Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 21
Narrado por: Alexander
El silencio en el ala este de la mansión es un cuchillo que me corta las entrañas. Estoy de pie frente a la puerta cerrada de Isabella, escuchando el leve zumbido del reproductor de audio que se filtra a través de la madera de roble. Es mi voz. Una versión de mí que preferiría haber enterrado en una fosa común junto a mis padres. Una voz cargada de la arrogancia de los veintiún años, de la sed de poder que Marcus Colón alimentó con paciencia de jardinero hasta que floreció en tragedia.
"—Déjalos entrar, Marcus. Si Varga cree que la seguridad es débil, mostrará sus cartas. Yo estaré listo. Mi padre comprenderá que soy el único capaz de proteger este imperio cuando vea cómo manejo la crisis".
Cierro los ojos, apoyando la frente contra la puerta. La vergüenza es un sabor metálico en mi boca. Isabella tiene razón: permití que el lobo cruzara el umbral porque creía que podía domarlo. No sabía que el lobo traía dinamita y órdenes de ejecución. No sabía que Marcus, mi "mentor", estaba grabando mi soberbia para usarla como seguro de vida una década después.
—Isabella... —susurro, sabiendo que no me responderá—. No dejes que el pasado destruya lo que somos ahora.
No hay respuesta. Solo el sonido de su respiración entrecortada al otro lado. Me aparto de la puerta, sintiendo cómo la Bestia recupera su lugar en mi pecho, desplazando la poca luz que ella había logrado encender. Si la pierdo, ya no tendré razones para fingir que soy un hombre civilizado. Y si voy a ser el monstruo que ella cree que soy, empezaré por el hombre que le entregó ese sobre.
Bajo las escaleras hacia el garaje subterráneo. Mi paso es pesado, rítmico, letal. Miller me espera junto al SUV blindado, con el rostro sombrío. Él también ha oído los rumores. Sabe que la estabilidad de este imperio pende de un hilo de seda verde esmeralda.
—¿Dónde está Valente? —pregunto, mi voz es un trueno bajo que hace que los guardias se tensen.
—En el Club Nocturno The Vault. Se siente seguro allí, rodeado de sus propios hombres y de la prensa económica —responde Miller, entregándome mi Smith & Wesson—. Señor, si entra allí de esa manera, los socios de Colón usarán las grabaciones de seguridad para hundirlo legalmente.
—Que lo intenten. Hoy no soy un CEO. Hoy soy el hijo que dejó morir a sus padres, y no tengo nada que perder.
Subo al vehículo. El motor ruge, un eco de la furia que me consume. Durante el trayecto, solo puedo pensar en Isabella. En la forma en que su vestido esmeralda se deslizaba por sus curvas, en el calor de su piel contra la mía en el escritorio... la sensualidad de nuestra unión ahora me parece un sacrilegio. La tomé bajo premisas que, aunque no eran mentiras totales, omitían mi propia culpabilidad. La amé sobre las tumbas que yo mismo ayudé a cavar.
Llegamos a The Vault. Las luces de neón azules y púrpuras bañan la fachada de hormigón. Entro sin detenerme, ignorando a los porteros que caen como bolos ante el empuje de mis hombros. La música tecno vibra en el aire, un ritmo frenético que acompaña el latido de mis sienes. Localizo a Valente en la zona VIP, rodeado de modelos y de hombres con trajes demasiado caros.
Subo las escaleras de dos en dos. Valente me ve venir y su sonrisa se desvanece, reemplazada por una máscara de terror puro. Intenta levantarse, pero lo alcanzo antes de que pueda dar un paso. Lo agarro del cuello de su camisa de seda y lo estampo contra la barandilla de cristal, quedando suspendido sobre la pista de baile.
—¡Thorne! ¡Hay testigos! —chilla, su voz perdiéndose entre el bajo de la música.
—¿Crees que me importa? —le acerqué el rostro, mi aliento rozando su oreja—. Le diste a Isabella algo que no tenías derecho a tocar. Usaste mi dolor para envenenar su alma.
—¡Ella merecía saberlo! —escupe él, recuperando un rastro de insolencia—. Merecía saber que duerme con el hombre que le abrió la puerta al asesino de sus propios padres. Marcus solo fue el ejecutor; tú fuiste el arquitecto.
Le propino un golpe en el estómago que le saca todo el aire. Lo arrastro hacia el reservado privado, lejos de las miradas, y cierro la cortina de terciopelo. La sensualidad decadente del club, con su olor a champán caro y sudor, me resulta repugnante. Valente cae al suelo, tosiendo sangre sobre la alfombra blanca.
—Dime dónde están las grabaciones originales —ordeno, sacando el arma y apoyándola en su frente—. Dime quién más las tiene.
—Es un servidor en la nube... —jadea él—. Si me matas, se enviarán automáticamente a la fiscalía. Isabella será la cara de un escándalo que destruirá Thorne Industries en una hora. Pero si firmas el fideicomiso... si te alejas de ella y dejas que nosotros manejemos el capital, el archivo desaparecerá.
