Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.
Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión
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capitulo 22
El gimnasio de la mansión Valerius era un espacio de estética industrial, dominado por el acero, el caucho y una iluminación cenital fría que eliminaba cualquier rastro de calidez. Eran las cinco de la mañana. El aire olía a ozono y a un esfuerzo solitario que aún no se había disipado.
Alan entró con paso silencioso, vestido con ropa deportiva negra que acentuaba su envergadura. Se detuvo en el umbral al escuchar el sonido rítmico y seco de los golpes contra un saco de boxeo. Allí, en el centro de la sala, Madelyn se movía con una intensidad que rozaba la desesperación. Llevaba un top corto y mallas que dejaban ver la musculatura tensa de su espalda y los hombros cubiertos por una fina capa de sudor que brillaba como el cristal.
No usaba guantes; sus manos estaban envueltas en vendas blancas que ya empezaban a mancharse de un rosa tenue por el roce de sus nudillos. Cada golpe era una descarga de la furia que el sobre negro de la noche anterior había reavivado en su interior.
—Estás golpeando con el hombro demasiado adelantado —dijo Alan, su voz resonando en las paredes desnudas—. Vas a fracturarte la muñeca antes de llegar al tercer nombre de la lista.
Madelyn se detuvo en seco, el saco balanceándose pesadamente frente a ella. Se giró, apartándose un mechón de cabello húmedo de la frente. Sus ojos estaban encendidos, las pupilas dilatadas por la endorfina y el odio.
—No necesito lecciones de técnica, Alan —respondió ella, respirando con dificultad—. Necesito que este saco sea el rostro de los que me quitaron todo.
Alan caminó hacia el centro del tatami, despojándose de su sudadera y quedando en una camiseta técnica que dejaba poco a la imaginación sobre su condición física. Se colocó frente a ella, a una distancia que invadía su zona de seguridad.
—El odio es un combustible ineficiente si no sabes canalizarlo —dijo él, levantando las manos en guardia—. Demuéstramelo. No contra un objeto inanimado. Intenta golpearme a mí.
Madelyn arqueó una ceja, una chispa de desafío cruzando su rostro.
—No querrás que tu "esposa trofeo" te deje un ojo morado antes de la reunión con los accionistas.
—Inténtalo.
Sin previo aviso, Madelyn se lanzó. Su primer movimiento fue un jab rápido, seguido de una patada baja que Alan bloqueó con la espinilla. La velocidad de ella era asombrosa, una agilidad nacida de la necesidad de sobrevivir en entornos donde la fuerza bruta no era una opción. Alan, sin embargo, se movía con la economía de movimientos de un depredador experimentado; cada desvío era preciso, cada paso atrás era calculado.
El gimnasio se llenó con el sonido de los golpes bloqueados y las respiraciones entrecortadas. No era un entrenamiento amistoso. Era un duelo de voluntades. Para Madelyn, cada ataque era una forma de recuperar la autonomía que Alan le había arrebatado con su protección asfixiante. Para Alan, cada bloqueo era una forma de entender la mecánica interna de la mujer que amaba y temía a partes iguales.
—Demasiado emocional —provocó Alan mientras esquivaba un gancho derecho—. Estás dejando el flanco izquierdo abierto.
Madelyn gruñó de frustración. Se agachó, barriendo la pierna de Alan en un intento de derribarlo, pero él saltó con una agilidad sorprendente y, aprovechando el impulso de ella, la rodeó por la cintura, proyectándola contra el tatami.
Cayeron juntos. El impacto fue amortiguado por la superficie acolchada, pero el aire escapó de los pulmones de Madelyn. Antes de que ella pudiera reaccionar, Alan se posicionó sobre ella, inmovilizando sus muñecas contra el suelo.
La lucha cesó de golpe. El silencio que siguió fue más ruidoso que los golpes previos.
Estaban tan cerca que Madelyn podía sentir el calor irradiando del pecho de Alan, el olor a jabón neutro y el sudor limpio que los envolvía a ambos. La respiración de él, pesada y rítmica, golpeaba directamente su cuello. Madelyn intentó forcejear, pero el agarre de Alan era como grilletes de acero, no por crueldad, sino por una necesidad de contener la tormenta bajo él.
