Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
NovelToon tiene autorización de @ngel@zul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Residuos de magia
El departamento de Adrian se sentía esa noche como una caja de cristal suspendida sobre un abismo de luces de neón. Tras el almuerzo con Mara y el tenso intercambio en el campus, el silencio de su hogar debería haber sido reconfortante, pero para Adrian, era una cámara de eco donde su propia lógica empezaba a fallar.
Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre el sofá de cuero negro. Sus movimientos seguían siendo precisos, dictados por el entrenamiento de la Orden, pero el dolor en su sien se había convertido en un latido constante. El "ruido" en su sistema no cesaba. Su cerebro intentaba archivar a Aeryn como un "objetivo de extracción", pero cada vez que lo hacía, una imagen residual de las Crónicas de Sangre —una mancha de luz cian en su memoria borrada— bloqueaba el proceso.
Caminó hacia la cocina para servirse un vaso de agua, pero al pasar junto al escritorio donde solía organizar sus informes para Daniel, algo captó la luz de la luna que se filtraba por el ventanal.
Allí, olvidada sobre un montón de folletos universitarios que Mara había desechado por "irrelevantes", estaba la piedra de Miri.
Adrian se detuvo. Sus sensores internos no registraron ninguna amenaza biológica, pero su pulso, ese que la Orden vigilaba con tanto celo, saltó de 60 a 72 latidos por minuto. Un error. Una anomalía.
Extendió la mano y tomó la piedra.
Al contacto con su piel, no sintió el frío del mineral común. Sintió una vibración, una frecuencia armónica que parecía reconocer su ADN. El Reinicio Sigma había borrado los nombres de las flores, el sabor del guiso de Lyra y la calidez del beso de Aeryn, pero no había podido borrar la física de la piedra. La magia de los Primogénitos no se almacenaba en los neurotransmisores que Helix había manipulado; se almacenaba en el espíritu, y la piedra era la llave de esa cerradura.
—Anomalía detectada —susurró Adrian para sí mismo, su voz sonando extraña en la habitación vacía.
Cerró el puño sobre la pequeña roca de río. De repente, una ráfaga de sensaciones lo golpeó con la fuerza de una explosión física. No eran recuerdos claros, eran ecos. Vio el rostro de la niña, Miri, pero su imagen estaba distorsionada por la estática del borrado. Escuchó una voz que decía: "Para que no te pierdas cuando la luna se apague".
El dolor en su cabeza estalló. Adrian cayó de rodillas, apoyando la frente contra el suelo frío del departamento. Los nanobots en su médula espinal detectaron la inestabilidad y comenzaron a liberar sedantes para estabilizarlo, pero la piedra emitía un calor que neutralizaba el químico antes de que llegara al cerebro.
—¿Quién soy? —preguntó Adrian al suelo de madera, sus dedos apretando la piedra hasta que los bordes se le clavaron en la palma.
Su base de datos le respondió de inmediato: Adrian Valerius. Agente Clase A de la Orden Helix. Linaje de la Cruz de Plata. Objetivo: Neutralización de la amenaza sobrenatural.
Pero la piedra le contaba otra historia. Le contaba que sus manos no estaban hechas solo para disparar, sino para sostener las de una mujer que olía a bosque y esperanza. Le contaba que el "enemigo" le había dado pan cuando tenía hambre y refugio cuando estaba solo.
Se levantó con dificultad, jadeando. Miró la piedra en su mano. Ahora brillaba con una luz tenue, una pulsación azul que parecía el latido de un corazón herido.
El conflicto interno alcanzó una masa crítica. La Orden le había dado una misión para esa noche en la biblioteca: usar la vulnerabilidad de Aeryn para extraer la frecuencia del Velo. Mara estaría vigilando desde las sombras, esperando el éxito del "Algoritmo de Afecto".
Pero Adrian miró su reflejo en el ventanal. Ya no veía al soldado perfecto de Helix. Veía a un hombre dividido, un ser que recordaba el deber pero que empezaba a sentir el peso de la traición. La piedra de Miri había abierto una grieta en el muro de hielo que Daniel había construido en su mente.
—Ella va a ir —murmuró, guardando la piedra en el bolsillo de su pantalón, justo donde su piel podía sentir su calor—. Ella cree que soy real.
Miró el reloj táctico en su muñeca. Faltaban treinta minutos para la cita. El "ruido" en su sistema ya no era estática; era una canción de cuna del Enclave que luchaba por silenciar las órdenes de la Orden. Adrian Valerius salió de su departamento, pero esta vez, el autómata de cristal tenía una grieta que amenazaba con romperlo en mil pedazos.
Sabía que si fallaba en la biblioteca, Mara informaría a la Central y el Reinicio Sigma de Nivel Omega —la eliminación física— sería el siguiente paso. Pero mientras caminaba hacia la universidad, el calor de la piedra le recordaba que había cosas peores que morir: como vivir sabiendo que habías destruido la única luz que alguna vez se atrevió a brillar para ti.
La noche estaba clara, la luna estaba llena, y el cazador se dirigía a un encuentro donde el arma más peligrosa no sería su daga de plata, sino la verdad que empezaba a quemarle el alma.