Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 11
Narrado por: Alexander
El frío es un concepto mental, pero hoy el mármol de mi despacho parece haber absorbido la temperatura del vacío absoluto. Han pasado cuarenta y ocho horas desde que eché a Isabella de mi habitación, cuarenta y ocho horas desde que probé su piel y sentí su pulso galopar contra el mío bajo la luz de la luna. Debería estar concentrado en la logística del contraataque contra los hombres de Varga; debería estar revisando los informes de balística y los registros de las cámaras de seguridad que Miller ha dejado sobre mi mesa.
Sin embargo, lo único que ocupa mi mente es el rastro de su perfume de jazmín, que parece haberse filtrado en la madera de mis muebles y en las fibras de mi ropa.
Me levanto del escritorio con un gruñido, ignorando el pinchazo agudo en mi costado. La herida está cicatrizando, pero el orgullo es lo que realmente supura. Me observo en el espejo del rincón, ajustándome la corbata negra con una precisión que raya en lo patológico. La cicatriz de mi rostro parece más nítida hoy, un recordatorio de que soy un hombre marcado, un hombre que no tiene derecho a la suavidad que ella ofrece.
—Señor Thorne, la señorita Isabella está en el comedor —la voz de Miller suena a través del intercomunicador, interrumpiendo mis pensamientos—. Ha solicitado que se le sirva el desayuno... sola.
—Bajaré en un momento —respondo secamente.
Bajo las escaleras con la determinación de un verdugo. Mi plan es sencillo: restaurar el orden. Restablecer la distancia. Recordarle que soy su guardián, no su amante, y que lo que pasó en la oscuridad fue una anomalía biológica causada por la pérdida de sangre.
Entro en el comedor esperando encontrarla vestida con uno de sus colores estridentes, lista para soltarme algún sarcasmo o desafiarme con la mirada. Pero cuando la veo, el aire se me queda atascado en los pulmones.
Isabella lleva un vestido de seda negro, sencillo, de tirantes finos, que se desliza sobre su cuerpo como agua oscura. No hay flores en la mesa, no hay música de jazz, no hay rastro de la chica risueña que intentó decorar mi casa. Está sentada en silencio, leyendo un libro, con el cabello recogido en un moño bajo que deja al descubierto la nuca que mordisqueé la otra noche.
No levanta la vista cuando me siento a la cabecera. Ni siquiera se tensa. Su indiferencia es un arma mucho más letal que su rebeldía.
—Buenos días —digo, mi voz sonando demasiado profunda en el vacío del salón.
—Buenos días, Alexander —responde ella, sin apartar los ojos de las páginas. Su tono es monótono, profesional, carente de toda la calidez que solía usar para irritarme.
El camarero sirve el café. Negro. Fuerte. Sin azúcar. Ella lo toma sin rechistar, a pesar de que sé que odia el amargor. El silencio se prolonga durante minutos que parecen horas. La tensión sexual, lejos de haber desaparecido con mi rechazo del otro día, ha mutado en algo más denso, algo que vibra en el aire cada vez que ella cruza las piernas y el roce de la seda emite un sonido casi imperceptible.
La observo por encima del borde de mi taza. La forma en que la luz de la mañana resalta la curva de su hombro, la suavidad de su perfil... Siento una punzada de deseo tan violenta que me obliga a apretar la mandíbula hasta que me duelen los dientes. Ella lo sabe. Sabe que la estoy mirando, sabe que su silencio me está descuartizando, y lo disfruta con una calma de depredadora.
—He revisado tu horario de hoy —empiezo, tratando de recuperar el control de la situación—. El tutor de derecho llegará a las diez. Después, tendrás una sesión de entrenamiento de autodefensa con Miller en el gimnasio. Es necesario que sepas cómo reaccionar si el perímetro vuelve a ser vulnerado.
Isabella cierra el libro con un chasquido seco. Por fin me mira. Sus ojos azules están fríos, despojados de la luz que solía ver en ellos. Es como mirar un océano congelado.
—Como digas, Alexander. Eres el dueño de la casa. Eres quien dicta las reglas —dice, poniéndose de pie. El vestido se ajusta a sus curvas, revelando que no lleva nada debajo de la seda, o al menos nada que oculte la forma incipiente de sus pezones endurecidos por el aire acondicionado.
Se me seca la boca. Ella camina hacia la salida, pasando justo por detrás de mi silla. Siento el calor de su cuerpo, el roce fugaz de su mano contra el respaldo de mi asiento. Es una provocación deliberada, un recordatorio de lo que tuve entre mis brazos y de lo que he decidido tirar a la basura.
—Isabella —la llamo antes de que cruce el umbral.
Se detiene, pero no se gira.
—¿Sí?
—El vestido... es nuevo.
—Es el luto, Alexander —responde ella, su voz cargada de un veneno sutil—. Me dijiste que en esta casa el color es una distracción. He decidido dejar de distraerte. Después de todo, tenías razón: aquí dentro todo está muerto. Incluyéndome.
Se marcha, dejándome solo con mi café frío y una rabia que no sé hacia quién dirigir.
