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LA NOCHE DE LAS BRUJAS

LA NOCHE DE LAS BRUJAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Dragones / Brujas / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Cattleya_Ari

En el imperio de Valtheria, la magia es un privilegio reservado a los hombres y una sentencia de muerte para las mujeres. Cathanna D’Allessandre, hija de una de las familias más poderosas del imperio, creció bajo el yugo de una sociedad que exige de ella sumisión, silencio y perfección absoluta. Pero su destino estaba sellado mucho antes de su primer llanto: la sangre de las brujas corre por sus venas, y su sola existencia es la llave destinada a abrir la puerta que traería de vuelta a un poder oscuro que siempre se había creído una simple leyenda.






Este libro contiene material explícito y potencialmente perturbador. Las escenas presentadas pueden resultar incómodas o desencadenar reacciones en ciertos lectores. Las acciones y perspectivas de los personajes son ficticias y no representan las opiniones del autor. La decisión de continuar la lectura se realiza bajo la completa responsabilidad del lector.

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CAPÍTULO 016

09 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra

Día de Lluvia, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Unas horas habían pasado, y Calen estaba con la vista fija en el techo. Su mente daba vueltas a lo que había pasado, sin lograr entender qué había provocado ese ataque tan extraño en ella. Su respiración se acompasó con la de su hermana, hasta que notó un leve movimiento a su lado. Giró la cabeza, y ahí estaban esos ojos grises, mirándolo como si acabara de despertar de una horrible pesadilla.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Calen, sentándose en la cama—. Estuviste inconsciente por algunas horas. ¿Estás bien, Catha?

—Me siento un poco… mareada. —Se tocó la frente, encontrándose con el paño seco, y arrugó el ceño—. ¿Qué fue lo que sucedió, Calen?

—¿No recuerdas nada? —La miró confundido.

Cathanna se removió, incómoda. Tragó saliva al sentir la garganta seca. Recordaba muy bien el sonido de la puerta de su habitación siendo abierta, la mirada de su abuelo, el tirón de su cabello, y luego, nada; su mente se había quedado en blanco. Alzó la mirada despacio, encontrándose con los ojos de Calen, que la observaban con una mezcla de preocupación y desconcierto. Negó con la cabeza, desviando la mirada hacia la puerta, consternada. No se sentía cómoda como para hablar de lo que había sucedido. Amaba mucho a Calen, y le tenía confianza, pero no quería decirle lo que su abuelo le había ocasionado.

—Llegaste a mi habitación histérica, dijiste que había alguien tocando la puerta —conversó Calen, algo rígido—. ¿No lo recuerdas?

—Yo… —Las palabras no querían salir. Se obligó a agitar la cabeza rápido—. Ciertamente… creo que tuve un mal día, hermano.

—De acuerdo. —Calen suspiró pesado—. Ya duerme.

—Ya debería volver a mi habitación. —Intentó ponerse de pie, pero Calen la sujetó del brazo, anclándola en la cama—. ¿Qué pasa?

—Quédate conmigo —susurró, con un tono suave—. El sol todavía no sale… así que duerme un poco más, ¿sí, hermana? Aquí. Conmigo.

Cathanna asintió y se recostó en la cama, mirando el techo. Sus ojos se humedecieron al instante; agradeció que nada brotara de ellos. Ninguno de los dos dijo nada durante los siguientes minutos, pero no era un silencio incómodo. Era de esos que decían más que las palabras.

Cathanna giró un poco y notó que su hermano también miraba al techo, con la mandíbula tensa y un brazo en la frente. Sonrió apenas, antes de volver la vista hacia arriba. Sentía una extraña opresión en el pecho, pero trató de pensar en otra cosa para no concentrarse en eso.

—¿Cuándo me hablarás sobre ella? —Cathanna rompió el silencio.

—¿Sobre quién? —Se apoyó en sus codos, levantando el dorso.

—Tu novia. —Lo observó, sonriendo—. ¿Cuándo lo harás?

Calen curvó una ceja y se dejó caer sobre la cama, cerrando los ojos con fuerza. No pudo evitar que el recuerdo de ella llegara a su mente: sus labios rojos, su nariz respingada, su cabello lacio de un rosado profundo, y esos ojos… esos dos colores tan imposiblemente hermosos. Se pasó ambas manos por el rostro, visiblemente irritado. No podía negar que esa mujer le encantaba demasiado, pero la odiaba, también.

