Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.
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Capítulo 18
Granja El Ocaso Dorado
Volver a la granja fue como atravesar un lugar que aún respiraba a mi abuela. Cada crujido del suelo, cada olor guardado en los rincones de la casa parecía observarme en silencio. Abrí las ventanas, dejé entrar el aire, pero la sensación de opresión no se fue.
Comencé por las cosas simples. Ropa doblada con cuidado, el chal que usaba en las mañanas frías, los remedios organizados en una caja pequeña. Todo parecía fuera de lugar sin ella andando de un lado para otro, quejándose de mi manera apresurada. La casa estaba entera, pero faltaba lo que la mantenía viva.
Preparé dos bolsas: una con mis cosas, otra con lo esencial de ella. Cada objeto colocado allí parecía un aviso que aún no tenía el coraje de aceptar. En algunos momentos necesité parar, apoyar las manos en la cama y respirar hondo, porque la visión se nublaba y el pecho ardía.
Cuando terminé, fui hasta el balcón y encontré a Ramon apoyado en la cerca. Le pedí que cuidara la casa mientras estuviéramos fuera. Dije apenas que necesitaba resolver algunas cosas en la ciudad grande. Él me miró con atención, como si percibiera que había algo errado, pero no insistió. Apenas asintió con la cabeza.
Volví para dentro y me senté en el borde de la cama de mi abuela. Pasé la mano por el colchón gastado, intentando guardar aquella sensación. Fue en ese momento que oí pasos.
Mallory apareció en la puerta del cuarto, vacilante, como si tuviera miedo de interrumpir algo sagrado. El rostro de ella denunciaba cansancio y culpa.
—Elias… — dijo bajo. — Yo vine a pedir disculpa por mi ausencia. Yo sé que… yo sé que has estado desaparecido. Y yo sé que a veces siento celos. Yo solo… no supe cómo llegar.
Me levanté despacio. Hasta aquel instante yo había conseguido mantenerme de pie, entero por fuera. Pero bastó oír la voz de ella para que todo se derrumbara.
El llanto vino de una vez, fuerte, incontrolable. Mis piernas fallaron y me hundí en los brazos de ella como si fueran el único lugar seguro que restaba. Sollocé alto, sin vergüenza, sin filtro, como si mi cuerpo estuviera llorando todo lo que había guardado desde el puesto.
Mallory me apretó contra el pecho y comenzó a llorar conmigo. No intentó callarme, no pidió explicaciones. Apenas se quedó allí, sujetando, como si entendiera que algunos dolores no necesitan de palabras inmediatas.
Cuando conseguí hablar, fue entrecortado, la voz quebrada.
—Es mi abuela… — dije, sintiendo el pecho desgarrarse de nuevo. — Ella está enferma. Muy enferma. Es cáncer de pulmón.
Sentí el cuerpo de ella estremecerse. Mallory llevó la mano a la boca, los ojos llenándose aún más.
—Elias… — murmuró, y me apretó con más fuerza.
Conté todo. Sobre el puesto, sobre el médico, sobre la capital. Hablé del miedo de perder a la única persona que siempre se quedó. Ella lloraba conmigo, en silencio, las lágrimas cayendo en mi hombro como si dividiera aquel peso.
—Yo voy contigo — dijo ella, con la voz firme a pesar del llanto. — De la manera que sea. No vas a pasar por esto solo.
En aquel momento, por primera vez desde la noticia, sentí que aún había algo sustentándome.
Después que le conté a Mallory sobre la enfermedad de mi abuela, el llanto no cesó de inmediato. Nosotros dos nos quedamos allí, agarrados uno al otro en medio del cuarto, como si el mundo hubiera disminuido al tamaño de aquel abrazo. Yo sollozaba sin control, el pecho doliendo a cada respiración corta, y ella lloraba conmigo, sin prisa, sin intentar ser fuerte por mí. Apenas sentía junto.
Cuando el llanto comenzó a calmarse, fue Mallory quien se alejó primero, enjugando el rostro con el dorso de la mano. Los ojos aún rojos, pero llenos de una decisión que yo reconocí en la hora.
—Vamos a arreglar las cosas — dijo con firmeza. — Y yo voy con ustedes para la capital. No voy a dejarte, ni a la abuela Rosalía, solos en esta situación.
Levanté la mirada, sorprendido.
—Mallory, tú no necesitas…
—Yo necesito, sí — interrumpió, con dulzura, pero sin espacio para discusión. — Porque yo los amo. Y porque es eso lo que se hace cuando alguien que uno ama está sufriendo.
No tuve fuerzas para responder. Apenas asentí.
Arreglamos todo juntos. Las manos de ella tocando en los objetos de la casa traían un cuidado diferente, casi respetuoso, como si entendiera que cada cosa allí cargaba una historia. Ella doblaba la ropa de mi abuela con delicadeza, preguntaba lo que era importante llevar, separaba los documentos, los remedios. En algunos momentos, nuestras miradas se cruzaban en silencio, y yo sabía que ella entendía más de lo que cualquier palabra podría explicar.
Cuando terminamos, la casa parecía aún más vacía.
Seguimos para el puesto. El camino fue silencioso, pero no pesado. Había algo reconfortante en no estar más solo. Cuando entramos en el cuarto, mi abuela estaba despierta, mirando para el techo. Así que vio a Mallory, sus ojos se iluminaron de una manera que me partió y calentó al mismo tiempo.
—Mira solo quién vino — dijo ella, con la voz fraca, pero sonriente.
Mallory se aproximó de la cama y sujetó la mano de ella con cariño.
—Yo no podía dejar de venir, abuela Rosalía.
Ella se inclinó y dio un beso delicado en el rostro de mi abuela. Doña Rosalía sonrió, de aquella sonrisa simple y sincera que siempre pareció casa para mí.
—Esta niña es un ángel — murmuró, mirando para mí. — Tú tienes suerte, mi nieto por tener amistades así.
Tragué en seco y apreté la mano de ella.
Mallory se quedó allí un poco más, conversando bajo, haciendo preguntas leves, intentando no dejar el clima pesado. Antes de salir, volvió su mirada para mí.
—Voy a pasar en casa para coger mis cosas — dijo. — No tardo. Después yo vuelvo directo para acá.
—¿Estás segura? — pregunté, mismo ya sabiendo la respuesta.
Ella se aproximó, sujetó mi rostro con las dos manos y juntó la frente en la mía.
—Absoluta. Ustedes no van a enfrentar esto sin mí.
Vi ella alejarse por el corredor y, por primera vez desde que todo comenzó, sentí algo diferente del dolor puro. Era miedo, sí. Era tristeza. Pero también era gratitud. Porque mismo cuando todo parecía derrumbarse, alguien había escogido quedarse.