Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
NovelToon tiene autorización de ISA Miranda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Refugio de las Sombras
Miranda
Había pasado dos semanas bajo el techo de la propiedad de mi abuela, un lugar que olía a incienso y a secretos antiguos. Para el mundo, yo era la heredera de un imperio legítimo; para los pocos que conocían la verdad tras el apellido, yo era la próxima en sentarse en el trono de la familia. La Dulce Venganza no era un capricho, era una obligación de sangre. Perder el rumbo no era una opción, aunque el vacío que Cristian dejaba en mi pecho se sintiera como una herida abierta que se negaba a cicatrizar.
Hace unos días, utilicé el peso de mi apellido para forzar una cita con David en las oficinas de su compañía. Fue un juego de espejos. Todavía saboreaba el recuerdo de su rabia contenida cuando mencioné mi estancia en Madrid con Cristian. El muy estúpido aún creía que poseía algún tipo de influencia sobre mí, tanto que se atrevió a lanzar un órdago desesperado:
—Quiero que seas mía —había dicho, deslizando un contrato sobre la mesa de caoba.
Un contrato que pretendía encadenarme de forma "casual". No sabía que estaba firmando su propia sentencia. Utilizaría su obsesión para doblegarlo, para desmantelar su vida desde adentro. Mi abuela siempre decía que el amor es una debilidad, pero la obsesión de un enemigo es una herramienta.
Me encontraba en la sede de "L’Ultimo Rifugio", la fundación que servía como el corazón filantrópico de la familia y, más secretamente, como la lavandería perfecta para los activos del clan. Mi oficina era un búnker de cristal y acero con vista a las montañas de Caracas. Revisaba permisos de importación que ocultaban mucho más que suministros médicos cuando la puerta se abrió de par en par.
—¡Hola, mami! —El grito de Marian rompió la atmósfera gélida de la habitación.
Detrás de ella apareció Madison, una de las empleadas de confianza, quien asintió con la cabeza antes de dejar la mochila de la niña en el sofá de cuero italiano. Dejé la pluma estilográfica a un lado. Ver a Marian era el único momento del día en que permitía que mi máscara de hierro se agrietara.
—Mi pequeña —la recibí en mis brazos, sintiendo su aroma a jabón y tiza—. ¿Cómo te fue hoy?
—Bien, mami. Dibujé a mi familia —dijo, pero su sonrisa se desvaneció un poco al mirar a su alrededor—. ¿Mami... podemos ver al Tito Cristian?
Sus ojos azules, tan parecidos a los de Cristian, estaban empañados por la melancolía. Si para mí estar sin él era una agonía silenciosa, para ella era un duelo.
Cristian había sido el único que se quedó cuando el resto del mundo se volvió cenizas. Extrañaba su presencia, la forma en que sus trajes a medida se ajustaban a sus hombros, la seguridad que emanaba.
Sentí una punzada de egoísmo. Soy una mujer irracional cuando se trata de él. Él es mi faro en la oscuridad que me rodea, pero también es mi mayor punto ciego. Si el clan supiera que mi corazón tiene un dueño, lo usarían para destruirme.
Mi teléfono vibró sobre el escritorio. Una notificación de un número encriptado.
“Ya está en su departamento”.
Era el reporte de uno de mis informantes. Sonreí con una frialdad que habría asustado a cualquiera que no fuera mi hija. Sabía que Anya, esa "socia" rusa, estaría allí, acechando como un buitre. Ella creía que mi ausencia era su oportunidad. No conocía a Cristian, y mucho menos me conocía a mí.
—¿Vamos, mami? —insistió Marian con esperanza.
—Claro que sí, nena —respondí, poniéndome en pie—. Vamos a darle una sorpresa a tu Tito Cristian.
Llamé a mi secretaria por el intercomunicador. La mujer entró temblando levemente; sabía que bajo mi cortesía se escondía una depredadora.
—Cancela el resto del día. Reprograma las reuniones con mi madre. Ella se hará cargo —ordené sin mirarla mientras guardaba mi laptop—. Te puedes ir a casa temprano.
Salimos al pasillo. Mi madre nos esperaba frente al ascensor, observándome con esa mirada analítica que desnudaba mis intenciones.
—¿A dónde van mis dos princesas? —preguntó con una ceja alzada.
—A casa —respondió Marian por mí.
—Cristian regresó de su viaje. Marian lo extraña y no voy a negarle ese capricho —dije, usando un tono neutral, ocultando que el capricho era, en realidad, mío.
Al llegar a la planta baja, el ambiente cambió. Ethan, mi jefe de seguridad y exoficial de fuerzas especiales, ya estaba en posición. Sus ojos escanearon el vestíbulo con la eficiencia de un escáner táctico. Tres hombres más, armados y discretos, nos rodearon.
—El perímetro está despejado, señorita —informó Ethan con su voz de lija.
