En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.
Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.
Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.
Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.
Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.
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Capitulo 21
Estaba agotada. Agotada de llorar, de sentir, de existir. Mi cuerpo parecía hueco, como si cada lágrima hubiese arrancado un pedazo de mí y ya no quedara nada más que un eco doloroso.
Acariciaba el ataúd de mi padre con las manos temblorosas, sin poder creer que ese hombre fuerte, ese pilar, la última luz en medio de toda esta oscuridad, ahora descansaba frío, inmóvil, lejos de mí para siempre. Mi respiración era un hilo, quebrado, torpe, como si hasta el aire doliera.
Sentí una mano sobre mi hombro. Mi esposo. Su rostro sereno, contenido, intentando darme fuerza aunque no entendía la mitad de lo que estaba ocurriendo dentro de mí. Él me habló con calma —esa calma que solo tienen los que no han visto su alma desgarrarse— y me dijo que debía descansar, que fuera a la alcoba, que tomara un té para los nervios. Yo asentí porque no tenía fuerzas ni para llevar la contraria.
Fui a la habitación, bebí el té tibio que me dejaron en la mesita y entonces me derrumbé. Lloré hasta sentir que mi corazón se contraía como si quisiera dejar de latir. Abracé la almohada con rabia, con desesperación, como si quisiera hundirme en ella y desaparecer. Mi llanto era un mar oscuro, sin orilla.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo supe que alguien estaba del otro lado de la puerta. Un susurro. Un roce. Ese presentimiento que uno conoce sin necesidad de mirar.
La puerta se abrió con cuidado.
James.
Se acercó despacio, como si el aire pudiera romperme aún más. Se arrodilló a mi lado sin tocarme, y sus ojos estaban llenos de pena, de dolor compartido, de algo que nunca se ha dicho pero siempre estuvo ahí, esperando el momento más cruel para hacerse visible.
Me dio el pésame con palabras hermosas, palabras que parecían caricias, luto, cielo y despedida. Y entonces pasó algo que no entendí —o tal vez sí, demasiado bien.
Yo me lancé hacia él. O tal vez él abrió los brazos primero. No sé. Todo era difuso, como un sueño hecho de llanto y necesidad. Apoyé mi frente en su hombro y lloré como si el mundo se estuviera deshaciendo y él fuera lo único firme que quedaba para sostenerme. Su pecho subía y bajaba lentamente, como si me diera su respiración porque yo ya no tenía la mía.
Y entonces, en medio de ese dolor que parecía eterno, le busqué la boca. No fue un beso de amor. Fue un beso de dolor, de vacío, de querer dejar de sentir la muerte, la soledad, la culpa, la pérdida. Un beso como un grito silencioso en la noche. Un beso como un error inevitable. Él respondió, con la misma mezcla de rabia y ternura, como si ambos estuviéramos rompiéndonos al mismo tiempo.
Por un instante, el mundo dejó de pesar. Por un instante, me sentí viva.
Y luego… me di cuenta. La culpa golpeó primero, fría, lenta, cruel. Me aparté de él de golpe, con la respiración quebrada, con el corazón latiendo como si quisiera escapar de mi pecho. Mis manos temblaban. Mis labios ardían.
—No… —susurré, casi sin voz—. No puedo… no debo…
Mis ojos se llenaron de lágrimas de nuevo, pero ya no eran de tristeza pura. Eran de confusión. De vergüenza. De un amor antiguo que nunca debió volver a aparecer. De un mundo interior que se rompía otra vez, pero distinto, más profundo, más peligroso.
James me miró, y había dolor en sus ojos, y ternura, y un amor que nunca debería haber existido, pero existía.
Y yo no sabía si gritar, o correr, o pedirle que se quedara.
Solo sabía que mi alma estaba hecha pedazos… y que en ese instante, no sabía cuál de esos pedazos me pertenecía, y cuál todavía era suyo.
