Felicity siempre ha vivido para servir a su familia.. Pero, ahora cuando se siente madura y en paz, tiene la posibilidad de volver a empezar..
* Esta novela es parte de un universo mágico *
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Boda Florence
Cuando finalmente llegó el día de la boda entre Florence Dagger y el duque Jason Evenson, la mansión y luego el templo se llenó de una expectación contenida, solemne y luminosa.
Florence se veía preciosa.
No solo por el vestido cuidadosamente elegido, de líneas elegantes y delicadas, ni por el velo que caía suavemente sobre su cabello claro. Era su expresión lo que la hacía brillar.. los ojos llenos de ilusión, la sonrisa tranquila de quien se sabe enamorada y segura de su decisión. Caminaba con gracia, con el corazón abierto, sosteniendo cada paso como si fuera un sueño cumplido.
Felicity estuvo con ella desde temprano.
La ayudó a vestirse, a acomodar los últimos detalles, a respirar cuando la emoción se volvía demasiado intensa. Observaba a su hermana con una mezcla de orgullo y ternura profunda. Aquella niña frágil, aquella joven ilusionada, estaba ahora dando un paso decisivo hacia su propia vida.
El duque Jason Evenson la esperaba con porte impecable. Vestía con sobriedad, como siempre, y su actitud era correcta en cada gesto. No había grandes demostraciones de emoción, pero sí respeto, atención y una amabilidad constante. Su distancia no era frialdad.. era la contención de un hombre acostumbrado al deber y a la disciplina.
Cuando Florence llegó a su lado, él inclinó levemente la cabeza, mirándola con una consideración sincera. Tomó su mano con cuidado, como quien entiende el valor de lo que se le confía.
La ceremonia fue hermosa en su sencillez.
Hubo palabras solemnes, promesas pronunciadas con voz firme, miradas que no necesitaban explicaciones. Florence decía sus votos con emoción evidente.. Jason, con serenidad y compromiso. Eran distintos en forma, pero no en intención.
Desde uno de los bancos, Felicity observaba en silencio.
No pensaba en la distancia, ni en las cartas tardías, ni en las dudas que alguna vez había guardado para sí. Solo veía a su hermana feliz. Verdaderamente feliz. Y eso era suficiente.
Cuando fueron declarados marido y mujer, Florence sonrió con una alegría plena, sin reservas. Jason le ofreció el brazo con respeto, y ella lo tomó con confianza.
Para Felicity, fue una boda hermosa.
No por el lujo ni por la solemnidad, sino porque significaba el cierre de una etapa y el comienzo de otra. Porque había cuidado, amado y protegido a Florence hasta ese momento… y ahora podía verla partir sabiendo que su corazón estaba lleno.
Y mientras los invitados celebraban, Felicity sintió algo parecido a la paz. Una paz profunda, serena, nacida de la certeza de haber cumplido su misión una vez más.
Sin embargo, cuando todo parecía encaminado a la celebración, la felicidad se quebró en un solo instante.
Florence caminaba del brazo de Jason Evenson, avanzando hacia el salón donde los esperaba el banquete de bodas. Aún tenía la sonrisa suave en el rostro, el corazón lleno, la mano firmemente entrelazada con la de su esposo. Apenas había comenzado a creer que ese nuevo capítulo era real.
Entonces ocurrió.
Jason dio un paso en falso. Su mano se tensó de repente, su cuerpo perdió rigidez y, antes de que nadie pudiera reaccionar, se desplomó en el suelo, inconsciente.
El grito de Florence rompió el aire.
—¡Jason!
Todo fue confusión. Voces alzadas, pasos apresurados, invitados paralizados por el desconcierto. Florence cayó de rodillas junto a él, temblando, llamándolo una y otra vez, sin obtener respuesta. Su vestido blanco se manchó al tocar el suelo, pero ella no lo notó. No veía nada más que el rostro inmóvil del hombre que hacía minutos había prometido amar.
Felicity llegó de inmediato, sosteniéndola por los hombros, intentando mantenerla en pie mientras los criados corrían en busca de un médico. Jason fue llevado a una habitación cercana, y las puertas se cerraron, dejando a Florence afuera con el alma suspendida.
Las horas siguientes fueron insoportables.
Florence permaneció sentada, con las manos heladas, el velo aún sobre la cabeza, los ojos fijos en la puerta cerrada. No lloraba. No hablaba. Era como si el mundo hubiera dejado de existir. Felicity no se separó de ella ni un segundo, sosteniéndola, murmurándole palabras que ni ella misma sabía si servían de algo.
