueño, pero sabía que la mañana siguiente traería el sol de Italia, y con él, el enfrentamiento final de este toyo monumental. La mecha estaba corta, y el fuego dominicano ya estaba lamiendo los pies de la alta sociedad romana.
CONTINUARÁ...🔥