Yo estaba desgastada por todo. Después me fui donde estaba la puerta y le puse seguro y después lo empecé a besar otra vez a James.Mi vida. Él se sentó en la cama y yo me levanté el vestido y su verga. Me la metí adentro. Poco a poco. Y me sentí muy extasiada. Y después empecé a cabalgarlo varias veces. Y veía cómo su cara se transformaba en muchas cosas de deseo, de éxtasis, de todo. Y me sonreía y me besaba el cuello y yo jadeaba de placer porque me puso más hacia él, me pegó a su cuerpo y empezó a mover sus piernas. Y lo sentía más placentero que nunca. Después me tumbó boca arriba y empezó a besarme todo el cuerpo desde arriba hacia abajo. Y estaba tan contenta. Y después me metió sus dos dedos en mi vagina. Y grité de placer porque lo estaba moviendo rítmicamente. Después me embistió varias veces y yo me sostenía en la cama, en la cabecera.Por qué me estaba golpeando con la cabecera. Lo abracé porque se puso encima de mí; lo rasguñé. Y Jade blasfeme muchas veces. Después de todo, lo besé en la boca y él se tumbó a mi derecha.
Después me levanté y vi que iba a enterrar a mi padre; mi esposo me vio, me sonrió y yo también. Y después volteé donde estaba James. Mirándome y admirándome. Y yo seguí tomándome mi té. Y le sonreí. Me quedo boca abajo mirándolo, me dormí un poco y él colocó sus dedos en mi espalda. Haciendo círculo y después yendo recto desde mi cuello hasta mi cadera, le sonreía. Me dijo: "Así me gusta que esté feliz mi diosa de la luna".Le respondí. si Me dijo: "Siempre pienso en nuestros 3 hijos, nuestros tres hijos preciosos que debieron cumplir este año 4 años y 3 años; ya ha pasado mucho tiempo, 7 años desde que perdimos a nuestros hijos. ¿Sabes? Siempre pienso lo bonito que hubiéramos sido, una excelente familia, y nuestros hijos con su chaqueta de piel con el frío de Escocia, conociéndola. Pero no fue así. Ore mucho y oro mucho por ellos. Me desmoroné cuando nos perdía cada uno. Pensaba que era un castigo de Dios, castigándome.Por qué amaré siempre a una mujer que no puedo y que antes hice daño y me está castigando porque hice daño a gente que maté para sobrevivir? Mira, hasta engañé y estafé. Cuando te vi ese día hermoso en la bahía esperando a tu padre, me enamoré un instante y me quedé aquí mirándote, conociéndote mejor y quién eras, y amaba todo de ti, y cuando me enteré de que estabas casada con otro hombre y que estabas en labor de parto, oré mucho para que esos niños, aunque no fueran míos, nacieran sanos. Me asusté mucho perderte. Y engañé a tu marido para hablar de negocio para verte y fue así; te veía gritando y subimos y estabas sudada e ida, como si no estuvieras en la habitación. Las comadronas y médicos tenían que hablarte para que no te desmayaras. Y fue un tormento porque duraste 3 días con fiebre; las esclavas te bañaban. Con. Vinagre y limón y flores. Y después me fui cuando estaba bien, porque, a pesar de que le dije a tu marido por negocios de pieles y semillas. De vegetal y otras cosas; yo tenía que cumplirla. Me dolía dejarte; estaba poco. Recomponiéndote, ya varias veces abrías los ojos. Y hablabas conmigo, pero después me fui y estaba aquí cuando te vi. Esa pequeña, la vi por primera vez y me acordé de nuestra hija. Mi pensamiento, enseguida me dijeron. ¿Será que mi hija iba a tener esos rasgos? Lloré un poco; después la bendije, que nuestros hijos en el cielo la cuidaran de todo mal. Y después te la entregué "
Después de su beso, James se detuvo a centímetros de mí. Su mirada era fuego y despedida, un adiós que prometía volver. Sus dedos rozaron apenas mi mejilla, como si borrara una lágrima invisible.
—Después nos vemos —susurró, casi inaudible.
Y desapareció entre las sombras, dejando mi alma en un temblor que parecía no terminar nunca.
Cerré los ojos y el mundo se volvió pesado. Me dormí, no por descanso, sino por agotamiento emocional. Mi cuerpo simplemente cedió. Y entonces soñé. Soñé la verdad que siempre había evitado mirar de frente.
Mi madre… sus manos frías preparando infusiones, murmurando palabras que yo creía de protección, cuando eran maldiciones disfrazadas de amor. La vi vertiendo gotas en mis bebidas cuando estaba embarazada de mi segundo bebé… y entendí. Entendí el dolor que viví. El aborto espontáneo que me destrozó el alma no fue obra del destino, sino de ella. Luego mi tercer embarazo… las sangrantes noches de dolor, las velas encendidas, las promesas susurradas al aire para que mi hijo sobreviviera. Ella me quitaba lo que más quería.
