Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
NovelToon tiene autorización de Juna C para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 22
Elara estaba sentada en su oficina, con el ceño fruncido mientras leía la carta que su madre le había enviado. La letra elegante de Clarissa se deslizaba por el papel con la naturalidad de quien está acostumbrada a escribir órdenes disfrazadas de sugerencias.
Querida hija, te escribo para recordarte que en dos semanass es el baile anual en la mansión del conde. Tu presencia es obligatoria para la familia. Además, recibí una propuesta formal: su hijo ha mostrado interés en conocerte y es una excelente oportunidad para tu futuro. Como noble, tienes obligaciones. Te esperamos
Elara soltó un suspiro largo y dejó la carta sobre el escritorio, como si el papel quemara sus dedos.
—¿De verdad? —murmuró para sí misma—. ¿Un baile? ¿Propuesta de matrimonio?
Apoyó la cabeza entre las manos y cerró los ojos. Sabía que era una noble y que tenía obligaciones, pero aquello era demasiado. Apenas había comenzado a construir algo en el hospital, apenas empezaba a sentirse útil, y ya el mundo de la nobleza la reclamaba con sus reglas y sus compromisos.
Suspiró y guardó la carta en un cajón, decidida a no pensar en ello por el momento. Tenía trabajo que hacer. Pacientes que atender. Informes que revisar.
El resto de la mañana transcurrió entre consultas y papeleo. Elara se sumergió en el trabajo con la esperanza de ahogar sus pensamientos, pero la carta seguía ahí, en el fondo de su mente, como una sombra que no se iba.
—
Fue ya entrada la tarde cuando un golpe suave en la puerta la sacó de su concentración.
—Adelante.
La puerta se abrió y Emilian apareció en el umbral. Llevaba la bata blanca ligeramente arrugada y el cabello negro tan despeinado como siempre, pero sus ojos se suavizaron al verla.
—¿Ya almorzaste? —preguntó, con un tono que intentaba sonar casual pero que no lograba ocultar del todo su interés.
Elara levantó la vista de los papeles y parpadeó.
—¿Almorzar?
—Sí, almorzar. Esa comida que se hace al mediodía. ¿La recuerdas?
Ella soltó una risa débil.
—No, no he almorzado.
Emilian la observó un momento, notando el cansancio en sus ojos.
—Entonces ven. Te invito.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. —Él se apoyó contra el marco de la puerta—. Llevas horas encerrada aquí. Necesitas comer algo.
Elara dudó un segundo, pero el cansancio y el hambre comenzaban a hacer mella en ella.
—Está bien. Dame un momento.
Se levantó, arregló algunos papeles y salió con él.
Caminaron por las calles cercanas al hospital hasta llegar a un pequeño restaurante que Emilian conocía. Era un lugar sencillo, con mesas de madera y un ambiente tranquilo, alejado del bullicio de la ciudad.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana, y el dueño los saludó con familiaridad, como si Emilian fuera un cliente habitual. Pidieron la comida y, mientras esperaban, el silencio se instaló entre ellos.
Emilian notó que Elara estaba más callada de lo habitual. No era su silencio cómodo de otros días; era un silencio cargado, como si llevara un peso que no sabía cómo compartir.
—Hace rato que te noto distraída —dijo él, con cuidado—. ¿Te pasa algo?
Elara levantó la vista, como si acabara de caer en cuenta de que él estaba ahí.
—No —respondió rápidamente—. No es nada.
—¿Segura?
—Sí. Solo estaba pensando en un caso que tuve temprano.
Emilian la miró un momento más. Sabía que estaba mintiendo, pero no quiso presionarla.
—Si necesitas hablar, estoy aquí.
Ella asintió, pero no dijo nada más.
La comida llegó y comieron en un silencio que, aunque no era incómodo, sí era diferente. Emilian intentó sacar conversación de vez en cuando, pero Elara respondía con monosílabos, y él decidió darle espacio.
Cuando terminaron, salieron del restaurante y caminaron despacio de vuelta al hospital. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados.
Fue entonces cuando vieron a Kael.
