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UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Batalla por el trono / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:69k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*

Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.

Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 20: La fecha de mi entierro tiene vestido blanco.

El anuncio fue días antes de la boda, y duró desde el mediodía hasta pasada la medianoche.

Cassidy lo vivió desde una silla, sentada a la derecha del rey en el estrado del salón grande, con el vestido más pesado que se había puesto en tres vidas y una sonrisa que a media tarde ya le dolía en las mandíbulas.

Abajo, el imperio entero pasó a saludarla.

Y fue impresionante, había que reconocerlo. Pasaron las embajadas una por una, con sus trajes rarísimos y sus intérpretes: los del sur, morenos y cubiertos de seda; los de las islas, con esos sombreros altos; los del este, que hablaban en una lengua que sonaba a piedras rodando. Pasaron los nobles de las casas grandes, tiesos y fríos. Pasaron obispos, gobernadores de provincia y una delegación de mercaderes que trajo, entre cuatro hombres, una tela de oro tan pesada que casi la tiran.

Cada uno se arrodillaba, decía su fórmula, y dejaba su regalo.

Y los regalos se fueron amontonando en el suelo del salón, a la vista de todos, hasta formar una pila absurda: cofres de piedras, espejos, un tapiz de doce metros, una jaula con dos pájaros de colores imposibles, un caballo blanco que trajeron hasta la puerta y que se cagó en la alfombra ante la risa general, doce vestidos, un juego de vajilla de plata para trescientas personas y una caja de marfil llena de perfume que a Cassidy le pareció, ella sola, más cara que el castillo de su padre.

—¿Le gusta? —le preguntó el rey en un momento, inclinándose hacia ella.

—Es demasiado, Majestad.

—Nada es demasiado. —Se recostó otra vez en el trono—. Esto no es para ti, Aurora. Es para ellos. Cada uno de esos hombres está calculando ahora mismo cuánto trajo el de al lado. Un imperio se sostiene en eso: en que los poderosos se vigilen entre ellos y compitan por agradarme.

Y ahí lo tienes, Boone. Ni siquiera se molesta en fingir. Este hombre te está explicando la mecánica de su poder en tu propia fiesta de compromiso, porque sabe que no le sirve de nada que tú lo entiendas.

O peor: porque le divierte que lo entiendas.

Fue al final de la tarde cuando ocurrió lo que le partió el día en dos.

Ya había pasado la última embajada. Ya se habían llevado el caballo blanco. El rey se levantó y el salón entero se calló, y él habló un rato sobre la unión de las casas y sobre la fortuna del imperio y sobre el honor de la casa del ministro de guerra, y todo el mundo aplaudió.

Y después dijo:

—Y ahora, mi regalo.

Un chambelán entró con una bandeja cubierta de terciopelo. El rey la destapó él mismo.

Encima había un collar. Uno solo, ancho, de oro, con piedras verdes engarzadas en un dibujo de hojas.

Hubo un murmullo largo por todo el salón.

Y Cassidy, que llevaba semanas cenando en aquel salón y mirándolo todo, notó una cosa: el murmullo no fue de admiración. Fue de sorpresa.

Vio a dos consejeros mirarse. Vio a una dama vieja del ala sur taparse la boca. Vio a doña Rosaura, de pie junto a la pared, quedarse con la cara descompuesta.

¿Y ahora qué pasa? ¿Qué es esto que todos saben menos yo?

El rey bajó del estrado con el collar en las manos.

—Levántate.

Cassidy se levantó.

Y él se lo puso, ahí, delante de todo el imperio, pasándole las manos por detrás del cuello y cerrando el broche muy despacio, con esos dedos que le rozaron la nuca y le pusieron la piel de gallina de puro asco.

El collar pesaba una barbaridad. Le cayó sobre las clavículas frío como un grillete.

—Precioso —dijo el rey en voz alta, mirándolo—. Siempre lo fue.

Y ahí Cassidy entendió, y sintió cómo se le iba la sangre de la cara.

Siempre lo fue.

Este collar no es nuevo. Este collar ya estuvo en el cuello de otra mujer.

Le costó todo lo que tenía mantener la cara quieta.

—Es magnífico, Majestad. —Se llevó una mano al pecho, tocando el metal—. ¿Puedo preguntar de dónde viene?