—Bien. Muévanse
Subí a mi Ferrari negro. El rugido del motor era lo único que silenciaba mis pensamientos. En Caracas, la seguridad no era un lujo, era una religión. Dos camionetas blindadas nos escoltaron en una formación de diamante mientras atravesábamos el tráfico de la capital hacia el este, donde se encontraba el complejo de apartamentos de lujo.
Al llegar, el portón automatizado reconoció mi placa y se abrió de inmediato. Al fondo del estacionamiento, lo vi. Cristian estaba de pie junto a su coche, conversando con Anya. Ella se acercaba a él con una familiaridad que hizo que mi sangre hirviera.
—Mami, mira... —empezó Marian.
Le tapé los ojos suavemente con una mano mientras estacionaba. No quería que viera la guerra fría que estaba por desatarse.
—Espera un momento, nena.
Bajé del auto y, al instante, Ethan y sus hombres se desplegaron, formando un muro humano a mi alrededor. Era una demostración de poder innecesaria para cualquier otro, pero vital para marcar territorio frente a la rusa.
—¿Mami, ya puedo ver? —Marian bajó del auto y corrió hacia Cristian antes de que pudiera detenerla—. ¡Tío!
Cristian se giró bruscamente. Su rostro, habitualmente serio y distante, se iluminó con una calidez genuina al ver a la niña. La tomó en brazos y la levantó en el aire, llenándola de besos. Anya, por el contrario, me lanzó una mirada que pretendía ser letal. Yo le devolví una sonrisa de absoluta superioridad.
—Me avisas cuando llegue mi hermano a la capital —le susurré a Ethan, quien asintió y se retiró con los hombres para darnos espacio.
Caminé hacia ellos con elegancia felina.
—Hola, Cristian —dije, acortando la distancia—. Lamento si interrumpimos algo importante, pero alguien no podía pasar un minuto más sin verte.
Me acerqué y le rodeé el cuello con los brazos, dejando un beso lento y deliberado en la comisura de sus labios. Sentí su cuerpo tensarse y luego relajarse bajo mi tacto.
—No interrumpes nada, nena —respondió él, ignorando olímpicamente a Anya. Su voz era un bálsamo y una promesa.
—Bueno, Anya —dijo Cristian, girándose hacia la rusa con una frialdad cortante—. Nos vemos en la oficina. Tenemos asuntos pendientes.
Ella apretó los dientes, asintió con rigidez y se marchó sin decir una palabra. Le gané esta batalla sin siquiera levantar la voz.
Subimos al departamento en silencio. Al cruzar el umbral, el mundo exterior desapareció. Marian se fue a su habitación a buscar sus juguetes, dejándonos solos en la sala iluminada por el atardecer caraqueño.
—Te extrañé —confesó él, acortando el espacio entre nosotros.
—Soy una idiota, Cristian —dije, sintiendo que mi armadura caía al suelo—. No sé cómo manejar esto. No sé cómo ser la mujer que mi familia espera y la mujer que tú necesitas. Las debilidades son peligrosas en mi mundo... y tú eres mi mayor debilidad.
Él tomó mi rostro entre sus manos.
—Entonces seamos débiles juntos, solo por hoy.
El beso fue urgente, cargado de las dos semanas de silencio y deseo acumulado. Me guio hacia la habitación principal, donde la ciudad se extendía tras el ventanal. Allí, entre las sábanas de seda, la futura cabeza de la familia Rinaldi desapareció. Solo quedó Miranda. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una adoración que me asustaba y me completaba a la vez. Cada caricia era un desafío al destino que me esperaba. Hicimos el amor con una intensidad que rayaba en la desesperación, como si supiéramos que el tiempo se nos escapaba entre los dedos.
Después, nos quedamos abrazados, disfrutando de esa ilusión de familia feliz mientras escuchábamos a Marian jugar en el pasillo. Fue un instante de paz absoluta.
Hasta que mi teléfono volvió a vibrar. Un mensaje de Ethan.
“El heredero ha aterrizado. Está en camino al punto de encuentro”.
La realidad me golpeó como un balde de agua fría. Mi hermano estaba en la ciudad. El negocio familiar reclamaba mi presencia. El tiempo de la bondad y el amor se había terminado.
Me levanté y comencé a vestirme, recuperando mi frialdad con cada prenda que me ponía.
—Tengo que irme —dije, sin mirarlo.
—¿Tan pronto? —Cristian se sentó en la cama, su torso desnudo iluminado por la luz de la luna.
—Mi hermano llegó. Tengo asuntos que no pueden esperar —respondí, ajustando mi collar de perlas.
Le di un último beso rápido, uno que sabía a despedida y a secreto. Salí de la habitación, tomé a Marian de la mano y abandoné el refugio. Mientras el ascensor bajaba, me miré en el espejo. La mujer que amaba a Cristian se había quedado en ese apartamento. La mujer que salía a la calle era la futura dueña de Caracas, y ya había tomado una decisión que cambiaría el curso de nuestra historia para siempre