Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20 — Sombras del pasado
Por el pasaje llegaron sombras del pasado y promesas por cumplir. El lugar donde emergieron no era una ciudad, ni una cueva, ni un palacio. Era un anfiteatro de ruinas flotantes suspendidas en un cielo de color violeta perpetuo. Debajo de ellas, un mar de niebla espesa ocultaba lo que parecía ser un abismo sin fondo.
Las sombras que las habían perseguido por el pasaje no se quedaron atrás. Cruzaron el umbral con ellas, pero aquí, en esta dimensión de grisalla, tomaron formas más definidas. Ya no eran simples jirones de oscuridad; eran figuras que vestían las galas de una gloria olvidada.
—¿Dónde estamos? —preguntó Lyraka, manteniendo su mano en el mango de su daga, aunque su brazo temblaba de fatiga.
—En el Atrio de las Promesas —respondió una voz profunda, una voz que hizo que a Xylia se le helara la sangre.
De entre las sombras, una figura se materializó con una claridad aterradora. Vestía una armadura de placas solares, similar a la de Xylia, pero mucho más ornamentada, decorada con motivos de leones y astros. Su rostro era hermoso, pero sus ojos estaban vacíos, como si hubieran sido vaciados de toda luz.
—Padre... —susurró Xylia, dejando caer su espada.
—No es tu padre, Xylia —advirtió Ravenna, agarrándola por el brazo—. Es un eco. Una proyección de la promesa que él rompió.
La figura de Aethelgard Brook, el ancestro de Xylia, caminó sobre el aire como si fuera suelo firme. A su lado, otra sombra se formó: un elfo de rasgos afilados, con cuernos que se retorcían como serpientes petrificadas. Malakor Van’Thar.
—Míranos, descendientes de la decepción —dijo Malakor, su voz sonando como el crujido de hojas secas—. Vinisteis buscando la corona, buscando el equilibrio. Pero ¿sabéis de qué está hecho el equilibrio? Está hecho de sacrificios que nadie quiere admitir.
Lyraka escupió al suelo, enfrentándose a la sombra de su antepasado.
—Tú nos vendiste, Malakor. Nos diste el poder de las sombras pero nos quitaste la capacidad de amar. Nos convertiste en armas para que pudieras jugar a la guerra con los Brook.
—Y lo volvería a hacer —respondió la sombra de Malakor con una frialdad inhumana—. Porque el poder es la única verdad en este universo vacío. El equilibrio que buscáis es una fantasía de mentes débiles. Elowen lo sabía. Por eso nos dejó este regalo.
Las sombras de los reyes comenzaron a rodearlas, pero no para atacar. Empezaron a recitar, al unísono, las promesas que se hicieron en la fundación del mundo.
*"Prometemos que la noche no devorará al día. Prometemos que la sangre será el sello de nuestra unión. Prometemos que si la corona cae, el mundo caerá con ella."*
Xylia sentía que el aire le faltaba.
—Ustedes no querían equilibrio —dijo Xylia, su voz ganando fuerza—. Ustedes querían control. Usaron el juramento para encadenar el destino de todos a vuestra propia ambición.
—Y ahora, el juramento os reclama a vosotras —dijo Aethelgard, extendiendo una mano hacia Xylia.
En ese momento, Shapira dio un paso adelante. Sus cadenas, que aún brillaban con la luz de la transición, se lanzaron hacia las sombras. Pero en lugar de atravesarlas, las cadenas se enredaron en el aire, atrapando algo que no se veía.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Lyraka.
—Está forzando a la realidad a entregar lo que oculta —dijo Ravenna, observando cómo el espacio entre los dos reyes se distorsionaba—. ¡Miren ahí abajo!
De la niebla que cubría el abismo, algo empezó a ascender. Era un objeto pesado, rodeado de un aura de pesadumbre tan densa que las elfas sintieron ganas de llorar solo con mirarlo. Era un libro, pero no un tomo de papel y pergamino. Estaba hecho de láminas de obsidiana y plomo, y era tan grande como el escudo de un caballero.
Pero lo más impresionante no era el libro en sí, sino lo que lo envolvía.
—Está encadenado... —susurró Ravenna, fascinada y horrorizada—. Son las Cadenas del Juramento Original.
Las sombras de los reyes retrocedieron ante la aparición del objeto. Sus rostros, antes arrogantes, se contrajeron en un gesto de pavor absoluto. El libro flotó hasta situarse en el centro del anfiteatro de ruinas. Las cadenas que lo rodeaban no eran metálicas; eran filamentos de luz roja y negra que palpitaban con el mismo ritmo que el corazón de Shapira.
—Ese libro contiene los nombres prohibidos —dijo la sombra de Aethelgard, su voz ahora llena de un miedo ancestral—. Contiene los mapas de lo que fue borrado para que pudiéramos reinar. Si lo abrís, destruiréis el mundo que conocéis.
—El mundo que conocemos ya está destruido, "padre" —respondió Xylia, recogiendo su espada y caminando hacia el libro—. Solo que ustedes se encargaron de que no viéramos los escombros.
Shapira, el Eco, se colocó frente al libro. Sus manos translúcidas se posaron sobre las cadenas. El contacto provocó una descarga de energía que hizo que todo el anfiteatro temblara. Lyraka y Ravenna se unieron a ella, poniendo sus manos sobre la superficie fría y pesada de la obsidiana.
—Si abrimos esto, no habrá vuelta atrás —dijo Ravenna, mirando a sus compañeras—. Dejaremos de ser las Guardianas de lo que es, para convertirnos en las arquitectas de lo que vendrá. ¿Están listas para la responsabilidad de la verdad total?
Lyraka asintió, con sus cuernos brillando débilmente.
—Prefiero una verdad que mate a una mentira que me mantenga con vida.
Xylia puso su mano dorada sobre el centro del libro.
—Por Shapira. Por el silencio que nos ha dado el camino. Por nosotras.
Las sombras del pasado lanzaron un último grito de agonía mientras se desvanecían en la niebla, incapaces de soportar la presencia del objeto que habían intentado ocultar durante eones. El libro comenzó a abrirse, pero no por la fuerza, sino porque las cadenas, al sentir el toque de las cuatro Guardianas unidas, reconocieron a sus nuevas dueñas.
Las cadenas no se rompieron; se transformaron. Pasaron de ser ataduras a ser guías, serpenteando por los brazos de las elfas, uniéndolas físicamente al tomo ancestral.
—Es el registro de la creación... y de la destrucción —murmuró Ravenna, mientras la primera página de obsidiana se revelaba ante sus ojos.
El peso del libro era el peso de toda la historia. No contenía solo palabras; contenía destinos. Era el ancla de la realidad que Elowen había abandonado, y ahora estaba en manos de las que habían sido marginadas por esa misma realidad.
Las sombras trajeron un libro antiguo envuelto en cadenas de juramento.