Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 22
Capítulo 22
Estoy sobria
Esta vez, no había tequila para culpar.
Tampoco vino.
Lo comprobé dos veces antes de bajar a desayunar: agua, café, leche de fresa. Cero alcohol. Cero excusas. Cero valentía prestada.
Sebastián ya estaba en la cocina cuando llegué. Traje oscuro, corbata todavía suelta, una taza de café en la mano. La camisa blanca no era la del asalto. Gracias a Dios. Yo no habría sobrevivido a verla en persona.
Levantó la vista.
—Buenos días.
—Buenos días.
Silencio.
No incómodo.
Peor.
Con memoria.
Don Tomás apareció con una bandeja, nos miró una vez y decidió, con la sabiduría de un hombre que quería conservar la paz de la casa, retirarse de inmediato.
—El desayuno queda servido —dijo—. Si necesitan algo, estaré muy lejos.
Sebastián tosió.
Yo me senté antes de que las piernas traicionaran mi dignidad.
Comimos con una normalidad falsa. Pan tostado. Fruta. Café. Mi rodilla rozó la suya debajo de la mesa una vez y los dos actuamos como si la Bolsa Mexicana acabara de anunciar una emergencia.
—Hoy tengo una reunión corta en Polanco —dijo él.
—Yo iba a ir a comprar material.
—¿Para pintar?
—Sí. Papeles grandes, pigmentos, pinceles que no estén resentidos conmigo.
—Te acompaño.
Lo miré.
—Tienes reunión.
—Corta.
—Sebastián.
—Valentina.
Ahí estaba otra vez. El juego de nombres, la puerta abierta.
—No tienes que acompañarme a comprar pinceles.
—Quiero.
No dijo "para cuidarte". No dijo "para pagar". Dijo quiero, y yo todavía estaba aprendiendo a no desconfiar de esa palabra.
Fuimos a una tienda de arte en la Roma Norte, una de esas donde los tubos de óleo parecen dulces caros y el papel se vende con una solemnidad religiosa. Sebastián caminaba a mi lado con una canasta metálica en la mano, serio, atento, absurdamente fuera de lugar entre estudiantes con overoles manchados y señoras comparando acuarelas.
—No necesitas llevar la canasta —dije.
—La canasta y yo tenemos un acuerdo.
—¿Cuál?
—Yo la llevo. Ella no te lastima la muñeca.
Miré mi muñeca.
—Es una canasta, no una deuda bancaria.
—Aun así.
Me rendí.
Elegí papel de algodón, pigmentos naranja, verde, azul ultramar. Sebastián no opinó hasta que me vio devolver un estuche de pinceles al estante.
—¿Por qué ese no?
—Es caro.
—¿Es bueno?
—Sí.
—Entonces llévalo.
—No.
—¿Por qué?
Levanté la vista.
—Porque estoy acostumbrada a no comprar lo que quiero si puedo arreglarme con algo suficiente.
La frase salió más honesta de lo planeado.
Sebastián dejó la canasta en el piso.
No hizo drama. No dijo que podía pagarlo. No sacó la tarjeta como si el dinero resolviera la raíz.
Tomó el estuche y me lo puso en las manos.
—Entonces no lo compres porque puedes. Cómpralo porque lo quieres y porque vas a usarlo.
El peso del estuche era ridículo para lo que me movió por dentro.
—¿Y si no pinto nada bueno?
—Los pinceles no se ofenden.
—Yo sí.
—Entonces pinta algo malo primero.
Me reí.
—Qué consejo tan terrible.
—Funciona en negocios. El primer plan casi siempre es malo.
—Eso explica muchas juntas.
Compré el estuche.
Yo lo pagué.
Sebastián no discutió.
Eso también fue un regalo.
En la fila de la caja, una estudiante frente a nosotros llevaba tres tubos de pintura y contaba monedas con cara de tragedia. Valentina de diecinueve años habría sido ella. Valentina de veintiséis, por alguna razón, seguía sintiéndose ella.
Sebastián siguió mi mirada.
—¿Te falta algo?
—No.
—No pregunté si era necesario.
Me mordí el interior de la mejilla.
—Quiero una libreta de papel negro.