—Suéltame —susurró ella, aunque su voz carecía de la convicción habitual.
Alan no respondió de inmediato. La observó con una intensidad que la hizo sentir más vulnerable que cuando le apuntaba con un arma. Vio el brillo de sudor en su cuello, el pulso acelerado en su yugular y la forma en que sus labios se entreabrían en busca de aire. El odio que solía alimentar sus interacciones se estaba transformando en algo mucho más peligroso: una atracción física insoportable que ambos habían intentado ignorar en la cama compartida.
—Eres letal, Madelyn —dijo Alan, su voz bajando a un registro ronco que vibró en el pecho de ella—. Pero tu mayor debilidad es que crees que tienes que luchar contra todo el mundo, incluso contra los que están en tu bando.
Él aflojó ligeramente la presión en sus muñecas, pero no se quitó de encima. Sus dedos se deslizaron hacia abajo, entrelazándose con los dedos vendados de ella. El contraste de la piel suave de Alan contra la aspereza de las vendas blancas era una metáfora de su relación: el cristal y la sangre.
Madelyn dejó de luchar. Su cuerpo se relajó bajo el peso de él, no por rendición, sino por un reconocimiento eléctrico. Miró los ojos azules de Alan y, por primera vez, no vio al estratega frío, sino al hombre que la deseaba con una intensidad que rozaba la desesperación. La cercanía era agobiante; podía sentir cada músculo de las piernas de Alan presionando contra las suyas.
La tensión sexual era un hilo tenso a punto de romperse. El gimnasio, con su luz clínica y su aire frío, desapareció. Solo existía el contacto de sus cuerpos, el roce de sus pieles húmedas y la promesa silenciosa de un incendio que ninguno de los dos sabía cómo apagar.
Alan bajó la cabeza, su frente rozando la de ella. Madelyn cerró los ojos, esperando un beso que sabía que cambiaría las reglas del juego para siempre. Pero Alan se detuvo a escasos milímetros. Podía sentir el temblor en las manos de ella, un temblor que no era de cansancio.
—Si cruzo esta línea —susurró Alan contra sus labios—, no habrá vuelta atrás para ninguno de los dos. Dejaremos de ser socios. Dejaremos de ser enemigos. Seremos... algo mucho más destructivo.
Madelyn abrió los ojos. La vulnerabilidad que había mostrado en la cena de las máscaras volvió a asomar, mezclada con una lujuria oscura que la asustaba.
—Ya estamos destruidos, Alan —respondió ella—. Solo estamos decidiendo cómo queremos arder.
En un gesto de audacia, Madelyn liberó una de sus manos y rodeó la nuca de Alan, tirando de él hacia abajo. Pero en el último segundo, Alan se apartó. Se levantó con un movimiento brusco, dándole la espalda mientras intentaba recuperar el control sobre sus propios impulsos. Su pecho subía y bajaba con violencia.
—El entrenamiento ha terminado —dijo él, con una frialdad forzada que no engañaba a nadie—. Ve a ducharte. Tenemos que estar en la oficina en una hora.
Madelyn se quedó en el suelo, mirando al techo, con el corazón martilleando contra sus costillas. El rastro del calor de Alan seguía impreso en su piel, un fantasma de lo que pudo haber sido. Se sentó lentamente, limpiándose los restos de sudor con el dorso de la mano.
Alan salió del gimnasio sin mirar atrás, pero sus manos temblaban ligeramente mientras cerraba la puerta. El entrenamiento cruzado había revelado una verdad que ninguno de los dos estaba preparado para gestionar: sus cuerpos hablaban un idioma que sus mentes intentaban silenciar.
La proximidad física se había vuelto una tortura. Ya no era solo una guerra de poder o de nombres en un sobre; era una batalla contra el deseo que amenazaba con devorar la lógica de sus imperios. Madelyn se levantó, sintiendo el peso del anillo en su dedo y el recuerdo de Alan sobre ella. La cacería continuaba, pero ahora, el peligro más grande no estaba fuera de la mansión, sino en la atracción letal que latía entre ellos cada vez que se miraban a los ojos.