—Es muy complejo —dijo al fin, mirándola con una leve sonrisa—. Ella… nos conocimos hace poco, un año, más o menos, el día del regreso a la academia. Cuando la vi… quedé completamente enamorado. No sé si eso del amor a primera vista existe, pero lo sentí. Aunque, si soy sincero, podría decir que fue un amor a primer choque.

—¿A primer choque? —curioseó, tratando de no reír.

—Al parecer no se dio cuenta de que estaba delante de ella y me empujó directo al lago que estaba cerca. Iba a enojarme, en serio, pero cuando nuestros ojos se cruzaron… dioses, todo eso quedó en olvido.

—¿Cuál es su nombre?

—Deletenaia —pronunció despacio, como si se tratara de un deleite imposible de olvidar—. Me parece el nombre más hermoso sobre la tierra. —Sonrió, pasándose otra vez las manos por el rostro. Le resultaba extraño hablar de sus sentimientos, pero en ese momento creyó que era lo correcto—. Aunque claro… tiene novio, y dice que no puede dejarlo porque “lo aprecia”, pero luego me dice que me quiere, y me confunde demasiado. No sé qué hacer para que ella me elija a mí.

Cathanna torció los labios.

—¿La quieres mucho?

—La amo. Mucho.

—Pero tú… —Ladeó la cabeza, sentándose en la cama, cubriendo su cuerpo con la sábana—. Te he visto haciendo eso con Katrione. ¿Cómo puedes decir que la amas, cuando hay otra mujer en tu cama, hermano?

Calen resopló.

—Es complejo, Cathanna. —Arrugó la nariz y se relamió los labios.

—Puedes decírmelo. Somos hermanos, no te juzgaré.

Calen reconocía que haberse metido con Katrione había sido un error enorme, pero no podía evitarlo; no cuando la mujer que amaba lo había rechazado tantas veces por seguir detrás de un hombre que no la valoraba. Le dolía profundamente que, a pesar de decir que lo quería, ella siguiera permitiendo que otro la tocara. Por eso él hacía lo mismo, porque en su mediocre mentalidad creía que así estarían a mano.

—Es complejo.

—Eso ya me lo has dicho, Calen.

—Puede que tu hermano sea un imbécil a veces. —Se frotó el rostro con ambas manos, presionándose los ojos—. Deletenaia me hace sentir que puedo ser una mejor persona, pero cuando la veo con él es como si me arrancaran algo. Y entonces hago estupideces… como follar con Katrione. Me convenzo de que no me importa lo que ella haga con su novio, que puedo seguir adelante sin ella, pero… es mentira. Siempre termino arrastrándome por Deletenaia, solo para que esté conmigo.

Cathanna asintió despacio, esperando que continuara.

—Podría darle todo lo que quiera sin problema —musitó, soltando una respiración pesada—. No me importaría gastarme todo mi dinero en ella. Podría… podría comprarle un maldito castillo si quisiera. Pero Deletenaia… dice que no todo es dinero. —Alzó la mirada, con un gesto confuso—. ¿Si no es dinero, entonces qué es? No la entiendo en nada.

—¿Le has demostrado amor? —Entrecerró los ojos.

—Siempre. A ella le gusta...

—No me refiero a ese tipo de amor —interrumpió, mirándolo con atención—. Me refiero al verdadero amor, Calen. Al que es… bonito.

Calen la observó sin entender del todo, parpadeando un par de veces, como si buscara en su mente alguna respuesta que encajara.

—¿Y cuál es la diferencia? —preguntó a la defensiva.

—El amor verdadero es entender —afirmó Cathanna con un tono bajo—. Es ese que se queda al lado de la persona que quiere sin pedir nada a cambio. Es ese que no fuerza las cosas para que salga perfecto, Calen. Ese que no te hace dudar de nada. —Se encogió de hombros, pasándose el cabello tras la oreja—. Pienso que tú no la amas. Parece que… la necesitas. Y necesitar no es lo mismo que amar. Pareces aferrado a que ella deje al otro solo porque te duele el ego de no tenerla.

—Hablas como si supieras lo que es amar de verdad —susurró.

—No necesito amar para saber lo que significa. El amor no tiene que doler demasiado, y si duele al punto de hacerte sentir que no vales nada, no es amor. Debe ser otra cosa… pero no amor. —Entrecerró los ojos, bajando la mirada hacia sus manos, que jugueteaban con el borde de la sábana. —El amor es un sentimiento bastante hermoso, Calen. No una necesidad enfermiza de tener algo.

Calen se mordió el labio inferior, asintiendo con la cabeza.

—¿Tienes miedo? —le preguntó a Cathanna—. ¿De amar?

—¿Por qué me preguntas eso? —examinó, confundida.