—Vamos por ella.
—No sé para qué.
—Ya lo sabrás.
Volvimos al pasillo. Elegí una libreta pequeña, de hojas gruesas, perfecta para gouache claro y lápiz blanco. Al tocarla, pensé en @X, en sus dibujos de sombras y líneas rojas. La idea me dio una punzada extraña.
—¿Qué pintarías ahí? —preguntó Sebastián.
—No sé. Tal vez cosas que todavía no quiero decir en voz alta.
Él no pidió verlas cuando existieran.
Solo dijo:
—Entonces es buena compra.
Compré también la libreta.
Al salir de la tienda, pasamos por una cafetería diminuta. Sebastián pidió café sin azúcar para los dos y una concha blanca para compartir, porque la lista de almas gemelas seguía persiguiéndonos. Nos sentamos en una mesa exterior.
—Diego odiaba estas vueltas —dije sin pensarlo.
Sebastián no se tensó.
—¿Comprar material?
—Esperar mientras yo elegía. Decía que todos los pinceles se veían iguales.
—Grave error.
—¿Tú distingues pinceles?
—No.
—Entonces.
—Pero distingo tu cara cuando uno te importa.
El café se me quedó a medio camino.
No era una frase grande. No era "te amo". Por eso entró más fácil.
Después pasamos por una tienda de ropa porque él necesitaba recoger una camisa y yo cometí el error de tocar una mascada color vino. Sebastián la notó de inmediato.
—Te gusta.
—Solo la vi.
—Te gusta.
—Eres insoportable.
—La mascada también tiene buen gusto.
La compré antes de que él lo hiciera.
Al salir, el cielo estaba nublado. Caminamos hacia el estacionamiento con bolsas de papel, olor a café de una panadería cercana y la sensación rara de haber pasado una mañana haciendo cosas normales.
Normales para una pareja.
La palabra pareja me dio un golpe suave.
Sebastián abrió la puerta del coche, pero no subí.
—Dijiste mañana —solté.
Él se quedó quieto.
—¿Perdón?
—Ayer. Dijiste que mañana te besara sobria y hablábamos.
La calle siguió moviéndose alrededor: coches, una bici, un vendedor de flores en la esquina. Yo sentía cada latido en la garganta.
—Estoy sobria —dije.
Sebastián dejó las bolsas en el asiento trasero.
—Lo sé.
—Y quiero besarte.
Su mirada bajó a mi boca.
Volvió a mis ojos.
—¿Aquí?
—Si preguntas otra vez, voy a perder la valentía.
No preguntó.
Se acercó.
El beso fue distinto al de la noche anterior. Más lento. Más claro. Sin vino, sin velas, sin plan. Solo mi espalda contra la puerta del coche, su mano junto a mi cara sin atraparme, y la certeza de que podía apartarme en cualquier segundo.
No quise.
Una señora pasó por la banqueta y fingió no vernos con una discreción amable. Un claxon sonó en la avenida. La vida siguió, grosera y normal, mientras yo descubría que un beso podía no pedir disculpas.
Cuando Sebastián se apartó, no dio un paso atrás de inmediato.
Esperó.
Como si mi silencio también tuviera derecho a terminar la frase.
—Sigo sobria —susurré.
—Lo sé.
—Y sigo queriendo.
La mano que tenía junto a mi cara se cerró un segundo sobre el borde de la puerta.
—Vale.
Mi apodo en su voz casi fue otro beso, lento, peligroso y completamente mío otra vez, ahí mismo.
Cuando terminó, Sebastián apoyó su frente contra la mía.
—Hablamos —murmuró.
—Eso fue hablar.
—No exactamente.
—Para mí fue muy elocuente.
Su risa me tocó la boca.
Subimos al coche con las bolsas entre los asientos y una mascada color vino sobre mis rodillas.
A mitad del camino, Sebastián recibió un mensaje, lo leyó y frunció el ceño.
—¿Todo bien?
—La camisa que recogí viene con corbata para una cena de MBT esta noche.
—¿Y?
Me miró de reojo.
—No sé hacer un nudo Eldredge.
Sonreí, todavía con el beso en los labios.
—Yo sí.