En el imperio de Valtheria, la magia es un privilegio reservado a los hombres y una sentencia de muerte para las mujeres. Cathanna D’Allessandre, hija de una de las familias más poderosas del imperio, creció bajo el yugo de una sociedad que exige de ella sumisión, silencio y perfección absoluta. Pero su destino estaba sellado mucho antes de su primer llanto: la sangre de las brujas corre por sus venas, y su sola existencia es la llave destinada a abrir la puerta que traería de vuelta a un poder oscuro que siempre se había creído una simple leyenda.
Este libro contiene material explícito y potencialmente perturbador. Las escenas presentadas pueden resultar incómodas o desencadenar reacciones en ciertos lectores. Las acciones y perspectivas de los personajes son ficticias y no representan las opiniones del autor. La decisión de continuar la lectura se realiza bajo la completa responsabilidad del lector.
NovelToon tiene autorización de Cattleya_Ari para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 03
01 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día de Lluvia, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
CATHANNA
Al llegar al castillo, nos escabullimos con cuidado hacia el pasillo. Nos despedimos con un gesto rápido y cada uno entró en la suya. Me cambié de ropa y salí de la alcoba. No tenía nada de sueño, por lo que decidí que era buena idea ir a la torre de astronomía, donde podía ver la luna y las estrellas de cerca, ya que estaba hechizada para permitirlo.
Sin embargo, justo cuando iba a bajar las escaleras, unas voces histéricas llamaron mi atención. Venían de la habitación de al lado, que solo se usaba por los mayores del castillo. Siempre estaba protegida por una runa silenciadora, pero al parecer, se les olvidó ponerla esta noche. Aunque no quería ser chismosa, pegué mi oreja.
—Cathanna merece saber toda la verdad de esto, Annelisa. —Escuché la voz enojada de mi abuela, más fuerte que nunca, cerca de la puerta—. Tiene la capacidad mental para entender lo que está por venir a su vida. No puedes mentirle para siempre. ¿No lo entiendes?
—Solo quiero evitar que ella pase por el mismo tormento que pasé yo a su edad —dijo mi madre, con el mismo tono enojado—. Sé que no puedo decidir por Cathanna, lo sé muy bien... pero es mi hija, y quiero lo mejor para su vida. No me importa ocultarle esto para siempre, si con eso evito el dolor que a mí casi me destruye.
—¿No decirle sobre la maldición es lo mejor para su vida, Annelisa? —intervino una tercera voz que no pude reconocer. Era un hombre, eso sí, pero ¿quién? Tenía un intenso olor a acero, que contrastaba con el ligero aroma a flores de mi madre y la de leña recién cortada de mi abuela—. ¿Nunca le dirás que es posible que sueñe con esa mujer en particular, como todas las mujeres nacidas con el apellido Dorealholm? Tienes que decirle la verdad. Y más aún: tienes que sacarla de este imperio. Su vida está en grave peligro.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Algo dentro de mi cabeza me gritaba que esa conversación no debía escucharla, pero mis pies no se movían del suelo, como si una fuerza mayor los estuviera anclando.
—¿Y a qué lugar debería enviarla? —respondió mi madre, aún más furiosa. Las pocas veces que la había escuchado con ese tono, era cuando yo hacía algo que debía ser reprendido—. Por si lo has olvidado, Valtheria es enemiga de casi todos los imperios del continente. Ninguno aceptaría a una hija de la corona en su tierra, como si nada, director Valkhriar. Debe haber otra cosa que no sea tan arriesgada.
Valkhriar.
«¿Quién es Valkhriar?»
—No tienen por qué saber quién es Cathanna.
—¿Infiltrar a mi hija? —Su voz salió incrédula. Luego soltó una risa elegante que llenó el pasillo—. ¿Estás enloquecido? No voy a cometer semejante estupidez. Por si no lo recordáis, Cathanna ya es de un hombre. No puedo meramente llevarla lejos cuando, en unos meses, tendrá que asumir sus responsabilidades como mujer con ese varón.
Contuve la respiración por un momento, con los ojos borrosos. Mi corazón latía con una fuerza sobrehumana, tanto que sentía que podía delatarme en cualquier segundo. Aunque quisiera con todas las fuerzas de mi alma, no podía entender de que estaban hablando ellos ahí.
—No puedes seguir con esto —continuó la voz del hombre, más baja—. Tu hija nació bajo la luna roja, esa que arrastra maldiciones desde antes de que este imperio tuviera nombre. Debes actuar rápido, porque si ellas se encuentran... este imperio se va a la mierda. ¿Eso es lo que quieres? ¿Ver tu hogar reducido a cenizas por las rebeldes? Cathanna ya no es una niña. Deja de tratarla como una. Es hora de verla como lo que es: una mujer... y una amenaza para toda Valtheria.
