Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.
Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.
Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.
Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.
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Capítulo 21
Capítulo 21
Valeria sonrió sin prisa.
-Porque es Héctor Alcázar. En la Ciudad de México, ese apellido pesa como una ley. Tiene dinero, poder, sangre de heredero. Aunque yo no entre a la casa Alcázar, mi hijo puede heredar todo eso.
Ximena la miró como si no terminara de entender.
-¿Solo por eso?
-Para ti suena absurdo. Para mí, no.
Valeria la observó de frente.
Nunca imaginó que Héctor terminaría queriendo a esa mujer que había entrado a la familia por un convenio.
Si Ximena no salía de la residencia, ella no tendría ni una rendija.
-Entonces quieres que me vaya de Héctor, de su casa, y les deje el camino libre a ti y a tu hijo.
Ximena sonrió apenas.
Esa sonrisa no dejaba ver qué estaba pensando.
-Ximena, para ti también sería lo mejor. ¿Qué ganas quedándote a su lado? Verlo salir con actrices. Ver cómo un hijo fuera del matrimonio entra a la casa. Luego otro. Puede acostarse conmigo, puede acostarse con cualquier famosa. Él es así.
Ximena sabía que Valeria exageraba.
Pero dentro de esa exageración había algo que dolía porque no era imposible.
-¿Terminaste?
Se levantó.
Valeria no se movió.
-No tienes que decidir hoy. Piénsalo con calma. Algún día me vas a agradecer cada palabra.
Ximena no tenía ganas de escuchar a una mujer que se disfrazaba de salvadora.
Salió de la cafetería.
El viento frío le cortó la cara.
Había aguantado la primavera, había pasado el otoño, pero al final no cruzó ese invierno.
De pronto quiso ver a Don Chuy.
El viejo terco que olía a pomada, café cargado y hierbas secas.
El mismo patio viejo.
La misma puerta despintada.
Un pollo rostizado y una botella de tequila en la mano.
Al empujar la puerta, el ruido de las bisagras llenó el cuarto.
Don Chuy estaba sentado en su petate, con los ojos cerrados, como siempre.
Pero apenas olió la comida, abrió un ojo.
-Mira nada más. La muchachita por fin se acordó del viejo.
Ximena dejó la bolsa sobre la mesa.
-No se me olvida usted. Le traje pollo y tequila.
Don Chuy la miró mejor.
La vio apagada.
Arrancó una pierna de pollo y se la ofreció.
-¿Qué? ¿Ya te hicieron llorar en esa casa de ricos?
Ximena negó y empujó la pieza.
-No.
-¿Entonces por qué traes cara de velorio? ¿Ese hombre no te trata bien?
Ximena volvió a negar.
Se abrazó las rodillas y apoyó la barbilla.
-Don Chuy, usted quiso mucho a su esposa, ¿verdad?
El viejo se quedó quieto.
Luego agitó la mano como si espantara el tema.
-Tu doña lleva treinta años bajo tierra. Ya casi ni me acuerdo de su cara.
-Pero después de ella se quedó solo. Si no la hubiera querido, se habría vuelto a casar.
Don Chuy no lo negó.
Soltó una risa seca.
-Las mujeres son un lío.
Ximena se quedó pensando en esa frase.
-Sí. Somos un lío. Nos da por sentir de verdad. Nos da por creer que cualquier cuidado es amor.
Don Chuy dejó el pollo.
-¿Te enamoraste del muchacho Alcázar?
Ximena lo miró.
Tardó en contestar.
Al final bajó los ojos.
-Creo que fui muy tonta. Él todavía no hacía gran cosa y yo ya estaba hecha un desastre por dentro. El amor no debería ser así.
-¿Y cómo debería ser?
Don Chuy bebió un trago de tequila.
-El amor es ciego, chamaca. Pero eso no lo vuelve vergüenza.
-Don Chuy.
Ximena levantó la cara.
-Ya no quiero quererlo. Me quiero ir.
-¿Irte a dónde? Huir no arregla nada.
Ximena también lo sabía.
Pero el amor no era una deuda que pudiera pagarse con lógica.
Ella no conocía bien a Héctor.
No estuvo en su pasado.
Tal vez tampoco estaba en su futuro.
Entonces, ¿para qué quedarse defendiendo algo que quizá solo existía en su cabeza?
-Si me voy, ¿me va a extrañar?
Don Chuy mordió el pollo.
-No.
Ximena sonrió, le abrazó el brazo y recargó la cara en su hombro.
-Sí me va a extrañar. Nada más no quiere decirlo.
-Yo no extraño a nadie. Solo estoy rete bien.
-Entonces yo lo extraño a usted. Lo extraño yo, ¿sale?
Se le pegó al brazo como cuando tenía diez años y él la había recibido en su casa sin hacer preguntas.