Mi pecho se rompió otra vez y desperté jadeando, temblando, sudada, con la garganta cerrada como si hubiera gritado en sueños.
Tomé mi cuaderno. Mis manos temblaban mientras escribía, trazando cada letra con la furia silenciosa de quien teme su propio corazón:
> “¿Será que aún siento algo por él más que por Antonio?”
Miré esa pregunta como si fuera un espejo que me desnuda. No había respuesta. No una que quisiera admitir.
Un golpe leve en la puerta. Una carta. Sellada con cera. Un solo símbolo: J.
> “En dos días nos vemos.
Te tengo una sorpresa.”
Mi corazón se apretó. Sabía quién era. Sabía lo que significaba. Y el mundo pareció inclinarse bajo mis pies.
Respiré hondo, buscando refugio en lo único puro que aún me quedaba: mis hijos.
Mañana cumplirían seis meses. Se me fue un suspiro lleno de amor y tristeza.
—Van a extrañar a su abuelo —murmuré, sintiendo otra lágrima formarse, pero esta vez la limpié antes de que cayera. No quería que ellos la vieran.
Me dejé caer al suelo, donde estaban acostaditos entre cojines suaves, rodeados de juguetes de madera y sonajeros de plata. Acaricié sus mejillas, sus manitas gorditas que buscaban mis dedos.
—Mis pequeños… mi luz. —besé sus frentes—. Ustedes son lo único que tiene sentido.
Empecé a jugar con ellos, haciéndoles pequeñas muecas, acercando juguetitos para que los tocaran, acariciando sus rizos suaves —aquellos que prometían ser como los míos— y perdiéndome en sus risas. Ellos reían sin saber lo roto que estaba su mundo, sin comprender la oscuridad que había tocado a su familia. Su pureza me sanaba… un poco.
Luego los tomé en brazos y me senté en la mecedora. Acerqué una manta fina y los envolví conmigo, y mientras uno jugueteaba con mi collar, el otro intentaba agarrar mi cabello con sus deditos torpes.
—A ver, mis amores —susurré—, hoy vamos a leer algo hermoso. Algo para que sus sueños siempre sean limpios.
Tomé un pequeño libro —uno que mi padre solía leerme— un cuento antiguo atribuido en la corte a Marie-Catherine d’Aulnoy, muy apreciada en círculos franceses: La Bella Estrella (“La Belle Étoile”), sobre unos hermanos reales que sobreviven a las intrigas del destino y hallan su camino guiados por la bondad y la verdad.
Comencé a leerles, pero también a contarles con mi voz, suave, profunda, como si tejiera un hechizo de amor y protección:
> “Había una vez tres niños nacidos bajo una estrella brillante, hijos del destino, herederos del amor y de la promesa. Aunque la sombra quiso arrebatarlos del mundo, ellos crecieron fuertes, valientes, guiados por la bondad en su corazón. Porque los niños que nacen del amor verdadero, están siempre protegidos por la luz, incluso cuando el mundo se llena de oscuridad.”
Ellos no entendían las palabras. Pero entendían mi voz. Entendían mi alma en cada frase. Y poco a poco, fueron cerrando los ojitos, entregándose a un sueño dulce, respirando suave contra mi pecho mientras la mecedora crujía suavemente en el silencio de la tarde.
Los miré largo rato, como si fueran un milagro vivo. Mis dedos les acariciaron las mejillas rosadas, sus manitas pequeñas, sus pestañas largas. Ellos eran mi esperanza. Lo único que me anclaba a la vida.
Y aun así, en lo más profundo de mi corazón, una sombra seguía allí. Una pregunta peligrosa. Una carta guardada. Un beso clandestino. Un pasado que nunca murió del todo.
Y yo estaba aquí, entre la cuna y el abismo, siendo madre, siendo viuda en el alma, siendo esposa en apariencia, siendo mujer rota… y todavía, sin quererlo, temiendo y esperando a James al mismo tiempo.