—¡No me digas cómo criar a mi hija! —gritó mi madre, claramente molesta—. No sabes lo que he tenido que hacer para protegerla. No sabes lo que me costó mantenerla viva. ¡Ninguno sabe nada de Cathanna! Dejen de querer que su vida cambie por completo.
—¿Y de qué te va a servir todo eso cuando las rebeldes la encuentren? —escupió él—. ¡La van a matar después de robar su sangre! Tu protección será en vano, Annelisa, por los dioses.
Mi cuerpo se congeló en un segundo.
¿Matarme?
¿Robar mi sangre?
Pero... ¿Quiénes eran las rebeldes?
Mi madre... ¿Me estaba protegiendo de algo?
¿Y nadie pensó, en ningún momento, contármelo?
—¡No permitiré que la toquen! —vociferó mi madre con una furia que me hizo estremecer—. ¡Juro por los dioses que nadie le pondrá una sola mano encima!
—¿Y qué vas a hacer, Annelisa? —replicó el hombre—. Cuando empiece a ver lo que ninguna otra puede ver. Cuando los sueños se conviertan en visiones, y las visiones en poder. ¿Vas a mentirle también sobre eso? ¿O la vas a encerrar como hicieron contigo cuando pensaron que tú eras la última descendiente?
—Si eso la mantiene viva... entonces sí. Lo haré.
Llevé la mano al picaporte, lista para entrar, enfrentarlos y exigirles la verdad. Pero mis pies no se movían. Era como si el suelo me hubiese atrapado, como si mi cuerpo supiera algo que mi mente aún no procesaba. ¿Acababan de decir que era parte de una... maldición?
—Haz lo que creas conveniente, Annelisa —dijo finalmente mi abuela—. Pero escúchame bien... no permitas que se encuentren.
—Cathanna estará a salvo. Confíen en mi palabra.
Alejé la mano del picaporte y me apresuré hacia la torre de astronomía. Solté un suspiro pesado, pasando una mano por mi rostro con frustración. Quería convencerme de que todo lo que había escuchado no era más que producto de mi mente cansada, que nada de eso era real, que yo, Cathanna D'Allessandre, hija de Vermon y Annelisa D'Allessandre no formaba parte de una maldición absurda.
Era gracioso, incluso ridículo pensarlo.
Me acerqué a la barandilla, desde donde podía ver las estrellas, casi tocarlas y sentir el calor que parecían desprender. Me quedé varios minutos en esa posición, intentando olvidar esas palabras, pero me resultaba demasiado difícil. Entonces sentí una presencia detrás de mí y me giré de inmediato, descubriendo que era mi madre, todavía envuelta en aquel vestido majestuoso, tejido con hilos de oro y la tela más fina del imperio. Me regaló una sonrisa mientras se acercaba a mí con esa elegancia que siempre la diferenciaba de las demás mujeres.
—Te busqué en tu habitación. Por supuesto, no estabas —explicó con sequedad, colocándose a mi lado—. Solo quería informarte que tu padre ha decidido llevarte al baile de presentación. Los vestidos llegarán mañana en la mañana, junto con varios pares de zapatos. Fueron diseñados por Lady Danely, nuestra mejor costurera en todo Valtheria. Son bellísimos, hija. Sé que te encantarán.
—¿En serio, madre? —No pude evitar mi emoción—. ¿Por fin conoceré el castillo de Valtheria? —Cubrí mi boca con ambas manos.
—Por supuesto, querida. —Una nueva sonrisa apareció en la comisura de sus labios—. Ya es momento de que el emperador conozca a la hija de su más fiel concejero.
—Gracias madre. —Le hice una reverencia, con una gran sonrisa en el rostro—. Aprecio mucho que me hayan considerado para esta ocasión. No los decepcionaré. Lo prometo.
—Indudablemente que no lo harás. —Llevó su mano a mi mejilla, analizando mi rostro, sin borrar la sonrisa de su rostro—. Tienes una belleza demasiado envidiable. Y tus ojos son preciosos. Como dos cristales. Apuesto a que serás la envidia de la noche.
Sonreí.
—¿De verdad crees eso? —pregunté, sintiendo mis mejillas arder. Pocas veces, la mujer frente a mí me decía comentarios tan lindos como ahora. Siempre eran pasivos, pero llenos de agresividad—. Considero que existen mujeres mucho más bellas que yo, madre.
—Créeme, Cathanna. —Alejó su mano de mí y se posicionó a mi lado—. Tu belleza no es de este mundo. Puede haber miles de mujeres con un rostro atractivo, pero jamás tendrán tu encanto.
