Adán siempre pensó que, después de la muerte de su padre omega, su mundo no podía romperse más. Pero al iniciar su último año de universidad, descubre que su papá—un beta inestable, adicto al alcohol y a los casinos—no solo tenía una segunda familia, sino que también había cobrado el seguro por la muerte del hombre que lo crió. Cuando las deudas de su padre se vuelven impagables y los acreedores empiezan a presionar, Adán se ve obligado a enfrentar a uno de los dueños del casino: Víctor Salvatierra, un alfa de treinta años con fama de frío, calculador y peligroso. Un hombre que dirige negocios legales… y otros de los que nadie quiere hablar. Víctor está cansado de escuchar a su madre criticarlo por no tener pareja, convencida de que nunca podrá lograr un vínculo estable. Pero cuando Adán aparece en su oficina exigiendo que liberen a su padre, Víctor encuentra la oportunidad perfecta:
Una deuda enorme. Un omega desesperado. Y una propuesta que podría solucionarles la vida a ambos.
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DOLOR FAMILIAR.
Las horas transcurrieron lentamente hasta dar inicio a un nuevo día. Había pasado casi un mes desde la muerte de James, y el vacío que había dejado seguía pesando como una losa sobre todos. Jorge se había encargado personalmente de dar la terrible noticia a su padre, cargando con una culpa que le quemaba el pecho.
Lucius era un hombre bastante estricto cuando se trataba del trabajo; exigente, calculador y frío ante el mundo. Sin embargo, cuando se trataba de sus hijos, algo en él se quebraba, como si tocaran el nervio más profundo de su corazón.
Él y su esposo, Yan, habían dejado la compañía por la que trabajaron toda su vida en manos de sus hijos. Jorge, como el mayor, controlaba los movimientos de la presidencia; Jhon, el de en medio, se encargaba de aportar nuevas ideas y estrategias; en cambio, Jason era quien manejaba todo lo relacionado con la administración.
Por eso y más habían dejado el país, pues durante años y años de trabajo no se habían tomado un descanso adecuado, incluso en su luna de miel habían tenido que trabajar ambos.
Creyeron que sus hijos se complementaban, que formarían un equipo sólido capaz de mantener la empresa en la cima. Jamás imaginaron lo que realmente ocurría tras las puertas cerradas.
—Sé que es difícil de entender, pero les juro que intenté explicarle antes de que saliera huyendo —dijo Jorge, con la voz quebrada y los ojos enrojecidos por el llanto.
—¿Por qué no nos llamaste? —preguntó Lucius desde su asiento detrás del escritorio, con un tono severo que contrastaba con la tensión de sus manos.
—Creí que podría resolverlo solo… —respondió Jorge, bajando la cabeza—. Y ahora no solo perdí a mi hermano, sino que no fui capaz de proteger a mi hijo.
—Lucius… —dijo Yan al entrar apresuradamente a la oficina—. Dios… hijo, ¿por qué lloras así?
Yan era una persona profundamente sensible, incapaz de ignorar el dolor ajeno, y mucho menos el de su familia.
—Perdóname, papá… merezco la muerte, merezco que me odies—murmuró Jorge, con el cuerpo temblando.
—¿De qué hablas? —preguntó Yan, alarmado—. Lucius, ¿qué está pasando?
Lucius suspiró con pesadez, se levantó de su asiento y extendió la mano hacia el omega.
—Ven aquí —dijo con voz grave—. Yo no sabía nada de todo esto. Escucha bien… encontraron muerto a Jason.
Las palabras resonaron en la mente del omega como una daga fría que atravesaba sin piedad su corazón.
—¡No! ¡Eso no es cierto! —gritó alterado—. ¡Hace poco hablé con él! ¡Mi hijo no… mi hijo no!
Yan se desplomó en los brazos de Lucius, completamente roto. Jorge observaba la escena sintiendo cómo el peso de sus decisiones se volvía insoportable. Para Yan, sus hijos eran sus mayores tesoros; habían luchado tanto para tenerlos… y ahora uno se había ido de la forma más cruel.
Lucius intentó consolarlo, aunque su propio rostro estaba marcado por la rabia. Luego, dirigió una mirada firme hacia Jorge, una que no necesitó palabras.
"Encuentra al que lo provocó".
Jorge asintió en silencio y salió de la oficina con el corazón acelerado y un miedo que no conocía. Afuera lo esperaba su hermano menor, Jhon.
—Jorge —lo llamó—. Encontré algo.
Jorge le había contado todo lo ocurrido, y Jhon no dudó en ofrecer su ayuda.
—¿Qué encontraste? —preguntó con urgencia.
—Accedí a las cámaras de la ciudad para dar con el culpable —explicó mientras le entregaba una tableta—. Parece que lo estaban siguiendo desde tiempo atrás.
—No puedo creer que hayas dado con esto… —dijo Jorge con amargura— cuando yo tardé casi veinte años en encontrarlos.
—Si me hubieras dicho todo desde el principio, no habríamos tardado tanto —replicó Jhon—. Aún no hay noticias de tu hijo, pero con la foto que me diste pude rastrearlo. Jorge… él solo hizo los preparativos del funeral.
Las palabras cayeron como un golpe seco.
—Fui un tonto —susurró Jorge—. Por miedo dejé que mi propio hermano y mi hijo atravesaran tantos problemas.
—Yo diría algo peor que tonto —respondió Jhon con dureza—, pero lo hecho, hecho está. No podemos cambiarlo. Seguiré investigando. Tú revisa esto, quizá veas algo que a mí se me escapó.
Le dejó el dispositivo sin contraseña, con los archivos abiertos y los videos a la vista.
—Gracias, Jhon —dijo Jorge con sinceridad.
Revisó una y otra vez las cámaras de seguridad. No durmió casi nada, pero sabía que a veces se necesitaban más ojos para encontrar la verdad. Aunque los videos del accidente eran escasos, logró distinguir la complexión y algunos rasgos del conductor que había atropellado a su hermano.
Ahora con un rostro y complexiones tendrían mayores posibilidades de encontrar al culpable o los culpables de todo lo que estaba viviendo con su familia.
—Te encontraré… cueste lo que cueste —murmuró con los ojos clavados en la pantalla.
Mientras ellos buscaban al responsable de la muerte de Jason, Adán atravesaba lo que consideraba su mayor actuación.
Lara había llegado acompañada de numerosas personas. La casa se llenó de extraños que lo vestían, lo medían y le explicaban cosas que lo hacían enrojecer hasta las orejas.
—Y es así como usted podrá satisfacer los mayores deseos de su alfa —explicó una mujer con tono profesional mientras le enseñaba cómo mantener el control durante el acto.
—¿Dios mío… eso es posible? —preguntó Liliana, llevándose una mano a la boca, sorprendida.
—He escuchado que duele… —admitió Adán, nervioso, evitando la mirada de todos.
—Al principio —respondió la mujer con una sonrisa cargada de picardía—. Una vez que se acostumbra, solo sentirá que está en lo más alto del cielo.
Adán tragó saliva, con el corazón latiendo con fuerza. No sabía si estaba preparado, pero tampoco tenía opción.
—Señora Lara, ya tenemos las medidas del joven —anunció otra mujer que lo había medido de pies a cabeza—. En una semana tendremos listo lo que nos pidió.
Lara asintió satisfecha, observando a Adán como si ya fuera parte de un plan cuidadosamente trazado.
Tal parecía que ella ya había hecho movimientos en secreto, pues su hijo Víctor no tenía idea de que su madre estaba en casa… ni de lo que estaba preparando.