Cristóbal, el segundo a cargo de una de las organizaciones criminales más importantes del país, ve truncada su vida cuando dos mujeres se cruzan en su camino, una morena, que podría pertenecer a su futuro, y una mujer de su pasado que lo hará enfrentarse a la verdad.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Fer
–No es tan malo, no seas quejumbroso –le digo a Pelusón, quien me mira con cara de pocos amigos–. Sé que querías quedarte dónde mis papás, pero no es lo correcto. –Me cruzo de brazos y le doy, lo que creo es mi mirada intimidatoria, pero no funciona porque comienza a sisearme–. Tengo que vivir dónde pueda costearlo, y esto es todo lo que pude conseguir cerca del centro y que te aceptaran a ti.
Se da la vuelta, y como no hay mucho espacio para hacer sus salidas dramáticas, se sube de un salto a la cama de una plaza de segunda mano, que compré a un muy buen precio.
Mi pieza mide tres por tres metros, pero tengo espacio para mi cama, mi pequeño escritorio, en dónde tengo mi computador para escribir mis notas para la revista, el único trabajo remunerado que tengo por ahora, y una lámpara. En el techo hay dos tubos fluorescentes de luz, pero uno está malo y el otro enciende sólo si lo golpeas. Tengo una gotera, pero esta ciudad no es conocida por su abundante lluvia , así que eso no es tan importante aún, y si llueve, colocaré una olla o algo. Lo bueno de este lugar, aparte de lo económico, es que tengo baño privado, lo malo, es que justo es una de las piezas que está al medio de la casa, por lo tanto, no tengo ventanas.
Sonrío para ahuyentar las preocupaciones, será divertido vivir así un tiempo. Todos los inquilinos compartimos una cocina, pero hay algunos ladrones de comida, porque dejé unos flanes que me regaló mamá y desaparecieron, quizá debería colocarles mi nombre y tal vez escribir una amenaza.
Ahora debo concentrarme en encontrar un trabajo rápido y pagarle lo que le debo a mi ex jefe, antes de que cumpla sus amenazas, no creo que lo haga, pero no me quiero arriesgar.
Tomo el diario que le pedí prestado a la señora Ángela, y leo los avisos económicos. Después de un rato, resoplo y me dejo caer a mi pequeña cama. Pelusón se enoja por ocupar su espacio, pero considerando que no hay mucho sitio dónde estar, se queda en su lugar, ocupando casi la mitad de mi cama.
Al rato, dejo el diario a un lado. No hay trabajo, o por lo menos no con el sueldo que necesito, lo único que ofrecen por el salario que busco es para trabajar de noche, y todos sabemos para qué es eso. Y lo peor, no soy tan buena en eso para cobrar, según las palabras de Jaime.
Un recuerdo del fuego que siento al lado de Cristóbal me hace sollozar, pero me obligo a pensar en otra cosa. Guerrero está encerrado en una caja en mi cerebro que dice “No abrir. Riesgo de llanto imparable”
Escucho un golpeteo en mi puerta. Me levanto, camino dos pasos, y ya estoy en ella. ¡Este lugar es increíble!
–Hola –saludo con una sonrisa a la señora Ángela–. ¿Necesita el periódico?
–No, cariño, te dejaron esto –dice pasándome una caja.
–No estaba esperando nada –susurro y la abro.
En cuanto lo hago, quiero llorar. Es la cámara que perdí ese día, el mismo día que Woody y yo… me obligo a no pensar en ello.
Me arrodillo en el piso, y saco la caja, ¡es una cámara nueva! Y viene con todos los accesorios, incluido el bolso para transportarla. Tomo un papel en blanco que hay debajo.
“Estamos a mano, Rapunzel.
Woody”
–¿Te hace feliz el encargo? –pregunta la señora Ángela.
Sonrío, sin poder evitar que lágrimas caigan por mi cara. –Mucho.
Suspira agradecida. –Qué bueno, porque el joven está esperando aquí.