—De la casa. —El rey le sostuvo la mirada—. Lo llevó mi madre. Y después mi primera esposa. —Sonrió apenas—. Ahora lo llevas tú.

El salón aplaudió. Alguien gritó un vítor. Los músicos arrancaron.

Y Cassidy Boone, que había recibido balas, veneno y amenazas en tres vidas, se quedó de pie en un estrado con el collar de una mujer envenenada colgado del cuello, sonriendo, mientras el imperio entero celebraba.

Me acaba de poner encima el collar de la mujer a la que mandó matar.

Y me lo puso él, con sus propias manos, delante de mil personas, después de decir en voz alta que es de la casa. No de ella. De la casa. Como si esa mujer solo hubiera sido la percha anterior.

Escúchame bien, Boone. Este hombre acaba de decirle a todo el continente lo que soy. No soy su esposa. Soy la pieza que va en ese hueco. La anterior se gastó, se guardó el collar en un cajón y ahora se lo pone la siguiente.

Y cuando yo me gaste, en diez años o en dos, va a haber otra muchacha de dieciocho de pie en este estrado con esto en el cuello.

Se le empezaron a mover las cosas en la cabeza, muy rápido, mientras la música sonaba y ella sonreía.

Porque hasta ese día, muy en el fondo, Cassidy se había estado contando a sí misma un cuento. No se lo había dicho nunca en voz alta, pero estaba ahí: el cuento de que iba a poder manejarlo. Que era lista, que había manejado a hombres peores en dos vidas, que iba a poder ser reina, sobrevivir, tejer, esperar, y encontrar el momento perfecto en algún punto de los próximos años.

Ese cuento se le acabó de golpe, con el peso del oro en las clavículas.

No hay años. Ese es el error de cálculo, y llevo dos meses cometiéndolo.

Piensa en frío. En cuanto salga de esa capilla, dejo de ser la hija del ministro de guerra y paso a ser propiedad suya. Mi padre está a veinte jornadas y no puede volver. Mi cuerpo, mi cuarto, mi comida y mi vida pasan a estar en manos de la casa del rey.

Y este es un hombre que mató a su hermano por un trono, que envenenó a su esposa por saber demasiado y que ha visto morir a cinco mujeres jóvenes en este palacio sin que se le mueva una ceja.

¿Y qué soy yo para él? Una cosa entretenida. Me lo dijo él mismo la primera vez: "me gustan las cosas que no se dejan matar, son mucho más entretenidas vivas".

Y yo llevo dos meses siendo cada día más interesante delante de sus ojos. Cada frase lista, cada jugada elegante, cada vez que le gano una mano en público, él sonríe.

Hasta el día que deje de sonreír.

Cassidy miró de reojo al hombre que tenía al lado, aplaudiendo a sus propios músicos.

Este hombre no me va a matar por odio. Los que matan por odio dan avisos, se enfurecen, se equivocan. Este me va a matar el día que le estorbe, con la misma cara con la que hoy me pone un collar. Y no me voy a enterar hasta cuatro meses después, cuando ya esté amarilla y sin pelo, escribiendo entre las líneas de un libro de rezos como escribió ella.

Se llevó otra vez la mano al collar.

O sea que la cuenta es esta, y hay que decírsela clarito: si él vive, yo me muero. No es una posibilidad. Es el final de esta historia, escrito y firmado, y solo falta ponerle fecha.

Y si es así...

Se le puso la boca seca.

Si es así, no hay ningún año que esperar, ninguna paciencia que tener, ningún momento perfecto que buscar.

Solo hay una noche. Una sola, en toda mi vida, en la que ese hombre va a estar solo conmigo, sin cuarenta guardias en el cuarto, borracho, contento, confiado y sin ropa.

La noche de bodas.

Terminó de aplaudir con todo el salón, sonriendo, con las manos frías.

Es esa. No hay otra. Y son tres días.

Los tres días siguientes fueron los más ocupados de su vida y los pasó, además, planeando un asesinato.

Por fuera, era una novia. Se probó el vestido dos veces más. Recibió a cuatro embajadas. Aguantó ensayos de ceremonia, misas, bendiciones y una comida interminable con las esposas de los gobernadores de provincia.

Por dentro, trabajaba sin parar.

Empezó por lo básico, que era lo más difícil: entender exactamente qué iba a pasar esa noche.