Paso el resto de la mañana encerrado en mi gimnasio, golpeando el saco de arena hasta que mis nudillos sangran de nuevo. Cada golpe es un intento de borrar la imagen de ella en ese vestido negro. Cada gota de sudor es un castigo por haberme permitido sentir un atisbo de esperanza.
A mediodía, bajo a las cocinas para beber agua. A través de las puertas de cristal que dan al gimnasio interior, veo a Isabella entrenando con Miller. Lleva ropa deportiva ajustada, unos leggings que marcan cada músculo de sus piernas y un top que deja al descubierto su abdomen plano. Miller la está instruyendo en técnicas de derribo.
—¡Más fuerte, Isabella! —exclama Miller—. ¡Usa tu peso!
Ella arremete contra él, sus movimientos son rápidos pero descoordinados. Miller la agarra por la cintura para mostrarle el giro, y algo en mi interior estalla. Ver las manos de otro hombre sobre su piel, aunque sea con fines instructivos, me provoca una náusea posesiva que no puedo controlar.
Entro en el gimnasio con la fuerza de un vendaval.
—Basta, Miller. Yo me encargaré de esto —ordeno.
Miller, que me conoce lo suficiente como para ver el peligro en mis ojos, asiente rápidamente y se retira sin decir una palabra. Isabella se queda en el centro del tatami, jadeando, con el cabello desordenado y el rostro encendido por el esfuerzo. Se ve hermosa, salvaje y terriblemente tentadora.
—¿Vas a darme órdenes también sobre cómo mover mi cuerpo? —pregunta, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Voy a enseñarte de verdad —respondo, quitándome la chaqueta y arremangándome la camisa—. Miller es demasiado blando contigo. Tus enemigos no te pedirán permiso antes de romperte el cuello.
Me coloco frente a ella. La diferencia de tamaño es ridícula, pero ella no retrocede. Me lanza un golpe directo al rostro que bloqueo con facilidad, atrapando su muñeca. La atraigo hacia mí, obligándola a chocar contra mi pecho. Su piel está húmeda, caliente, y el contacto físico es como una descarga que nos deja a ambos sin aliento.
—Atácame otra vez —le reto, mi voz bajando a un susurro peligroso.
Ella forcejea, tratando de soltarse, pero solo logra que sus cuerpos se enreden más. Sus pechos suben y bajan contra mi torso, y puedo sentir el latido de su corazón galopando contra mis costillas. La tensión sensual en el tatami es asfixiante. En un movimiento rápido, Isabella usa su pierna para intentar hacerme la zancadilla, y terminamos cayendo ambos al suelo, con ella debajo de mí.
Me quedo suspendido sobre ella, apoyando mi peso en los antebrazos. Sus ojos azules están fijos en los míos, desafiantes, pero en su fondo veo la misma hambre que me consume a mí. El sudor brilla en su cuello, y la forma en que sus labios están entreabiertos es una invitación que mi autocontrol no puede procesar.
—Me odias, ¿verdad? —susurra ella, sus manos subiendo por mis brazos, apretando mis bíceps.
—Me odio a mí mismo por desearte —confieso, la verdad escapando de mis labios antes de que pueda detenerla.
Bajo la cabeza y la beso. Es un beso cargado de la frustración de los últimos días, una mezcla de violencia contenida y pasión pura. Ella responde con una urgencia desesperada, envolviendo sus piernas alrededor de mi cintura, pegándome a ella hasta que no queda ni un milímetro de espacio. El roce de su ropa deportiva contra mi piel es una tortura deliciosa.
Mis manos bajan por su costado, metiéndose bajo su top para sentir la suavidad de su espalda. Ella suelta un gemido que es música para mis oídos, arqueándose hacia mí, buscando más. En este gimnasio rodeado de espejos, la Bestia se rinde de nuevo ante la luz. La sensualidad del momento es cruda; el olor a sudor, esfuerzo y deseo llena el aire.
Pero el recuerdo de la sangre en el jardín, de la promesa a Marcus y de la vulnerabilidad que ella representa, vuelve a golpearme. Me separo de ella con un esfuerzo sobrehumano, poniéndome de pie y dándole la espalda.
—Vete a tu habitación, Isabella —digo, mi voz temblando por el esfuerzo de no volver a besarla—. El entrenamiento ha terminado.
Escucho cómo se levanta, cómo recupera el aliento. Siento su mirada clavada en mi espalda como un puñal.
—Puedes huir todo lo que quieras, Alexander —dice ella, con una voz extrañamente tranquila—. Pero el acero ya tiene grietas. Y yo no voy a dejar de golpear hasta que se rompa del todo.
Se marcha del gimnasio, y me quedo solo en medio del tatami, rodeado de mi propia oscuridad. Miro mis manos y veo que están temblando. Ella tiene razón. El acero se está rompiendo, y lo peor es que ya no estoy seguro de querer arreglarlo.
La Bestia está perdiendo la batalla más importante: la batalla contra su propio corazón. Y mientras observo mi reflejo en los espejos, me doy cuenta de que ya no reconozco al hombre que solía ser. Isabella no solo ha invadido mi casa; ha invadido mi alma, y me temo que ya no hay búnker lo suficientemente profundo para protegerme de ella.
las reglas que dicté esta mañana ya no valen nada.