Para Ximena, si había alguien que le daba calor en este mundo, era ese viejo.
Más tarde, cuando terminó de comer con él, se levantó para irse.
En la puerta, Don Chuy la llamó.
-Ximena.
Ella volteó.
-¿Qué?
-No te agaches de más por nadie.
Ximena apretó los labios y asintió.
-No se preocupe.
La residencia Alcázar seguía siendo la misma.
Lourdes seguía esperando que Ximena quedara embarazada.
Tomás seguía moviéndose en silencio por la casa.
Todo parecía igual.
Pero para Ximena, nada estaba igual.
Esa noche, por primera vez en muchos días, la familia cenó junta.
La mesa estaba llena.
Lourdes le sirvió a Ximena comida como siempre.
-Héctor me dijo que has tenido mucho trabajo. Cuídate más. Estás muy delgada. Así cuesta más embarazarse.
Ximena sonrió y le sirvió un poco de marisco a Lourdes.
-Usted también cuídese, mamá.
Lourdes quedó contenta con esa palabra.
Héctor le puso a Ximena un tazón de caldo de mariscos enfrente.
-Toma.
-Gracias.
Ximena bebió despacio.
Después miró a Héctor.
-¿Mañana tienes tiempo?
-¿Para qué?
-Quiero ir a un parque de diversiones. ¿Me acompañas?
Lo dijo como si se le hubiera ocurrido de paso.
Héctor tenía una junta importante al día siguiente.
No podía cancelarla tan fácil.
-Mañana tal vez no. Pasado mañana arreglo mi agenda y te llevo con calma.
Ximena bajó la vista.
-Está bien. Pasado mañana.
Héctor tomó su mano y le besó los dedos.
-Perdón. La agenda ya estaba cerrada.
Ella sonrió, tranquila.
-No pasa nada. Tú haz tus cosas.
Lourdes, al verlos tan suaves, se fue satisfecha después de cenar y les dejó espacio.
Ximena siguió comiendo.
Incluso le sirvió varias cosas a Héctor.
-Prueba esto. Creo que Tomás cambió la receta.
-Tú también come.
-Sí.
Cuando terminaron, Héctor fue al estudio como siempre.
Ximena llevó una infusión caliente al cuarto de Lourdes.
-Mamá.
Lourdes extendió la mano.
-Ven. Estas cosas pídeselas a las muchachas, no eres empleada.
Le tomó la mano y la miró con cariño.
-¿Quieres decirme algo?
Ximena negó, luego asintió, luego volvió a negar.
-Nada. Solo hace mucho que no platicamos.
-¿Héctor te hizo algo? Si te lastima, me dices. Yo lo pongo en su lugar.
Lourdes era una buena suegra.
En una familia como esa, una mujer con el origen de Ximena fácilmente podía ser humillada.
Pero Lourdes no la había tratado así.
-No, mamá. Héctor se porta bien conmigo. Es muy atractivo. En la empresa hay muchas que lo admiran, lo quieren, hasta las famosas se le acercan.
Lourdes sonrió.
-Desde niño atraía miradas. Pero tú también debes cuidarlo, ¿eh?
Ximena asintió.
-Hace frío. Si puede no salir, no salga. Abríguese bien.
-Ay, niña.
Lourdes le acarició la mano.
-Mamá, yo de verdad le agradezco. Sin usted, Leo no habría ido a un hospital tan bueno. Sin usted, la casa de mi mamá no habría vuelto a mis manos tan rápido. Gracias.
Lourdes frunció un poco el ceño.
-Somos familia. ¿Por qué hablas así? Ximena, ¿estás triste?
-No. Solo sentí que nunca se lo había dicho bien.
-Mientras tú estés bien, nosotros estamos bien.
Ximena se levantó.
-Descanse. Ya no la molesto.
-Ustedes también duerman temprano.
-Sí.
Al salir del cuarto, Ximena sintió que podía respirar.
Héctor seguía trabajando.
Según su costumbre, no volvería antes de las diez.
Ximena se sentó en la cama.
Recordó a su madre.
Recordó a su abuelo.
Las dos personas que más la habían querido se fueron una tras otra.
A los diez años la sacaron de la casa Salcedo.
De niña consentida pasó a ser una huérfana con padre vivo.
Si Don Chuy no la hubiera recogido, quizá se habría muerto en aquella casa pobre del pueblo.
Por eso no se entregaba fácil.
Por eso necesitaba sentirse segura.
Y aun así, había amado al hombre menos conveniente.
Héctor era un Alcázar.
Ella era una Salcedo caída, una muchacha criada lejos de la élite.
Entre ellos había demasiada distancia.
Tal vez su sinceridad, vista desde los ojos de él, era solo una ternura pasajera.
Tomar una decisión a veces no tomaba tanto.
Solo hacía falta ver la realidad.
