Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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¡No debes preocuparte por nada!
Sofía dejó el celular sobre la pequeña mesa y dirigió la mirada hacia la ventana. La noche se extendía sobre la ciudad, mientras un manto lleno de luces que parpadeaban, daba la falsa impresión de que la vida transcurría sin alteraciones. Sin embargo, para ella, cada instante se sentía como un reloj en cuenta regresiva.
El tiempo parecía avanzar a un ritmo insoportable, mientras ella se movía sin cesar de un lado a otro, revisando documentos, borrando huellas, asegurándose de no dejar cabos sueltos. Cuando Fernanda salió finalmente de su habitación, la encontró caminando en círculos, con el teléfono en la mano y el ceño fruncido.
— ¿Qué sucede? — Preguntó Fernanda con cautela.
Antes de que Sofía respondiera, su celular vibró. Contestó sin mirar el número, y lo que escuchó al otro lado la dejó helada.
— ¡¿Qué estás diciendo?! — Exclamó con una voz que rompió el aire del apartamento. — No… no puedes decirme eso. ¡No puede ser verdad!
El teléfono resbaló de su mano y cayó al suelo con un golpe seco. Sofía cayó junto a él, como si se le hubieran acabado las fuerzas. Sus manos temblaban y su respiración se volvió entrecortada, sintiendo una sensación de vacío que la invadió por completo.
— ¡Sofía…! — Fernanda corrió hacia ella, arrodillándose a su lado. La abrazó, tratando de mantenerla erguida, pero su cuerpo temblaba con tal intensidad que parecía a punto de romperse.
— Mi madre… — Susurró Sofía con un hilo de voz, apenas audible. — Mi madre, Fernanda… he perdido a mi madre.
Fernanda sintió cómo la sangre se le helaba.
— No… no digas eso, Sofía. Seguro hay un error, debe haber un error…
Pero la mirada de Sofía reflejaba toda la verdad. Era la mirada de quien lo ha perdido todo.
Sus sollozos comenzaron a resonar en el apartamento, era un llanto desesperado, pero sin fuerzas. Fernanda la sostuvo contra su pecho, acariciándole el cabello mientras las lágrimas le nublaban la vista.
Durante años ambas habían vivido bajo el mismo techo, sometidas casi al mismo infierno, pero nunca se habían sentido tan unidas como en ese instante. Porque en medio del dolor, solo se tenían la una a la otra.
— No lo permitiré… — Murmuró Fernanda con determinación, apretando los dientes mientras abrazaba más fuerte a su hermana. — Te juro que él va a pagar por esto.
Sofía no respondió pero se dejó abrazar, perdida en un llanto silencioso, mientras el eco de sus palabras se perdía entre el espacio que las rodeaba. Afuera, la ciudad seguía viva, indiferente, pero dentro de ese apartamento, dos hermanas trataban de mantenerse en pie.
Después de varios intentos por calmar a Sofía, Fernanda se levantó con cautela y la llevó hasta su habitación. Cerró la puerta despacio, intentando no hacer ruido. Su corazón latía con fuerza, y sus manos temblaban mientras sostenía el teléfono. Sabía que lo que estaba a punto de hacer podría traer consecuencias, pero no podía quedarse de brazos cruzados viendo a su hermana desmoronarse.
Marcó el número que había memorizado demasiado bien sin darse cuenta, aunque no había tenido el valor de usarlo. Durante unos segundos solo escuchó el tono de llamada, entonces la duda le llegó de golpe y pensó en colgar, pero ya era demasiado tarde porque una voz masculina al otro lado de la línea, rompió el silencio.
— Me sorprende tu llamada, bonita. — Dijo con un tono grave, sereno, cargado de cierta curiosidad.
Fernanda apretó el teléfono contra su oído. Esas palabras le provocaban demasiadas emociones aunque ella aun no lo quería aceptar.
— Yo… necesito de tu ayuda. — Confesó con voz temblorosa. No estaba segura de por qué había acudido a él, pero ya había tomado una decisión.
— ¿Qué sucede? — Preguntó él, manteniendo la calma. El tono de su voz era tan calmado, que de forma inesperada, Fernanda sintió que su respiración se estabilizaba.
— Se trata de Sofía. — Dijo finalmente, haciendo un esfuerzo por no romper en llanto. — Ella… no está bien.
Hubo unos segundos de silencio al otro lado, seguidos por una respuesta que la llenó de calma, comprendiendo que todo realmente estaría bien.
— Todo estará bien. No debes preocuparte por nada.
Y sin darle la oportunidad de responder, la llamada se cortó. Fernanda se quedó mirando la pantalla, confundida. Su corazón aún palpitaba con fuerza. No entendía por qué había sido precisamente él la primera persona en quien pensó para pedirle ayuda. De lo único que estaba segura era de qué podía confiar sin duda alguna en él.
Después de aquella llamada, Fernanda dejó escapar un largo suspiro intentando apartar la incertidumbre que la oprimía el pecho. Con gran decisión logró calmarse y regresar nuevamente a la habitación donde Sofía descansaba.
Al verla dormida, con el rostro aún hinchado y los labios amoratados, sintió que algo dentro de ella se quebraba en mil pedazos. Se acercó despacio, apartándole con ternura un mechón de cabello del rostro.
— No mereces esto, Sofí… — Susurró con tristeza, su voz temblaba mientras hablaba. — No comprendo cómo puede existir tanta crueldad en el corazón de un hombre… y peor aún, de nuestro propio padre.
Las lágrimas que había contenido durante horas, comenzaron a fluir sin poder detenerlas. En ese instante lo comprendió; ya no podía ver a su padre de la misma manera. Aquella figura paterna que alguna vez respetó se había convertido en un monstruo.
Iba a levantarse cuando notó algo extraño. El cuerpo de Sofía se estremecía levemente bajo las sábanas. Al tocar su frente, Fernanda sintió un calor abrasador.
— Dios mío… — Murmuró alarmada, y corrió de inmediato hacia la cocina.
Llenó un recipiente con agua fría y buscó paños limpios, además de algunos medicamentos del botiquín. Regresó apresurada y comenzó a colocar los paños sobre la frente de su hermana, cambiándolos cada pocos minutos con paciencia.
Mientras lo hacía, la invadió una mezcla de angustia y ternura. Recordó cuántas veces Sofía había hecho lo mismo, cuantas veces había estado ahí para protegerla, cuántas veces la defendió cuando su padre perdía el control.
— Esta vez me toca a mí cuidarte, hermana. — Susurró, mojando otro paño en el agua helada. — No voy a dejar que él te destruya también, no voy a abandonarte.
Permaneció a su lado durante horas, vigilando su respiración. Mientras que afuera, la noche caía lentamente, tiñendo el cielo de tonos oscuros y silenciosos. Sin embargo, la tranquilidad duró poco.
Mientras Fernanda reemplazaba uno de los paños, escuchó un sonido lejano, un leve rugido que provenía del exterior. Al principio pensó que era el viento, pero entonces volvió a escuchar el mismo ruido, esta vez más fuerte, más claro; era el motor de un auto apagándose justo frente al edificio.
De inmediato, un escalofrío recorrió su cuerpo, se levantó con cautela tratando de no hacer ruido, y salió de la habitación. Bajó las escaleras con el corazón latiendo a toda prisa. Pero cuando llegó al primer piso, el pomo de la puerta se movió con violencia.
Su respiración se detuvo. Su primera reacción fue tomar su teléfono, y con manos temblorosas intentó marcar a la policía, pero antes de que pudiera hacerlo, la puerta fue derribada de un golpe brutal.