Finalmente, la puerta se abrió.
Salió el doctor primero, con el rostro grave, seguido por Oliver Amery, el mejor amigo del duque Jason. El único que realmente lo conocía. El único que había estado siempre a su lado.
Florence levantó la vista.
En ese momento, lo supo.
No necesitó que hablaran.
Pero aun así, Oliver dio un paso adelante, con los ojos enrojecidos, y con voz rota dijo las palabras que destruyeron todo..
—Florence… lo siento. Jason ha muerto.
El mundo se apagó.
Florence no gritó. No lloró. Su cuerpo simplemente cedió. Sus ojos se cerraron y cayó hacia atrás, perdiendo el sentido. Felicity la atrapó justo a tiempo, sosteniéndola con todas sus fuerzas mientras sentía cómo el peso del dolor se le venía encima.
—No… no… —susurraba Felicity, con la voz quebrada, mientras abrazaba a su hermana inconsciente—. No esto… por favor, no esto…
Las lágrimas comenzaron a caerle sin control. No solo lloraba por Jason, a quien apenas había empezado a conocer, sino por el corazón de Florence hecho pedazos, por la ilusión que se había construido con tanto cuidado, por la injusticia cruel de perderlo todo el mismo día de la boda.
La mansión, que horas antes había estado llena de música y risas, quedó sumida en un silencio sepulcral.
Y Felicity, abrazando a su hermana como lo había hecho toda la vida, volvió a asumir su lugar sin pensarlo.. el de sostenerla cuando el mundo se derrumba, aun cuando su propio corazón también sangra.
El duelo de Florence no fue inmediato ni lineal. Fue un camino largo, doloroso, marcado por etapas que se sucedieron como olas, cada una dejando su propia herida.
Al principio llegó la negación.
Florence no podía aceptar lo ocurrido. Repetía una y otra vez que debía tratarse de un error, que un hombre joven como Jason no podía simplemente morir así, de repente, minutos después de haberse casado. Preguntaba por el doctor, exigía explicaciones, pedía volver a verlo. Hablaba de él en presente, como si en cualquier momento fuera a entrar por la puerta.
—No tiene sentido —decía, con la voz firme pero vacía—. Esto no puede ser verdad.
Felicity la escuchaba, impotente, sabiendo que la realidad aún era demasiado brutal para ser enfrentada. Nadie se atrevía a contradecirla de frente. El silencio se volvió una forma de cuidado.
Luego llegó la ira.
Una ira intensa, desordenada, que no sabía dónde posarse. Florence se enojó con el destino, con los doctores, con los magos, con los invitados.. Se volvió áspera, distante, hiriente sin quererlo. Alejó a su padre cuando intentaba acercarse torpemente, y también a Felicity, a quien acusó de no entender su dolor.
—¡Déjenme en paz! —gritaba—. ¡Nadie puede ayudarme!
La mansión volvió a llenarse de puertas cerradas y pasos tensos. Felicity aceptó ese rechazo en silencio, sin responder con reproches, entendiendo que la ira era solo dolor buscando salida.
Después apareció la culpa.
Una noche, Florence rompió en llanto inconsolable y dijo en voz baja lo que llevaba tiempo creciendo en su interior..
—Tal vez soy yo… —susurró—. Mamá murió después de que yo nací. Y ahora Jason… quizá yo traigo mala suerte. Quizá todo esto es culpa mía.
Aquellas palabras fueron como un cuchillo para Felicity. La abrazó con fuerza, negándolo una y otra vez, pero Florence no parecía escuchar. La culpa se había instalado como una sombra, alimentando cada recuerdo, cada pérdida.
Y finalmente llegó la tristeza profunda.
No fue escandalosa ni visible para todos. Fue silenciosa, pesada, constante. Florence dejó de interesarse por las cosas que antes le daban alegría. No quería salir, no quería leer, no quería hablar. Pasaba horas mirando por la ventana, como si esperara algo que ya no iba a llegar.
La soledad se volvió su refugio y su prisión.
Comía poco. Dormía mal. Respondía con monosílabos. El mundo había perdido color, sentido, dirección.
Felicity la observaba día tras día, con el corazón apretado. Sabía que no podía sanar ese dolor por ella. Solo podía estar, permanecer cerca incluso cuando Florence no lo pedía, incluso cuando la rechazaba.
El duelo no la había hecho más débil.
La había roto.
Y ahora, lentamente, tendría que aprender a vivir entre los pedazos.
... pero me gustaría que colocarán una imagen de él... aún no lo describen del todo... cómo es su cara... falta una imagen