Lo más triste de una mujer era quedarse rogando donde ya sabía que sobraba.
Ella todavía no estaba tan perdida.
Esa noche se amaron con una intensidad casi desesperada.
Como si el cuerpo quisiera gastar todo lo que la boca no iba a decir.
La tormenta duró hasta que amaneció.
Héctor tenía junta.
Durmió apenas un rato y se fue a la empresa.
Cuando salió, Ximena se levantó.
Se bañó, se secó el cabello, guardó su ropa y sacó una carpeta.
Adentro estaba el convenio de divorcio, ya firmado por ella.
No quiso dinero de los Alcázar.
Las dos tarjetas que Héctor le había dado quedaron sobre la mesa.
Solo se llevó el brazalete que Lourdes le había regalado.
Tenía la herencia de Elena.
Podía vivir.
Podía pagar el tratamiento de Leo.
Miró por última vez el cuarto donde había dormido medio año.
Guardó cada cosa suya.
Le dejó a Héctor un mundo limpio, sin rastros de ella.
Aprovechó que Lourdes estaba en la capilla de la casa y bajó con la maleta.
Quien la esperaba afuera era Berenice, una conocida de Don Chuy.
En el coche, Berenice no supo cómo consolarla.
Ximena se quedó mirando por la ventana.
-El vuelo sale a la una -dijo Berenice-. Llegamos bien al aeropuerto.
-Gracias.
-No me agradezcas. Me da gusto ayudar.
Ximena había pensado irse a otra ciudad.
Pero no podía.
Leo seguía en tratamiento fuera.
Después del divorcio, los Alcázar no tenían obligación de sostenerlo.
Ella era su hermana.
No podía abandonarlo.
-Berenice, si alguien te busca y pregunta a dónde fui, por favor no digas nada.
En el fondo, Ximena pensaba que Héctor no la buscaría.
-No diré nada.
El coche se alejó de la ciudad rumbo al aeropuerto.
Héctor pasó toda la mañana en juntas.
El párpado derecho no dejaba de brincarle.
Le molestaba esa sensación.
Mandó llamar a Bruno.
-¿Qué tengo en la tarde?
Bruno revisó la agenda.
-Una reunión internacional. Y este domingo quizá tampoco pueda descansar.
Héctor se frotó el párpado.
-Acomoda todo. Mañana voy a descansar.
-Señor, mañana llega un cliente extranjero. La cita se cerró hace un mes.
-Cámbiala.
Bruno se quedó un segundo callado.
Héctor casi nunca movía una cita importante.
-¿No se verá mal?
-Le prometí a Ximena llevarla al parque de diversiones. No voy a fallarle.
Bruno entendió.
-Lo reprogramo.
Héctor tomó café y abrió WhatsApp.
Sus contactos eran casi todos socios, amigos y gente de trabajo.
El contacto de Ximena era reciente.
Miró su foto.
Un conejito con un diente roto.
El nombre era peor:
`Eriza que ama los bolis`
Héctor sonrió.
Qué niña tan rara.
Estaba por grabarle un audio cuando tocaron a la puerta.
Bruno entró con una pila de documentos.
-Señor, hubo un problema. Necesita verlo.
Héctor dejó el celular y volvió al trabajo.
En el aeropuerto, Ximena ya tenía el pase de abordar.
La hora se acercaba.
Miró a Berenice.
-Gracias. Aquí nos despedimos. Me dio gusto conocerte.
-Cuídate. Nos volveremos a ver.
-Adiós.
Cuando Héctor terminó el día, se aflojó la corbata y tomó el celular.
Marcó a Ximena.
El teléfono estaba apagado.
Frunció el ceño.
Bueno.
Iba a casa.
La residencia estaba demasiado silenciosa.
Los fines de semana Lourdes dormía temprano y el personal evitaba hacer ruido.
Tomás lo esperaba.
-Señor, ya llegó.
-Sí.
Héctor se cambió los zapatos y subió.
-¿Ximena salió?
-La señora no bajó en todo el día. Seguro está dormida.
No supo por qué, pero Héctor aceleró el paso.
Abrió la puerta del cuarto.
Frío.
Silencio.
-¿Ximena?
Buscó en el baño.
Nada.
En el vestidor.
Nada.
En el balcón.
Nada.
Cuando estaba por bajar a preguntarle a Tomás, vio la carpeta sobre el buró.
La tomó.
Las palabras le golpearon la vista.
`Convenio de divorcio`.
Héctor se quedó inmóvil.
-¿Qué clase de broma es esta?
La noche anterior habían estado juntos hasta perder la razón.
¿Y ahora quería divorciarse?
¿Por qué?
Marcó otra vez.
Apagado.
Se sentó en la cama.
Se obligó a pensar.
¿Estaba enojada?
No.
Ximena iba en serio.
¿Desde cuándo?