No era la primera vez que me decían algo como eso. Desde niña, las pocas personas que me observaban mencionaban que mi belleza era inigualable. Nunca lo cuestioné, pues sabía lo que tenía, pero que mi madre me lo dijera se sentía distinto; me costaba creer que, ante sus ojos, yo fuera la mujer más hermosa.
—Es un gusto ser vista de esa manera, madre. —Volví a hacer una reverencia, conteniendo las ganas para saltar gritando.
—Ve a descansar, Cathanna —dijo, dándose media vuelta—. Necesito que estés radiante para el baile en tres noches. No puedes tener ojeras por tener un pésimo horario de sueño. A la cama. Ya.
—Sí, madre.
Llegué a mi habitación casi saltando de la felicidad que sentía en ese momento, que incluso lo que había escuchado sobre esa extraña maldición pasó a segundo plano. Me detuve en el centro, imaginándome en el palacio, bailando al compás de los violines mientras las luces se apagaban poco a poco. Di un brinco, soltando un chillido agudo y luego comencé a bailar con los brazos extendidos hasta cansarme. Me dejé caer en la cama, mirando al techo, con una sonrisa tan grande que comenzaba a dolerme, pero no importaba.
—Al fin iré al baile de presentación.
Me levanté rápido, salí y fui a la puerta de la alcoba de Calen. Puse la mano en el picaporte y lo giré, notando de inmediato que no tenía seguro. Me encogí de hombros y empujé la puerta hacia atrás, solo para hallarme con mi mejor amiga, Katrione, ahí dentro, completamente desnuda sobre mi hermano, cuyas manos agarraban su cintura con fuerza. Me quedé estática, encontrándome con esos dos pares de ojos que no parecían nada incómodos, a diferencia de mí.
—¿No conoces la privacidad? —preguntó Calen, mirándome.
—Dioses, hermano —susurré, aun con los ojos bien abiertos.
Retrocedí y cerré la puerta de golpe, completamente asqueada por la escena de ellos. Tomé aire y corrí hasta mi alcoba, donde me encerré sin pensarlo dos veces. Agité la cabeza, intentando arrancarme esa imagen de la mente, pero era como una mancha que no quería irse.
Conocí a Katrione gracias a mi hermano, que la había traído al castillo hacía años, cuando yo tenía apenas quince y él dieciséis. Al principio la detesté tanto; la veía como una mujer ordinaria, indeseable, que no poseía respeto propio. Pero con el tiempo empezamos a llevarnos tan bien que dejé de pensar en el hecho de que era una prostituta… y que se acostaba con Calen. Nunca supe si lo hacía por dinero o por puro gusto, y claramente, tampoco quería averiguarlo.
Tras unos minutos donde ya me encontraba acomodada en mi espaciosa cama, con las manos sobre el vientre y los ojos cerrados, la puerta sonó varias veces, suave, como si la persona detrás no quisiera molestar. Fruncí un poco el ceño, me incorporé y me arrastré hasta llegar a la manija, la cual abrí sin mucho ánimo, encontrándome con Katrione apoyada en el marco, sonriendo de esa forma tan persuasiva.
La recorrí descaradamente con la mirada sin poder evitarlo. Llevaba unos pantalones negros que se aferraban a sus piernas como si estuvieran hechos para ellas, marcándole la cintura pequeña que tenía, y una camisa corta de lino que dejaba al descubierto su vientre blanco y plano, adornado con una azulada joya brillante en el ombligo.
—¿Qué haces aquí, Katrione? —susurré, temiendo que alguien más escuchara. La tomé del brazo con cuidado y la metí en la alcoba.
—¿Así recibes a tu amiga luego de semanas sin saber de ella? —preguntó, dejándose caer en el borde de mi cama con total descaro.
—Me alegra verte —reconocí, sentándome a su lado—. Pero sabes que es peligroso que te vean aquí. Ya sabes como es mi familia.
Katrione se encogió de hombros, restándole importancia.
—Vine con tu hermano. No creo que les moleste que él haya recibido placer sexual. —Pasó un brazo alrededor de mis hombros, dándome un apretón—. Ya sabes, él tiene derecho a coger con quien quiera y yo solo le estoy haciendo un favorcito. Tu familia entiende eso, ¿no crees?
Me quedé helada.
Literalmente helada.
—No lo digas así —escupí, bastante incómoda.
—¿Así cómo? ¿Con honestidad?
—Es mi hermano del que estamos hablando —dije, mirándola con los labios apenas torcidos—. No me interesa conocer nada sobre su sexualidad ni sobre las cosas que contigo haga. Es… incómodo. Mucho.
—Deja de maldecir tanto el sexo. Es increíble practicarlo.
Me atoré con mi propia saliva.
La vi con los ojos bien abiertos.