Se lo sacó a doña Rosaura, con la excusa perfecta de una novia asustada que no sabe nada de nada. Y la mujer, encantada de que por fin le preguntaran algo propio de su oficio, se lo contó todo.

Y fue peor de lo que Cassidy esperaba.

—Después del banquete, alteza, las damas la acompañamos a la alcoba real. La desvestimos, la peinamos y la dejamos preparada. —Doña Rosaura enumeraba con los dedos—. Entonces entra el capellán y bendice la cama. Después entran Su Majestad y sus caballeros. Y ya entonces se despide todo el mundo y se cierran las puertas.

—¿Y afuera?

—Afuera se queda la guardia real, alteza. Toda la noche.

—¿Cuántos?

—Cuatro en la puerta. —Doña Rosaura bajó la voz, escandalizada de tener que decirlo—. Y en la antecámara se quedan dos caballeros de la cámara del rey. Es la costumbre. Por si Su Majestad necesita algo.

Cassidy sintió que se le cerraba el estómago.

Cuatro hombres en la puerta. Dos hombres despiertos a diez pasos, del otro lado de una cortina. Toda la noche.

O sea que lo que sea que pase ahí adentro, tiene que pasar sin un solo ruido. Sin un grito. Sin una silla que se caiga. Sin una lucha.

—¿Y a qué hora entran por la mañana?

—Con las primeras luces, alteza. —Doña Rosaura se puso colorada—. Vienen las damas y los caballeros juntos, a... a comprobar el matrimonio. Es tradición. Se enseñan las sábanas.

Perfecto. Y encima a las seis de la mañana entra media corte a mirar la cama.

Esa noche, sola en sus aposectos, Cassidy se sentó a hacer la cuenta más fría de su vida.

Vamos a ver, Boone. Vamos a ver qué tenemos.

Tengo una noche. Tengo un cuarto rodeado de gente. Tengo que hacerlo sin ruido, sin lucha y sin marcas. Y tengo que amanecer siendo la viuda destrozada, no la asesina.

Un cuchillo queda descartado: hay sangre, hay lucha y hay ruido, y encima yo no lo tumbo. Ese hombre es el doble que yo y pelea desde los quince años.

Ahogarlo, lo mismo. Los que se ahogan patean.

Queda una sola cosa. La que sé hacer.

Se levantó y sacó del fondo del cofre sus pliegos de la biblioteca.

Y ahí empezó, formalmente, el trabajo.

Porque una cosa era saber de plantas y otra muy distinta era lo que necesitaba ahora. Cassidy escribió la lista de requisitos con letra apretada, como habría escrito un pliego de condiciones en su vida moderna, y le salió una lista imposible.

Uno: que actúe rápido. No tengo cuatro meses como tuvo el médico de la reina. Tengo horas.

Dos: que no le dé tiempo a gritar. Nada de convulsiones ni de dolores atroces. Si ese hombre grita una sola vez, entran seis hombres armados por esa puerta y me hacen pedazos ahí mismo.

Tres: que no deje marca. Ni en la boca, ni en la piel, ni en los ojos. Por la mañana entra media corte a mirar la cama.

Cuatro: que parezca otra cosa. Un corazón que se para. Un hombre de cincuenta años, con veinte platos y no sé cuántas copas encima, en su noche de bodas, con una mujer de dieciocho. La muerte más creíble del mundo y la más ridícula, que es todavía mejor.

Cinco, y este es el peor: que no pueda quedar en mi copa. Ese hombre prueba todo lo que bebe. Tiene catadores. Y no va a beber nada que yo le sirva sin que yo beba primero.

Se quedó mirando la lista.

Necesito algo que lo mate a él y no me mate a mí, bebiendo los dos de lo mismo.

Y eso, señores, no existe en ningún libro de hierbas.

Apagó la vela y se quedó a oscuras, con los ojos abiertos.

Todavía.

Adriano se enteró la noche antes de la boda, y se enteró porque ella no supo mentirle.

Llevaba tres días notándola rara. Y esa noche, cuando entró a la antesala y la encontró de rodillas en el suelo, con cuatro pliegos extendidos alrededor y una vela casi consumida, se plantó delante.

—¿Qué es eso?

—Nada.

—Cassidy.

Ella no levantó la cabeza.

—Es trabajo.