Dos días después estaba allí… en su barco. No era un buque de guerra ni un navío cargado de hombres: solo él, yo, y un único navegante silencioso que parecía parte del mismo mar. Zarpamos antes del amanecer desde Cartagena, cuando la ciudad aún dormía bajo el olor a sal y pólvora vieja, y nos alejamos hacia las aguas profundas que rodean Barú y las islas cercanas.
El mar era negro…
Negro como tinta recién derramada sobre un pergamino.
James estaba detrás de mí, su brazo fuerte rodeando mi cintura como si temiera que el viento pudiera arrancarme de la vida. Su pecho cálido contra mi espalda. Su aliento en mi cuello. Su voz baja, casi reverente:
—Siente esto, Selene —susurró—. El mar a veces es furia… pero mira cómo ahora te habla con calma. Libre… silencioso… inmenso. Así eres tú. Delicada… pero capaz de convertirte en huracán.
Su boca rozó mi oído. Un escalofrío me recorrió.
Su mano en mi vientre era un ancla suave, un recuerdo de todo lo que había sido y todo lo que todavía no sabía si podía ser.
La noche estaba espesa, sin luna, el aire húmedo acariciándome la piel. Él me tomó la barbilla suavemente, me hizo girar hacia él y sus labios encontraron los míos. Primero lentos, casi con respeto, luego urgentes, llenos de vida, de deseo contenido, de un pasado que nunca murió.
Mi espalda se arqueó cuando sus labios bajaron a mi cuello. Sentí su respiración mezclarse con mi pulso acelerado. Y entonces paso su mano por mi abdomen y señaló hacia el horizonte.
—Mira, Selene.
Ubicación histórica en tu historia:
Costas al sur de Cartagena, rumbo a Barú – Mar Caribe, Virreinato de Nueva Granada
Coordenadas aproximadas: 10.18° N, –75.57° W
Al principio pensé que mis ojos me engañaban. Pero no: el mar empezó a encenderse, como si en la profundidad hubiera un cielo al revés.
Pequeñas luces azules estallaban bajo la superficie, siguiendo el movimiento del agua. El Caribe respiraba luz. Cada ola destellaba, cada remolino se encendía. Una línea celeste abrazaba el casco del barco como si fuera una corona líquida.
Me llevé la mano a la boca, sorprendida.
—¿Qué es…?
James sonrió con orgullo, como si el mar le obedeciera a él.
—Plancton luminiscente —murmuró—. El océano sueña por las noches. Y hoy quiso soñarte a ti.
El resplandor era suave… mágico… casi sagrado. Sentí lágrimas en mis ojos; no de tristeza, sino de algo que apenas recordaba: asombro. Puro, infantil, verdadero.
Yo era una mujer rota, marcada por el duelo, por la traición, por la sangre. Y sin embargo, allí, envuelta en luz azul sobre el mar del Caribe, volví a sentirme viva.
James me tomó de la mano y me dijo, muy quedo, muy cerca:
—Hay noches en que el mar elige a quién mostrarse. Y nunca se equivoca.
Yo no contesté con palabras. Solo lo miré… y fue suficiente.
El barco avanzó despacio, como flotando sobre estrellas sumergidas.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, respiré sin dolor.
No sé en qué momento el silencio dejó de ser silencio.
Quizás cuando el mar empezó a latir como un corazón.
O cuando mis manos, sin permiso de mi mente, tocaron el rostro de James como quien toca un recuerdo que todavía duele.
Él apoyó su frente en la mía. Podía sentir su respiración, caliente, temblorosa.
Nunca lo había visto así: frágil en su fuerza, desarmado en su certeza.
—Pensé que nunca volvería a verte —susurró, casi sin voz—. Y si te veía… pensé que sería con otros ojos. No sabía qué habría quedado de ti, Selene. No sabía si el dolor te había roto… o si habías aprendido a vivir con él mejor que yo.
Me mordí el labio para no llorar.
—Yo… —quise decir algo, pero mi voz se quebró.
Él levantó su mano, la posó en mi mejilla con una delicadeza que dolía.
Un hombre que había visto guerras, tempestades y traiciones tocándome como si yo fuera agua sagrada.
—Te lloré —confesó—. No solo cuando creí que te había perdido… sino cuando supe que estabas viva pero lejos de mí. Eso fue peor. Vivir sabiendo que el mundo te tenía y yo no.
Mis pulmones fallaron un segundo.