Me pongo de pie asustada, y choco con la mirada verde y preocupada de Cristóbal.
–¿Qué tienes, Fer? –pregunta ansioso.
–Los dejo solos –musita la señora Ángela y se va rápidamente, se nota que no le gusta chismosear.
Acaricia mi mejilla, secando mis lágrimas y yo lo único que quiero es esconderme, refugiarme del dolor que siento al mirarlo.
–Me estás asustando, Rapunzel.
Me obligo a sonreír. –No es nada, Woody, es sólo que es una buena cámara –digo tratando de sonar alegre.
Sus ojos indagan por más, pero bajo mi mirada a la caja y la recojo. –Gracias, espero que el chico ese no haya quedado sin sueldo por mi culpa.
Sonríe. –No dejes que eso te quite el sueño.
Entra a mi habitación y de pronto el lugar me parece demasiado pequeño, agobiante incluso.
–¿Qué estás haciendo? –pregunto asustada cuando cierra la puerta.
–Nada, sólo siento curiosidad por saber cómo vive la otra mitad –bromea, mirando mi cama–. Además, alguien tiene que evitar que esa cosa escape y se coma a los inquilinos.
Pelusón lo estudia y luego se levanta, mostrándole lo grande, gordo y peludo qué es. Gira, luego se acuesta de espaldas y le muestra su blanca y peluda barriga.
¡Gato traidor!
Sabía que debía haber elegido un perro.
–¿Se está vendiendo? –pregunta Guerrero, divertido–. Eres una monstruosidad, amigo. Tienes a todos asustados –le susurra mientras acaricia la panza de mi gato.
Cuando veo que Pelusón comienza a aburrirse y se dispone a atacar, intento interferir, pero Cristóbal me gana. –Ni lo intentes, Don Gato –amenaza, apuntándolo.
–Se llama Pelusón.
Ríe. –¿En serio? Pero si tiene pinta de mafioso, elegiste mal el nombre. Este es uno de los míos, ¿verdad, Don Gato?
Pelusón se levanta y, ronroneando, acaricia la mano de Cristóbal con su cabezota.
¡Hombres!
Me derrito viéndolo en mi habitación y con mi gato, es todo tan íntimo que tengo que sentarme en la silla de mi escritorio para no caer.
Esto claramente interfiere con mi plan para olvidar a Woody. Y ahora, ¿qué demonios debo hacer?, ¿echarlo?, ¿besarlo? No eso no, mala idea.
Veo su sonrisa y me derrito un poco más.
Suspiro, sólo a mí se me ocurre enamorarme de un hombre así. De alguien que no me quiere, es más, que ni siquiera me respeta.
Ay, Fer, ¿cuándo vas a aprender?
–¿Qué haces aquí, Cristóbal? –intento de nuevo.
Se gira y pasea su mirada por mi habitación, no le lleva demasiado. –¿Qué haces tú aquí? Fui a la casa de tus padres…
Me levanto de un salto y lo tomo de su polera. –¡¿Que hiciste qué?!
Levanta sus manos y sonríe. –Extrañaba tu espontaneidad, Rapunzel.
Gruño. –No estoy jugando.
–No hablé con ellos, sólo quería decirte que sé dónde vives, y no sé cómo tus padres te dejan vivir en un lugar así, ¡ni siquiera tienes ventanas!
Lo suelto, más tranquila. –Vivo en el lugar que puedo costearme, no me gusta abusar de mis padres.
–¿Y en qué trabajas para poder costear esta mansión? –pregunta divertido, pero yo frunzo el ceño. Cuando estás del lado de la pobreza hay cosas que no te causan gracia–. Lo siento, Fer, pero no me gusta que vivas aquí –masculla avergonzado, como si admitir eso fuera una debilidad de su parte.
–Ya son dos, a Pelusón tampoco le gusta.
Chasquea con su lengua, la misma que hace cosas que deberían estar prohibidas, pero por suerte, no lo están. –Don Gato.
