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Luz De Luna Y Sombras Del Abismo.

Luz De Luna Y Sombras Del Abismo.

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.

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Capítulo 21

Después de la batalla, Eloria comienza a sanar.

Los meses que siguieron a la caída de Boris y la fragmentación del Rey de las Sombras fueron una prueba de resistencia para todos en Eloria. El invierno, que solía ser una época de caza y aislamiento, se convirtió en un periodo de reconstrucción sin precedentes.

Emara Alarcón ya no vestía las galas de una jefa de clan, aunque técnicamente lo era. Prefería vestir túnicas sencillas de lino y lana, trabajando codo a codo con los constructores. Su poder mágico, aunque persistente, se había estabilizado. Ya no veía hilos de energía en todas partes, sino que sentía la conexión con la tierra de una manera más sutil y profunda.

Un amanecer de primavera, Emara salió de su cabaña —una nueva, construida en un lugar donde la luz del sol golpeaba primero— y vio a Kellan trabajando en el huerto comunitario. Era una imagen que aún le costaba procesar. El que una vez fue el Príncipe del Abismo ahora luchaba contra la maleza y las orugas. Se veía más delgado, sus manos estaban llenas de callos y solía quejarse del frío en las mañanas, pero nunca lo había visto tan feliz.

—¿Cómo van los tomates, humano? —bromeó ella, acercándose por la espalda y rodeando su cintura con los brazos.

Kellan soltó la azada y se giró, rodeándola con sus brazos ahora fuertes por el trabajo físico. La besó con una ternura que siempre hacía que el corazón de Emara diera un vuelco.

—Los tomates son tercos, pero creo que están empezando a entender quién manda aquí —respondió él con una risa profunda—. Arturo dice que si seguimos así, tendremos la mejor cosecha en cincuenta años. La tierra está... agradecida, Emara. Se siente bajo mis pies.

Eloria estaba sanando. Gracias a los conocimientos de Arilsa y los mestizos, habían purificado los pozos de agua amarga. Los bosques, antes infestados de sombras, ahora rebosaban de vida. Los ciervos habían vuelto, y los aullidos de los lobos en la noche ya no eran de terror, sino de comunicación entre los clanes.

Se había establecido el "Consejo de la Luna y la Niebla". Se reunían cada luna llena en el Altar de los Eones, que había sido reparado y ahora estaba rodeado de un jardín de flores silvestres. Allí, Bartolomé Alcalá, Erika Amador y los demás discutían no sobre fronteras, sino sobre intercambios de suministros y la educación de los jóvenes.

—Hoy es el día de la ceremonia, ¿verdad? —preguntó Kellan, su expresión volviéndose un poco más seria.

—Sí —asintió Emara—. Vamos a inaugurar el Monumento de la Reconciliación.

El monumento era una estructura sencilla: una columna de piedra blanca donde estaban grabados los nombres de todos los que habían caído. Sergio Alfaro estaba en lo más alto, seguido de Tibor Alarcón y muchos otros de todos los clanes, incluyendo a aquellos demonios que habían luchado junto a Kellan.

Caminaron juntos hacia el centro de la aldea. Al llegar, se encontraron con una multitud. No había divisiones por clanes; los colores de las vestimentas se mezclaban. Amanda, la madre de Sergio, estaba hablando con Arilsa. Ambas mujeres habían perdido mucho, y en esa pérdida común habían encontrado una amistad improbable pero inquebrantable.

Emara se colocó frente a la piedra. No hubo necesidad de pedir silencio; el respeto emanaba de la multitud de forma natural.

—Durante mucho tiempo, definimos quiénes éramos por aquello que odiábamos —comenzó Emara—. Nos definíamos por nuestras diferencias y por los muros que construíamos entre nosotros. Pero la oscuridad nos enseñó que, ante la verdadera destrucción, todos somos iguales.

Tocó la piedra fría del monumento.

—Este amanecer no es solo el fin de una guerra. Es el comienzo de una responsabilidad. Eloria ya no es un lugar de secretos. Somos los guardianes de esta paz, y cada día que trabajamos juntos, cada vez que un lobo ayuda a un mestizo, o un Amador comparte su caza con un Alcalá, estamos venciendo al Rey de las Sombras una vez más.

Tras la ceremonia, la aldea estalló en una celebración sencilla. Hubo música, interpretada por flautas de madera y tambores de cuero. Los niños corrían de un lado a otro, algunos transformándose en pequeños lobos juguetones, mientras otros usaban pequeños trucos de magia aprendidos de los mestizos para crear chispas de colores.

Emara se alejó un momento de la multitud y se dirigió a la linde del bosque. Allí, bajo un roble antiguo, vio a una figura que la esperaba. Era el espíritu de Sergio, o al menos un eco de su esencia que la magia de la tierra aún conservaba. No hablaba, solo sonreía. Se veía en paz, libre del peso del hacha y del deber.

—Gracias, amigo mío —susurró Emara. El eco de Sergio asintió y se desvaneció en un haz de luz matutina.

Kellan apareció a su lado, tomando su mano.

—¿Estás lista para lo que viene?

—¿Qué viene ahora? —preguntó ella, apoyando su cabeza en su hombro.

—La vida —respondió él—. Días normales, noches tranquilas, el paso del tiempo... todo lo que solía parecernos poco importante.

Emara y Kellan miran hacia el futuro juntos, listos para enfrentar lo que venga.

Caminaron hacia la colina que dominaba el valle. Desde allí, podían ver toda Eloria extendiéndose bajo el sol de primavera. Las aldeas estaban siendo reconstruidas con piedra y esperanza. Los caminos estaban abiertos. La grieta en el cielo había desaparecido por completo, dejando solo un azul infinito y claro.

Emara sabía que el futuro no sería perfecto. Habría disputas, habría sequías y, eventualmente, nuevas amenazas. Pero mientras miraba a Kellan, el hombre que había dejado de ser un dios para ser su compañero, sintió una seguridad que ninguna profecía podría darle.

—¿Sabes? —dijo Emara—. El susurro de la luna ya no me habla de miedos o de batallas.

—¿Y qué te dice ahora? —preguntó Kellan, dándole la vuelta para mirarla a los ojos.

—Me habla de nosotros. De lo que hemos construido. Y de que, pase lo que pase, nunca más tendremos que caminar en la oscuridad solos.

Se besaron mientras el sol terminaba de alzarse, bañando a los amantes y a su mundo sanado en una luz dorada. El amanecer había llegado, y con él, la promesa de una vida que, por fin, les pertenecía solo a ellos.

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