¿Qué sabía?
Una palabra le cruzó la cabeza.
El niño.
Ella tenía que haberse enterado.
Héctor soltó una grosería.
Maldita sea.
La noche anterior ella se estaba despidiendo y él seguía metido en la empresa.
Ahora su esposa se le había ido.
Se lo merecía.
Encendió un cigarro.
No lo fumó.
Solo lo sostuvo entre los dedos mientras el humo subía.
De pronto marcó al hospital de Leo.
-Señor Alcázar, la señorita Salcedo vino hace rato a tramitar el alta del paciente. No sabemos a dónde fueron.
Tal como pensó.
Ella quería romper todo lazo con los Alcázar.
Mujer despiadada.
Héctor no durmió.
Al amanecer salió.
Cuando tocó la puerta de Julián, el médico abrió medio dormido.
-¿Qué haces a esta hora? ¿Me quieres matar? Ayer tuve dos cirugías.
Héctor escuchó la queja sin moverse.
-Vístete. Vienes conmigo.
-¿A dónde?
-Rápido.
Julián terminó subiendo al coche sin entender nada.
La ciudad todavía estaba oscura.
-Oye, ¿a dónde vamos? No será tu mamá, ¿verdad?
Héctor apretó el volante.
-Ximena se fue.
-¿Se fue? ¿A dónde?
-No sé.
-¿Se fue de la casa?
-Me dejó firmado el divorcio. Quiere cortar conmigo y con mi familia. También sacó a Leo del hospital.
Julián se quedó pensando.
-Esa mujer sí tiene carácter.
Héctor le dio un golpe en la cabeza, como cuando eran niños.
-¿Qué estás celebrando?
-Nada. Digo que tiene carácter. No que yo la quiera.
Julián se sobó la cabeza.
-¿Vas a firmar?
-Ni de chiste.
-¿Entonces por qué se fue?
-Valeria seguramente la buscó. Si fue capaz de detener el coche de mi mamá, ir a hablar con Ximena le quedaba facilísimo.
Julián chasqueó la lengua.
-Después de que la vetaste del medio, todavía se atreve. Muy confiada.
-Cree que ese niño es su carta fuerte. Hoy vamos a ver si le sirve.
Héctor aceleró.
El coche llegó a un edificio caro, pero alejado de la zona principal.
Julián miró alrededor.
-¿Vive aquí?
-Sube.
En el sexto piso, Héctor tocó el timbre.
Una mujer de unos cincuenta años abrió.
-¿Aquí vive Valeria Robles?
-Sí, pero usted...
Héctor no le dio tiempo.
Entró.
Julián lo siguió.
En la mesa había desayuno.
Junto a ella, en una silla para bebé, estaba un niño de menos de un año.
Héctor lo levantó y se lo pasó a Julián.
-Cárgalo.
La mujer se asustó y corrió hacia el cuarto.
El niño empezó a llorar con fuerza.
Valeria salió de la recámara, pálida al ver a los dos hombres.
-¿Qué hacen en mi casa? Dame a mi hijo.
Héctor dio un paso hacia ella.
Valeria retrocedió.
-¿Qué quieres, Héctor?
-Quiero saber qué le dijiste a Ximena.
Valeria entendió.
Soltó una risa baja.
-¿Fue a acusarme contigo? Esa clase de mujer siempre se esconde detrás de un hombre.
Héctor la tomó del cuello y la estampó contra la pared.
-Valeria, si de verdad pariste un hijo mío, estás acabada. Tú y toda tu familia. No creas que no sé lo que intentas.
Valeria respiraba con dificultad.
-¿Viniste a advertirme que me aleje de Ximena?
Héctor apretó más.
-¿Dónde está el otro niño?
Valeria intentó quitarle la mano.
-No hay otro niño. Solo tengo este hijo.
Héctor la soltó de golpe.
-Bien. Entonces a este tampoco lo volverás a ver.
El niño seguía llorando en brazos de Julián.
-Héctor, es un bebé. No le hagas daño.
Valeria quiso arrebatárselo a Julián, pero Héctor la empujó.
-Aunque no me digas dónde está el otro, lo voy a encontrar. Y cuando lo encuentre, no volverás a ver a ninguno.
Valeria cayó de rodillas y le abrazó la pierna.
-No. Por favor. No seas tan cruel.
Julián, con el niño en brazos, habló más bajo:
-Valeria, sabes cómo es Héctor. Ya investigamos. Tuviste gemelos. Dos padres distintos. Uno es de Darío. El otro desapareció al nacer. Lo único que queremos saber es por qué lo escondiste.
Valeria se quedó sin fuerza.
Se desplomó en el suelo.
La carta que creía fuerte empezaba a romperse entre sus manos.
y tampoco que tuvo un aborto?
y esas zorrascaeran por ladronas y puras.🤭😂