Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 21
Capítulo 21
Tú fuiste la que se aprovechó
—Estoy intentando seducirte.
La frase quedó en el comedor como una copa rota.
Sebastián no se movió.
Yo tampoco.
El vino, que hacía cinco minutos me parecía una excelente herramienta de valentía, decidió retirarse de mi sistema y dejarme sola frente a las consecuencias.
—Entiendo —dijo él al fin.
No era la respuesta que una mujer con vestido negro, lencería carísima y dignidad en terapia esperaba recibir.
—¿Entiendes?
—Sí.
—Eso suena a correo de trabajo.
La esquina de su boca se movió.
—Estoy haciendo un esfuerzo por no sonar como otra cosa.
El aire cambió.
Me agarré al respaldo de una silla.
—¿Como qué?
Sebastián dejó el saco sobre la silla más cercana. Muy despacio. Luego se quitó el reloj y lo puso sobre la mesa, junto a las velas. El gesto fue tan íntimo que me olvidé de respirar.
—Como un hombre al que su esposa acaba de decirle que quiere seducirlo.
La palabra esposa bajó por mi espalda como una línea de fuego.
—Ah.
—¿Cuánto vino tomaste?
El fuego se tropezó.
—Qué pregunta tan poco romántica.
—Es una pregunta necesaria.
—Una copa.
Me miró.
—Una copa y media.
Siguió mirándome.
—Tal vez dos, pero con agua de apoyo.
—Valentina.
—No estoy borracha.
—No dije que lo estuvieras.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando que me gustas demasiado como para aprovecharme de una valentía prestada por el vino.
La frase me quitó cualquier respuesta rápida.
El comedor parecía haberse quedado escuchando también. Las velas temblaban dentro de los vasos de cristal. El vino respiraba en la copa. La cena seguía intacta, ordenada, demasiado civilizada para la forma en que yo tenía el pulso.
—No es solo el vino —dije.
Mi voz salió más baja, pero más clara.
Sebastián no se acercó.
—Dime entonces qué es.
Tragué saliva.
Esa era la parte que no había practicado. Practiqué entradas, frases, caminar sin caerme. No practiqué decir la verdad con él mirándome así.
—Es que me gustas —dije—. Y me da rabia que me gustes tanto, porque haces todo despacio y bien y yo no sé cómo comportarme cuando alguien no me está pidiendo que ruegue.
La mandíbula se le tensó.
—Vale.
—No. Déjame terminar antes de que me vuelva cobarde.
Asintió una vez.
—Quiero besarte. Sobria también. Mañana también. Pero hoy estás aquí, y yo estoy aquí, y si sigues mirándome como si fueras a cuidarme incluso de lo que quiero, voy a perder la poca dignidad que me queda.
Sebastián soltó el aire despacio.
—Tu dignidad está intacta.
—No por mucho.
En mi plan, Sebastián debía acercarse. Yo debía decir algo inteligente. Tal vez sonreír. Tal vez tocarle la mano. La música debía ayudar.
En la vida real, yo tenía el corazón golpeándome las costillas y él acababa de poner mi consentimiento por encima de su deseo con una naturalidad que me daban ganas de besarlo más.
Así que lo hice.
Solté la silla, crucé los dos pasos que nos separaban y lo besé.
Fue torpe.
Al principio.
Mis manos terminaron en su camisa, demasiado cerca del cuello. Sebastián se quedó quieto una fracción de segundo, como si estuviera verificando que yo de verdad había cruzado esa distancia por voluntad propia.
Luego respondió.
Y nada fue torpe.
Su mano subió a mi cintura, firme, sin apretar. La otra me sostuvo la nuca con un cuidado que hizo que el beso doliera más, no menos. Sebastián no besaba como alguien que estaba probando suerte. Besaba como alguien que había esperado tanto que no podía permitirse desperdiciar ni un segundo.
Me aferré a él.
La mesa chocó contra mi cadera. Una copa vibró. Yo hice un sonido vergonzoso contra su boca y sentí que su mano en mi cintura se tensaba.
Entonces se apartó.
