Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
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capitulo 10 : La verdad de Elena
«14 de noviembre de 1942.
Si estas páginas han llegado a tus manos, Elena, significa que la barrera entre las eras ha comenzado a ceder. Aquellos que juraron cazar nuestro linaje han despertado de su letargo. No debes temer a la luz violeta; es la marca de la primera guardiana, la que conecta tu alma con el origen de la promesa.
Los tres lunares en tu cuello no son una simple coincidencia de nacimiento. Son el sello de la trinidad: el pasado que fuiste, el presente que sostienes y el futuro que debes proteger. Las sombras no buscan tu vida; buscan la memoria que yace dormida en tu sangre. Apresúrate. Encuentra el reloj de arena en el viejo desván antes de que la tercera luna de invierno se complete.»
Alana dejó caer el libro sobre las cobijas, sintiendo un mareo repentino.
—Elena... —murmuró, tocándose suavemente la piel del cuello donde los tres lunares continuaban latiendo —. La viejita de la biblioteca me llamó Elena. El diario habla de Elena... pero yo soy Alana.
Se levantó de la cama y caminó hacia el espejo del peinador. Se apartó el cabello hacia un lado y examinó detenidamente la pequeña marca en la base de su cuello. Los tres pequeños puntos rojos formaban un triángulo equilátero perfecto. Desde que tenía memoria, siempre los había considerado una simple marca de nacimiento curiosa, algo de lo que sus compañeros de clase se burlaban en primaria.
De pronto, un cosquilleo recorrió su nuca. En el reflejo del espejo, justo detrás de su hombro, la penumbra de la esquina del cuarto pareció ondular.
Alana se giró bruscamente, pero solo vio la pared de papel tapiz descolorido y su estantería de libros. Sin embargo, al mirar de nuevo hacia la mesa de noche, notó que la primera página del diario había cambiado de posición por sí sola, revelando un pequeño dibujo a tinta en el margen inferior: la figura de una joven sentada frente a un escritorio, exactamente en la misma postura en la que ella había estado minutos atrás.
El misterio no solo la había alcanzado en la biblioteca; había cruzado el umbral de su propio hogar. Alana apretó los puños, sintiendo cómo el miedo inicial comenzaba a transformarse en una determinación obstinada. Mañana tendría que buscar respuestas, empezando por el viejo desván de la casa familiar.
Alana levantó la vista del papel y miró hacia el pasillo oscuro de su apartamento. El desván del que hablaba el diario no estaba en un lugar lejano; era el desván de la casa antigua de su familia, la misma estructura de dos pisos donde creció y donde su madre guardaba los bártulos viejos que nadie se atrevía a tocar desde hacía décadas.
—¿El desván de casa? —susurró, sintiendo un nudo en la garganta—. Pero si ahí solo hay cajas viejas, polvo y recuerdos de cuando éramos niños...
Un golpe seco, proveniente de la ventana de su habitación, la hizo dar un brinco.
Las primeras luces del alba se filtraban con pereza entre las rendijas de las contraventanas, tiñendo la habitación de un tono grisáceo y polvoriento. Alana no había podido dormir en toda la noche; cada crujido de la madera vieja de la casa le parecía el preludio de algo peor. El frío de la ventana aún permanecía en la punta de sus dedos, recordándole que no había sido un sueño.
Se levantó con sigilo, tratando de no hacer el menor ruido para no despertar a su mamá, quien dormía en la habitación del fondo. Sabía que si cruzaba la puerta principal a esas horas sin dar explicaciones, recibiría un regaño monumental, pero la urgencia que latía en su cuello —ese calor punzante justo bajo la mandíbula— le decía que el tiempo se agotaba.
La casa familiar está abandonada desde hace mucho y no se sabe en qué estado puede estar. Pero mientras caminaba pensaba solo es un rato y en qué estado va estar sí solo tiene 10 añitos sin habitar.
Eso es entrar, buscar el baúl de cerezo y salir —se prometió en un susurro, mientras se ponía una chaqueta gruesa sobre el pijama.
El acceso al desván estaba en el pasillo principal, una trampilla de madera oscura en el techo . Con el corazón martillándole en las costillas, arrastró la vieja silla de mimbre hasta debajo del techo y estiró los brazos. Sus dedos rozaron el tirador de metal oxidado. Tiró con fuerza.
Un chirrido metálico, agudo y escandaloso, rasgó el silencio de la casa. Alana cerró los ojos un instante, conteniendo el aliento, pero todo siguió en silencio ni bicho ni viejita de 20 ni nada.
Desplegó la escalera de tijera y subió con sumo cuidado, peldaño a peldaño, hasta asomar la cabeza en la penumbra del desván. El olor a humedad, a libros ajados y a cera de abejas la golpeó . Apenas encendió la linterna del teléfono, el haz de luz cortó las motas de polvo que flotaban en el aire como pequeñas estrellas cautivas.
Allí estaba. Al fondo, medio sepultado bajo lonas grises y marcos de cuadros rotos, se alzaba el imponente baúl de madera de cerezo.
Alana avanzó entre cajas de cartón, sintiendo que el suelo crujía de manera extraña bajo sus zapatillas. Al llegar frente al baúl, notó que la cerradura no tenía llave; estaba sellada con una extraña cera negra que llevaba grabado el mismo símbolo del diario.