El reino de los hombres bestia prospera bajo el mando del rey alfa Samuel Costa… o al menos así lo cree el mundo.
Porque detrás de la reina falsa que ocupa el trono, Samuel oculta un secreto mortal: su verdadero cónyuge es un omega humano, Camilo, cuya mera existencia está prohibida por la ley.
Cuando la verdad sale a la luz, la traición cae como un golpe implacable. Uno a uno, sus aliados son asesinados. Samuel y Camilo mueren juntos sin haber podido aceptarse como los destinados que siempre fueron… hasta que el destino les concede un milagro.
Samuel renace en el instante en que su tragedia comenzó. Ahora, con la memoria intacta y el corazón ardiendo de arrepentimiento, hará lo que no hizo antes: proteger a su omega, desafiar al consejo real y reescribir el futuro, aunque para ello deba destruir enemigos ocultos y el propio sistema que lo traicionó.
NovelToon tiene autorización de Gabitha para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
AMBICIÓN
El celo y el rut de ambos habían culminado sin ningún problema. Samuel estaba feliz; la sonrisa no había abandonado su rostro desde que despertó junto a Camilo aquella mañana.
Con cuidado, subió nuevamente al omega a su corcel, emprendiendo el viaje de regreso al castillo.
El trayecto era tranquilo durante el día; las bestias del bosque parecían temerle a Samuel, pues no se acercaban ni siquiera para atravesarse en su camino.
—Samuel, una pregunta… ¿has corrido por aquí en tu forma de bestia? —preguntó el omega, observando con atención el sendero.
—¿Lo notaste? —respondió Samuel, sorprendido.
—¿Cómo no lo notaría? —dijo Camilo—. Ni las palomas se acercan a nosotros.
Samuel soltó una pequeña risa.
—Cierto, mi dulce y precioso omega. Siendo sincero, solía venir aquí cuando era más joven para poder controlarlo —explicó el alfa—. Este bosque fue testigo de mis primeras transformaciones.
—Eso explica por qué ningún animal se atraviesa —murmuró Camilo, impresionado.
—Mi omega es el más dulce, el más inteligente, el más hermoso —dijo Samuel, inclinándose para besar la marca recién hecha en su cuello.
—No… no hagas eso —dijo el omega entre jadeos, aferrándose a la túnica de Samuel.
—Una vez… di que sí —susurró el alfa, con una sonrisa traviesa.
Y ahí, entre árboles y arbustos, Samuel lo tomó nuevamente entre sus brazos, incapaz de resistirse a él, incapaz de negarse a lo que ambos habían formado.
El sol comenzaba a ocultarse cuando ambos llegaron finalmente al castillo.
—Te dije una vez —murmuró el omega al sentir una leve punzada en la cintura.
—Una vez por hora —respondió Samuel mientras lo bajaba del caballo.
—Eres imposible —dijo Camilo, fingiendo estar molesto, pero su media sonrisa lo delataba.
Los sirvientes observaban la escena con asombro, pero la sorpresa fue mayor cuando notaron la marca de enlace en el cuello del omega. Susurros comenzaron a esparcirse como pólvora.
Lo imposible había sido posible.
Brisa llegó corriendo para recibirlos, pero se detuvo al verlos tan cariñosos delante de todos. No quería interrumpir, aunque su expresión cambió cuando sus ojos se posaron en el cuello de Camilo.
Se acercó con cautela, su corazón latiendo con fuerza.
—Pero… ¿cómo? —preguntó en voz baja para sí misma.
—Hola, mamá. ¿Qué pasa? —dijo Samuel al notar su expresión.
—¿Eh? Samuel, dime que mis ojos no me están engañando, porque estoy viendo una marca en su cuello —dijo Brisa, visiblemente alterada.
—Mamá, eso no se dice a los cuatro vientos, tranquila —respondió Samuel, bajando al omega con cuidado.
El omega mantuvo la mirada baja, sonrojado por lo que su suegra había dicho.