No lejos.
Lo suficiente para que el aire regresara.
—Valentina.
—No.
Él cerró los ojos un segundo.
—¿No?
—No digas mi nombre con voz de hombre responsable.
Su respiración estaba menos tranquila de lo que fingía.
Eso me dio una satisfacción peligrosa.
—Necesito ser responsable.
—Yo necesito que no lo seas tanto.
—Mañana.
La palabra cayó entre nosotros.
—¿Mañana?
—Mañana me besas así otra vez, sobria, y hablamos.
Quise protestar. De verdad. Pero la frase "me besas así otra vez" me robó toda estrategia.
—¿Promesa?
Sebastián abrió los ojos.
Algo oscuro y suave le cruzó la mirada.
—Si tú quieres.
—Quiero.
—Mañana.
Me incliné para besarlo otra vez.
Él me esquivó con una paciencia cruel y me tomó de la mano.
—A dormir.
—No.
—Sí.
—Te estoy seduciendo.
—Lo noté.
—Entonces coopera.
—Estoy cooperando con tu memoria futura.
Eso sonaba tan lógico que me dio rabia.
—Eres imposible.
—Y tú necesitas agua.
Me llevó a la cocina, me dio un vaso y esperó a que bebiera. Luego apagó las velas, cubrió la cena, guardó el vino y me acompañó escaleras arriba como si no acabara de besarme hasta desarmarme.
En la puerta de mi habitación, me detuve.
—Sebastián.
—¿Sí?
—No me arrepiento.
Su cara cambió.
Muy poco.
Lo suficiente.
—Yo tampoco.
Me tocó la frente con dos dedos, un gesto que ya conocía demasiado bien.
—Duerme, Vale.
Me desperté con una sed terrible, el vestido negro doblado sobre una silla y una camiseta enorme que no era mía puesta encima.
Durante diez segundos, no recordé nada.
Luego recordé todo.
Recordé su boca.
Recordé el vaso de agua.
Recordé mis propias palabras, completas, sin música piadosa que las tapara.
La camiseta olía a jabón limpio y a Sebastián. No sabía cuándo me la había dado. Probablemente después de que yo me quejé del vestido, antes de quedarme dormida con la dignidad tirada en algún escalón.
Enterré la cara en la almohada.
—No.
Mi celular vibró sobre el buró.
Sebastián había enviado un audio.
Duraba siete segundos.
Eso era peor. Los audios cortos siempre eran bombas.
Lo reproduje.
Su voz salió baja, demasiado tranquila, con una risa escondida al final:
"Buenos días, Señora Montero. Dejaste evidencia de tu asalto."
Me senté de golpe.
Había una foto debajo.
La camisa blanca de Sebastián, colgada sobre el respaldo de una silla. En el cuello, clarísima, una marca de labial color vino.
Hice zoom.
Error.
El labial estaba justo donde mis manos recordaban haberlo jalado hacia mí. También había una arruga en la tela, una huella pequeña de mis dedos cerca del segundo botón.
No era escandaloso.
Era peor.
Era íntimo.
Y debajo, otro mensaje:
"Tú fuiste la que se aprovechó."
El celular vibró de nuevo.
Sebastián:
"También dejaste la cena intacta. Don Tomás dice que es una tragedia logística."
Yo:
"No vuelvas a mencionar esto."
Sebastián:
"¿La cena o el asalto?"
Yo:
"Sebastián."
Sebastián:
"Estoy en MBT. Bebé agua. Hay desayuno en la cocina. Y, Valentina..."
El siguiente mensaje tardó tanto que me senté más derecha.
"Mañana no era excusa. Cuando quieras hablar, hablamos."
El pecho se me apretó.
No estaba huyendo.
Estaba esperando a que yo pudiera mirarlo sin esconderme detrás del vino.
Eso debió tranquilizarme.
En cambio, me dejó con más ganas de bajar corriendo a la cocina, buscarlo aunque no estuviera y besar la marca de labial en su camisa como disculpa.
Me tapé la cara con ambas manos.
Esta vez, no había tequila para culpar.