Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir
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21 El plan de noha
Un vehículo de alta gama, un modelo italiano de líneas elegantes y costoso, se detuvo frente a la pequeña casa de Sasha. Al abrirse la puerta, bajó Miguel: su apariencia, su porte y la ropa de excelente calidad que vestía dejaban claro al instante que no era un hombre humilde ni de condición baja; se notaba que pertenecía a otro mundo, el de quienes siempre han tenido todo lo que desean.
Estaba allí con una decisión firme: necesitaba verla. Se acercó a la entrada y tocó el timbre, esperando con la mirada fija en la puerta. Aunque trataba de mantener la compostura y no dejar traslucir demasiado, su interés por ella era evidente en cada gesto, en cómo permanecía atento, en la forma en que sus ojos buscaban cualquier señal de movimiento. Intentaba disimularlo, creía que nadie se daba cuenta, pero esa atención especial que le dedicaba a ella era casi palpable.
Dentro de la casa, Sasha estaba en su habitación, sentada al borde de la cama, llorando sin consuelo. Su corazón estaba destrozado por el miedo atroz de perder a su madre, y ese dolor la tenía sumergida en una niebla espesa donde nada más importaba. Escuchó el timbre sonar, sí, pero no se movió. No tenía fuerzas ni ganas de ver a nadie. Se quedó inmóvil, mirando al vacío, secándose las lágrimas con un pañuelo de tela rosa, un gesto automático de quien intenta mantenerse de pie aunque todo por dentro se le esté cayendo a pedazos.
Solo cuando el silencio volvió a reinar, se levantó pesadamente y caminó hasta el baño. Se miró al espejo, y en voz alta, temblando, se preguntó a sí misma:
—¿Cómo podré vivir de ahora en adelante si ella me falta?
Una lágrima gruesa se desprendió de su ojo y rodó por su mejilla. Se lavó la cara con rapidez, trataNdo de borrar las huellas de su sufrimiento, y volvió a mirarse en el espejo, intentando encontrar en su reflejo a la chica fuerte que quería ser, aunque por dentro sentía que se desmoronaba.
Tomó una toalla para secarse, y en ese instante, un recuerdo la golpeó con fuerza: era la misma toalla que su madre había decorado a mano con bordados de flores, porque siempre le gustaba que todo lo que tocara tuviera un aire de vida, de alegría, de cuidado. Al darse cuenta, apretó la toalla contra su pecho, la abrazó con desesperación como si fuera ella misma, y rompió a llorar de nuevo, con el alma en un hilo:
—Mamá... daría lo que fuera, absolutamente todo, con tal de que estuvieras sana... por favor...
Mientras tanto, afuera, Miguel empezaba a sentir frustración. Intentó llamarla por teléfono varias veces, pero la llamada iba directo al buzón. Volvió a tocar el timbre, insistente, esperando, pero nadie abría. Su impaciencia crecía; estaba claro que no iba a irse tan fácilmente, pues su interés era mucho más profundo de lo que él quería admitir.
A lo lejos, Noha caminaba hacia la casa de Sasha, pero se detuvo en seco al reconocer el coche de su padre. Rápido y sigiloso, se escondió detrás de otro vehículo estacionado para que no lo viera, y desde ahí observaba todo con una mezcla de sorpresa y desprecio. No podía creer lo que veía, y en su mente, llena de prejuicios y rabia por las discusiones pasadas, se formó una idea equivocada y amarga.
—¿Qué hace mi padre aquí? —murmuró para sí mismo, apretando los dientes—. Vaya... esta chica no pierde el tiempo, ¿verdad? Ahora todo queda claro. Primero fue mi tío Ronald, o al menos eso creía yo... y ahora, por lo que veo, ha ido a por mi padre también.
Una sonrisa irónica y llena de malicia se dibujó en su rostro. Él estaba convencido de que Sasha era una aprovechada, una mujer que solo buscaba asegurarse una vida llena de lujos y dinero.
—Se nota que quiere tener el seguro de ser rica sí o sí —pensó con cinismo—. No le importa tener a todos los hombres de mi familia a sus pies, con tal de que tengan una cuenta bancaria abultada. ¡Qué listita!
Y entonces, alimentando su orgullo herido y esa falsa creencia, juró vengarse, planeando su represalia con un tono mordaz y autosuficiente:
—Pues muy bien... yo le voy a dar de su propia medicina para que aprenda en qué terreno se está metiendo. Se cree muy astuta jugando con nosotros... pues yo voy a ser quien le enseñe que no puede jugar así con los hombres de esta familia. Ya veremos quién gana al final.
Al ver que Sasha no salía, Miguel decidió subirse al coche y marcharse, desanimado. Le echó un último vistazo a la casa antes de girar la llave y arrancar el motor.
Mientras tanto, su hijo lo observó y luego también se marchó a toda prisa.