—Por… por nada. —Negó, levantándose—. Iré por comida.

—¿No está muy temprano para querer comer algo?

—Nunca es demasiado temprano para llenar el estómago.

Calen salió, cerrando la puerta tras de sí, y Cathanna comenzó a ponerse el pijama, notando de inmediato ese líquido rojizo en su cuello. Frunció el ceño, pero le restó importancia y terminó de vestirse.

Mientras se acomodaba en la cama, no pudo evitar pensar en el amor, y entonces llegó a su mente el recuerdo de Selene: su hermosa sonrisa de conejo, su olor… todo de ella. Se mordió el labio inferior. No quería seguir ocultando lo mucho que le gustaba, pero tenía miedo de lo que pudiera pasar si alguien se enteraba de que se había enamorado de una mujer de esa manera tan intensa, que hasta la asustaba mucho.

Respiró profundamente justo cuando la puerta se abrió. Calen entró con comida en los brazos. Cathanna apretó los labios con fuerza cuando él le ofreció pan dulce. Lo tomó con una mano temblorosa y, tras varios segundos de duda, se llevó un trozo muy pequeño a la boca. Así continuó, comiendo a pedacitos, mientras Calen devoraba la comida si nunca hubiera probado bocado. Eso la hizo reír en demasía.

Luego de varios minutos, se levantó y abandonó la habitación con la excusa de que quería tomar aire. Calen protestó al principio, pero luego la dejó ir. Subió las escaleras hasta llegar a la torre de astronomía y, al hacerlo, el aroma de Selene la envolvió. La buscó con la mirada y la encontró frente a la baranda, con los brazos apoyados en ella.

Cathanna caminó despacio hasta colocarse a su lado, nerviosa, mirando al frente. Ninguna dijo nada durante minutos, pero Selene la observaba de reojo, sintiendo su pecho contraerse con intensidad.

—Señorita Cathanna —murmuró Selene sin apartar la vista del frente—. ¿Cómo se encuentra? Su hermano me ha informado que se encontraba inconsciente hace unas horas. —La miró de reojo, entrecerrando apenas los ojos—. Espero que no haya sido nada grave.

—Estoy mejor, Selene —respondió con un hilo de voz, casi tartamudeando—. Solo fue… cansancio, sospecho. Nada alarmante.

Selene asintió despacio, sonriendo.

—Me alegra oírlo. No me habría gustado saber que algo le ocurrió.

El corazón de Cathanna se apretó.

—¿Por qué? —preguntó sin pensarlo.

—El castillo no tendría la misma luz. —Selene bajó la mirada hacia sus manos apoyadas en la baranda—. Sería una lástima, señorita.

—Por supuesto. —Tragó con fuerza, mirándola.

Selene sonrió, y Cathanna sintió las mejillas arderle con fuerza. Jugó con la baranda, intentando decir algo más, pero las palabras se le habían quedado atoradas en la garganta. Cerró los ojos, bastante nerviosa. Selene era, definitivamente, la mujer más hermosa de todas.

Cuando volvió a abrirlos, notó que ella la estaba mirando, y así permanecieron por varios segundos, hasta que Selene desvió la vista hacia el cielo, encantada con las estrellas. Elevó un brazo y señaló una. Cathanna, frunciendo el ceño, se obligó a mirarla. Era la estrella Dalia, la que representaba el amor fiel, la paciencia y la tranquilidad absoluta.

—Esa es la más brillante —dijo Selene, sin dejar de sonreír.

—La estrella Dalia —pronunció Cathanna, despacio, con los ojos ligeramente entrecerrados—. Dicen que solo se muestra con claridad cuando dos almas que deben encontrarse están bajo el mismo cielo.

—¿Crees que es real? —Se giró, apoyando la espalda en la baranda.

—No soy de supersticiones. —Cathanna se encogió de hombros.

—Algunas supersticiones pueden ser reales.

—¿Cómo cuáles?

—Los gatos se asocian con la muerte —respondió Selene, ladeando la cabeza con una sonrisa pequeña—. Es muy real, señorita. Donde hay un gato negro, hay muerte. No porque sean de mala suerte, sino porque son los encargados de llevarse las vidas que ya cumplieron su ciclo en este mundo. Es hermoso, en realidad. No matan, solo guían.

—Tú hablas de la muerte como si fuera arte —murmuró Cathanna, con una calidez extraña naciendo en su pecho.

—A lo mejor lo sea, señorita —musitó Selene, poniéndose frente a ella con los brazos cruzados sobre su pecho—. Si lo piensa bien, no hay muerte sin vida. Son dos amantes que no pueden existir el uno sin el otro. Es como una relación tóxica que no puede dejar de ser tóxica.

