Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 22: Mi trono.
El carruaje no se detuvo hasta que las ruedas comenzaron a rechinar por el esfuerzo.
El mayordomo fue el primero en bajar. Miró a ambos lados del camino antes de tenderle la mano a Grecia.
—No podemos quedarnos más tiempo fuera —dijo en voz baja—. La revuelta creció. No sabemos si llegará aquí.
Grecia asintió. Apretaba contra su pecho la bolsa de tela donde guardaba la hierba. No la soltó en todo el trayecto.
La casa del duque seguía igual que la primera noche. Silenciosa.
Grecia no fue a su habitación. Caminó directo hacia la del duque.
—Está despierto —anunció una sirvienta—. Ha preguntado por usted.
Grecia respiró hondo antes de entrar.
Las cortinas de la cama seguían corridas, pero esta vez la voz la recibió sin que ella dijera una palabra.
—Regresaste rápido.
—El camino no era seguro —respondió ella—. Pero conseguí la hierba.
—Ya veo. Hasta aquí llega los rumores de la revuelta en el pueblo. Menos mal está un poco retirado.
Grecia se acercó a la mesa pequeña junto a la cama y dejó la bolsa allí. Comenzó a sacar los tallos con cuidado, separándolos.
—¿Siempre haces eso con tanto cuidado? —preguntó él.
—Si. No sirve se rústica con la medicina que aliviará el dolor.
—Eres diestra —comentó James.
Grecia no levantó la vista de inmediato.
—Aprendí hace años.—Ella apretó un poco los dedos. Aun así, siguió trabajando—. Mi padre… se excedía con mi madre. Yo la curaba cuando él se iba.
El silencio que siguió no fue incómodo. O así fue como lo sintió ella.
—Lo siento —dijo James al fin—. No debería haberte hecho recordar eso.
Grecia negó con la cabeza.
—No me molesta decirlo —respondió—. Me molesta que haya pasado.
—Aun así —añadió él—. Te pido disculpas. Nadie debería crecer así.
Ella lo miró entonces, sorprendida por la sinceridad.
—Gracias —dijo, simplemente.
Pidió agua caliente. Cuando la trajeron, colocó la tetera sobre la mesa y dejó caer la hierba dentro. Esperó. Midió el tiempo sin reloj.
Sirvió el líquido en una taza pequeña y la llevó hasta la cama.
—Está amargo —advirtió.
James bebió un sorbo y torció el gesto.
—Mucho —dijo.
Grecia soltó una risa breve.
—Esa cara es exactamente la misma que hacía mi madre.
—Espero que el resultado sea igual de bueno.
—Aliviará el dolor y la tos —dijo ella con honestidad—. Pero no te curará.
James asintió.
—No esperaba otra cosa.
Ella lo observó beber con cuidado. Cuando terminó, un sonido rompió el silencio. El estómago de Grecia.
Ella apartó la mirada, incómoda.
—¿Comiste antes de salir? —preguntó él.
Grecia no respondió.
James suspiró.
—Eso es un no.
—No era importante... En ese momento—dijo ella.
—Para mí sí —replicó él—. Eres mi esposa. Y no te vas a desmayar aquí por falta de comida.
Le dio una orden clara al mayordomo.
—Que preparen lo mejor que tengamos. Ahora.
Grecia abrió la boca para protestar, pero él la interrumpió.
—No discutas conmigo por esto —dijo—. Ya lo he decidido.
—Entonces… gracias.
—Baja al comedor —añadió—. Me arreglaré y te alcanzaré.
Ella dudó.
—¿Está seguro?
—Lo estoy —respondió—. Hoy me duele menos.
Rato después.
El comedor parecía preparado para una visita real. Grecia se quedó de pie un momento, sin saber dónde sentarse. Cuando James entró, apoyado en un bastón, ella lo miró con atención. Caminaba despacio, pero sin la rigidez de otras veces.
—¿Te sorprende verme de pie? —preguntó él.
—Un poco —admitió ella—. Te ves mejor.
—Me siento mejor —respondió—. No lo suficiente como para fingir que no pasa nada. Pero lo bastante como para sentarme contigo.
Comieron en silencio al principio. Grecia con hambre contenida. James observándola sin incomodarla.
—Puedes comer sin prisa —dijo él—. Nadie te va a quitar el plato.
—No estoy acostumbrada a esto —respondió ella.
—Lo sé —dijo—. Por eso quiero que lo estés.
Después de comer, él le ofreció caminar un poco por la casa.
—Si me acompañas —dijo—. El dolor sigue bajo control.
Ella aceptó, tomándolo del brazo. Caminaban despacio. Llegaron a una biblioteca amplia, ordenada y viva por todos los libros.
—Puedes estudiar aquí —le dijo—. Hay libros que no he tocado en años.
Grecia miró los estantes, emocionada.
—No sé cómo agradecerte.
— Convirtiéndote en una médico a futuro. Cumple tu sueño estando aquí.
Ella asintió. Nunca había tenido un apoyo de esta manera. Aunque sea desde cero. James, sin darse cuenta se volvía un pilar en Grecia.
—Lo haré.
Mientras tanto, lejos de allí, Vladimir avanzaba con Anabel y Edric hacia el palacio.
No entraron por la puerta principal. Era obvio que a Vladimir le gustaba jugar con su enemigo.
—Por aquí —dijo Vladimir, moviendo una losa oculta—. Nadie recuerda estos túneles. Yo sí.
El aire era frío por el pasadizo. Cuando salieron, la sala del trono estaba vacía y oscura.
—No hay nadie —murmuró Edric.
Vladimir avanzó hasta el centro. Vió la lanza de su padre a un lado del trono. La alzó y golpeó el suelo varias veces.
El sonido resonó con fuerza. Imposible de ignorar.
Y entonces, comenzaron a aparecer.
La reina. El rey. El príncipe. Porque curiosamente, era casi los únicos en el palacio. La mayoría de aquí, abandonaron su puesto.
Todos mirando al hombre que creían que no volvería hasta ahora. Imponente como cualquier villano de una historia que está a punto de ganar.
—Me entrego, hermana. Vengo a reclamar la corona. O ¿Se la arrancó de la cabeza a tu lindo héroe?
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí