⚠️✅️Sam y Norman comienzan a saciar su sed de aventura, lejos de su amada familia. El camino comienza a dificultarse, pero cuatro almas sellan sus destinos.✅️⚠️
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El poder no se pide, se toma
El aire de la mañana era gélido cuando el grupo abandonó la ciudad. Apenas habían caminado un par de leguas por el desfiladero de las Rocas Grises cuando el sonido metálico de las armaduras anunció la emboscada. No era un grupo de reconocimiento, eran veinte hombres de la guardia de élite de la Orden de la Luz, vestidos con capas blancas inmaculadas y empuñando lanzas bendecidas.
-¡Lin!- Rugió el comandante al frente, un hombre con el rostro surcado por el fanatismo -¡Por orden del Alto Consejo, entrega a los traidores y a los jóvenes, o morirás con ellos!-
Lin no dudó. Desenvainó su acero con una lentitud letal.
-Entonces hoy moriremos como hombres libres.-
La batalla estalló con una violencia ensordecedora. Los cinco cazadores de Lin, superados en número cuatro a uno, formaron una pared de escudos alrededor de Norman. Sam, con su daga en mano y el corazón latiendo al ritmo de un tambor de guerra, se lanzó al combate. Sus movimientos eran fluidos, instintivos. Cada esquiva y cada golpe parecían dictados por una memoria muscular que no le pertenecía a un campesino.
Sin embargo, los veinte soldados de élite estaban entrenados para matar monstruos. Dos de ellos lograron flanquear la defensa de Lin y cargaron directamente contra Sam con sus lanzas apuntando al pecho.
-¡Sam!- Gritó Norman, intentando invocar su luz, pero los soldados eran demasiado rápidos.
Antes de que las lanzas tocaran la túnica de Sam, el mundo pareció congelarse. Una sombra más negra que la muerte misma cayó desde los riscos superiores.
Alaric no aterrizó, se desplomó como un castigo divino. Su capa se abrió como las alas de un demonio y, con un movimiento que el ojo humano no pudo seguir, decapitó a los dos atacantes con sus garras desnudas. No hubo piedad. El Rey Vampiro se movió entre los veinte soldados como un segador en un campo de trigo. El acero de la Orden chocaba contra su piel y se rompía como si fuera cristal.
Lin y sus hombres se quedaron paralizados, bajando sus armas. Lo que veían no era una pelea, era una carnicería. Alaric no usaba armas, usaba su fuerza bruta y su velocidad sobrenatural. En menos de lo que dura un suspiro, los veinte soldados de élite yacían en el suelo del desfiladero. La nieve se tiñó de un carmesí denso y humeante.
Alaric se detuvo en medio del círculo de cadáveres, con la respiración tranquila, cubierto de la sangre de sus enemigos. Se giró hacia Sam, con los ojos rojos ardiendo como brasas, esperando ver el miedo o el rechazo en el joven.
Pero Sam estaba transformado. La adrenalina de la batalla, el olor a hierro y la visión de su protector convertido en un dios de la muerte habían despertado algo salvaje en su interior. La sangre de Malric Vexillarius hervía en sus venas, reclamando el fragor de la guerra.
Sam caminó hacia Alaric con pasos pesados y decididos. Ignorando los cuerpos a sus pies y la mirada atónita de Lin y los cazadores, agarró a Alaric por las solapas de su capa empapada de sangre y lo atrajo hacia sí con una fuerza bruta.
El beso fue feroz, desesperado y cargado de una pasión primitiva. Sam no lo besó con ternura. Lo besó con la posesividad de un guerrero que acaba de sobrevivir a la muerte. Sus labios se estrellaron contra los de Alaric, saboreando el sabor metálico del aire y la esencia fría del vampiro. Era un beso que gritaba victoria, deseo y una conexión que desafiaba a la lógica.
Alaric, tras el shock inicial, correspondió al beso con la misma intensidad. Una sonrisa oscura se dibujó en sus labios durante el contacto. En ese instante, su mente voló trescientos años atrás, a los campos de batalla, donde Malric solía hacer exactamente lo mismo: besarlo con furia entre los cadáveres de sus enemigos para recordarle que seguían vivos, que seguían siendo dueños del mundo.
«Eres tú... siempre fuiste tú», pensó Alaric, sintiendo cómo el alma de Sam vibraba con la misma nota que la de su príncipe guerrero.
A unos metros, Lin, Norman y los cazadores se quedaron con la boca abierta, incapaces de procesar lo que veían. Los hombres de la Orden, educados en el odio visceral hacia los inmortales, contemplaban a su "protegido" devorando a besos al monstruo más temido de la historia, justo encima de los cuerpos de sus antiguos compañeros.
-Bueno...- Logró decir Norman, rompiendo el silencio con una voz temblorosa mientras trataba de no mirar el rastro de sangre -Supongo que eso confirma que no somos solo amigos.-
Lin, con la mano todavía en su espada, simplemente bajó la cabeza y dejó escapar un suspiro de resignación. Entendió en ese momento que la guerra que estaban librando no era solo por la libertad, sino por un amor tan antiguo y violento que ninguna ley humana podría detener.
Sam se separó de Alaric, jadeando, con los ojos brillando con una luz que no era de este mundo.
-No vuelvas a asustarme así.- Le ordenó Sam, su voz ronca por la emoción.
Alaric le limpió una mancha de sangre de la mejilla con el pulgar, su mirada llena de una devoción aterradora.
-Mientras yo respire, nadie te tocará, mi pequeño príncipe. Ni la Orden, ni el destino.-
El grupo retomó la marcha en un silencio, dejando atrás los restos de la élite de la Orden. El camino hacia el reino de los Blackshield ya no era una posibilidad lejana, era una necesidad. Sam ya no caminaba como un campesino, caminaba con el paso de quien ha recordado que el poder no se pide, se toma.