—Eso suena… inquietantemente romántico —bromeó.

—Toda relación entre opuestos lo es —dijo, sincera.

—Entonces…—Se aclaró la garganta, recorriendo su rostro con paciencia—. ¿Ese dicho que dice que los opuestos se atraen es real?

—Depende —reconoció con calma—. A veces los opuestos se atraen porque se reconocen. No son tan distintos como creen. Otras veces solo se atraen para destruirse. Como si el universo los empujara a encontrarse, aunque el final ya esté escrito para que no estén juntos.

—¿Cuál sería la lógica de eso? —Ladeó la cabeza, confusa.

—La vida no siempre sigue a la lógica, señorita. A veces solo es así, porque tiene que ser de esa manera. —Su voz salió en bajo volumen.

—Eso es trágico. —Hizo un gesto de melancolía.

—Muchas veces se encuentra belleza en lo trágico, señorita Cathanna —murmuró con suavidad, conteniendo el impulso de tocar su rostro apagado—. No todo lo que parece malo lo es en realidad. Todo depende de cómo lo veamos… nosotras. Las personas… Todos.

—Quizá tengas razón, Selene. —Trató de sonreír.

—¿Quiere dar una vuelta por el jardín? —propuso Selene.

Cathanna asintió despacio y ambas salieron de la torre sin pronunciar palabra alguna, solo escuchando el ruido de sus pies contra el suelo. Mientras caminaban, Cathanna la miraba de reojo: su rostro, su cabello envuelto en un pañuelo azul, sus labios pintados de escarlata. Sentía un impulso feroz de besarla. Era extraño; antes, la idea de besar a una mujer le parecía impura, casi prohibida. Pero en ese momento, habría dado cualquier cosa por unir sus labios con los de Selene.

Al llegar al jardín, se internaron entre los arbustos y las flores, que brillaban con un resplandor hipnotizante que trataba de tragarse la oscuridad. Cathanna sonrió sin darse cuenta. Selene la observó, y su corazón latió con una intensidad casi inhumana, como si todo dentro de ella respondiera a ese gesto mínimo… y a lo que podría significar.

—¿Cuál es su flor favorita? —preguntó Selene, rompiendo el silencio con una voz suave, casi temerosa.

Cathanna se detuvo un momento, abrazándose a sí misma, como si así pudiera protegerse del frío. Sus ojos recorrieron las flores que brillaban como si fueran pequeños fragmentos de una noche estrellada, hasta que se fijó en una en particular: una flor azul y violeta, de un grueso tallo azabache, que brillaba con más intensidad que las demás.

Existían infinitas leyendas sobre esas flores. Decían que eran veneradas por los dioses, las primeras en brotar sobre la tierra cuando todo era aún vacío. Se decían, también, que podían devolver la vida a quienes estuvieran al borde de la muerte.

Aquella flor se había convertido en su favorita desde que descubrió que de ella provenía su inaudito color de cabello. Su madre había tomado remedios hechos con sus pétalos azulados durante el embarazo, y así, sin quererlo, la flor había dejado su marca en Cathanna antes incluso de que naciera.

—¿La Clarindyna es su favorita? —La voz de Selene llenó el espacio, sacando a Cathanna de sus pensamientos.

—Sí —susurró ella, apartando la mirada de las flores—. De todas, es la que más destaca. Además, se parece a mi cabello. —Sonrió apenas.

—Azul… como las estrellas muertas —dijo Selene, sonriendo.

—Nunca supe descifrar qué significaba eso. —Cathanna se posicionó delante de ella—. «Azul como las estrellas muertas»

Selene le miró el cabello detenidamente, con una sonrisa casi tierna. Estaba segura de que era como los restos de una estrella que había ardido demasiado. Un azul profundo, con reflejos espectrales que la paralizaban. Era una combinación tan exquisita que le parecía imposible que algún humano pudiera poseerla, pero ella lo tenía así: el cabello de Cathanna era tan azul como las estrellas muertas.

—Cuando vea cómo una estrella muere, cómo su luz se desgarra en colores imposibles, entenderá por qué lo digo, señorita Cathanna. —Selene se hizo a un lado, continuando la caminata.

—¿Siempre hablas en acertijos? —Se apresuró a alcanzarla.

—Solo cuando la situación lo amerita.

—¿Y esta situación lo está ameritando?

—Podría decir que sí, señorita Cathanna.

Cathanna alzó una ceja y chasqueó la lengua. Luego sonrió.

