Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 22
Capítulo 22: Solo para mi novia
Rubén apareció en el hospital de Guadalajara al cuarto día, cuando Renata ya podía sentarse en la cama.
—Vine a firmar lo del seguro, mija. —Se quedó de pie, incómodo, dándole vueltas al sombrero entre las manos—. Y a ver cómo seguías.
—Estoy viva. —Renata lo miró sin rencor y sin calor, solo cansancio—. Como ves.
Hubo un silencio. Y entonces Rubén soltó la novedad como quien suelta una piedra que le pesa:
—Me divorcié de Imelda.
Renata levantó la cabeza.
—Ella lo pidió. —Rubén bajó la vista—. De un día para otro. Y ¿sabes qué hizo? A la semana se fue a registrar con ese tal Saúl. El muy… —apretó la mandíbula—. Resulta que llevaban años. Tenías razón, mija. En todo. Yo… perdón. Debí escucharte.
Por un segundo, Renata sintió algo parecido a la esperanza. Tal vez ahora. Tal vez, libre de Imelda, su padre por fin la vería.
—Lo bueno es que Daniela se quedó conmigo —siguió Rubén, y la esperanza se apagó de golpe—. Esa mujer ni se la quiso llevar, fíjate. Así que ahora soy yo solo con la niña. Está delicada del corazón otra vez, ¿sabes? Tengo que correr, la dejé con la vecina. —Ya estaba recogiendo el sombrero—. Una cosa, mija. Aléjate de Montenegro. Ese hombre tiene mucho poder y mucho enemigo. Si te metes con él, lo que le pase a él te salpica a ti, y de rebote a Daniela. Piénsalo.
Y se fue. A cuidar a Daniela. Como siempre, corriendo hacia la otra hija, dejándola a ella sentada en una cama de hospital, sola, con la herida de la operación y la otra herida, la vieja, la que ningún cirujano sabía coser.
Renata se quedó mirando el techo. Treinta y un años, y seguía esperando que su padre, una sola vez, entrara a un cuarto y preguntara primero por ella. Que el "¿cómo sigues, mija?" no fuera un trámite antes del verdadero motivo de la visita. Había aprendido a operar corazones ajenos con pulso de acero, pero el suyo seguía dando el mismo brinco tonto de niña cada vez que él la llamaba "mija", y la misma caída cada vez que recordaba que ese cariño nunca venía solo, siempre traía una factura. Imelda fuera. Y aun así, ni con la rival eliminada, había lugar para ella en el primer renglón de su padre. Tal vez nunca lo habría. Tal vez ese era el duelo que le faltaba hacer.
Se limpió los ojos con el dorso de la mano antes de que cayera nada. No le iba a regalar lágrimas a esa herida. Ya le había dado demasiados años.
—
Max la encontró así, con la vista clavada en la puerta por la que su padre acababa de salir.
—Te traje pozole. —Dejó el recipiente en la mesita y la miró—. ¿Otra vez tu papá?
—Se divorció de Imelda. —Renata forzó una sonrisa que no le salió—. Y vino a decirme que me aleje de ti. Y a contarme que Daniela está delicada. En ese orden de importancia.
Max no dijo nada cursi. No le dijo que su papá no la merecía, ni que lo sentía. Solo acercó la silla, destapó el pozole, le puso una cuchara en la mano y dijo:
—Come. La gente que de verdad te quiere no te pide que te alejes de quien te cuida. Te lo digo por experiencia.
Y se quedó ahí, viéndola comer, hasta que el nudo de la garganta de ella se aflojó lo suficiente para tragar.
—¿Sabes qué es lo peor? —murmuró Renata, entre cucharada y cucharada—. Que sigo deseando que me quiera. A estas alturas. Después de todo. Qué tonta, ¿no?
—No. —Max le quitó un mechón de la cara con un dedo—. Tonto sería él, por no ver lo que tiene enfrente. Tú no eres la tonta de esta historia, Rena. Llevas seis años cargando a todo el mundo. Por una vez, deja que alguien te cargue a ti.
Renata lo miró. Era justo lo que la abuela le había dicho aquella noche, casi con las mismas palabras. Bajó la cuchara, porque de repente le costaba tragar por otra razón.
—No empieces.
—Ya. Ya paré. —Pero la sonrisa pequeña no se le borró.
—
La trasladaron de regreso a la Ciudad de México, al Hospital Santa Elena, para terminar la recuperación cerca de casa y del caso de don Genaro. El viaje en ambulancia aérea lo pagó Max sin consultarla, igual que el cuarto privado, igual que todo. Renata ya había dejado de pelear cada gesto; aprender a recibir, descubría, era más difícil que aprender a dar.
Max, que seguía cojeando y con las costillas vendadas de la golpiza de la bodega, se instaló prácticamente en su cuarto. Esa noche insistió en cambiarle él mismo el vendaje de la herida de la apendicitis.
—Puedo sola. Soy médica.
—Y yo soy terco. Quédate quieta.
Le cambió la gasa con un cuidado torpe pero infinito, y después fue a darse una ducha al baño de la habitación. Cuando salió, lo hizo a propósito: el torso desnudo, todavía con las marcas de los golpes, los abdominales marcados, una toalla colgándole peligrosamente baja en las caderas, secándose el pelo con una displicencia demasiado estudiada.
Renata apartó la vista, roja hasta las orejas.
—¿Te falta ropa o qué?
—¿Te molesta? —Max sonrió de lado, esa sonrisa que ella le conocía desde los diecinueve—. No te hagas. Te quedaste viendo.
—No me quedé viendo nada.
—Tranquila, doctora. —Se acercó a la cama, se inclinó sobre ella, y le susurró, con un descaro que le encendió la cara entera—: Esto es solo para mi novia. Disfrútalo mientras seas la única con permiso.
—Yo no soy tu novia.
—Todavía. —Se inclinó un poco más, la toalla cediendo otro centímetro peligroso—. Pero te voy a desgastar, doctora. Tengo paciencia. Esperé seis años; unos meses más no me asustan.
—Tápate, por Dios. —Renata le aventó una almohada a la cara—. Eres un descarado.
—Y tú te estás riendo. —Atrapó la almohada al vuelo, triunfal—. Punto para mí.
Le dejó un beso en la frente y se enderezó, divertido con su sonrojo.
—Duérmete —agregó—. Mañana viene tu médico de cabecera a revisarte. Ah, no, espera. Esa eres tú. —Se rio de su propio chiste malo—. Bueno. Tu paciente favorito, entonces.
Renata se tapó hasta la nariz con la sábana para esconder la sonrisa, y por un rato, un rato corto, se olvidó de Rubén, de Daniela, de la herida vieja. Solo existía ese hombre golpeado y descarado que insistía en cuidarla y en llamarse a sí mismo su novio.
—
Lo que ninguno sabía era que, a pocos pasillos de ahí, en el directorio del personal del Hospital Santa Elena, acababa de aparecer un nombre nuevo entre los médicos adscritos.
Un nombre que Renata no veía desde sus años de estudiante en el extranjero.
Un hombre que había cruzado medio mundo en cuanto se enteró de que cierta doctora podía, por fin, volver a estar libre.
Un hombre paciente, metódico, que nunca hacía nada sin un plan detrás de la sonrisa.
Y que al día siguiente, con una sonrisa amable y un regalo en la mano, iba a tocar a su puerta, justo cuando empezaba a creer que por fin algo en su vida se estaba acomodando.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