—¿Y tú crees que para mí fue simple? —mi voz salió rota—. Mi vida no era mía, James. Mi casa no era refugio… era una prisión tapizada de porcelana y apariencias. Mis hijos… eran mi único faro. Si no hubiese sido madre… me habría ido al mar antes.
Él cerró los ojos un instante, como si mis palabras le cortaran la piel.
—Lo sé —respondió con dolor—. Y si hubiera llegado antes, si hubiera tenido más valor, si…
Le puse un dedo en los labios.
No podía escucharlo culparse. No podía cargar otra culpa sobre sus hombros ni sobre los míos.
Pero entonces la marea cambió.
No en el agua… sino en mí.
Una imagen súbita atravesó mis pensamientos como una lanza: el ataúd de mi padre, mis hijos dormidos con su respiración dulce, la mirada serena de Antonio en noches tranquilas, sin sospechas, sin sombras.
Mi corazón dio un salto, no de emoción sino de miedo.
—Esto está mal —murmuré, bajando la vista—. Yo… no puedo… no debo…
Él tomó mi mano, firme, sin violencia, como quien sostiene a alguien que se está cayendo.
—No te pido que seas mía —dijo con voz suave pero afilada—. Te pido que no sigas muriendo por lealtades que solo te matan. Te pido que te permitas sentir lo que ya sientes. Eso no es pecado, Selene. El amor no lo es.
—Pero el mundo sí lo cree —respondí—. Y mi familia… mis hijos…
La palabra “mis hijos” fue una grieta.
Mi pecho se cerró. Mi respiración se volvió pequeña. Las olas siguieron brillando, pero dentro de mí todo se oscureció.
Él acarició mi nuca, su pulgar tibio, su mirada quemando.
—No quiero dividir tu vida —susurró—. Solo quiero estar en ella aunque sea como un murmullo. Prometo no quitarte nada. Ni tu nombre, ni tus hijos, ni tu paz… si es que aún puedes tenerla.
Yo temblé.
No de frío.
De verdad.
Porque la verdad tiene peso.
Y esa noche el mundo pesaba dentro de mí.
Nos quedamos así, respirando el mismo aire, mirando el mar encenderse como si los astros hubieran decidido dormir bajo el agua.
Y entonces… él se alejó un paso.
No con enojo. No con derrota.
Sino con honor.
—No quiero tocarte más esta noche —dijo—. No así, no entre dos mundos. Cuando vuelvas… si vuelves… quiero que lo hagas libre.
Y se apartó como quien deja ir algo que le duele soltar, pero que ama demasiado para poseerlo mal.
Me quedé sola mirando el horizonte azul.
El viento me despeinaba.
Las lágrimas no fueron gritos esta vez, sino cristal silencioso cayendo en la oscuridad.
Yo quería quedarme.
Dios sabe que quería.
Pero la culpa… la maternidad… el luto… el deber…
Me jalaron como cadenas antiguas.
Cuando amaneció, regresamos a la costa.
Cartagena nos recibió con ese olor a sal y piedra caliente que siempre tuvo… y esa vez me pareció también olor a sentencia.
James me ayudó a bajar.
No me besó. No tomó mi mano.
Fue una despedida digna, dolorosa y hermosa.
—Cuando tus pies pisen esta arena otra vez —dijo—, que sea porque tú lo eliges. No porque te empuja el dolor.
Asentí.
No pude hablar.
Él regresó al barco.
Yo subí a mi carruaje, las manos todavía temblando.
Regreso a casa
Cuando la puerta de mi hogar se cerró detrás de mí, no era la misma mujer que salió dos días antes.
El retrato de mi padre seguía cubierto por un velo negro.
El perfume de mis hijos flotaba en el aire.
Amelia me miró con ojos que sabían más de lo que yo quería admitir.
Me quedé quieta un rato, en el pasillo, escuchando mi corazón latir tan fuerte que parecía marcar un nuevo comienzo.
Y comprendí algo:
No había engaño esa noche.
No había pecado aún.
Pero sí una verdad.
Una verdad que podía destruirme o salvarme:
yo todavía amaba a James… y él me amaba a mí.
Me llevé la mano al pecho y respiré hondo.
La casa estaba igual.
El mundo estaba igual.
Pero yo… yo ya había cambiado.
Y no habría vuelta atrás.