Fue entonces cuando Selene le propuso ir a Luna. Cathanna dudó, desviando la mirada hacia el castillo, pero al final asintió. Entre risas, se encaminaron a su habitación para que pudiera cambiarse.

Al llegar, Cathanna se puso un vestido largo de tela anaranjada con estampados florales, que dejaba su espalda al descubierto y se ajustaba por detrás con dos lazos largos que tuvo que anudar varias veces. Sobre sus hombros tensos colocó un velo grueso y oscuro, y completó el atuendo con unas botas. Después, Selene le acomodó el cabello con una diadema improvisada: un pañuelo anudado en forma de listón.

Salieron de la alcoba sin hacer ruido y tomaron la salida que Cathanna conocía bien; se agacharon para pasar y, una vez fuera, comenzaron a correr hacia el pueblo, a casi una hora de camino. A ninguna de las dos le importó la distancia. Durante el trayecto hablaron de cosas triviales que les arrancaban carcajadas. A Selene le dolía el rostro de tanto sonreír, de tanto mirarla, porque así Cathanna se veía distinta a la de los últimos días. Riendo, estaba deslumbrante.

Llegaron al pueblo, donde solo había una persona completamente ebria merodeando con una lámpara. Cathanna siguió a Selene por una calle estrecha, observando los balcones adornados con flores de colores. Selene se detuvo frente a una puerta de madera blanca y tocó varias veces. La puerta se abrió despacio, con un leve chillido, revelando una sala de estar con muebles sencillos y estanterías repletas de libros, y fondo, una larga escalera de madera en espiral.

Con una voz suave, Selene le indicó que la siguiera y, dudando, Cathanna obedeció. Subieron en completo silencio por la escalera que sonaba con cada pisada, hasta encontrarse con un espacio amplio, lleno de personas que reían a carcajadas. Era parecido a una taberna, pero sin el mal olor por doquier ni los borrachos acosando mujeres. Selene le explicó que aquel lugar se llamaba Corte Celestial: un sitio donde cualquiera podía ir a cualquier hora del día para bailar o beber, siempre que se respetara el orden y no se incomodara a los demás.

—¿Vienes aquí seguido, Selene? —preguntó Cathanna cuando se sentaron en una mesa en el fondo, donde apenas escuchaban el ruido.

—En algunas ocasiones, con mi hermana, señorita Cathanna.

—No estaba al tanto que tenías familia aquí.

—De hecho, todos están en Swellow. —Una sonrisa apareció en sus labios—. Pero ella suele visitarme, es entonces cuando venimos aquí.

Siguieron conversando hasta que Selene le ofreció la mano, pidiéndole un baile. Cathanna abrió apenas los ojos, nerviosa, pues no era la mejor bailando ese tipo de música que llenaba cada rincón del lugar. Era lenta, tan sensual que la estremecía. Aun así, tomó aire y aceptó la mano de Selene. Fueron hasta el centro, donde varias parejas bailaban con los cuerpos demasiado cerca: hombres con hombres, mujeres con mujeres, hombres con mujeres. Cathanna sintió la mano de Selene posarse con delicadeza en su cintura, y ese solo gesto le envió corrientazos por todo el cuerpo. Se obligó a respirar hondo, a calmarse.

Luego, Selene unió su mano libre con la de Cathanna y comenzó a moverse despacio, guiándola en cada paso. Sus miradas se encontraron, y Selene sonrió, provocando que Cathanna tragara duro. Entonces, sus respiraciones empezaron a entrelazarse, despacio, como dos hilos que, poco a poco, iban trazando algo enorme e intimidante. Selene la acercó aún más a su cuerpo, hasta borrar casi toda distancia entre ambas. Sus labios se rozaron apenas, un contacto mínimo. Cathanna sintió cómo las piernas le flaqueaban por un temblor que le subió desde el vientre hasta el pecho. Apretó la mano de Selene, tensa.

—¿Desea beber algo, señorita Cathanna? —murmuró Selene, alejándose de ella, y la tomó de la mano para ir a la barra de madera.

Cathanna tragó con fuerza, asintiendo despacio con la cabeza.

—Vino, podría ser —murmuró.

Selene arqueó una ceja, divertida.

—Aquí no hay vino —corrigió—. Solo bebidas tradicionales. Fermentación de maíz, por ejemplo. O bebidas más fuertes, señorita.

Cathanna torció los labios.

—Fermentación de maíz, entonces —dijo, apoyándose en la barra.

Selene sonrió.

—Buena elección, señorita Cathanna.

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