Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 22
—¿Te gusta el vino, Ai? —preguntó el emperador, con una calma que helaba la sangre.
Ella mantuvo la cabeza baja, la mirada fija en la jarra que sostenía.
—No, su majestad —respondió, con la voz más firme de lo que se sentía—. No me gusta beber.
—¡Suficiente! —la voz de Tomie estalló como un trueno en la habitación.
Ai levantó la vista. La concubina estaba de pie, temblando de ira, con los ojos clavados en ella como cuchillos.
—¿No sabes lo que es ella? —escupió Tomie, dirigiéndose al emperador—. ¡Es una prostituta! ¡Mira su nuca! ¡Todos en el palacio lo saben!
Ai sintió el mundo detenerse.
—Basta, Tomie —dijo el emperador, con una voz que no admitía discusión.
—¿Por qué? —Tomie estaba fuera de sí—. ¡Yo soy tu mujer! ¡Soy tu favorita! ¡Y te ordeno que ella se vaya!
El silencio cayó como una losa.
Ai no lo dudó.
Se levantó, dejando la jarra sobre la mesa.
—Me retiro, majestad —dijo, con la cabeza inclinada.
Y antes de que nadie pudiera detenerla, comenzó a caminar. Rápido. Hacia la puerta.
—No —dijo el emperador—. Quédate.
Ella no se detuvo.
—¡Ai! —la voz de él resonó en la habitación—. ¡Te lo ordeno!
Pero ella ya había cruzado la puerta.
Corrió.
Corrió por los pasillos como si todos los demonios del infierno la persiguieran. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que creía que iba a romperse. Las lágrimas amenazaban con salir, pero las tragaba, las aplastaba, las enterraba donde siempre.
No podía parar.
No podía.
Dobló una esquina y chocó contra un cuerpo sólido.
—¡Ai! —la voz de Ren la envolvió—. ¿Qué pasa?
Ella levantó la vista. Lo vio. Su rostro preocupado. Sus brazos fuertes.
Y se quebró.
—Ayúdame —suplicó, lanzándose a sus brazos—. Por favor, ayúdame.
Ren la envolvió sin dudar. Sintió su cuerpo temblar contra el suyo. Sintió su respiración agitada, su miedo, su desesperación.
—¿En serio? ¿Qué ocurre? —preguntó, acariciando su espalda con suavidad.
Ella no podía hablar. Solo temblaba.
Ren la guió con cuidado hasta su habitación. La sentó en el futón. Se arrodilló frente a ella.
—Ai —dijo, sujetándole las manos—. Dime. Por favor.
Ella tragó saliva. Respiró hondo. Las palabras salieron entrecortadas.
—Me iré por un tiempo.
—¿Qué? No.
—Necesito alejarme. Unas semanas. Quizás así...
—Basta. —Ren le sujetó los brazos con firmeza, obligándola a mirarlo—. Detente. Dime qué pasó. Por favor.
Ai lo miró a los ojos. Y por un instante, bajó todas las defensas.
—Es el emperador —susurró—. Creo que está interesado en mí.
Ren parpadeó.
—No quiero —continuó Ai, y su voz temblaba—. No quiero, en verdad no quiero. Es peligroso. Ya estoy demasiado agitada como para luchar con esto también. Ya tengo a Akino, ya tengo a Tomie, ya tengo a la emperatriz mirándome, ya tengo...
Se calló. Se llevó las manos al rostro.
—Me iré unas semanas —repitió—. Quizás encuentre otra con quien jugar y se olvide de mí.
Ren no dijo nada.
Solo la abrazó.
Con fuerza. Con todo lo que tenía.
La sostuvo contra su pecho mientras ella temblaba, mientras respiraba entrecortado, mientras el miedo se derramaba en silencio.
—No te dejaré sola —murmuró Ren contra su cabello—. Pase lo que pase, no te dejaré sola.
Ai cerró los ojos.
Y por un momento, solo un momento, se permitió no ser fuerte.
—La solución no es huir —dijo Ren, acariciando su mejilla con una ternura que dolía.
Ai lo miró. Sus ojos estaban cansados, vidriosos, al borde del abismo.
—Ren, puedo contra todo —susurró—. Pero no contra el emperador.
Y las lágrimas comenzaron a caer.
Silenciosas. Calientes. Derrotadas.
Ren no dijo nada. Solo la tomó en sus brazos, la besó en la cabeza con una suavidad que parecía imposible en un hombre como él, y la apoyó contra su hombro.
Ella se dejó sostener. Se dejó llorar. Se dejó, por una vez, ser la que necesita ayuda.
—¿Me puedo quedar? —preguntó con voz pequeña.
Él asintió.
Se recostaron en el futón. Ren la acomodó contra su pecho, rodeándola con sus brazos como un escudo. Ella sintió su calor, su latido, su respiración tranquila.
Pasó un largo rato.
Luego, Ren habló.
—Pensé que... —dudó—. Quizás ibas a estar detrás del emperador.
Ai levantó la vista. Lo miró a los ojos.
—¿Por qué pensaste eso?
Él suspiró. Su pecho subió y bajó bajo la mejilla de ella.
—Porque eres fría y calculadora —dijo—. También se ve que eres alguien que quiere poder.
Ai sonrió. Una sonrisa pequeña, agotada, pero real.
—Sí —admitió—. Así es.
Ren la miró, esperando.
—Pero si me vuelvo la amante del emperador —continuó Ai—, no tendré poder. Solo seré un blanco fácil para los demás.
Hizo una pausa.
—Además... quiero poder que solo sea mío. Mi mérito. Un lugar seguro y estable que nadie pueda quitarme.
Su voz se volvió más baja, más íntima.
—Los hombres solo te usan y te descartan, Ren. Todos. Cuando ya no les sirves, cuando encuentran algo nuevo, cuando se aburren... te tiran como un trapo sucio.
Ren no respondió. No podía. Porque era cierto.
—Yo no quiero eso —dijo Ai—. No quiero deberle mi vida a ningún hombre. No quiero estar en su cama rogando por migajas. No quiero que mi poder dependa de su deseo.
Se acurrucó más contra él.
—Quiero sentarme en un trono y que nadie pueda moverme de ahí. Quiero que mi hijo herede mi fuerza, no la sombra de su padre. Quiero...
Se calló.
Ren esperó.
—Quiero que Kakashi esté a mi lado —susurró al fin—. Y Kimi. Y tú, si quieres. Pero sin deberles nada. Porque eligieron estar, no porque los necesite.
El silencio se llenó de todo lo que no se decía.
Ren apretó el abrazo.
—No te dejaré sola —dijo—. Pase lo que pase.
Ai cerró los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo, durmió sin pesadillas.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.