Me cruzo de brazos y comienzo a golpear el piso, insistentemente, con mi pie.
–¡No llamaré a mi gato con ese estúpido nombre! Gracias por la cámara, pero creo que debes irte –pronuncio las palabras por fin.
Toma un mechón de mi pelo entre sus dedos y sonríe. –¿De verdad quieres que me vaya? –susurra acercándose. Comienzo a retroceder, pero me toma menos de un paso chocar con la silla de mi escritorio–. ¿Qué dices?, ¿me voy o me quedo? –Su cuerpo está prácticamente recostado sobre el mío, puedo sentir la evidencia de su deseo por mí, torturando mi vientre. Su aliento cosquillea en mi mejilla y labios, y con cada segundo que pasa, siento que estoy perdiendo la fuerza para luchar contra lo que siento.
–¿Por qué… por qué me haces esto? –pregunto en un susurro, casi llorando por la impotencia que siento a su lado, y por las ganas irrefrenables que tengo de besarlo.
–Porque puedo, mi morenita –susurra en mi oído y un jadeo sale de mi boca, sin poder frenarlo–. Y porque quiero.
Sus labios capturan los míos y suspiro en su boca. Siento mis pies flotar y el mundo a mi alrededor desvanecerse, como en una maldita película. ¿Qué diablos está mal conmigo?, ¿cómo puedo tener todos estos sentimientos por alguien que sólo me desea por un rato?
No. No así, no si no va a significar nada.
–No –susurro–. Por favor. –Miro esos ojos tormentosos, buscando comprensión, pero sólo encuentro fuego y un brillo de vulnerabilidad que me hace caer más aún en su embrujo–. Cristóbal… por favor.
Muerde mi labio, ya adolorido, a la vez que su mano se enreda más en mi pelo, reteniéndome a su lado. –¿Qué quieres, Fer? –susurra en mi oído antes de torturar mi lóbulo, tirando de él con sus dientes, recordándome lo que podría estar haciendo con las puntas de mis pechos si lo dejara. Gimo antes de enredar mis dedos en su cabello, y acercarlo más a mí–. Tú quieres lo que yo quiero, morenita.
¿Y por qué no?, ¿sería tan malo si nos dejáramos llevar?, ¿sería tan malo que por una vez hiciera lo que necesito y deseo?
Cuando su boca besa mi cuello y su mano me acaricia un pecho, la respuesta es no, no sería malo para nada.
Abro los ojos y veo el fuego en su mirada. Veo pasión y lujuria, pero no veo amor, ni respeto, ni siquiera un poco de cariño. Ninguno de los sentimientos que quiero ver, que necesito ver, y eso duele demasiado. Mi corazón se rompe, y por un segundo me cuesta respirar. Necesito más. El sexo es más que un acto mecánico, es una conexión y no la tengo con Guerrero, nunca la tendré.
Siento la humedad en mis mejillas, y me doy cuenta que estoy llorando, pero me contengo. No puedo demostrarle todo lo que me afecta.
–No –musito y me alejo, girándome para que no me vea–. Lo siento, amigo, pero perdí el interés.
Su risa, hurga más en la herida. –Eres un reto, Rapunzel. Lo único que estás logrando es que este juego sea más divertido, y lo sabes. Tú lucha, cariño, pero terminaré ganando y el premio será inolvidable.
Me giro, asustada de haberme enamorado de un hombre tan frío. –¡No soy un puto juego! No lo soy –exclamo dolida como hace tiempo no lo estaba–. ¿Qué pasa, Woody?, ¿no tienes otras mujeres a las que molestar? ¿Es que no tienes corazón?
Sus ojos por un segundo me muestran un dolor profundo, tanto que da miedo mirar. –No, no lo tengo –susurra–. Mierda –musita, enfadado consigo mismo–. Lo siento, ¿sí? No quise lastimarte.
–Pero lo hiciste.