—Pero… es imposible. Los habitantes de Lycanthe no pueden marcar a los humanos, es imposible —dijo Brisa, llevándose una mano al pecho.
—¿Marca? —dijo Klaus al llegar—.
Se acercó sin pensar y bajó un poco el cuello de la camisa del omega.
—¡Qué felicidad!
Su reacción sorprendió a todos.
—¿De qué hablas? —preguntó Brisa, confundida.
—Mi querida esposa, tu hijo no dejará nuestro linaje sin descendientes. ¡Qué alegría! —exclamó Klaus, emocionado.
—No estoy entendiendo —dijeron al mismo tiempo Samuel y Camilo.
—Yo tampoco —añadió Brisa.
—Barón Western, los servicios de su hija para con la corona no serán necesarios —dijo Klaus, dirigiéndose a un hombre regordete detrás de ellos—. Mi hijo tendrá hijos con el consorte.
El hombre apretó los dientes, fingió una amable so risa y subió a su carruaje furioso. Los planes de su hija habían fracasado.
—A la mansión Western de inmediato— dijo el barón siendo observado por toda la familia real.
—¿Qué está pasando? —preguntó Camilo, cada vez más confundido.
—Pasa, mis queridos hijos, que la ambición de los nobles por poseer la corona es muy grande —explicó Klaus—, tanto que han decidido enviar cartas de compromiso para concubinos desde el primer día de tu reinado.
—Pero el consejo aceptó que no tendría concubinos —respondió Samuel con el ceño fruncido.
—No se trata de lo que tú quieres, sino de lo que el reino entero necesita— dijo Raúl apareciendo.
—Hijo, ¿acaso no sabes que un humano no puede ser marcado por un semibestia? —preguntó Klaus.
—No entiendo. Camilo y yo pasamos por nuestro celo y rut hace unos días —dijo Samuel, confundido.
—No se trata de lo que ustedes vivieron, sino de lo que ellos creen —respondió Klaus—. Creen que Camilo no podrá darte herederos… pero ese pensamiento se les va a quitar a partir de hoy.
—Klaus, será mejor que te expliques, porque no logro comprender lo que dices —intervino Brisa.
—Bien —dijo Klaus mirando a todos lados mirando a los sirvientes que los observaban—. Entremos, les explicaré todo.
Se dirigieron a la oficina del rey. El silencio se hizo pesado.
Lejos de allí, en una casa que por fuera aparentaba estar intacta, pero por dentro temblaba con cada ráfaga de viento, una mujer descargaba su furia.
—¡Es imposible! —gritó Alexandra.
—Lo mismo pensé, hija, pero lo vi con mis propios ojos. El omega fue marcado —dijo el barón Western, con el rostro sombrío.
—¡Maldito omega! —gritó ella, volcando la mesa contra el suelo—. ¡Papá, tenemos que hacer algo!
—No escuchaste. Samuel no tomará a nadie como concubino, ni siquiera de otros reinos —respondió él intentando calmarla.
—¡No lo entiendes! Yo merezco ser la consorte, no ese omega feo. ¡Samuel me lo prometió! —gritó Alexandra con lágrimas de rabia.
—Fue una promesa vacía —dijo el barón—. El ex soberano fue claro: el consejo aceptó su decisión.
—¡Maldito omega! —repitió Alexandra, fuera de sí.
Los floreros cayeron, las mesas fueron arrojadas, y los sirvientes se encogían ante la furia de una mujer que no aceptaba su derrota.
Esa noche la vida de todo un reino cambiaría por completo y con ello todo lo que conlleva ser el rey de un reino.
La ambición había despertado…
y no pensaba quedarse quieta.
—Avisen a la concubina Nadia de lo ocurrido, deben volver de inmediato— dijo el barón.
Los gritos de su hija invadían su mansión, nadie descansaría a menos que fuera ella misma quien se vengará contra el omega.