Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 23: "Lo que duerme bajo Valtherion"
La cámara de Valtherion tembló con un rugido profundo.
La energía plateada giró alrededor de Victoria como pétalos hechos de relámpagos, envolviendo su cuerpo en una presión tan intensa que incluso el aire parecía apartarse de ella.
El Gran Duque Esteban Santacruz dejó de sonreír.
Por primera vez desde que había revelado la verdad…
Parecía genuinamente alerta.
Victoria dio otro paso al frente.
Su vestido y su capa ondearon con la fuerza de la energía que emanaba del cristal. Sus ojos, normalmente afilados y llenos de fuego contenido, ahora reflejaban una claridad brutal.
No era solo rabia.
Era voluntad.
—Toda mi vida —dijo con voz baja, pero cada palabra retumbó en la cámara—, me trataron como una pieza. Como un apellido. Como una mujer a la que podían empujar, vender, humillar o culpar.
El cristal vibró.
Las runas del suelo comenzaron a encenderse una por una bajo sus pies.
—Mi padre quiso protegerme. Mi madre quiso controlarme. La nobleza quiso enterrarme viva en rumores y contratos.
Dio otro paso.
—Y tú…
Su mirada se clavó en Esteban.
—Tú mataste a mi padre y pensaste que me romperías después.
El duque alzó lentamente su espada.
—Si vas a atacarme, deja de hablar.
Victoria sonrió.
Y no fue una sonrisa amable.
Fue la clase de sonrisa que aparece justo antes de que alguien entienda demasiado tarde que ya perdió.
—No.
El cristal estalló en una ráfaga de luz.
Y Victoria desapareció.
Esteban abrió los ojos con sorpresa apenas contenida.
Demasiado tarde.
Victoria apareció frente a él en un parpadeo.
Su puño se hundió en el abdomen del Gran Duque con una fuerza monstruosa.
El impacto fue tan brutal que el aire explotó a su alrededor.
Esteban salió disparado y atravesó dos columnas antes de incrustarse contra la pared de piedra.
La cámara entera crujió.
Silencio.
Aster parpadeó.
—…Eso sí que fue personal.
Lunaria se quedó inmóvil, impresionada.
Incluso Rafael… la observó en silencio.
No con miedo.
Con una atención absoluta.
Esteban tosió sangre.
Intentó incorporarse, pero Victoria ya estaba frente a él otra vez.
Lo sujetó del cuello de la armadura y lo levantó del suelo como si no pesara nada.
—¿Qué pasó? —preguntó ella con voz helada—. ¿No ibas a “tomar el poder”?
El duque intentó activar su magia gravitatoria.
Victoria sintió el cambio en el aire.
Y le respondió con un rodillazo brutal al torso.
Otro impacto seco.
Otra grieta en la pared.
—¡Victoria! —gritó Rafael.
No para detenerla.
Sino porque el techo seguía cayendo.
Pero ella ya no estaba escuchando del todo.
Años de humillación.
Años de desprecio.
Años de rabia contenida.
Todo estaba saliendo ahora.
Esteban levantó una mano temblorosa.
La gravedad explotó en un radio violento.
Victoria fue empujada hacia atrás, deslizándose varios metros sobre el suelo, pero no cayó.
Clavó los pies.
Sonrió otra vez.
—Bien —murmuró—. Golpea más fuerte.
El Gran Duque se puso de pie tambaleándose.
Ya no parecía un noble impecable.
Parecía un animal herido que por fin entendía que estaba frente a algo que no podía controlar.
—Monstruo… —escupió.
Victoria ladeó la cabeza.
—Eso lo aprendí de ustedes.
Y cargó de nuevo.
Esta vez Esteban logró bloquear con su espada, pero la fuerza del choque le destrozó parte del brazo derecho.
El sonido del hueso quebrándose retumbó en la cámara.
El duque gritó.
Aster silbó bajo.
—Está desmantelándolo.
Lunaria, tensa, miró a Rafael.
—Haz algo. Si sigue así, va a derrumbar todo.
Rafael no apartó la vista de Victoria.
—Lo sé.
Pero no se movió.
Porque entendía algo que los demás no.
Victoria necesitaba esto.
No la violencia.
No la sangre.
La posibilidad de pararse frente al hombre que había arruinado su vida… y no temblar.
Esteban retrocedió, jadeando.
Su magia estaba fallando.
Su arrogancia también.
—¡No puedes matarme! —gritó desesperado—. ¡Soy sangre de tu sangre!
Victoria se detuvo frente a él.
La energía plateada giraba a su alrededor como espinas luminosas.
Lo miró directamente a los ojos.
—No.
Su voz salió tranquila.
Fría.
Absoluta.
—Tú solo eres la vergüenza de mi apellido.
Esteban intentó dar un paso atrás.
Victoria lo sujetó del rostro con una sola mano.
Y lo estrelló contra el suelo con una violencia tan brutal que la piedra se partió bajo él.
El impacto levantó polvo y escombros.
Silencio.
El Gran Duque quedó tendido, apenas consciente, cubierto de sangre y respirando con dificultad.
Victoria permaneció sobre él, el pecho subiendo y bajando por la intensidad del combate.
Su mano tembló ligeramente.
No por miedo.
Por el esfuerzo de no cruzar una línea.
Rafael finalmente se acercó.
Caminó despacio.
Sin apresurarla.
Sin interponerse.
Hasta quedar a su lado.
—Victoria —dijo en voz baja.
Ella no respondió.
Su mirada seguía clavada en Esteban.
Rafael bajó la voz aún más.
—Ya ganaste.
El silencio se estiró.
Y entonces…
Victoria cerró los ojos.
Respiró una vez.
Y soltó lentamente al hombre que había destruido su hogar.
La energía del cristal comenzó a calmarse.
Las runas dejaron de temblar.
Pero antes de que alguien pudiera relajarse…
La montaña rugió más fuerte que nunca.
Una grieta gigantesca atravesó el techo de la cámara.
Lunaria abrió los ojos con horror.
—¡No, no, no—!
El pedestal central se rompió.
Y desde las profundidades de Valtherion…
Algo despertó.
Algo que había permanecido sellado bajo el artefacto durante siglos.
Un ojo enorme, antiguo y cubierto de luz azul, se abrió en la oscuridad bajo la grieta.
Y cuando esa presencia respiró…
Toda la montaña respondió.
Continuará…