Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 23: El Rastro de la Traición
Los días siguientes a la cena con Cekania y Aleric, el ambiente en la mansión se vuelve asfixiante, cargado de una electricidad que parece estallar con solo mirarnos. Julian se ha vuelto más demandante, más rudo. No tolera que pase un solo minuto fuera de su radar. Sus celos, despertados por el atrevimiento de Aleric, se han transformado en un hambre constante que reclama mi cuerpo en los lugares más inesperados.
—Benerice, al despacho. Ahora —su voz resuena por el intercomunicador de la cocina, barítona y cargada de esa autoridad que me hace temblar.
Subo las escaleras con el corazón latiendo en la garganta. Al entrar, encuentro a Julian de pie frente al ventanal, observando la lluvia. No se gira.
—He cancelado tus reuniones de la tarde —dice sin mirarme—. No quiero que salgas de este edificio. Aleric ha tenido la osadía de enviarte flores a la recepción de Blackwood Global.
—Yo no las pedí, Julian… —empiezo a decir, pero él se gira con una rapidez violenta, cruzando el despacho en tres zancadas.
Me atrapa contra la puerta de caoba, sus manos aprisionando mis muñecas sobre mi cabeza. Su mirada azul arde con una amargura salvaje.
—No me importa si las pediste o no. Lo que me importa es que ese imbécil cree que tiene derecho a enviarte regalos —gruñe, su aliento caliente rozando mi boca—. Cree que porque eres "tímida", eres una presa fácil. Pero se olvida de que ya tienes dueño.
Su beso no es tierno; es una marca de propiedad, rudo y hambriento. Me deshace la ropa con una urgencia que no admite esperas, sus dedos marcando mi piel pálida. Julian me posee sobre su escritorio, entre los contratos millonarios y los informes de poder, con una pasión que busca borrar cualquier rastro de duda. Sus movimientos son potentes, varoniles, reclamando cada rincón de mi ser con una intensidad que me hace perder el sentido.
—Dilo —exige él, su voz vibrando en mi oído mientras me lleva al límite—. Di que eres mía, Benerice. No de los Moretti, no de los fantasmas de Isabella. Solo mía.
—Soy tuya, Julian —susurro, entregándome a la vorágine de placer y dolor que solo él sabe provocar.
En ese momento, entre sus brazos, la timidez desaparece. Solo existe la chispa que nos consume, un fuego que nos une más allá de cualquier contrato legal.
****
La rutina se asienta en una danza de poder y deseo. Llegamos juntos a la oficina, cenamos bajo el escrutinio de los criados y terminamos cada noche agotados el uno en el otro. Pero Julian nunca baja la guardia. Su amargura inteligente sigue buscando respuestas, y yo sigo siendo el centro de su investigación silenciosa.
Una noche, mientras él duerme con un brazo rodeando mi cintura de forma posesiva, el sonido de una notificación en su portátil personal me despierta. Julian siempre deja su equipo en la mesilla, conectado a los servidores de seguridad de la empresa. Me incorporo con cuidado, tratando de no despertarlo.
La pantalla brilla con un gráfico financiero que no reconozco. Es una cuenta encriptada en un paraíso fiscal, una que ha tenido actividad hace apenas unas horas. Mis dedos tiemblan mientras desplazo el cursor. No es una cuenta de Blackwood Global.
Es una cuenta a nombre de una empresa fantasma llamada "Lirio Blanco".
Mi corazón se detiene. Isabella siempre amó los lirios blancos; eran sus flores favoritas, las que siempre llenaban su habitación en la mansión Moretti. Empiezo a revisar el historial de transferencias y el aliento se me escapa. Hay depósitos masivos de dinero que coinciden con los días previos al accidente. Dinero que salía de la fundación que yo ahora dirijo y terminaba en este fondo oscuro.
—¿Qué estás haciendo, Benerice? —la voz de Julian, ruda y cargada de una sospecha letal, me hace saltar.
Él está sentado en la cama, observándome con los ojos entrecerrados. La luz de la pantalla resalta sus facciones duras y su torso desnudo y fuerte. Se levanta con la gracia de un depredador y me arrebata el portátil de las manos.
—Estaba… solo vi la notificación —susurro, el miedo volviendo a cerrar mi garganta.
Julian observa la pantalla y su mandíbula se tensa. La amargura en su rostro se vuelve casi física.
—Lirio Blanco —murmura, y su voz suena como el hielo rompiéndose—. Esta es la cuenta que Isabella usaba para desviar el dinero, Benerice. La que Alistair mencionó.
Él hace clic en una pestaña de beneficiarios secundarios y se queda paralizado. Me mira, y esta vez no hay deseo en sus ojos, solo una furia gélida y una decepción que me parte el alma.
—Aquí dice que, en caso de fallecimiento, el acceso total a estos fondos se transfiere a una cuenta secundaria —dice Julian, girando la pantalla hacia mí—. Una cuenta a tu nombre, Benerice. Abierta hace dos años. Mucho antes del accidente.
—¡Yo no sabía nada de esto! ¡Julian, te lo juro! —exclamo, retrocediendo mientras él se levanta y se cierne sobre mí con toda su masculinidad dominante.
—¿No lo sabías? —se ríe él, una risa amarga y solitaria—. ¿O es que el papel de "esposa virgen y asustada" era la mejor inversión para asegurar este dinero? ¿Fuiste su cómplice, Benerice? ¿O fuiste tú quien la empujó a ese abismo para quedarte con todo?
Me toma de los hombros, sacudiéndome levemente. La chispa de pasión de hace unas horas ha desaparecido, reemplazada por el muro de hielo que siempre nos separa.
—Dime la verdad ahora mismo, o te juro que este matrimonio se convertirá en la prisión que siempre debió ser.