Adriano se agachó, recogió uno de los pliegos y lo giró hacia la luz.

Y Cassidy lo dejó. Podría habérselo quitado. No lo hizo.

Y ahí está la respuesta a la pregunta que me hiciste en el pasillo, guapo. Sobre mentirme a mí misma.

Podría haber escondido esto. Lo dejé donde lo ibas a ver.

Vio cómo él iba leyendo. Vio cómo se le tensaba la mandíbula. Vio el momento exacto en que entendió, porque se le paró la mano en el aire.

Dejó el pliego en el suelo, muy despacio.

—Lo vas a matar tú.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Mañana. —Cassidy levantó por fin la cara—. En la noche de bodas.

Adriano se quedó de rodillas frente a ella, sin decir nada, y a la luz de aquella vela Cassidy le vio pasar por la cara media docena de cosas, y ninguna era la que ella esperaba.

—No —dijo él.

—Adriano…

—No. —Se levantó de golpe y se pasó las dos manos por el pelo—. No, no, no. Escúchame. Escúchame bien. Ese hombre es mío.

—Ya sé que es tuyo.

—¡No, no lo sabes! —Se giró, y consiguió no gritar por muy poco—. Tenía seis años. Seis. Me sacaron de mi casa por una puerta de servicio, envuelto en una manta, con mis dos hermanos, mientras mataban a mi madre en el cuarto de al lado. Y llevo quince años, todos los días de mi vida, todos, imaginándome la cara que va a poner ese hombre cuando vea la mía y entienda quién soy. —Se le rompió la voz—. Esa cara es lo único que tengo, Cassidy. Es lo único que me queda de mi padre y de mi madre y de mi casa. Es mía.

Cassidy no se movió del suelo.

Lo dejó terminar. Y después habló, muy tranquila, porque era la única manera de sostener aquello.

—Ven aquí. Siéntate.

—No quiero sentarme.

—Siéntate, por favor.

Adriano se sentó en el suelo, frente a ella, entre los pliegos.

—Te voy a explicar mis cuentas —dijo Cassidy—. Y después decides. Pero escúchalas enteras, porque llevo tres días haciéndolas y no me quedan más.

—Habla.

—Uno. —Levantó un dedo—. Tu plan y el mío eran el mismo: yo me caso, me convierto en reina, gano acceso, tejo durante meses o años, y llegado el momento te abro esa puerta y tú entras y lo matas con tu propia mano. Ese era el trato de la cabaña y yo lo pensaba cumplir.

—Sigue siendo el trato.

—Ya no. —Cassidy se llevó la mano al cuello, donde ya no estaba el collar pero donde todavía sentía el peso—. Porque ese plan tenía una condición que se cayó anteayer.

—¿Cuál?

—Que yo siguiera viva mientras tanto. —Lo miró—. Adriano, escúchame. En cuanto salga de esa capilla mañana, yo dejo de ser una persona. Paso a ser propiedad de ese hombre, dentro de su casa, rodeada de su gente, comiendo lo que me suban por un pasadizo por donde ya subieron un veneno hace veinte años. Y cinco mujeres antes que yo se murieron así. Y su esposa se murió así. Y el día que ese hombre decida que yo ya no soy entretenida, o que sé demasiado, o que le estorbo, no me va a dar un año para reaccionar. Me va a dar cuatro meses de fiebres y un funeral bonito.

—Yo voy a estar ahí.

—Tú vas a estar en la puerta, del lado de fuera, viendo cómo me sirven la cena. —Cassidy negó con la cabeza—. Igual que las damas de la reina, que se la dieron con sus propias manos y con todo el cariño, contándole las cucharadas.

Adriano cerró los ojos.

—Dos —siguió ella—. Mañana por la noche es la única vez en toda mi vida que voy a estar sola con ese hombre sin guardias en el cuarto, borracho, contento y sin ropa. La única. Después de mañana, vuelve a rodearse de sus cuarenta hombres para siempre. —Se inclinó hacia adelante—. Si yo dejo pasar esa noche, la próxima oportunidad la vamos a tener que fabricar durante meses, metiéndote a ti por un túnel, contra cuarenta guardias que tienen a sus mujeres y a sus hijos viviendo aquí de rehenes. ¿Cuántas probabilidades le das a eso?

—Pocas —dijo él, con los dientes apretados.