Me quedo mirándolo. La lógica empresarial me dice que firme. Mi seguridad me dice que lo mate. Pero el hombre que ama a Isabella Colón solo siente una necesidad visceral de proteger su mirada de la verdad total.
—Isabella ya lo sabe todo, Valente —digo, mi voz volviéndose extrañamente tranquila—. Ya ha escuchado mi voz. El daño está hecho. Y lo que tú no entiendes es que, sin ella, ya no me importa el imperio. Ya no me importa el escándalo.
Le doy un golpe con la culata del arma, dejándolo inconsciente. Me giro hacia Miller, que ha entrado en el reservado.
—Llevátelo al sótano de la mansión. No quiero que vea la luz del sol hasta que hayamos borrado cada rastro de ese servidor. Y Miller... si la policía pregunta, diles que el señor Valente se ha tomado unas vacaciones inesperadas.
Regreso a la mansión envuelto en una neblina de autodesprecio. Al entrar, el silencio sigue siendo absoluto. Subo al ala este, esperando encontrar la puerta de Isabella todavía cerrada. Pero para mi sorpresa, la puerta está entornada.
Entro con el corazón en la garganta. La habitación está en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtra por el ventanal. Isabella está sentada en el borde de la cama, todavía con el vestido verde, pero descalza. El sobre marrón está a sus pies, destrozado.
—¿Lo hiciste? —pregunta ella, sin mirarme. Su voz es fría, desprovista de la calidez que solía ser mi hogar.
—Lo que escuchaste es cierto, Isabella —confieso, deteniéndome en el centro de la habitación—. Sabía que venían. No sabía la magnitud, pero dejé que pasara por arrogancia. Quería demostrar mi valor sobre los cadáveres de mi propia estirpe. Soy la Bestia por una razón.
Ella se levanta y camina hacia mí. La seda de su vestido roza mis pantalones tácticos, un contraste de texturas que me recuerda nuestra última noche. Se detiene a centímetros de mi pecho, y por un momento, creo que me va a abofetear. Pero en lugar de eso, apoya sus manos sobre mis hombros. Sus dedos están fríos.
—¿Por qué no me lo dijiste? —susurra—. Podía haber aceptado al monstruo, Alexander. Pero no a la mentira.
—Tenía miedo de que me miraras como me estás mirando ahora —mi mano sube a su cintura, atrayéndola hacia mí por puro instinto—. Tenía miedo de perder la única cosa pura que ha entrado en esta casa en quince años.
La atraigo hacia un beso que es una lucha de voluntades. Es un beso amargo, desesperado, cargado de una sensualidad que quema. Ella responde con una ferocidad que me sorprende, sus uñas hundiéndose en mis hombros, sus labios buscando una respuesta que las palabras no pueden dar. En medio del dolor y la traición, el deseo físico sigue siendo nuestro único puente.
La levanto y la llevo hacia la cama, despojándola del vestido esmeralda con una urgencia que bordea la locura. Necesito poseerla para saber que sigue aquí. Necesito que su cuerpo me diga lo que su mente todavía está procesando. Nos unimos en la oscuridad, un acto de pasión cruda que no tiene nada de romántico y todo de posesivo. Es la unión de dos personas rotas que intentan pegarse a través de la piel.
—Te odio por lo que hiciste —jadea ella contra mi cuello, mientras mis manos recorren sus curvas bajo la luz de la luna.
—Y yo me odio por ser el hombre que te hizo llorar —respondo, hundiéndome en ella con una intensidad que me hace perder el sentido del mundo.
Alcanzamos el clímax juntos, un estallido de sensaciones que nos deja exhaustos y temblando. Pero cuando la pasión se desvanece, la verdad sigue ahí, sentada en la esquina de la habitación como un invitado no deseado.
Me separo de ella y me siento en el borde de la cama, tapándome el rostro con las manos.
—Valente está en el sótano —digo, sin mirarla—. Voy a destruir las grabaciones. Pero eso no cambiará lo que oíste.
—No —responde ella, envolviéndose en la sábana—. No cambiará nada. Pero ahora, Alexander, las reglas han vuelto a cambiar. Ya no eres mi salvador. Y yo ya no soy tu alegría. Somos socios en este infierno. Y mañana, vamos a decidir qué hacer con las cenizas.
Se gira, dándome la espalda, y sé que he ganado su cuerpo pero he perdido una parte de su corazón que quizá nunca recupere. . Los lobos han sido dispersados, pero el rastro de sangre que han dejado nos perseguirá hasta el final de nuestros días.
Salgo de la habitación y bajo al sótano, donde Valente me espera. La Bestia tiene trabajo que hacer, y esta vez, no hay ninguna luz que me detenga. El amanecer de los lobos ha terminado, y lo que queda es solo la larga noche de los traidores.