Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.
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La mujer de mi padre
Capítulo 22
La mujer de mi padre
Cuando llegué a casa esa noche, había una maleta en el recibidor, era de cuero claro, con etiquetas de aeropuerto todavía pegadas al asa. No necesitaba leerlas para saber de quién era.
Mariana había vuelto.
La encontré en la sala, sentada junto a mi padre, con una copa de vino en la mano y el cabello oscuro recogido con la misma perfección de siempre. Tenía cuarenta y tantos años y parecía no haber cumplido ninguno.
—Victoria, cariño.
Se levantó y me abrazó.
Su perfume me golpeó como una bofetada.
En mi primera vida, después de mi boda, ella había sido la única de la familia que me visitaba con frecuencia. Siempre llegaba con una caja de té.
"Para tus nervios", decía.
Y yo que dormía cada vez peor y lloraba sin razón, se lo agradecía.
Me aparté con suavidad.
—Bienvenida.
—Estás más delgada. —Me tomó el rostro entre las manos—. ¿Estás comiendo bien?
—Perfectamente.
—Tres meses fuera y mira cómo te encuentro.
Mi padre no levantó la mirada del periódico. Desde nuestra discusión por la carta apenas nos hablábamos, y Mariana lo notó. Sus ojos fueron de él a mí con rapidez.
—Bueno —dijo, recuperando la sonrisa—. Tengo noticias, el sábado se cumple un año de la muerte de Elena.
Lo sabía. Lo había contado cada día.
—Haremos una misa en el cementerio y una recepción aquí —continuó—. Ya invité a todos.
—¿A todos?
—A la familia. Incluso a Augusto.
El tenedor que mi padre tenía en la mano cayó sobre el plato.
Fue un sonido pequeño, pero en aquella sala silenciosa sonó como un disparo.
—¿Quién es Augusto? —pregunté.
—El primo de tu abuela —respondió Mariana—. Vino a su entierro. ¿No lo recuerdas?
Busqué en mi memoria. Un hombre de traje gris, al fondo, con las manos apoyadas en un bastón.
Y después otro recuerdo, de mi primera vida.
Mi boda. La última fila. El mismo hombre, aplaudiendo despacio.
—Vagamente —dije.
Mi padre dobló el periódico.
—No era necesario invitarlo.
—Es familia, Roberto.
—Es familia de Elena.
—Que también es familia de Victoria.
Mi padre no respondió. Se levantó y salió de la sala sin mirarnos.
Mariana suspiró como si se tratara de un niño caprichoso.
—Tu padre está cansado. Mucho trabajo.
—Seguro.
Lucía bajó las escaleras en ese momento.
Llevaba un vestido rojo y una sonrisa preparada para la ocasión.
—Mamá, qué bien que llegaste.
Se abrazaron. Las observé mientras se murmuraban algo al oído. Eran idénticas en la forma de inclinar la cabeza, en la manera de sonreír sin mostrar los dientes.
—¿Cenamos? —preguntó Lucía.
—Todavía no —respondí—. Estamos esperando a alguien.
Las dos me miraron.
El timbre sonó justo a tiempo.
Abrí la puerta y Adrián estaba allí, con una camisa oscura y una botella de vino que seguramente no tenía ninguna intención de beber.
—¿Estás segura? —susurró.
—Nunca he estado más segura.
Lo tomé de la mano y entramos juntos al comedor. Mi padre había vuelto a sentarse, cuando nos vio su rostro se transformó.
—Les presento a Adrián —dije—. Mi novio.
El silencio fue absoluto.
Mi padre fue el primero en romperlo.
—Te dije que te alejaras de él.
—Y yo te dije que no.
—Victoria...
—Puedes aceptarlo o puedes cenar solo. Tú decides.
Mariana nos observó con una curiosidad que no me gustó.
—El hijo de Julián Vargas —dijo—. Tu padre es un hombre muy útil, querido.
Adrián sostuvo su mirada.
—Eso dicen sus clientes.
Algo cruzó por los ojos de Mariana, pero desapareció enseguida.
Lucía fue la única que sonrió de verdad.
Levantó su copa.
—Por la feliz pareja.
Reconocí aquella sonrisa. Era la del incendio.
Brindé con ella sin apartar la mirada.
—Por las segundas oportunidades.
Su copa se detuvo a medio camino de sus labios.
La cena fue larga. Mi padre no dijo una sola palabra. Mariana habló de su viaje, de los museos y de un médico en Suiza que le había recetado un tratamiento para dormir. Lucía preguntó a Adrián por sus clases con una amabilidad tan falsa que casi resultaba cómica.
Debajo de la mesa, Adrián no soltó mi mano ni un segundo.
Cuando lo acompañé a la puerta, se detuvo en el umbral.
—Cierra tu puerta con llave esta noche.
—Siempre lo hago.
—Hazlo dos veces.
—¿Por qué?
Miró hacia el comedor, donde Mariana todavía reía.
—Porque esa mujer me ha mirado como se mira un problema.
Me besó en la frente y se fue.
Volví al comedor. Mi padre ya se había encerrado en su despacho y Lucía había subido. Solo quedaba Mariana, sentada a la mesa.
Sacó de su bolso un pastillero de plástico, con un pequeño compartimento para cada día de la semana. Lo abrió y lo agitó para acomodar las pastillas.
Ese sonido.
Pequeñas piezas golpeando el plástico.
Me quedé inmóvil.
De pronto ya no estaba en el comedor. Estaba en un baño blanco, con ocho años, mirando un frasco naranja sobre el lavamanos. Alguien lo agitaba del otro lado de la puerta.
Y después, el lago.
El agua fría. El vestido pesado.
Y una voz de niña, muy cerca de mi oído.
—Mi mamá dice que la tuya se va a morir hoy.