Estaba de pie frente a la entrada del hospital, con un ramo de flores en la mano y una expresión que mezclaba nerviosismo y determinación. Cuando los vio acercarse, su rostro se iluminó y caminó hacia ellos.
—Elara —dijo, haciendo una reverencia—. Qué alegría verte.
Emilian tensó la mandíbula.
Kael ignoró su presencia y se dirigió directamente a Elara, ofreciéndole las flores con ambas manos.
—Pensé en venir a invitarte a almorzar —dijo, con una sonrisa que intentaba ser encantadora pero que solo lograba incomodar.
Elara miró las flores y luego a Kael, sintiendo cómo la incomodidad se apoderaba de ella.
—Ah, bueno, ya almorcé —respondió, con un tono que esperaba ser suficiente—. Pero gracias, Kael.
Kael no se rindió. Abrió la boca para insistir, pero Emilian se adelantó.
—Si no le molesta —dijo, tomando la mano de Elara con firmeza—, tenemos que seguir trabajando.
Elara sintió el calor de la mano de Emilian contra la suya y, por un momento, el mundo pareció detenerse.
Pero Kael no se dio por vencido.
—Espera, Elara —dijo, tomando su otra mano con rapidez—. Me gustaría hablar contigo. A solas.
Emilian se detuvo en seco. Sus ojos oscuros se posaron en Kael con una frialdad que cortaba el aire.
—No creo que sea necesario —dijo, con voz tensa.
Elara los miró a ambos, sintiendo cómo la tensión se extendía entre ellos como una cuerda a punto de romperse. El silencio se hizo pesado, incómodo.
—Emilian, adelántate —dijo ella, soltando su mano con suavidad—. Hablaré rápido con él y te alcanzo.
Emilian la miró un momento, sus ojos buscando algo en los de ella. Luego, con un suspiro que era más una rendición que una confirmación, asintió.
—Está bien —dijo, con voz baja—. No tardes.
Y se fue, caminando hacia el hospital sin mirar atrás.
Elara esperó hasta que desapareció por la entrada y luego se volvió hacia Kael. Su expresión era seria, pero no cruel.
—Kael —dijo, con voz calmada—. ¿Qué quieres?
Él tragó saliva, visiblemente nervioso. Apoyó las flores contra su pecho, como si buscara algo a qué aferrarse.
—Bueno, te había planeado decir esto en el almuerzo de hoy, pero... me gustaría decírtelo antes de que me gane la cobardía.
—Dime.
Kael respiró hondo.
—La verdad es que no hago todo esto solo por agradecimiento. —Su voz se volvió más suave, más vulnerable—. He quedado cautivado por tu inteligencia y tu belleza desde el primer momento en que te vi. No puedo dejar de pensar en ti, Elara. Y me gustaría que me dieras una oportunidad.
Elara apretó los labios. Había sabido que esto llegaría, pero no por eso era más fácil.
—Kael —dijo, despacio—. De verdad me halaga. Y te agradezco. Pero no quiero hacerte tener falsas ilusiones.
Él la miró con esperanza.
—No siento lo mismo —continuó ella, con firmeza—. Estoy enfocada en mi trabajo, en mi vida en el hospital. No busco una relación. Así que, por favor, no vuelvas a buscarme al hospital a menos que sea por un tema profesional.
El silencio se hizo pesado.
Kael no dijo nada. Solo asintió lentamente, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Sus manos, que sostenían las flores, temblaban ligeramente.
—Entiendo —dijo, con voz baja—. Lo siento si te incomodé.
—No tienes que disculparte —respondió Elara, con un tono más suave—. Solo quería ser honesta contigo.
Kael asintió de nuevo, y luego se giró para irse. Pero antes de dar el primer paso, se detuvo.
—Elara —dijo, sin volverse—. Si alguna vez cambias de opinión... sabes dónde encontrarme.
Y se fue, caminando hacia el carruaje que lo esperaba, con las flores aún en la mano.
Elara se quedó unos segundos mirándolo, sintiendo una mezcla de alivio y tristeza. Luego, se giró y entró al hospital.
...⁜...
...⁜...
...⁜...
...⁜...
que alguien me explique 🤔🤔🤔