Acaricia mi mejilla. –Lo siento, ¿sí? Soy un idiota. –Sus ojos escarban en los míos, buscando la verdad. Me doy cuenta en el momento exacto en que entiende lo que me pasa, porque jadea y retrocede un paso–. Noo –susurra jadeante, como si hubiese corrido una maratón. Sus ojos reflejan su gran miedo. ¿Miedo a qué?, ¿al amor?, ¿al compromiso?, ¿a confiar?–. Yo… esto fue un error –musita y mi pecho duele. Acuna mi rostro, angustiado–. Eres preciosa, cariño, pero nunca podré corresponderte, ¿me entiendes?
Asiento y cierro los ojos, incapaz de mirarlo.
–Mira, lo mejor es que seamos amigos, ¿sí? –propone, desesperado.
–No seas condescendiente conmigo –pido, mirándolo directo a sus hermosos ojos verdes. Sonrío–. Soy enamoradiza por naturaleza –rio y golpeo su hombro con mi puño–. No te preocupes, amigo, en dos semanas estaré bebiendo los vientos por otro.
Un gesto terco transforma su cara, pero luego asiente. –Yo venía a pedir tu ayuda, pero creo que no es una buena idea.
–¿Ayuda? –Asiente y me obligo a sonreír–. Es perfecto, así empiezo a pensar en ti como un colega.
Sonríe, sin embargo la sonrisa no llega a sus ojos–. A mi hermano lo intervinieron anoche.
–¡¿Qué le pasó?! –pregunto preocupada.
–No es nada, es por las cartas…
–Oh.
–Exacto –musita–. Operaron a mi hermana esta mañana y ahora está en recuperación. Todo salió bien.
Sonrío y lo abrazo sin poder evitarlo. –Es una maravillosa noticia. Estoy tan feliz por ti –susurro en su pecho.
–Gracias –murmura incómodo.
Me alejo de inmediato. –Dime en qué puedo ayudarte –me ofrezco, forzando una sonrisa.
Se sienta en mi cama, y Pelusón se apresura a acostarse en sus piernas.
–¡¿Cuántos kilos pesa este gato?!
Frunzo el ceño. –No está gordo, es un gato grande. Eso es todo. –Lo apunto, enojada–. Discúlpate ahora mismo.
–¿No estarás hablando en serio? –Elevo mi ceja, y suspira, derrotado–. Lo siento, Don Gato –masculla.
–¡No se llama así!
–No me presiones, Fer, por favor –dice y sé que no obtendré nada mejor–. Lo que te quiero pedir es si puedes venir a la Clínica y ayudarme a cuidar a mi hermana, no me fío del personal y menos de esa mujer. –Hace una mueca y mi corazón se rompe de nuevo.
–Cristóbal ella es…
–No te atrevas –dice poniéndose de pie, con mi gato en brazos–. Déjalo así, Rapunzel, es lo mejor para todos. –Deja al gato en el suelo–. Te pagaría por supuesto. Pensé en una enfermera, pero creo que a mi hermana le hará mejor alguien con tu energía.
Lo miro, insegura sobre qué responder. No sé si es una buena idea seguir compartiendo a su lado, pero tampoco quiero, ni puedo, decirle adiós por ahora. Aún no.
–No volveré a molestarte, puedes confiar en mí.
Tomo su mano y la agito. –Tienes un trato, pero no tienes que pagarme…
Levanta su mano, deteniéndome. –Si no aceptas que te pague, esta conversación queda aquí.
Resoplo, pero luego asiento. Necesito dinero, tengo que pagarle a mi ex jefe cuánto antes. –Está bien. ¿Cuándo empiezo?
–Esta misma tarde. Te enviaré la dirección y el número de sala a tu teléfono. –Mira mis labios y luego mis ojos–. Nos vemos, Fer.
–Nos vemos, Cristóbal –susurro antes de verlo salir y preguntarme si no acabo de cometer un gran error.
Supongo que tendré que descubrirlo por mí misma.
muy tierna x cierto