A veces quería ahorcarla por hablar de esa manera tan… libre.
—No lo maldigo —bufé, cruzándome de brazos, sintiendo mis mejillas arder; si mi piel fuera menos dorada, se habría notado de inmediato—. Solo no quiero conocer esos detalles de mi hermano.
—Por supuesto, Hanna —murmuró, alejando su brazo de mí—. Pero no estoy hablando de Calen. Estoy hablando de ti únicamente.
—¿De mí? —La confusión se pintó en mi rostro.
—Hanna, no puedes seguir viviendo como si tocar a alguien o que te toquen fuera un pecado imperdonable —susurró, apoyando los codos en sus piernas—. No te encuentras en un monasterio rindiéndole culto a los dioses. Te aseguro que no vas a romperte por sentir placer sexual. Es un regalo de la naturaleza. Es bueno, no malo. El placer no te convierte en ningún monstruo —continuó, con un leve ladeo de cabeza, sonriéndome—. No te hace impura, ni débil, ni menos digna.
Descendí la mirada a mis manos, analizando esas palabras, como si pudiera encontrar en mis palmas alguna respuesta que me librara del lío que tenía en la bendita cabeza. La verdad era algo cruel: mis padres nunca me habían enseñado nada sobre la sexualidad. Lo poco que conocía era gracias a Katrione… y a mi hermano, que parecía obsesionado con que yo “entendiera el mundo real” que me esperaba.
Sentía mucha curiosidad, claro que sí. Una curiosidad que a veces percibía como un cosquilleo incómodo en el pecho, o en la piel, o en lugares que no quería nombrar ni en mis propios pensamientos porque me parecía algo impuro. Aun así, quería saber que se sentía.
Quería saber cómo reaccionaría mi cuerpo ante una estimulación sexual de esas que mencionaba ella. Cómo era eso de perder el control con otra persona cuando se compartía la misma cama. Pero al mismo tiempo, la idea de que alguien me tocara me generaba un asco visceral. Un rechazo tan fuerte que me estremecía la espalda.
Era como si mi cuerpo gritara “no” incluso antes de que lo intentara. Y lo peor era que sabía que, cuando por fin me casara, debería soportarlo, aunque no quisiera hacerlo. Porque esa era la ley. La tradición de todos los matrimonios: el acto carnal. La obligación de todas las mujeres en el imperio, no solo en mi linaje. De todas nosotras.
Cada vez que pensaba en eso… se me revolvía el estómago.
El sexo era un concepto demasiado extraño para mí. Aceptaba que era algo normal, porque todo el mundo lo practicaba. Terrible, porque me sentía forzada a aceptarlo, aunque no estuviera lista nunca para entregarle mi cuerpo a un hombre. Limitado, porque no era algo que pudiera explorar por voluntad propia, aun deseándolo mucho.
—Mis padres dicen que…
—Al carajo lo que dicen tus padres —me interrumpió, y levanté la vista de golpe, sorprendida por el filo de su voz—. Es tu cuerpo. Tuyo. Cathanna, ellos no viven dentro de tu piel. No sienten lo que tú sientes, no temen lo que tú temes, y por supuesto, no desean lo que tú deseas. ¿Por qué carajos deberían decidir sobre lo que haces con tu cuerpo?
Mi respiración se aceleró.
—Pero… ellos dicen que cuando me case…
—Que cuando te cases, nada —escupió, chasqueando la lengua, como si aquella idea le provocara un asco profundo—. No debes esperar a casarte para descubrir las cosas que te gustan. De la misma forma en la que nadie tiene derecho a tocarte si tú no quieres. El matrimonio no compra tu cuerpo. No es un jodido intercambio. Hanna —dijo, bajando la voz, pero sin perder ese filo—. Tú decides cuando. Tú decides con quién. Tú decides donde. Tú decides si sí o si no. Siempre.
Me levanté de la cama, abrazándome a mí misma.
—No sabes lo que dices, Kat —murmuré, incómoda.
—Claro que lo sé. —Imitó mi acción y se puso frente a mi—. Y por eso te lo digo. Porque no quiero que sigas cohibiéndote por miedo. Deja de pensar que hay una forma correcta de vivir tu propio cuerpo. Todas las formas son correctas; solo debes procurar no dañar a nadie.
Asentí, apartando la mirada de sus ojos.
—Déjame enseñarte —continuó ella, y yo la miré, confundida.
—¿Enseñarme que cosa?
—Cómo funciona el cuerpo. —Me regaló una sonrisa, poniendo sus manos en mis hombros—. Cómo se llaman las partes. Sobre las enfermedades de transmisión sexual que puedes tener, sobre cómo protegerte para evitarlas y cuidaros, qué métodos de planificación existen para nosotras. —Noté un brillo en sus ojos—. Por favor, Hanna.