—Ninguna. —Cassidy tragó—. Y tres.

—¿Tres qué?

—Tres, lo que te va a doler. —Se le puso la voz distinta—. Si lo matas tú, se acaba todo, Adriano. Todo. Piénsalo un momento con la cabeza fría, no con las tripas. Tú entras a esa alcoba, lo matas, y ¿después qué? Te matan a ti en el pasillo. Y a mí me acusan de haber metido al asesino de mi marido en mi cama. Y el príncipe, que sí es el heredero a ojos de todo el mundo, se sienta en el trono al día siguiente. —Levantó las manos—. Y en tres meses ese muchacho, que es un mediocre rencoroso, manda un ejército contra el reino de tus padres para vengar a su padre. Ganaste tu venganza y perdiste todo lo demás.

Adriano no dijo nada.

—Pero si lo mato yo —siguió Cassidy—, y lo mato bien, mañana amanece un rey muerto de un mal del corazón en su noche de bodas. Y yo amanezco siendo su viuda. Y una viuda tiene derechos, tiene voz, tiene dote y tiene un sitio en el consejo. —Le sostuvo la mirada—. Y esa viuda es la única persona del imperio que sabe dónde está escondido un libro de rezos que dice que este hombre asesinó a su hermano mayor para robarle el trono.

Adriano levantó la cabeza de golpe.

—Y si él no era rey legítimo —dijo Cassidy, muy despacio—, su hijo no es heredero legítimo. Y ese trono queda vacante.

Silencio absoluto en la antesala.

—Tú no quieres al rey muerto —dijo ella—. Tú quieres tu reino de vuelta y quieres a tu familia vengada. La cabeza de ese hombre es una manera de conseguirlo, y es la manera más cara, la que te cuesta la vida a ti y a mí. Y hay otra.

Adriano se quedó mirando el suelo mucho rato.

Cuando habló, le salió la voz rota.

—Llevo quince años imaginándome esa cara.

—Ya lo sé. —Cassidy se le acercó, y por primera vez en dos meses le puso la mano en el brazo sin excusa ninguna—. Y te la voy a quitar. Y no te voy a decir que lo siento, porque no lo siento: prefiero que estés vivo. Pero quiero que sepas que sé exactamente lo que te estoy quitando.

Adriano bajó la mirada hacia esa mano.

—¿Y si te descubren?

—Me descuartizan en la plaza.

—Cassidy…

—Te lo digo tal cual porque me lo has preguntado tal cual. —Se encogió de hombros—. A las mujeres que matan al marido, en este mundo, no las cuelgan. Es peor. Ya me informé.

Adriano se pasó la mano por la cara.

—Entonces déjame entrar contigo.

—No puedes.

—Puedo estar en la puerta. Puedo…

—Puedes estar en la puerta si te toca el turno, y sería lo mejor que me podría pasar, y ni así vas a poder hacer nada. —Cassidy le apretó el brazo—. Escúchame. De todo lo que va a pasar mañana, hay una sola parte que tienes que hacer tú, y es la más importante.

—¿Cuál?

—Que si esto sale mal, tú no hagas absolutamente nada. —Lo miró fijo—. Si esto sale mal, si a mitad de la noche oyes gritos y entran corriendo, tú te quedas quieto. No desenvainas. No corres. No me defiendes. Miras al suelo como un guardia cualquiera, y esperas, y al día siguiente sales de este palacio y vuelves con tus hermanos.

—Ni lo sueñes.

—Adriano.

—He dicho que ni lo sueñes. —Y ahí la voz se le puso completamente firme—. Le juré a tu padre delante de ti que si un día hay que elegir, te elijo a ti. Y no lo juré por el trato.

Cassidy sintió que se le cerraba la garganta.

—Ese juramento fue a la fuerza. Ya te lo dije.

—Y yo te dije que dejaras de mentirte. —Adriano le sostuvo la mirada—. Los dos sabemos por qué lo dije. Y los dos sabemos por qué tú te llevas tres días sin poder mirarme.

Se quedaron así, sentados en el suelo entre cuatro pliegos y una vela que ya era un charco.

—No puedo, Adriano —dijo Cassidy, y le salió el hilo de voz—. Mañana no. Mañana necesito la cabeza fría y las manos firmes, y si empezamos ahora con esto, no lo consigo. —Se levantó, porque si no se levantaba en ese momento ya no iba a poder—. Dame la noche de mañana. Solo esa.