—Katrione…
—Sé que puede ser incómodo para ti —interrumpió—. Pero es necesario tener charlas incómodas para evitar problemas en el futuro. Nunca hay que dejar nuestra salud en manos de los hombres. Ellos no se preocupan por esas cosas. No les importa dejarnos embarazadas, mucho menos llenarnos de infecciones, porque a ellos pueden curarlos; a nosotras, no. Nos dejan pudrirnos con ellas. Es mejor prevenir que terminar hecha lamentos por culpa de ellos. Es mejor que estés preparada para cuando entres en matrimonio. Es por tu salud.
Mordí mi labio inferior, sin saber qué decirle.
—No quiero asustarte, Hanna —susurró, mirándome con una sonrisa casi imperceptible—. Solo quiero que sepas lo que nadie te explica. No tienes que correr a acostarte con nadie. No tienes que hacerlo si no lo quieres. Pero tampoco puedes vivir creyendo que es sucio o dañino solo porque así te lo enseñó tu familia. No es así, Hanna.
Sentí un calor extraño subir por mi pecho.
Solté un suspiro pesado.
—Está bien —dije, resignada—. Enséñame.
Katrione sonrió de verdad.
—Bien —susurró, y se sentó en la cama, con las piernas cruzadas. Se veía tan segura de sí misma, tan cómoda con su cuerpo, que por un instante quise tener ese tipo de libertad grabada en todos mis huesos—. ¿Acaso planeas quedarte toda la noche de pie, inmóvil?
Solté una risa pequeña, liberando la tensión de mi cuerpo, y me senté frente a ella, cruzándome de piernas, con las manos en mi regazo.
—Primero —comenzó, inclinándose un poco hacia mí, haciéndome tragar duro—, tienes que conocer tu propio cuerpo.
Asentí despacio.
Las manos me sudaban.
—¿Sabes dónde está ubicado tu clítoris? —preguntó con una naturalidad que me hizo abrir los ojos en grande.
—¡Kat! —susurré, horrorizada de escuchar esa palabra en voz alta. Me cubrí el rostro con ambas manos, agachando la cabeza.
La escuché reírse despacio.
—Es un órgano, Hanna —informó, quitándome las manos del rostro—. Una fuente de placer, diseñada para eso. No tiene otra función. No es algo que haga daño, tampoco enferma, ni te convierte en nada malo. Es el punto donde las mujeres podemos encontrar nuestro mayor goce sexual. ¿Sabes en qué parte de tu cuerpo está?
—Si sé dónde está —murmuré, incómoda.
—Pero nunca lo has explorado —dijo ella, más como una afirmación que como una pregunta, mirándome con la cabeza ladeada—. Todo empieza contigo, Hanna. No necesitas a nadie para aprender. De hecho, es mejor que empieces sola a explorar tu cuerpo. Así sabrás qué te gusta antes de que alguien más meta sus manos. Préstame tu mano —pidió, y yo la miré sin entender que tramaba—. Vamos, te enseñaré algo. —Le tendí la mano, poniéndola sobre sus dedos, y ella comenzó a hacer movimientos circulares en mi palma—. Puedes empezar despacio, sin prisas. Después, cuando sientas que te gusta, puedes ir aumentando la velocidad. Eso sí, sin ser brusca. Tu cuerpo es tu mayor tesoro. Debes tratarlo como tal, con amor.
—¿Con amor? —repetí, mirando sus movimientos.
—Exactamente —continuó Katrione, despacio—. Imagina que estás acariciando una suave flor que apenas se abre para recibir el sol. Y cuando te sientas lista, puedes pasar a tu vagina. —Curvó una ceja, como si estuviera esperando a que respondiera, pero no pude hacerlo, así que solo asentí con la cabeza varias veces—. Es lo que está dentro de ti. No lo de afuera, eso es la vulva, Hanna. Están los labios. Solo son pliegues de piel, y sí, a veces cambian un poco cuando hay excitación.
—Es mucha información. —Tragué saliva, nerviosa.
—Esto es apenas el principio de lo que te enseñaré.
—¿Hay más? —Junté las cejas, y ella soltó una carcajada.
—Hay demasiado que aprender, Hanna. Mucho.
—Dioses —murmuré.
—Esa es una palabra que suelo soltar cuando tengo un orgasmo.
—Dioses —repetí, con la voz entrecortada.
—Te aseguro que cuando tengas uno, verás el Alípe.
La habitación quedó en silencio cuando Katrione se marchó junto a mi hermano. Agité un poco la cabeza y me acomodé en la cama, metiéndome entre las sábanas rojas, con esa mezcla rara de vergüenza, curiosidad y un hormigueo extraño que no sabía dónde poner.
Traté de dormir, pero no lograba conciliar el bendito sueño. Mi mente, traicionera como siempre, dibujó a Selene sin pedir permiso. Pensé en sus delicadas manos, en su forma de acomodarme el cabello, en cómo su voz se volvía tan baja cuando me hablaba de cerca.
¿Ella sabía todo eso? ¿Lo hacía con ese hombre? ¿Él la tocaba bien? ¿La escuchaba? ¿La hacía sentir lo que Katrione acababa de describirme? ¿O ella solo fingía, como tantas mujeres en el mundo?
Esa idea me dejó una presión rara en el pecho. Me llevé las manos a las piernas, cubiertas por el pijama. El roce fue suave, apenas perceptible, pero me incendió la piel de golpe. Era incómodo. Demasiado. Pero, entonces detuve el movimiento como si me hubiera quemado. No, no iba a hacer eso. No importaba que no fuera malo, no quería hacerlo. No quería sentirme así, tan expuesta y confundida.
Me levanté rápidamente de la cama, me puse de rodillas, apoyé los codos en el borde y uní las manos en un gesto de súplica, cerrando los ojos. Comencé a rezar a mis dioses, sintiéndome como una pecadora enfermiza. Repetí las mismas palabras una y otra vez, pidiendo perdón al final, como si esas disculpas pudieran borrar lo que había pensado.
Cada una de mis respiraciones salía temblorosa, como si los dioses estuvieran escuchando demasiado cerca. Al terminar de rezar, dejé caer las manos en mis muslos y agaché la cabeza, esperando sentir algo: alivio, por muy pequeño que fuera; consuelo; una señal divina. Pero no llegó nada. Solo el silencio extendiéndose por todo el lugar.
Me quedé así unos segundos más, hasta que el ardor en mis rodillas empezó a reclamar atención, como un animal que devoraba todo. Me incorporé despacio y me senté en el borde de la cama. Sentía el corazón latir con fuerza, con una inquietud que no sabía de donde provenía.
A la mañana siguiente, abrí los ojos de golpe, apenas unos segundos antes de que Celanina me tocara el hombro. Me levanté de inmediato con una sonrisa amplia y me dirigí al baño, donde la tina ya me esperaba lista. Me despojé del pijama y me sumergí en el agua tibia con aroma a canela, relajando mis músculos. Aún no podía creer que mis padres habían aceptado llevarme al baile de presentación.
Minutos después, me senté frente al espejo del tocador, envuelta en una bata de seda negra. El maquillaje era lo primero que realizaban en mí, con los mismos colores cálidos de siempre, el cual era hecho únicamente por Celanina, siguiendo órdenes estrictas de mi madre.
—¿Sabes a qué hora llegan los vestidos? —le pregunté, emocionada, viéndola a través del espejo—. Mi madre me comunicó anoche que llegaban en la mañana de este día, pero no especificó una hora.
—No tengo mucha información sobre eso, señorita Cathanna —respondió Celanina, sin darme una mirada—. Debes tener paciencia.
Cuando ella terminó, Selene se puso detrás de mí, causándome nervios, y peinó mi cabello con delicadeza, dejándolo suelto y liso sobre mi espalda. Separó dos mechones desde la sien y los recogió hacia atrás, uniéndolos con un broche dorado en forma de hoja, atravesado por dos pequeños palillos metálicos que sacó de uno de los cajones donde se encontraban muchas de mis joyas. Después colocó una diadema del mismo color en mi cabeza, decorada con flores lilas.
—De pie, señorita Cathanna —pidió Celanina, dándome el primer intento de sonrisa de la mañana—. Te pondremos el vestido.
Me puse de pie rápido y me quité la bata, quedando en ropa interior. Intenté forzar una mirada tranquila al sentir el corsé terracota ajustarse a mi cuerpo, elevando apenas mis senos, y las mangas, largas y sueltas, envolviendo mis brazos. La larga falda de encaje caía hasta el suelo, totalmente lisa, moviéndose con el viento que entraba por las ventanas abiertas. Por último, llegaron las sandalias de plataforma tejidas en fibras naturales, con cintas blancas que se cruzaban en mis tobillos y una pequeña flor blanca adornando la punta de cada pie.
Tras unos minutos, salí de la alcoba en compañía de Celanina, rumbo al comedor, donde la mesa estaba repleta de comidas exquisitas. Anhelaba con todo mi ser poder probar más de lo que me estaba permitido. Sin embargo, mi madre solía decir que una mujer se vendía por cómo se veía, y que todas debíamos ser delgadas hasta los huesos si queríamos ser consideradas bellas ante los ojos del mundo. No la cuestionaba, pero tampoco compartía esa forma de pensar tan cruel. Aun así, me limitaba a comer solo lo que ella autorizaba, aunque terminara con hambre. Sabía también que, si comía más, terminaría vomitándolo todo, porque mi cuerpo ya se había acostumbrado a una única forma de alimentarse, y simplemente no me atrevía a forzarlo.