Adriano se levantó también.

—¿Y después?

—Después ya veremos si sigo viva para tener esta conversación.

Se fue hacia la puerta del dormitorio, y cuando tenía la mano en el picaporte, la voz de él la alcanzó por detrás.

—Cassidy.

Se detuvo, de espaldas.

—Sí.

—Cuando lo tengas delante —dijo Adriano, muy bajo—. En el último momento. Cuando ese hombre sepa que se está muriendo y te mire a la cara.

—¿Qué?

—Dile de quién eres socia. —Le tembló un poco la voz—. No mi nombre. No hace falta. Dile solamente que hubo tres niños que se le escaparon aquella noche. Que sepa, antes de irse, que fracasó.

Cassidy cerró los ojos.

—Se lo voy a decir.

—Júramelo.

—Te lo juro.

Y abrió la puerta y entró en el dormitorio, y se apoyó de espaldas en la madera, y se quedó ahí, a oscuras, con las manos temblándole por fin.

Mañana a esta hora, Boone.

Mañana a esta hora yo estoy casada, y ese hombre está muerto, y me van a estar buscando en toda la ciudad. O estoy casada, y ese hombre está vivo, y yo estoy contando los meses que me quedan.

Y todavía no sé cómo lo voy a hacer.

Miró la ventana. Faltaba muy poco para que empezara a clarear.

Tienes un día. Un día entero, entre una boda, tres misas y un banquete de doce horas, para resolver el único problema que llevas tres días sin poder resolver.

Ponte a pensar.

1
Guadalupe Flores
Listisima para la siguiente cassidy. Solo me falta mi soda que ya viene en camino. Y listoooo. Comenzamos
Guadalupe Flores
Solo tengo una duda se va quedar con las concubina las va dejar en el castillo o. Les va resarcir. Y falta saber quien la quiso matar en el castillo
Guadalupe Flores
😭 Fuerte capitulo. Cassidy y las hierbas que leíste tanto. Piensa mujer. Tienes el conocimiento y con la ayuda del Dios que te trajo va vivir.
Sandra Chana
Me encantó. Felicitaciones autora.
Guadalupe Flores
Otra vez error. Muerto el perro se acabó la Rabia.dale cuello
Guadalupe Flores
Y la prueba en la sabana?
Guadalupe Flores
Maldicion es de madrugada y no puedo dejar de leer. Mañana voy a parecer mapache
Guadalupe Flores
De México y sin duda Cassidi se gana toda la novela. He leído un centenar de novelas donde muchas veces gusta más el personaje antagonico secundario etc. Pero a cassidi no la tumba nadie
Guadalupe Flores
Esto está de infartooo
Guadalupe Flores
Inguesuuu. Este misterio está buenísimo. Y si le das lo mismo al Rey para que se vaya apagando 🤣🤣
Guadalupe Flores
Ese. Rey se cree listo pero Cassidi es más que se case y en la noche de bodas le de matarili. Y ella queda como la reina viuda he que tal. Luego después del luto se case con el guapo mayor🤣🤣
Guadalupe Flores
Y el Óscar a la mejor actuación es paraaaa. Cassidyyyy😂😂
Guadalupe Flores
Siii me encanta que hagas una zaga con cassidi. 😂
eljardindeadri
escritora una novela muy bonita de principio a fin. pero al,principio según con Daniel tuvo tres hijos y al final sali que no, y ella se llamaba Aurora por que los hermanos le decían cassydy. me hubiera gustado una historia por casa hermano, pero bueno vamos por la siguiente historia
Luz Angela Castillo Ramirez
😭😭
Sandra Chana
👏👏👏 chapeaux!
Margarita Acuña Cerda
Lo peor es el poder el rey hace lo que quiera ,ahítame este tiempo quien tenga poder hace lo mismo simi miremos al demonio de trump o los narcos 😔😔😔😔😔
Margarita Acuña Cerda
Y por favor hecha a las putizorras también 🤭🤭🤭3
Roxana Gardilcic
eres genial!! un nivela alucinante!!
Margarita Acuña Cerda
Oye autora es muy entretenida la novela me encanta🤣🤣🤣🤣🥰🥰🥰
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