—Buen día a todos —saludé, formando una reverencia profunda, obligatoria. Luego me acerqué a mi abuelo, quien se encontraba sentado, mirando a todos con su habitual rostro de seriedad y dejé un beso en ambas mejillas, como cada mañana—. Buen día, abuelo.
No saludar adecuadamente a mi familia con una reverencia podía ser pasado por alto, pero omitir el beso en las mejillas a mi padre o a mi abuelo era considerado una falta gravísima de respeto. Recuerdo que la única vez que olvidé hacerlo con mi abuelo —hace seis años—, me llevaron al templo que se encontraba en las mazmorras del castillo, que rendía culto a nuestros dioses, y me obligaron a arrodillarme y pedir perdón por mi desobediencia toda la noche, sin tener derecho a tomar agua, ni nada. No era una experiencia que quisiera repetir.
—Siéntate ya a comer.
—Enseguida, abuelo.
El tiempo pasó con la monotonía usual, hasta que finalmente los vestidos fueron traídos por los trabajadores de Lady Danely. La emoción me recorrió por dentro y, sin poder contenerlo, dejé escapar un pequeño grito de alegría, ganándome la mirada severa de mi tío Bejemin desde el gran sofá, donde hojeaba el periódico con un gesto serio. Me tranquilicé, pero por dentro seguía saltando como una niña.
Fui rápido a mis aposentos acompañada por Celanina, y tomé asiento en el sofá, esperando con paciencia mientras las muchachas se alineaban frente a mí, cada una sosteniendo un vestido distinto.
El primero era de un rojo fuerte, sencillo y sin mangas; elegante, aunque demasiado simple para el baile de presentación. El siguiente era blanco, con hilos plateados en la falda, el cual descarté enseguida; no iba al palacio para casarme con nadie. Luego vi uno amarillo muy brillante, fosforescente. Odiaba el amarillo con mi alma. Había uno negro que me llamó la atención por un momento, pero lo pensé bien y negué rápido. Demasiado negro para lo que esperaban de mí esa noche.
No pude evitar pensar en el peculiar gusto de mi madre; creía que me conocía, aunque fuera un poco, pero estaba completamente equivocada. Solté un suspiro pesado, exagerado y dejé caer mi espalda contra el sofá, sintiendo como el aburrimiento me gobernaba. Justo cuando estaba a punto de rendirme, un diseño llamó mi atención y me dejó sin aliento: era demasiado brillante, hecho de cristales pequeños.
—Me quedo con este —murmuré, casi sin aliento, mientras sentía que mis manos temblaban de emoción al acercarme al vestido—. Lindo.
—Maravillosa idea —indicó Celanina, sonriendo.
Volví a sonreír, llevando un dedo a mi boca. Las muchachas se llevaron los otros vestidos, dejándome con el que había elegido. Celanina lo guardó en una bolsa de plástico grande antes de colocarlo dentro del cuarto de vestidos, junto con los zapatos, dentro de una caja de madera, que no me permitió ver ni por error. Tampoco me interesaba; lo único importante era el vestido, y ya lo tenía en mi poder.
No tardé en salir emocionada de mis aposentos en busca de mi madre. Siempre tardaba varios minutos en encontrarla, porque el castillo era enorme y, aunque lo deseara, no tenía permitido correr. Subí hasta el sexto nivel y avancé rápido hacia la habitación que usaba para leer. Empujé la puerta con cuidado, y ahí estaba ella: recostada en el sofá frente a la ventana, con un libro abierto entre las manos.
—Madre, qué alegría encontrarte —murmuré, inclinando la cabeza respetuosamente antes de cerrar la puerta detrás de mí—. Ya han llegado los vestidos y debo admitir que ninguno me emocionó al principio. Sin embargo, uno en particular logró cautivarme en segundos. Es como si fueran cristales, madre. Es simplemente mágico.
—Lo mejor para mi hija —habló ella, con una sonrisa leve que no llegaba a sus ojos, dejando el libro en su regazo—. Ven, siéntate aquí.
Asentí y me acerqué.
—Recuerda, mi querida hija —indicó mientras acariciaba suavemente mi rostro—, el baile es el acontecimiento más importante en todo el imperio. Las familias más influyentes asistirán junto a sus hijos, y tu tarea es cautivar a cada uno de ellos, hasta despertar el deseo de que formes parte de sus linajes. —Tomó mis manos y me dio un apretón leve, lleno de cariño—. Sin embargo, deben saber que eso nunca sucederá: ya estás prometida a un hombre, y aunque muchos te anhelen, nunca les concederás ese privilegio tan codiciado de tenerte.
—Siempre rechazar las propuestas —susurré, viéndola a los ojos con una gran sonrisa, conteniendo un poco la respiración—. Ten por seguro que lo haré, madre. No te decepcionaré nunca en la vida.
—Espero que así sea, Cathanna.
—¿Puedo… preguntarte algo, madre? —Dejé escapar el aire de forma lenta—. Es sobre… —Las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta—. Sobre… no lo sé, madre. Me siento extraña, desde hace mucho tiempo, por cómo funciona mi mente. No sé si estoy loca o si todo es real. Y... —Negué con la cabeza—. Mejor olvídalo… —Sonreí.
Quería preguntarle sobre lo que escuché anoche, sobre que yo hacía parte de una ridícula maldición, pero no me atreví. No podía hacerlo, cuando no quería saber la verdad de nada. Solo me quedaba la opción de creer que era producto de mi mente, y que realmente esas palabras nunca llegaron a mis oídos. Porque, qué desastre que fuera algo real.
—¿Estás segura? —Puso su mano en mi cabello y me dio pequeñas caricias que me estremecieron—. Soy tu madre, Cathanna. Puedes decirme lo que quieras. Te escucharé siempre que pueda hacerlo.
—No es nada, madre. No me hagas caso.
Luego de unos minutos, crucé el umbral de la habitación para adentrarme en el pasillo. Tenía las manos unidas, casi temblorosas, y mi cabeza era un enjambre insoportable de pensamientos que no sabía cómo deshacer. Por supuesto que no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Tampoco quería entenderlo, más no significaba que la chispa de curiosidad en mi pecho hubiera desaparecido totalmente.
Caminé por unos minutos, algo rígida, hasta llegar a las grandes puertas doradas de hierro con relieves, las cuales se fueron abriendo lentamente, revelando una enorme sala, esa que siempre estaba helada, ya que no había ventanales que permitieran la entrada al sol. Me adentré despacio, tomando los bordes de mi vestido para subir los pequeños peldaños de mármol. Había varios cuadros y tapices que relataban historias que no había logrado aprenderme, puesto que la información me entraba por un ojo y salía rápidamente por el otro.
Mi mirada se clavó en el árbol genealógico de la familia de mi padre. Ese enorme tapiz lleno de nombres exageradamente largos y presuntuosos. Elevé la mirada y luego la descendí hasta encontrarme con la fotografía mi madre, yo, mis hermanos, todos atados con hilos dorados que brillaban con fuerza, como una maldición. Sonreí un poco.
Pero entonces, recordé algo: nunca había visto el árbol de mi familia materna. Ni un cuadro, ni un tapiz, ni un apellido más allá del de ella. Nada absoluta. Un vacío completo que no encontraba forma de llenar.
Liberé un suspiro pequeño, casi como si quisiera vaciarme un poco por dentro, y seguí caminando, mirando cada cuadro, hasta que me detuve sin darme cuenta frente al tapiz más imponente de todos: el de los Cincuenta Sagrados, o los Siems. Ocupaba una pared completa.
Incliné un poco la cabeza para observar el primer apellido, justo debajo del escudo de armas que lo representaba. El de mi familia estaba a su derecha, apenas unos centímetros más abajo. Eran dos espadas entrelazadas con un cáliz de fuego y una serpiente cubierta de joyas de oro, diamantes y zafiros. Era un escudo viejo, tan viejo que ni siquiera sabía cuántas eras de existencia cargaba encima. Y siendo sincera, tampoco me importaba demasiado conocer su historia. Lo único que sabía era que existía desde antes de Valtheria, cuando la monarquía de la Reina Roja gobernaba gran parte de Garbania, ese lejano continente donde, según sabía, la magia ya no existía como aquí.
En aquellos remotos tiempos, eran diez reinos en diferentes partes del mundo, todos gobernando bajo una misma corona. Luego empezaron las grietas. Las traiciones. Las guerras entre hermanos a los que se les había cedido el trono en los reinos. Eso ocasionó que las coronas se separaran, y Valtheria emergió como el gigante orgulloso que dominó la mitad de todo Artia, nuestro continente. Solo Alastoria les hacía frente, ese eterno rival con el que compartían fronteras, con quien parecíamos estar destinados a pelearnos desde… siempre, creía.
De pronto, un olor se metió en mi nariz.
—Señorita Cathanna —escuché la voz de Selene, y me giré a ella.
—¿Sucede algo, Selene? —solicité, tratando de sonar calmada.
—Ya casi es hora de su clase de baile, señorita.
Torcí los labios.
—Iré enseguida.